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DON MARIANO PROPIETARIO La publicaci�n de La vida �ntima y secreta de Jos� Mart� ha hecho crecer el inter�s por su biograf�a. Lo nuevo que all� se dio produjo una imagen m�s humana de Mart�, y, por eso, quiz�s, m�s atrayente. Aumenta el deseo de conocer mejor la figura la falta de otros estudios sobre su vida. En Cuba, despu�s del intento biogr�fico del argentino Mart�nez Estrada, en la d�cada de los sesenta, nada mayor se ha hecho en el g�nero. Es que la trayectoria de Mart�, al igual que su ideario, son una expl�cita denuncia del sistema impuesto en el pa�s.
A pesar de los numerosos trabajos publicados en la isla sobre Mart� durante los �ltimos treinta y cinco a�os —muchos con el infame prop�sito de mezclarlo de alguna manera con los disparates, abusos y cr�menes que all� se cometen— no hay ni una verdadera colecci�n de sus pensamientos, ni una seria biograf�a, toda vez que, de ser completas, pondr�an en evidencia la falsificaci�n que hacen de �l �C�mo compilar un ideario de Mart� excluyendo juicios como �stos: "El respeto a la libertad y al pensamiento ajenos, aun del ente m�s infeliz, es mi fanatismo: si muero, o me matan, ser� por eso"; "Me parece que me matan un hijo cada vez que privan a un hombre del derecho de pensar"; "S�lo la opresi�n debe temer el ejercicio pleno de las libertades"?... Y �c�mo escribir su vida escondiendo su empe�o por crear una patria de verdad "con todos y para el bien de todos", o su pr�dica a favor de los derechos humanos, o su obligada peregrinaci�n por varios pa�ses de Am�rica porque "con un poco de luz en la frente no se puede vivir donde mandan tiranos"? S�lo se atreven a publicar estudios parciales y trabajos en que no se toca lo que condena al gobierno. Es por eso que se han visto obligados a reimprimir el Mart�, el Ap�stol, la biograf�a que escribi� Jorge Ma�ach en 1933. En el �ltimo n�mero del Anuario del Centro de Estudios Martianos, donde relacionan la actividad del pa�s en su asunto, al hacer una revisi�n de "las nuevas fuentes para el estudio de su vida", destacan como "carencias e insuficiencias significativas.., la ausencia de un ensayo biogr�fico"; y anuncian que en el concurso nacional auspiciado por el Instituto Cubano del Libro y el Centro de Estudios Martianos, "el premio de biograf�a para adultos fue declarado desierto..." Abundando sobre el tema, el a�o pasado, desde la revista El Ateneo, de Madrid, Paul Estrade, el franc�s estudioso de Mart�, mostraba su sorpresa de que en el centenario de Dos R�os no hubiera "sido acompa�ado por la publicaci�n de una nueva biograf�a"; y puso en evidencia los temores de la censura oficial de La Habana al hablar, en la Revista de Indias, "sobre la ausencia y necesidad de una nueva biograf�a de Jos� Mart�, pedida [por �l, en Cuba] a porfia aunque sin �xito hasta hoy..." Los documentos que justifican este cap�tulo llegaron a manos de su autor por medio de una investigadora residente en Madrid. Fueron descubiertos en el Archivo Nacional de Cuba por Juan Iduate y Andux, quien preparaba una biograf�a del padre de Mart� cuando lo sorprendi� la muerte. Otros papeles, relacionados �stos con la estancia de don Mariano en la Han�bana, que se analizan m�s adelante, los hab�a publicado Iduate en la revista Santiago. Los que interesan ahora fueron a dar al Centro de Estudios Martianos, donde los comentaron de manera superficial en su Anuario 1983, sin darlos a la publicidad. Como no ofrec�an una imagen edificante de don Mariano, los celosos censores s�lo se atrevieron a