Jos� Mart�: notas y estudios

Carlos Ripoll

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LOS VERSOS SENCILLOS DE JOS� MART�

Los invitados
"Una noche de poes�a y amistad"
Complejidad y sencillez
Estancias del recuerdo
La oscuridad decidora
Salvaci�n y despedida

No es s�lo la ocasi�n de su centenario lo que nos lleva a hablar hoy de los Versos Sencillos, aunque ya fuera �se motivo suficiente para recordarlos, sino que, de toda la poes�a de Mart�, de toda su literatura, es en este librito donde encontramos, con la muestra m�s acabada de su arte, su retrato mejor. Y nada m�s indicado, ahora al cerrar con �sta un ciclo de conferencias sobre algunos aspectos de su obra, que detenernos en tan cabal representaci�n suya. Cuando revisamos la iconograf�a de una persona, nos parece m�s evocador un retrato, otro m�s sugestivo o hermoso, pero hay uno que nos da la aut�ntica imagen del representado. En ninguna de sus obras est� m�s Mart� que en �sta, y por eso, en el rato que vamos a comentar su libro nos puede hasta parecer que �l est� con nosotros, ah�, entre ustedes, como parte del p�blico, quiz�s no con el levit�n negro y el lazo fino de la corbata, sino como otro m�s de los invitados; y aun en nosotros mismos estar� presente porque, prescindiendo de su singular altura, todos llevamos un poco de �l, de sus vivencias, de sus inquietudes, de sus alegr�as, y de sus penas y esperanzas. Tendremos, pues, aqu�, esta noche, dos veces al poeta: en persona y en sus versos.

Con este libro entramos en la poes�a l�rica, que es aqu�lla capaz de recoger como en un milagro a su creador: aguijoneada por la contemplaci�n, el recuerdo o la angustia, nos presenta la sensibilidad del poeta, su alma entera. As� se convierte el g�nero en una especie de confesi�n cordial en la que el artista desnuda su esp�ritu m�s quiz�s que para contemplarse a s� mismo para mostrarse a otros. La voluntad de autocontemplaci�n no excluye al testigo, sino m�s bien lo demanda ya que, como en el cotidiano vivir, quien se desnuda lo est� m�s cuando tiene observador que cuando est� solo.

En su remoto origen la poes�a l�rica ten�a un compromiso, o una afici�n, por decirlo de otra manera, con la m�sica, y a eso debe su nombre. L�ricas eran las composiciones que se hac�an "para cantar al son de la lyra", que era aquel instrumento que ven�a en apoyo del verso, para darle a la palabra un alcance que sola ella, escrita, no pod�a tener. Confesi�n en Mart� son estos Versos Sencillos, autorretrato que se sirve tambi�n de la melod�a que tienen en su entra�a. No se ha reparado en que, antes de publicar este libro, Mart� quiso recitar sus versos, darles vida en la palabra hablada, porque su peculiar sonoridad era parte del medio expresivo, como luego prob� el feliz enlace con "La Guantanamera". Y as� dijo en el pr�logo, mientras se disculpaba por no entrar en detalles de su arte: "�Ni a qu� exhibir ahora, con ocasi�n de estas flores silvestres, un curso de mi po�tica, y decir por qu� repito un consonante de prop�sito, o los grad�o y agrupo de modo que vayan por la vista y el o�do al sentimiento, o salto por ellos [por "la vista y el o�do"] cuando no pide rimas ni soporta repujos la idea tumultuosa?" Adem�s, quiso Mart� recitar sus versos porque el libro hace oportunas concesiones a la poes�a dram�tica y a la narrativa, que necesitan o prefieren la palabra hablada. �Qu� son sino n�cleos de dramas su "Sue�o con claustros de m�rmol", o "En el extra�o bazar", entre otras composiciones de este libro? Por eso pudo nuestro Jos� Antonio Ramos, en 1915, hacer una obra de teatro que titul� "El traidor", luego traducida al ingl�s, con el verso n�mero XXVIII, con los doce octos�labos que empiezan as�: "Por la sombra del cortijo/Donde est� el padre enterrado;/Pasa el hijo de soldado/ Del invasor: pasa el hijo". Y el propio Mart� �no nos dice en "La Ni�a de Guatemala", como si fuera �l uno de aquellos juglares de la Edad Media, que iban por castillos y plazas narrando acontecimientos dignos de memoria, no nos dice sobre aquel pasaje de su vida en Centroam�rica, "Quiero a la sombra de un ala/Contar este cuento en flor..."? Poes�a l�rica, dram�tica y �pica, pues, todas en apoyo de la confesi�n: el hombre y su circunstancia: la f�sica y la espiritual: desde el mundo de lo inefable al de la experiencia: trovador, dramaturgo y juglar es Mart� en sus Versos Sencillos.

Los invitados

No sabemos c�mo recitaba Mart�, pero tenemos abundantes pruebas de su pasi�n por el teatro, y no nos faltan testimonios de su capacidad de orador, que requiere su parte de saber esc�nico. Podemos imaginarlo aquella noche de diciembre, en Nueva York, ante un grupo de amigos, recitando los versos, con inflexiones en la voz, gestos, silencios, �nfasis, gradaciones de tono, ritmos...

