XXI
[Lo que mandó Martí de este escrito a La Nación fue fechado en Nueva York el 5 de febrero de 1890; lo publicaron el 26 de marzo, y se encuentra en las Obras Completas en el tomo 12, página 389.
Lo no conocido, publicado solamente en El Partido Liberal el 11 de enero de 1890, es lo que sigue.]
Correspondencia Particular de "El Partido Liberal".
Una elección de presidente en la Casa de Representantes. Sucesos varios. Fraudes. El voto secreto. El Congreso Pan Americano. Una Vanderbilt y los pobres. Sarasate. Las casillas de San Andrés. Los "caucus". El caucus demócrata. Hill y Cleveland. Los demócratas por Cleveland y Carlyle. Cleveland en New York. El caucus republicano. Cómo se elige el presidente de la Cámara de Representantes. Factores, métodos y peculiaridades pintorescas de la elección. El tráfico de votos. La elección en la Casa. Aspecto de la Casa. Formalidades. La historia del capellán. Sorteo de asientos. Reed y Randall.
Nueva York, Diciembre 6 de 1889
Sr. Director de El Partido Liberal:
Ni la vergüenza que ha salido a luz en Ohio, donde aparece que el gobernador Foraker se encerraba a solas con un traficante en documentos personales, y pagaba con un empleo público la entrega de un documento que ponía en mal a su adversario demócrata y a sus rivales republicanos de su Estado; ni el otro escándalo de Nueva York, donde resulta que las compañías de limpieza volvían a vaciar en la bahía el lodo que sacaban de ella, para tener lodo que sacar, con el consentimiento de los inspectores vendidos, o hacían que iban lejos, para cobrar por el viaje, y se quedaban a la puerta de la bahía; ni la rendición del sufragio en Massachusetts, donde con el voto secreto llegó a dos mil en contra de las cervecerías el voto que en las elecciones pasadas, movidas por los cerveceros, dio más de mil en su favor; Cni la muerte del comerciante rico, que cayó por sus culpas de amor, bañado de veras en la sangre de sus cinco heridas de pistola, a los pies de la vengadora enfurecida, Calcanzan, en estos días de apertura del Congreso, a distraer la atención pública de las batallas de Washington. De la Conferencia Marítima se habla menos, y de la Pan- Americana, donde luce la Argentina por su celo y entereza, y porque todo lo quiere ver claro, y conforme a derecho, el delegado Quintana, a quien le echan los canes de la prensa los amigos del presidente del Congreso, por el pecado de ser hombre de pie, y no de rodillas. De paso se dice que la Patti trae el cabello castaño. En Chicago pelean a diente y uña por llevarse la exposición; y en New York son triunfos las noches del violinista Sarasate en la ópera, y lo miman, y lo convidan, y lo llevan adonde no quiere ir. El Angelus de Millet está en exhibición, con cien cuadros más de pintores de Barbizon, que fue escuela veraz y sombría, y de arte macizo, como el carácter de aquel grupo de hombres. Del Brasil se habla aún, y gana campo el rumor de que la república no vino como debía, con la ley por delante, sino que nació fuera de mes, con más levadura de ejército de la que conviniera; aunque otros dicen que no anda mal, ni peca de origen, el gobierno que tiene de ministros al intrépido orador Barboza y al prudente periodista Bocayuva. De Stanley están llenos los diarios, y del fervor con que habla de su empresa, como si hubiera llevado de teniente al cielo mismo, o como si quisiese, que bien puede ser, allegarse el amparo de la cristiandad para la conquista definitiva de los dominios, erizados de lanzas libres, que ha entrevisto. Pero eso, y la gran feria de los alemanes, que cada día levantan un club de cantería y oro, y el nombramiento de dos señoras neoyorquinas para la junta de las escuelas, donde no querían los demás de la junta que hubiese señoras, son notas de sobremesa, de que se habla entre la pera y el Rochefort, como del gran baile que va a haber en Año Nuevo, para que se vea que lo noble de New York puede bailar sin tener que ir de puntillas, por entre un caído y uno que se cae, como cuando el baile del Centenario, que se salía de los palcos la champaña. Una Vanderbilt ha regalado una casa donde se alberguen, sin más paga que la buena conducta, las jóvenes pobres que vengan, por la desdicha de su soledad, a buscar un pan a las calles inclementes de New York. En Delmónico, con el comedor puesto en lujos, y todo de color lila, confiesan las damas del club Sorosis que no hay para la mujer, como no hay para el hombre, grandeza, ni riqueza, ni celebridad que compensen, allá al doblar la vida los cabos del Sur, el gusto puro del rincón de la casa, cercada con dolores, la gala del compañero constante y de los hijos. Danzan al frío los miserables, esperando turno frente a las casillas de San Andrés, donde, por la caridad de una docena de protectores, tiene el pobre la sopa caliente por un centavo, y por otro una lonja de carne, y una taza de café por otro. En los barrios descalzos, donde la familia crece en los intervalos de la penitenciaría, ponen dos niñas generosas una escuela de almuerzo para las criaturas, donde enseñan a la alemana a los niños hambrientos, que se están fabricando casas o tejiendo esteras de papel de colores con mucha humildad, porque saben que a las diez, si han sido personas formales, les dan lo que su madre, fétida y abotagada del licor, les da tan pocas veces, pan fresco, biscocho de huevo, un tazón de leche humeante. ¿Pero quién se ocupa de eso, fuera de una que otra dama de cofia, o algún pelucón de corbata blanca, cuando el país entero está pendiente de las juntas preparatorias de los partidos, que se reúnen en Washington antes de la apertura del Congreso, de la primera sesión del Congreso, de la contienda de los candidatos para la Presidencia de la Casa de Representantes, de las recomendaciones que va a hacer en su primer Mensaje al Congreso el Presidente?[...]
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