reconocer que el padre de Jos� Mart� "no se caracteriz� precisamente por la pobreza", descubrimiento ya inoportuno para la supuesta revoluci�n proletaria, pero nada dijeron de que, adem�s de propietario y comerciante, como miembro de la peor burgues�a, Mariano Mart� fue tambi�n esclavista, embustero y abusador. Seg�n las normas de la censura oficial, exponer esos hechos se hubiera considerado "diversionismo ideol�gico". Aunque no fuera cierto, era mejor presentar a don Mariano como un dechado de virtudes. Desconoc�an as�, otra vez, los consejos de Mart�, cuya rectitud lo llev� a decir: "En la verdad hay que entrar con la camisa al codo, como entra en la res el carnicero. Todo lo verdadero es santo aunque no huela a clavellinas..." Ciertamente que no huele a "clavellinas" la parte que se trata aqu� de la vida de don Mariano, pero en ella, como en toda actividad de la inteligencia, hay que entrar "con la camisa al codo... como entra en la res el carnicero". Los datos sobre Mart�, hasta su pubertad, no eran mucho m�s de lo que daba su expediente de estudiante: la entrada en el colegio San Anacleto, en San Pablo, el ingreso en el Instituto de La Habana: sus premios y sus notas; y, de otras fuentes: el bautizo en La Habana, el viaje a Valencia cuando ten�a cuatro a�os, el regreso a Cuba en 1859, la carta a la madre desde Han�bana, una visita a Honduras y algunos versos dom�sticos... Existi� un "Diario" de Mart� ni�o. En �l hubi�ramos podido encontrar lo que hoy s�lo entre sombras podemos ver. Ten�a 16 a�os cuando en carta a su maestro Rafael Mar�a de Mendive, donde se encuentra el m�s grave reproche al padre, le dice del "Diario":
El "Diario" qued� en manos de Micaela Nin, la viuda de Mendive, y, como lo hab�a pedido a sus familiares, se hizo enterrar con �l. Otro testimonio de su existencia lo dio en 1934 un amigo de la familia de Mart�, de las Islas Canarias, quien aseguraba haberlo visto en La Habana, en casa de do�a Leonor, y del que transcribi� en un peri�dico de Santa Cruz de Tenerife unas l�neas que a�os despu�s reprodujo F�lix Lizaso en el Archivo Jos� Mart�. Del padre, por su parte, de estos a�os de su vida, s�lo se conoc�a lo dado por su expediente militar, que public� Joaqu�n Llaver�as en 1953, y lo descubierto por Iduate sobre su estancia en la Han�bana: la llegada a Cuba del sargento, sus promociones, sus empleos como celador, algunas de sus actividades como capitan ped�neo, sus domicilios y breves referencias a su car�cter: hablan de su "terquedad", de su "limitada capacidad, poca aptitud y malos modales", aunque reconocen que "goza el concepto de honrado".
Siempre se supo que el hogar influ�a en la manera de ser del adulto, que la conducta de los padres condicionaba su comportamiento. Desde principios de siglo, a partir de las teor�as de Freud, el asunto ha merecido muy valiosos estudios, pero, debido a recientes revelaciones sobre la ni�ez de personajes bien conocidos (Reagan, Gingrich, Nixon), y por las confesiones del presidente Clinton sobre su ni�ez —hu�rfano educado por un padrastro alcoh�lico y cruel, con las que se explican rasgos de su personalidad: la voluntad de superarse, la incertidumbre y su esp�ritu conciliatorio—, y por la publicaci�n p�stuma en Francia del libro de Albert Camus, Le premier homme, donde habla de su lastimada ni�ez en Argelia —la mayor pobreza, la madre muda, la temprana orfandad, con lo que se quieren entender su humanismo, su idea del absurdo y su genio—, el conocimiento de los primeros a�os de un personaje se hace necesario para su completa evaluaci�n.