Se creer�a vanidad de Mart� la insistencia con que pidi� a sus invitados que fueran a la reuni�n en que iba a sus Versos Sencillos. La oportunidad fue la despedida Panchito Chac�n, que regresaba a Cuba. Era Francisco Chac�n (el padre de nuestro Jos� Mar�a Chac�n y Calvo, casualmente uno de los cr�ticos que ha estudiado este libro con mayor acierto, destacando su ra�z popular hisp�nica) uno de esos cubanos que, a fines del siglo pasado, iba a Nueva York por prescripci�n m�dica, en busca del aire de las monta�as Catskill, que fue donde Mart� escribi� buena parte de este libro. La lectura se llev� a cabo en el apartamento de Carmita Mantilla sobre el cual, en un piso alto, ten�a habitaci�n Mart�. Era el n�mero 361 de la 58, Oeste, de Manhattan, entre las avenidas Octava y Novena. La hora aquel s�bado 13 de diciembre de 1890: las 8 noche. Se conocen 5 invitaciones: al pintor Federico Edelmann, para animarlo a ir, le habla de los cuadros que all� encontrar�a: una "Madrugada" de Herman Norrman, el pintor sueco que poco despu�s le iba a hacer a Mart� el �nico retrato al �leo que se le hizo en vida, cuya copia preside la exposici�n de Documentos y Retratos que tenemos en la biblioteca de esta universidad; en su carta Mart�, �vido de p�blico, le pidi� a Edelmann que llevara dos amigos y, al despedirse, lo conmina con estas palabras: "Lo espera sin falta su Jos� Mart�". Otro invitado fue N�stor Ponce de Le�n, tambi�n poeta, a quien tienta con lo m�s efectivo con que se le puede tentar a un poeta, que es la oportunidad de dar a conocer sus versos; le escribe: "No me atrevo a pedir a su musa, tan feliz y esquiva, que le ponga en el bolsillo alguna de sus obras, aunque Ud. se lo dir� en secreto, por si se deja ablandar y se nos aparece Ud. con ocho o diez, y no menos, composiciones suyas..."; y lo compromete a asistir con esta advertencia: "Deseo que no tenga Ud. ese s�bado nada que hacer, ni de veras ni de excusas... Y si no va creer� que desde�a Ud. visitar a los pobres. No le ha de decir que no, ni a Chac�n, ni a su amigo Jos� Mart�". Otra de las cartas es la le envi� a Sotero Figueroa, activo revolucionario, poeta y redactor de La Revista Ilustrada, donde d�as m�s tarde, el 1� de enero de 1891, iba a aparecer el estupendo ensayo de Mart�, "Nuestra Am�rica"; a este noble puertorrique�o Mart� le escribe: "Mi amigo y mi poeta: De seguro nos juntamos ma�ana, y les he dicho a los pocos que se han de reunir que Ud. llevar� versos nuevos en el bolsillo. Leer�n Chac�n y Fuentes, y Palomino y Zeno, y acaso Ponce, y este servidor de Ud...", y de nuevo se despide cari�oso amenazando: "No le perdonar�a su ausencia su amigo Jos� Mart�". Otro invitado fue Antonio Ignacio Quintana, colombiano casado con una santiaguera, veterano de la Guerra Grande, que hab�a sido vecino de Mart� cuando �ste viv�a con la esposa en Brooklyn; parece que a Quintana no le gustaban los versos, pero Mart�, para que hubiera uno m�s en la reuni�n, interesa a este indiferente a la literatura porque aquello era como un reto a la magia de la recitaci�n y una esperanza de conmoverlo; y as� le dice, galante: "Aunque usted se haga el esquivo con los versos, como si no fuese poeta el que supo casarse con Clarita, yo creo que a usted le gustaban en el fondo de su coraz�n..."; pero, ante la duda de convencerlo, Mart�, habil�simo, recurre a otro efugio para asegurar su presencia, y le agrega: "Una hora de amistad y una taza de chocolate no vienen mal en una noche de invierno..." —y todos los que hemos pasado noches de invierno en Nueva York sabemos cu�nto pueden atraer, en la soledad y el fr�o, "una hora de amistad y una taza de chocolate..." La �ltima invitaci�n que se conserva la dirigi� a Miguel Montejo, conspirador y activista desde el levantamiento de C�spedes hasta lograrse la independencia; en aquella ocasi�n le escribi� Mart� una carta a�n no recogida en sus Obras Completas, y que tuve la suerte de dar a conocer hace algunos a�os cuando me la facilitaron sus hijos Arturo y Ren� Montejo, en la ciudad de Tampa, en la que le dec�a a aquel buen patriota: "Mi se�or don Miguel: Ud. es invitado natural y de privilegio a todo lo m�o, y debe saber cu�ndo se le espera, sin necesidad de carta. Sepa, pues, que ha de venir ma�ana, a eso de las ocho de la noche, a la casa que nos prestan... a o�rle leer versos a Francisco Chac�n y a otros poetas cordiales. Ud. no ha de dejarme el asiento vac�o ni la amistad sin paga. Hasta ma�ana, sin falta, le dice adi�s su amigo Jos� Mart�".