Lo que ahora se descubre sobre la ni�ez de Mart�, en funci�n de lo que fue su padre, es de gran valor para entender su car�cter: su �nimo, su reserva, su esp�ritu de justicia, su vocaci�n por el sacrificio, su sentimiento de culpa y hasta algunos de sus renunciamientos y decisiones... Un a�o antes de morir le confes� a un corresponsal: "Yo no he hecho... m�s que sentir en mi rostro la bofetada de la soberbia a la humildad, y vivir para abogado de humildes. �se es mi patriotismo..." �Qu� cantera para el sicoanalista lo nuevo que se da aqu�! �La personalidad forjada en el hogar, el martillo sobre el hierro nuevo! La decisi�n que aparece en uno de sus versos: "Cuando nac�, sin sol, mi madre dijo... ve y escoge. �ste es un yugo, quien lo acepta, goza: hace de manso buey... �sta que alumbra y mata es una estrella... El que la estrella sin temor se ci�e, como que crea, crece..." Y Mart� le responde: "Dame el yugo, oh mi madre, de manera/Que puesto en �l de pie, luzca en mi frente/Mejor la estrella que ilumina y mata". La transcripci�n de estas p�ginas del archivo de Juan Iduate, quien merece todo reconocimiento por ser �l quien descubri� lo que aqu� se analiza, deja ver, por los espacios vac�os entre las palabras que copia, el mal estado de los documentos originales. Al final de estas p�ginas se transcriben en su totalidad los 22 que lo forman, pero en lo que sigue s�lo se reproducen los pasajes m�s reveladores omitiendo detalles de menor inter�s, y arreglando lo imprescindible de la ortograf�a.
El primer documento de esta colecci�n es una escritura de compra por Mariano Mart� de una casa en "el barrio de Pe�alver, calle de Jes�s Peregrino n�mero cincuenta y dos" (I). El precio acordado fue de "tres mil pesos", los que le entrega su esposa, Leonor P�rez, al vendedor. La compra se realiz� ante notario el 22 de octubre de 1862. Como en esa fecha don Mariano estaba de Juez Ped�neo en la Han�bana, le hab�a dado un poder para que adquiriera el inmueble descrito. Ya se sab�a que cinco a�os antes, por la muerte del padre de do�a Leonor, con parte de lo que hered�, la familia pudo hacer el viaje a Valencia: fue cuando renunci� el cargo de polic�a en el barrio del Templete, el m�s rico de La Habana. Por lo que se ve ahora, en 1862, cuando Mart� ten�a nueve a�os, a�n la familia dispon�a de dinero para invertir en bienes inmuebles. Mart� iba en aquellos d�as al colegio de San Anacleto, donde conoci� a Ferm�n Vald�s Dom�nguez, cuya familia disfrutaba de holgada posici�n econ�mica, por lo que se concluye que los Mart� no eran, ni mucho menos, pobres de solemnidad. �Por qu� entonces tuvo el ni�o que recurrir a un amigo de la familia, y luego a Mendive, para pagar sus estudios? Cabe pensar que el padre, aun pudiendo, se neg� a ayudarlo en lo que tanto interesaba al excepcional estudiante, pero que �l no quer�a. De esa lucha nos lleg� el testimonio de la viuda de Mendive, quien as� la recordaba: "Hab�a una incompatibilidad de car�cter entre los dos, el uno queriendo abarcar todo con su inteligencia, y el otro, un espa�ol lo m�s reclcitrante y rudo que pudiera haber, y las continuas luchas que ten�an... porque quer�a a todo trance sacarlo del colegio y que empezara a trabajar, completamente opuesto a que siguiera carrera alguna". Seg�n el papel que sigue en esta colecci�n parece que Mariano Mart� recibi� a fines de 1868 un pr�stamo por valor de "660 pesos, 1,334 escudos sin inter�s, por hacerle un favor", de un tal "Emilio Charun, vecino de Reina 77". Don Mariano se obligaba "a pagar en seis meses, 12 pesos, a 24 escudos por mes [con un] inter�s del 1% si no paga", y como garant�a dio "dos situadas [rentas] en el barrio de Pe�alver, calle Jes�s Peregrino esquina a Soledad, # 57 y 59" (II). Mariano Mart� no cumpli� los pagos a que se hab�a comprometido: en un recibo del 11 de mayo de 1869 se consigna que en esa fecha "D. Mariano Mart�, vecino de la calle de San Luis Gonzaga, antes Reina... s�lo abon� una partida de 24 escudos, 12 pesos" (III); y en otro, de "Junio 21 [de 1869, se] remiten bienes de hipoteca a Felicia S�nchez de Charun", que deb�a ser la esposa del prestamista y el t�tulo del inmueble hipotecado (IV). Por otros escritos de esta colecci�n (XI-XVII), se evidencia que en 1865 Mariano Mart�, due�o de "La Fuente de la Salud", un comercio de "confiter�a y caf�" situado en "la calle de la Salud", entr� en sociedad con un tal Francisco Mart�, quiz�s su primo. La compa��a se iba a llamar "Sociedad Calle Real de la Salud". Francisco "aport� 4,000 pesos" al negocio en el cual se har�a "liquidaci�n cada tres meses [de] ganancias o p�rdidas". Uno de los 10 ep�grafes de este contrato "privado" (XIII) estipulaba para "Mariano, 25% de utilidades m�s una onza mensual para gastos..."; y en otro se lee: "Que mediante a que [puesto que] D. Mariano tiene establecidos confiter�a y helados, el cual ha de surtir para su constituci�n, es condici�n expresa para que cuando necesite de este g�nero para su expendio, ha de llevarlo de esta sociedad, pag�ndolo por los precios de su plaza, con alguna [re]baja moderada, as� en consideraci�n a que tiene que hacer una segunda venta..." Por alg�n motivo que no se conoce aquel convenio no prosper�, y Mariano Mart� tuvo que demandar a su socio reclam�ndole "4,000 escudos de perjuicios, efectos [enseres] y numerario [dinero en efectivo]". Lo m�s notable del pleito son las acusaciones que se hicieron los litigantes: de Mariano dice Francisco por medio de su apoderado, un tal Nicol�s Carrera:
A este alegato contest� don Mariano por boca de su representante legal: "Parece incre�ble la contestaci�n de la demanda formulada por D. Nicol�s Carrera, apoderado de D. Francisco Mart�, decir que mi parte no es cristiano, cat�lico, apost�lico romano es tan raro, tan nuevo en un juicio en que se trata de hechos y derechos de las partes litigantes, que casi parece una burla con la que procura alejar el punto cuestionado..." En otro lugar se insiste en que Francisco "debe tres mil y pico escudos que llev� de dulces a otro establecimiento", y que �l "ha concebido la idea de que el due�o de La Fuente de la Salud [Mariano] es pusil�nime y asustadizo" y que se quiere "arrancarle por miedo lo que de otro modo no se puede". Y concluye con estos tan curiosos como intempestivos comentarios: "En tiempo de anta�o �se era el imprudente medio de que la ignorancia se val�a... hoy se educa de otro modo: se ha abolido esa perniciosa conducta, a ning�n ni�o se le amenaza ni se le aterra, se le persuade s�lo en la raz�n con la verdad y con la inteligencia..." (XV) Era el combate de dos exaltados bravucones. �C�mo termin� aquel pleito de 1866? No se sabe, pero s� que mientras el padre peleaba con el socio para salvar su comercio, el hijo asist�a a la escuela de Mendive, en Prado n�mero 88. Al terminar las clases regresaba a casa de su familia, no lejos del colegio, en la calle Refugio n�mero 11, donde tuvo que o�r las quejas del infortunado comerciante a quien acusaban de embustero, tramposo y fanfarr�n; y ver as� "La Fuente de la Salud", convertida en fuente de discordias. Don Mariano debi� perder con el pleito su negocio: a mediados de aquel a�o de 1866 inici� gestiones para obtener otra vez una plaza de celador, como las que hab�a tenido en los barrios de Santa Clara y del Templete. Despu�s de mucho esperar se la concedieron en Bataban�, pero tan lejos de la familia, pidi� un traslado para La Habana, el que le concedieron a principios de 1869, y as� estaba de celador en el barrio de la Cruz Verde, en Guanabacoa, cuando el hijo empez� a publicar sus primeros escritos pol�ticos. En la casa donde naci� Jos� Mart�, hab�a esclavos. Los padres se casaron a principios de 1852 y alquilaron el piso alto de la casa en la calle Paula n�mero 41. En los bajos viv�a la hermana de do�a Leonor, Rita P�rez, casada con Joaqu�n Mart�n Navarro, primo de don Mariano, y en una habitaci�n con aceso al patio dorm�an cuatro esclavos destinados al servicio de los inquilinos. S�lo hasta que ten�a tres a�os el primog�nito, vivi� all� la familia. Luego se mudaron a una casa en la calle de la Merced n�mero 40.