Esas reuniones literarias eran frecuentes en la �poca: adem�s de recitar, se tocaba el piano u otro instrumento, se cantaba y, en algunas, se representaban pasajes de obras de teatro, y ten�a, mayor importancia, como era de esperarse, la pl�tica amiga. No hay memoria de ning�n acto sobre el que Mart� haya insistido tanto en la asistencia de sus invitados como en �ste en que iba a presentar los Versos Sencillos. Se reunieron en el apartamento de Carmen Mantilla unas 30 personas. Los "poetas cordiales" leyeron sus versos. De las 46 composiciones que forman este libro no sabemos cu�les ley� Mart�, pero poco despu�s las entreg� a los impresores, ya con la licencia de quienes se las hab�an escuchado; dijo en pr�logo: "Se imprimen estos versos porque el afecto con que los acogieron, en una noche de poes�a y amistad, algunas almas buenas, los ha hecho ya p�blicos..." Y nosotros, en recuerdo de aquella noche de Nueva York, para acercarnos a la dimensi�n que Mart� quiso para su poemario, en esta noche que tambi�n quiere ser "de poes�a y amistad", los vamos a escuchar en las voces de estas j�venes que pod�an haber estado en aquel cuarto piso de la calle 58, en Manhattan, o que quiz�s, de verdad, all� estuvieron y no nos lo han dicho. Son estudiantes de nuestro seminario sobre Jos� Mart� que se han ofrecido generosas para leerlos: son Fidelma Leonor Cobas, Elena Freyre, Anita Velis y Mar�a Vidal, a las que quiero que saluden con un aplauso.

Complejidad y sencillez

Puesto que habl�bamos del car�cter confesional de los Versos Sencillos, resulta oportuno recordar ahora una frase que Mart� escribi� en ese mismo mes de diciembre de 1890 al comentar las Poes�as del cubano Francisco Sell�n; destacaba los aciertos del poeta y dijo, y �stas son sus palabras, que "se pint�, sin querer, que es como las pinturas de s� propio salen buenas..." Obs�rvese el modo que consideraba Mart� como el mejor para un fiel autorretrato: "sin querer", porque as�, cre�a, es "como las pinturas de s� propio salen buenas..." Vale, pues, hacer esta aclaraci�n, de que, cuando hablamos de lo confesional en los Versos Sencillos, no es porque estemos en el mundo de las "confesiones" al estilo de las de San Agust�n, o de Rousseau ni siquiera las de Azor�n, sino de esa involuntaria revelaci�n que se produce cuando el poeta se da a evocar episodios de su vida, o deja que salga espont�nea, en un temblor de inspiraci�n, la palabra de su intimidad. Y es por ese motivo que la poes�a l�rica tiene tan larga vida y gusta tanto, porque, libre de lo accidental, que siempre envejece, maneja asuntos que no tienen �poca o lugar, o lo vencen, como en las Coplas de Jorge Manrique, los Sonetos de Shakespeare, las Canciones de V�ctor Hugo, los Campos de Antonio Machado y el H�bito de esperanza de nuestro Eugenio Florit, tambi�n cr�tico mayor de los Versos Sencillos, que hoy nos honra con su presencia, por citar s�lo algunos ejemplos de esas victorias del arte sobre el tiempo y el espacio, y que llevan en parte la biograf�a del poeta. Cuando Mart� le manda un ejemplar de los Versos Sencillos a su madre, se lo dice todo con estas palabras: "Lea este libro de versos... Es peque�o —es mi vida".

Como en el coro de una tragedia antigua, Mart� se nos presenta insistiendo en el pronombre de primera persona, o en sus declinaciones, siempre con el verbo en tiempo presente, como para eternizar los trazos del pincel que va delineando el retrato; nos dice: "Yo soy un hombre sincero/De donde crece la palma", y sigue:

Yo vengo de todas partes,
Y hacia todas partes voy:
Arte soy entre las artes,
En los montes, montes soy. [...]
Oculto en mi pecho bravo
La pena que me lo hiere:
El hijo de un pueblo esclavo
Vive por �l, calla y muere. [...]
Cultivo una rosa blanca
En junio como en enero,
Para el amigo sincero
Que me da su mano franca.
Y para el cruel que me arranca
El coraz�n con que vivo,
Cardo ni oruga cultivo:
Cultivo una rosa blanca. [...]
Con los pobres de la tierra
Quiero yo mi suerte echar:
El arroyo de la sierra
Me complace m�s que el mar.
Yo quiero cuando me muera
Sin patria pero sin amo,
Tener en mi losa un ramo
De flores, y una bandera.

As� se nos presenta: qui�n es, qu� sabe, a d�nde va y de d�nde viene, con qui�n anda, c�mo reacciona; y despu�s de ese esbozo de esencia y existencia, la resultante de un plan para el vivir, que es siempre la muerte, y dejar de huella en la tierra sus dos grandes contribuciones: la poes�a, que es el "ramo de flores" y el amor a la patria, que es la otra poes�a suya, la mejor de todas: su patriotismo: sobre la sepultura, como firma del gran poema de su vida, "una bandera".

La primera afirmaci�n en este libro, su primer verso, destaca la sinceridad: es el primer adjetivo que emplea Mart�: "Yo soy un hombre sincero/De donde crece la palma". �Qu� significa la palabra sincero? Viene del lat�n sincerus, compuesto de sinne y de cerussa, que quiere decir sin albayalde, ese polvo blanco que se emplea en la pintura y tambi�n para blanquear el cutis o encubrir los aspectos menos agradables de las cosas: sin m�scara, ser�a su equivalente. Pero es que en castellano antiguo la palabra "sincero" era sin�nimo de "sencillo", por lo que descubrimos que el adjetivo del t�tulo, "sencillo", resulta ser intercambiable con el del primer verso: as�, prescindiendo de la sonoridad menos grata, Mart� pod�a haber titulado su colecci�n "Versos Sinceros" en vez de "Versos Sencillos", y haber dicho en su primera afirmaci�n "Yo soy un hombre sencillo/De donde crece la palma", porque los dos quieren decir lo mismo. Sinceridad y sencillez son las palabras b�sicas del libro, hasta en su m�s amplio significado: sin artificio, sin trampa, puro y sin doblez. Por eso termina el pr�logo de esta colecci�n con los t�rminos afines: "Amo la sencillez, y creo en la necesidad de poner el sentimiento en formas llanas y sinceras..."

Tiempo despu�s, al hablar de los versos de un amigo, pero con seguridad recordando �stos suyos, dio el secreto de la composici�n; dijo: "A la vida se le van cayendo los velos poco a poco, y cuando se conoce y rehuye lo de verboso e in�til que hay en ella, vuelve como una ingenuidad al coraz�n que, en los hombres sensibles y adoloridos, se refleja, a la tarde de los a�os, en la sencillez de la poes�a"; y as� �l, alejado de lo "verboso " y lleno el coraz�n de esa "ingenuidad", lo encontramos en su conocid�sima estrofa: "Yo pienso, cuando me alegro/Como un escolar sencillo,/En el canario amarillo,/Que tiene el ojo tan negro".

Se ha dicho muchas veces que la sencillez a estos versos les llega del metro y de las estrofas preferidas: el octos�labo, la redondilla tradicional y la cuarteta, todo lo popular de la poes�a espa�ola, lo m�s simple, porque hasta en el acto de componer se puede usar albayalde para encubrir defectos y arrugas de la obra o del art�fice; y es verdad que en los Versos Sencillos hay como un deseo de que la forma no le robe escenario a los asuntos y a las im�genes que generan, sino de que ella s�lo los lleve discreta de la mano como consorte humilde y respetuoso. En uno de sus Apuntes dej� Mart� otra indicaci�n sobre la f�brica de esta poes�a; all� leemos lo siguiente: "Adoro la sencillez, pero no la que proviene de limitar mis ideas a este o aquel c�rculo o escuela, sino la de decir lo que veo, siento o medito con el menor n�mero de palabras posibles, de palabras poderosas, gr�ficas, en�rgicas y armoniosas..."; lo que dej� resumido en aquella comparaci�n al hablar de la poes�a de P�rez Bonalde: "El verso es perla. No han de ser los versos como la rosa centifolia, toda llena de hojas, sino como el jazm�n del Malabar, muy cargado de esencias..." As� lo sencillo no est� re�ido con lo complejo, sino que precisamente la sencillez es la que exige la complicaci�n. Hace alg�n tiempo una c�mara fotogr�fica, la Minolta, se anunciaba con una frase que me pareci� apropiada para los Versos Sencillos dec�a: "So complex it's simple" —es tan compleja que es sencilla—: para alcanzar la m�xima facilidad en su manejo, en su entendimiento, aquella c�mara ten�a complicad�simos mecanismos interiores, al igual que los Versos Sencillos: un prodigio de ingenier�a: "So complex it's simple".

Estancias del recuerdo

Uno de los personajes principales de esta colecci�n es el recuerdo, la evocaci�n del pasado, que son los episodios que recrea el poeta para contemplarse y mostrarse en ellos. Veamos algunas de esas memorias. Empezamos por la m�s antigua, de cuando ten�a nueve a�os. En esa �poca ayudaba a su padre, empleado entonces de capit�n de partido en Han�bana, un pueblecito de la pen�nsula de Zapata por donde se practicaba con frecuencia el contrabando de esclavos. All� el ni�o vio un boca bajo, el azote que daban a los negros de castigo; en un Cuaderno de Apuntes escribi� a�os despu�s: "�Qu� vi yo en los albores de mi vida?", y, entre sus primeras impresiones, anota: "El boca bajo, en el campo, en la Han�bana". En los Versos Sencillos recuerda as� el horrible espect�culo:

El rayo surca, sangriento,
El l�brego nubarr�n:
Echa el barco, ciento a ciento,
Los negros por el port�n.
El viento, fiero, quebraba
Los alm�cigos copudos:
Andaba la hilera, andaba
De los esclavos desnudos.
El temporal sacud�a
Los barracones henchidos:
Una madre con su cr�a
Pasaba, dando alaridos.
Rojo, como en el desierto
Sali� el sol al horizonte:
Y alumbr� a un esclavo muerto
Colgado a un seibo del monte.
Un ni�o lo vio: tembl�
De pasi�n por los que gimen:
Y al pie del muerto jur�
Lavar con su vida el crimen.