De todo lo que revela el archivo de Iduate, quiz�s lo m�s sorprendente es comporobar que en la casa de Jos� Mart�, de ni�o, hubo esclavos. �Cu�nto no debi� entristecerlo ese recuerdo! Aunque es conocida su reserva respecto a lo personal, sin recurrir al "mecanismo s�quico del olvido", del que habl� Freud, no es f�cil explicar su completo silencio sobre este asunto. Al llegar a Nueva York, en 1880, dijo en su famosa "lectura" del Steck Hall: "Tenemos que pagar con nuestros dolores la criminal riqueza de nuestros abuelos. Verteremos la sangre que hicimos verter... Las culpas del esclavo, caen �ntegra y exclusivamente sobre el due�o..."; y en el discurso del 10 de octubre de 1887, pensando en la isla despu�s de la independencia, asegur� que en ella podr�an vivir "en amor los esclavos azotados y los que los azotamos..."; y en un apunte dej� esta curiosa confesi�n: "�Qui�n que ha visto azotar a un negro no se considera para siempre su deudor? Yo lo vi, lo vi cuando era ni�o, y todav�a no se me ha apagado en las mejillas la verg�enza..." Y ahora que sabemos que el padre tuvo esclavos, esa insistencia en "Yo lo vi, lo vi cuando era ni�o," �no nos permite pensar que lo vio en su propia casa? Y m�s apoya esa sospecha el comprobar, como se ver� m�s adelante, que don Mariano era dado a ciertos "atrevimientos de la mano", como llamar�a Mart� a las azotainas que le propinaba a sus propios hijos... El documento que revela a Mariano Mart� como esclavista, que era todo el que pose�a esclavos, lo constituye una "p�liza" —especie de certificado de propiedad que garantizaba no ser de contrabando— suscrita el 5 de junio de 1857 (V). Le siguen varios recibos y papeletas en los que constan algunas cantidades entregadas y otros detalles de la posesi�n (VI-X). La fecha de la p�liza permite pensar que la compra de uno de los esclavos se hizo tambi�n con parte de la herencia de do�a Leonor, poco despu�s de presentar don Mariano su renuncia de la celadur�a en el barrio del Templete, y muy cerca del viaje a Valencia de la familia; la m�s tard�a fecha de estos papeles es "Octubre de 1859", cuando regresaron de Espa�a. En el documento de compra del esclavo se lee:
Del otro esclavo s�lo nos llega su n�mero; all� se lee: "2 p�lizas, N� 17746 y 7; 2,000..." (VI), prueba de que cada uno val�a l,000 pesos. Hay, por �ltimo, junto a lo anterior, adem�s de los recibos relacionados con este asunto, una papeleta que dice: "Conciliaci�n del Marqu�s de Aguas Claras para que le paguen los 850 de D. Mariano. 21 de marzo de 1870" (X). �Ser� �ste un acto de conciliaci�n de dicho marqu�s, que entonces era Francisco Ponce de Le�n y Balz�n, con don Mariano Mart�, para evitar un litigio por el cobro de la cantidad de 850 pesos que era lo "indemnizado" del esclavo "Jos� de la Merced"? El d�a 4 de ese mismo mes de marzo Jos� Mart� hab�a sido condenado a seis a�os de c�rcel... �Buscaba el padre dinero para sufragar los gastos del juicio, o para reducirle la condena?