El siguiente recuerdo que hemos escogido se refiere a los sucesos del teatro Villanueva, en La Habana. Hab�a estallado la insurrecci�n el 10 de Octubre de 1868, en La Demajagua, de Carlos Manuel de C�spedes, y ya era el 22 de enero. En la capital ard�an la esperanza de los cubanos y la ira de los soldados de Espa�a. En una funci�n de aquel teatro, propiedad de un cu�ado de Rafael Mar�a de Mendive, el maestro de Mart�, se dijo algo en la escena y en el p�blico que se pod�a tomar como apoyo a los insurrectos, y empez� una balacera que pronto se extendi� por otros lugares de la ciudad. No lejos del teatro se encontraba Mart�, en el colegio de Mendive, y all� fue la madre desesperada a buscarlo —en esos d�as hab�a escrito su poema dram�tico "Abdala", en el que el joven protagonista muere por salvar la patria, y, con todo juicio, do�a Leonor pudo creer que la ficci�n hab�a sido un augurio...; los Versos Sencillos cuentan de esta manera el episodio:

El enemigo brutal
Nos pone fuego a la casa:
El sable la calle arrasa,
A la luna tropical.
Pocos salieron ilesos
Del sable del espa�ol:
La calle, al salir el sol,
Era un reguero de sesos.
Pasa entre balas un coche:
Entran, llorando, a una muerta:
Llama una mano a la puerta
En lo negro de la noche.
No hay bala que no taladre
El port�n: y la mujer
Que llama me ha dado el ser:
Me viene a buscar mi madre.
A la boca de la muerte,
Los valientes habaneros
Se quitaron los sombreros
Ante la matrona fuerte.
Y despu�s que nos besamos
Como dos locos, me dijo,
�Vamos pronto, vamos, hijo:
La ni�a est� sola: vamos!

Es por esa composici�n que, al enviarle el libro a la madre, Mart� le pide lo empiece a leer en la p�gina 51, que es donde est� dicha memoria.

El amor y la muerte son de las coordenadas m�s visibles de los Versos Sencillos, y hay uno en que coinciden los dos en lograd�simo equilibrio, y as� esplenden en aciertos po�ticos inigualables. Es en "La Ni�a de Guatemala". Mart� hab�a llegado a ese pa�s centroamericano en 1877. En M�xico acababa de comprometerse con Carmen Zayas Baz�n, con la que pronto iba a casarse. A poco de llegar, en la Escuela Normal, donde lo contrataron, conoci� en una de sus clases a Mar�a Garc�a Granados. El cubano director de la escuela describi� as� a aquella jovencita: "Era alta, esbelta y ai; su cabello, negro como el �bano, abundante, crespo y suave como la seda; su rostro, sin ser soberanamente bello, era dulce y simp�tico; sus ojos profundamente negros y melanc�licos, velados por pesta�as largas, revelaban una exquisita sensibilidad. Su voz era apacible y armoniosa, y sus maneras tan afables, que no era posible tratarla sin amarla. Tocaba el piano admirablemente, y cuando su mano resbalaba con cierto abandono por el teclado, sab�a sacar de �l notas que parec�an salir de su alma y pasaban a impresionar el alma de sus oyentes". Por esta descripci�n del amigo de Mart�, y la de otros testigos de la �poca parece que, efectivamente "La Ni�a de Guatemala" era una criatura singular: atractiva, culta, discreta. Adem�s de en la clase, Mart� la trat� en su casa, la que visitaba por su amistad con el general Miguel Garc�a Granados, padre de la "Ni�a", quien hab�a sido presidente del pa�s cinco a�os antes: los dos eran aficionados al ajedrez, y ella preludiaba los encuentros con canciones y piezas al piano. Mart� no le ocult� a Mar�a su compromiso, pero quiz�s fue imprudente: en versos de aquellos d�as se ve un juego peligroso: la llama "hermana" y le habla de la "esposa arrodillada" que espera por �l, pero le canta con dulce tono a su cabello, a su voz y a las gracias de su car�cter. Meses despu�s fue Mart� a M�xico, a casarse, y regres� con la esposa a Guatemala. No sabemos si hay un paralelo entre lo que pas� y lo que cuentan los versos, porque hay una verdad hist�rica y una verdad po�tica que no siempre coinciden. Al narrar el suceso no pod�a Mart� detenerse en el accidente de los hechos redondos e inm�viles como hitos de piedra al borde del camino: las cosas pueden pasar de una manera y el sentimiento percibirlas de otra, y, en �ltimo an�lisis, el acontecer es m�s como uno lo siente que como en realidad fue, y �sa es la verdad que ofrece la poes�a, y, por lo mismo, de rango diferente, capaz de recoger lo que se le escapa a la cr�nica reptando entre lo preciso, lo exacto y otros inconvenientes de lo real. A los efectos de lo que nos interesa ahora, el incidente de "La Ni�a de Guatemala" sucedi� as�:

Ella dio al desmemoriado
Una almohadilla de olor:
�l volvi�, volvi� casado:
Ella se muri� de amor.
Ella por volverlo a ver,
Sali� a verlo al mirador:
�l volvi� con su mujer:
Ella se muri� de amor.
Se entr� de tarde en el r�o,
La sac� muerta el doctor:
Dicen que muri� de fr�o:
Yo s� que muri� de amor.
Iban carg�ndola en andas
Obispos y embajadores:
Detr�s iba el pueblo en tandas
Todo cargado de flores.
Callado, al oscurecer,
Me llam� el enterrador:
�Nunca m�s he vuelto a ver
A la que muri� de amor!
Eran de lirios los ramos
Y las orlas de reseda
Y de jazm�n: la enterramos
En una caja de seda.
All� en la b�veda helada,
La pusieron en dos bancos:
Bes� su mano afilada,
Bes� sus zapatos blancos.

Dentro de estas evocaciones de los Versos Sencillos merece tambi�n lugar de honor por su gracia po�tica, otro recuerdo de Mart�: es "La bailarina espa�ola", aquel personaje que gan� la inmortalidad por estos versos. Y �sa es la misi�n singular del artista: darle superior categor�a a lo que no la tiene de s�. �Qu� hubiera sido de la memoria del supuesto conde de Orgaz, sin el Greco; del mulato Pareja, sin Vel�zquez; de Fray Diego, sin Zurbar�n; o de la duquesa de Alba, sin Goya —por citar s�lo los pintores cl�sicos de Espa�a que Mart� prefer�a? Un soplo hubieran sido sin los artistas: un soplo. As� "la bailarina espa�ola". Hab�a llegado esta mujer a Nueva York y bailaba en un teatro donde el empresario, por darle autenticidad a la funci�n, coloc� a la puerta una bandera espa�ola. Mart� llevaba a Espa�a en su coraz�n y quiso ver a la bailarina de quien toda la ciudad hablaba, pero su sensibilidad, movida por el amor a Cuba, se lo imped�a. En una ocasi�n, sin embargo, por suerte para �l, y para nosotros, no pusieron la bandera, y Mart� fue al teatro, y coment� en sus Versos Sencillos: "Han hecho bien en quitar/ El bander�n de la acera;/ Porque si est� la bandera,/No s�, yo no puedo entrar." Y bail� ante Mart� "La bailarina espa�ola", y baila hoy, un siglo despu�s, ante nosotros, y le vemos el gesto y la mantilla, y hasta la o�mos taconear en su tablado:

Ya llega la bailarina:
Soberbia y p�lida llega:
�C�mo dicen que es gallega?
Pues dicen mal: es divina.
Lleva un sombrero torero
Y una capa carmes�
�Lo mismo que un alel�
Que se pusiese un sombrero!
Preludian, bajan la luz,
Y sale en bata y mant�n,
La Virgen de la Asunci�n
Bailando un baile andaluz.
Alza, retando, la frente;
Cr�zase al hombro la manta:
En arco el brazo levanta:
Mueve despacio el pie ardiente.
Repica con los tacones
El tablado zalamera,
Como si la tabla fuera
Tablado de corazones.
S�bito, de un salto, arranca:
H�rtase, se quiebra, gira:
Abre en dos la cachemira,
Ofrece la bata blanca.
El cuerpo cede y ondea;
La boca abierta provoca;
Es una rosa la boca:
Lentamente taconea.
Recoge, de un d�bil giro,
El manto de flecos rojos:
Se va, cerrando los ojos,
Se va, como en un suspiro.

Resulta oportuno, ahora que hablamos de las experiencias de Mart� en los Versos Sencillos, aclarar un pasaje que tiene cierta importancia en su biograf�a. Se trata del rompimiento definitivo de Mart� con la esposa en ese a�o de 1891. Creo que la culpa de la separaci�n, m�s que otro motivo, lo tuvo este librito. Siempre se ha dicho que Carmen Zayas Baz�n se disgust� con Mart� y que por eso �l la atac� en alguna de sus composiciones, pero ahora que se sabe cu�ndo lleg� ella a Nueva York, y cu�ndo se fue, y la fecha de la publicaci�n del libro, se puede afirmar que debi� ser �ste el desencadenaste del conflicto. Mart� compuso buena parte de sus Versos Sencillos durante el verano de 1890, despu�s de la Conferencia Internacional Americana celebrada en Washington, despu�s de "aquel invierno de angustia", como dijo en su pr�logo, por el que estuvo enfermo, y por el cual lo "ech� el m�dico al monte". A fines de ese a�o, como dijimos, ley� sus versos en la despedida de Panchito Chac�n. La esposa no lleg� a Nueva York hasta fines de junio del a�o siguiente, y se fue, escondida de Mart�, dos meses m�s tarde, en agosto de 1891, precisamente cuando vieron la luz los Versos Sencillos. Lo que all� escribi� el poeta tuvo que molestar mucho a Carmen Zayas Baz�n. Hac�a 5 a�os que el matrimonio estaba separado, y Mart� nunca pudo suponer que resultar�an tan inoportunos sus reproches y sus quejas. Para algunos pod�an pasar desapercibidas las alusiones, pero no para los amigos m�s �ntimos, y menos para ella; veamos estos ejemplos:

Coraz�n que lleva rota
El ancla fiel del hogar,
Va como barca perdida
Que no sabe a d�nde va. [...]
He visto vivir a un hombre
Con el pu�al al costado,
Sin decir jam�s el nombre
De aqu�lla que lo ha matado. [...]
�Qu� importa que tu pu�al
Se me clave en el ri��n
�Tengo mis versos, que son
M�s fuertes que tu pu�al! [...]
Aqu� est� el pecho, mujer,
Que ya s� que lo herir�s;
�M�s grande debiera ser,
Para que lo hirieses m�s!
Porque noto, alma torcida,
Que en mi pecho milagroso
Mientras m�s honda es la herida
Es mi canto m�s hermoso.

�"Alma torcida"! La verg�enza debi� ser mucha para la Zayas Baz�n, y con la ayuda de un mal amigo de Mart� y la complicidad del consulado espa�ol en Nueva York, logr� embarcarse con el hijo hacia La Habana. Y la irritaci�n de la esposa debi� ser a�n mayor al notar el contraste entre el tratamiento que le daba a ella y el regalo y el cari�o con que Mart� recordaba a otras mujeres: a la aragonesa Blanca de Montalvo, a Mar�a Garc�a Granados "la que se muri� de amor.".., y sobre todas, a Carmita Mantilla, entonces la fiel compa�era del poeta, en este libro luminosa presencia sin nombre

Yo visitar� anhelante
Los rincones donde a solas
Estuvimos yo y mi amante
Retozando con las olas.
Solos los dos estuvimos,
Solos, con la compa��a
De dos p�jaros que vimos
Meterse en la gruta umbr�a.
Y ella, clavando los ojos,
En la pareja ligera,
Deshizo los lirios rojos
Que le dio la jardinera.
La madreselva olorosa
Cogi� con sus manos ella,
Y una madama graciosa,
Y un jazm�n como una estrella.
Yo quise, diestro y gal�n,
Abrirle su quitasol:
Y ella me dijo: "�Qu� af�n!
Si hoy me gusta ver el sol!"
Despu�s, del calor al peso,
Entramos por el camino,
Y nos d�bamos un beso
En cuanto sonaba un trino.

La oscuridad decidora

Pero no todo en los Versos Sencillos es de esa claridad en la comunicaci�n, porque el lenguaje directo no puede decir ciertos secretos del alma, y menos de una tan rica como la de Jos� Mart�. Para completar la confesi�n de que antes hablamos, su retrato, tuvo que salirse de la an�cdota, de lo descriptivo, para entrar en el mundo de la sugerencia, del s�mbolo, m�s preocupado por las cualidades de las cosas que por su naturaleza, ese recurso que apenas se cultivaba entonces entre los poetas de habla espa�ola, olvidado en aquel siglo XIX de asombros por los adelantos de la ciencia, del positivismo y de la pr�ctica realista en el arte. Se dijo as�, como respuesta a aquella estrechez, que lo importante no era hacer las cosas claras, sino hacerlas sentir (Mallarm�), que, ante todo, la musicalidad deb�a dominar la comunicaci�n (Verlaine), porque con la m�sica no se entiende, sino que se siente, y hay pedazos del vivir que no est�n hechos para el entendimiento sino para sentirlos. Es como un saber de las sombras, del mundo on�rico, que permite llegar a zonas donde s�lo entra la intuici�n. El propio Mart� dijo en apoyo de esa t�cnica expresiva que la poes�a era "un estado vaporoso, nuboso, sumo". �Qui�n no conoce de ese universo de lo ininteligible donde lo que en �l habita es causa de tanta controversia, puesto que cada uno lo percibe de distinta manera ya que est� un pedazo fuera de nosotros y otro en nosotros mismos? Es el reino de aquellas cosas que se pueden entender de modos diversos, que es lo ambiguo. Ya Mart� hab�a ensayado esos caminos en su poemario anterior, Ismaelillo, con el que se consagr�, sin caer en el decadentismo de algunos de sus contempor�neos, en heraldo de la renovaci�n po�tica en espa�ol, en la que luego participaron, con bien diferente prop�sito, Guti�rrez N�jera y Jos� Asunci�n Silva; Juli�n del Casal y Rub�n Dar�o. A fuerza de im�genes atrevidas y originales, de s�mbolos, de asedios a lo sensorial —colores, sonidos, y texturas y formas, pero nunca a nivel del realismo—, por no reducir su retrato, nos hace entrar en esa parte del ser, de la que todos tenemos un poco, vaporosa, nubosa, suma, tan amiga de la poes�a. Oigamos algunos de esos pasajes de fantasmas y visiones, ve�moslos, podemos decir mejor, a la luz de lo que se puede llamar su oscuridad decidora:

Yo tengo un amigo muerto
Que suele venirme a ver:
Mi amigo se sienta, y canta:
Canta en voz que ha de doler. [...]
Por donde abunda la malva
Y da el camino un rodeo
Iba un �ngel de paseo
Con una cabeza calva. [...]
Yo tengo un paje muy fiel
Que me cuida y que me gru�e,
Y al salir me limpia y bru�e
Mi corona de laurel.
Salgo y el vil se desliza
Y en mi bolsillo aparece:
Vuelvo, y el terco me ofrece
Una taza de ceniza.
Mi paje, hombre de respeto,
Al andar casta�etea:
Hiela mi paje y chispea:
Mi paje es un esqueleto. [...]
Estoy en un baile extra�o
De polaina y casaqu�n
Que dan, del a�o hacia el fin,
Los cazadores del a�o.
Una duquesa violeta
Va con un frac colorado:
Marca un vizconde pintado
El tiempo en la pandereta.
Y pasan las chupas rojas,
Pasan los tules de fuego,
Como delante de un ciego
Pasan volando las hojas.

Locura fuera preguntarle al poeta qui�nes son el "amigo muerto" que le canta, o el "�ngel" y la "cabeza calva" que pasean, o el "paje muy fiel" que le ofrece "una taza de ceniza", o aquel otro que es un "esqueleto"; o c�mo puede vestir s�lo de "frac colorado" esa "duquesa violeta", al tiempo que en "pandereta" toca un "vizconde pintado"... �Qu� son? �Qui�nes son? Pues nos dir�a que son eso, y mucho m�s: un amigo muerto, un �ngel, una cabeza calva, un paje, un esqueleto, una duquesa y un vizconde: todo lo que pasa delante de un ciego mientras estamos en ese "...baile extra�o/De polaina y casaqu�n/Que dan, del a�o hacia el fin,/Los cazadores del a�o...

Salvaci�n y despedida

Una �ltima advertencia sobre los Versos Sencillos quisiera hacer antes de terminar. A partir de ese verano de 1891, cuando sali� el libro de las prensas de Louis Weis y Compa��a, en el n�mero 116 de la calle Fulton, en Nueva York, Mart� renunci� todo para dedicarse por entero a la causa de Cuba —sus corresponsal�as en los peri�dicos y sus representaciones consulares—: s�lo le qued�, por unos meses, un puesto de profesor de espa�ol en el Central Evening High School, de la calle 63, Este, de aquella ciudad. As� fue ese a�o, hace un siglo, fin y principio de mucho en la vida de Mart�: corona de dos tiempos, y este libro, los Versos Sencillos, como una despedida, un testamento espiritual, esa marejada de recuerdos y sentimientos como dicen que tienen los agonizantes en sus �ltimos minutos; despedida tambi�n de la creaci�n literaria, pensando en �sta un poco como delirio, un poco como escape y un poco como juego, para entrarla toda en lo que hoy llamamos literatura comprometida, literatura de propaganda, porque despu�s de este libro clav� en Patria su pluma, en el peri�dico que iba a llevar su mensaje revolucionario a las emigraciones y a Cuba, y no la sac� de all� m�s, y de sus cartas a los conspiradores y a los patriotas. Por eso dijo en la primera estrofa del libro: "...antes de morirme quiero/Echar mis versos del alma", y obs�rvese el verbo, "echar", "echar mis versos del alma", como forzar su salida, despedirlos, distanciarse de ellos. Podr�a parecer ingratitud del poeta: uno no echa de su lado lo que ama, pero es que Mart� sinti� la urgencia de su obra: el porvenir de Cuba estaba amenazado por la soberbia de Espa�a, por la debilidad de algunos de sus compatriotas, por la culpable indiferencia de los pa�ses de Am�rica Latina y por el empuje imperialista de los Estados Unidos, avivado entonces por un tratado de reciprocidad que los convert�a en la metr�poli mercantil de la isla. "Me ech� el m�dico al monte... escrib� versos", nos dice en el pr�logo: �l echado por el m�dico, para alejarlo de su quehacer y sus ansias; y los versos llevarlos al papel para sac�rselos de s�, para entregarse a lo que entendi� su deber.

Dentro de la despedida mayor que son el conjunto de los Versos Sencillos, la �ltima composici�n est� dedicada a despedirse de lo que hab�a sido su apoyo, su confidente y su consuelo: la poes�a; y le rinde uno de los homenajes m�s tiernos y hermosos que se han escrito en nuestra lengua. Como resumen del libro, como coda de la gran sinfon�a que son los Versos Sencillos, a la poes�a le dedica la �ltima p�gina: cambia aquel pronombre de primera persona, del principio, el yo, yo, yo, propio de la confesi�n, por el t�, del drama, el pronombre de segunda persona, en un parlamento tanto m�s impresionante y conmovedor en cuanto que uno de los actores, el verso, como avisado del rompimiento, permanece moh�no, inm�vil y en silencio, en un lugar oscuro del escenario: le dice Mart�:

Yo te quiero, verso amigo,
Porque cuando siento el pecho
Ya muy cargado y deshecho,
Parto la carga contigo.
T� me sufres, t� aposentas
En tu regazo amoroso
Todo mi amor doloroso,
Todas mis ansias y afrentas.
T�, porque yo pueda en calma
Amar y hacer bien, consientes
En enturbiar tus corrientes
Con cuanto me agobia el alma.
T�, porque yo cruce fiero
La tierra, y sin odio, y puro,
Te arrastras, p�lido y duro,
Mi amoroso compa�ero.
Mi vida as� se encamina
Al cielo limpia y serena,
Y t� me cargas mi pena
Con tu paciencia divina.
�Habr�, como me aconseja
Un coraz�n mal nacido,
De dejar en el olvido
A aqu�l que nunca me deja?
�Verso, nos hablan de un Dios
Adonde van los difuntos:
Verso, o nos condenan juntos,
O nos salvamos los dos!

Hemos venido aqu�, esta noche, para repetirle al poeta y a sus versos lo que ya saben muy bien ellos, que "los dos" se han salvado, que a�n estamos en su infancia, celebrando estos primeros cien a�os, y que han de venir muchas m�s fiestas centenarias, porque mientras haya un bien que hacer, una pena que consolar, una justicia que cumplir, a "los dos", al maestro y a su catecismo, los necesitar� el mundo. Ellos s� se han salvado, pero su patria no, ni nosotros, y, puesto que Cuba no tiene otra salida que con �l, con su doctrina, con su rep�blica sincera, otra vez aqu� sincera, sin recortes ni disfraces, en un empe�o de salvaci�n como el suyo en los Versos Sencillos, montados en su �ltima estrofa, podemos decirle cada uno de nosostros:

Maestro, nos hablan de un Dios
Adonde van los difuntos:
Maestro, o nos condenan juntos
O nos salvamos los dos.

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