Con los datos que aparecen en estos papeles se ve que esos dos esclavos de la familia de Mart� eran los que llamaban "arrendados", los que hac�an trabajos para una tercera persona percibiendo el amo el alquiler del mismo. Se les "echaba a ganar", que as� se dec�a, como caleseros p�blicos, zapateros, sastres, m�sicos, tabaqueros; y a las mujeres, como nodrizas, dom�sticas, lavanderas y hasta como prostitutas... En su libro sobre El hampa afrocubana; Los negros esclavos, Fernando Ortiz dice de ese procedimiento: "La peque�a burgues�a cubana invert�a sus ahorros a menudo comprando un esclavo como pod�a comprar un animal de carga, y lo arrendaba convirti�ndolo en fuente de ingresos... Entre los negros esclavos se consider� en cierta �poca como poco decoroso el ser arrendados; acaso porque ser esclavo arrendado significaba, por lo com�n, no serlo de gente rica y de buena posici�n social, sino de modestos amos que buscaban en el arriendo de sus siervos una peque�a fuente de ingresos..." Una "leyenda en verso" de un olvidado poeta, Evaristo Sili� y Guti�rrez, publicada en Madrid en 1868 con el t�tulo de El esclavo, y dedicada a Nicol�s Azc�rate, amigo de Mendive y luego compa�ero de bufete de Mart�, describe el proceso del arriendo: al protagonista lo compra un blanco de la ciudad, y sobre ese cambio en su vida le advierte un viejo guardiero: "Te compra para que sea/Tu abrumadora tarea/Cuando a su antojo le cuadre,/Interminable y cruel;/ Para que esclavo y obrero,/Sufras y ganes dinero/ —‘�Dinero para tu madre?’/—‘�No, dinero para �l!’". No era esa costumbre de tener "esclavos obreros", a los que el amo pod�a "arrendar", nueva en el pa�s, Lev� Marrero advierte en su Cuba: Econom�a y Sociedad: "La temprana costumbre de los due�os de esclavos en Cuba de permitirles trabajar con relativa autonom�a, siempre que les pagaran un jornal, preocupaba a la Corona en los a�os finales del siglo XVII..."; y cita una Real C�dula de 1672, en la que se censura a los due�os, los cuales, no satisfechos con las ganancias que les tra�an las esclavas, las obligaban a salir de noche "a que con torpeza y deshonestidad las consigan..." Entre los muchos libros que proyectaba escribir Mart�, hay uno que pens� titular "Mis negros". Iba a ser una colecci�n de estampas de algunos de los que hab�a conocido, quiz�s como la Colecci�n de art�culos de su maestro en el colegio de Mendive, el t�mido abolicionista, Anselmo Su�rez y Romero, autor de la novela Francisco. Relaciona diez: "Tom�s", que pudiera ser el "negritoTom�s","bozal" de 11 a�os, su amigo en la c�rcel; otro, el que vio en el bocabajo cuando estaba con su padre en Han�bana; otro,"el negrito de Claudio Pozo"; un tal Isidoro, "el de Bataban� (esperando mis versos, sentado a mis pies)"; tres negras: "Isabel Diago (homosexual), Dorotea" y una que recuerda haber visto en el campo, cuya "camisa rota le dejaba descubierto un seno"; otro, "el viejo del presidio: ("algo de roble roto: majestad desoladora)", que debe de ser el "pobre Juan de Dios... de m�s de cien a�os", que menciona en El Presidio Pol�tico en Cuba; Sim�n: "elocuencia", que ser�a el negro Sim�n, de Zaragoza, criado de la casa de hu�spedes en que vivieron Mart� y su amigo Ferm�n Vald�s Dom�nguez, quien lo describi� como "hombre de armas y de frases". El quinto de la lista de figuras s�lo dice: "Jos� (fidelidad)"... �Ser� "Jos� de la Merced", uno de los esclavos de la familia? El substantivo que le a�ade es el com�n para el buen esclavo, como para los buenos sirvientes y criados: la "fidelidad" como sin�nimo de lealtad. En el libro antes citado, Fernando Ortiz hace este comentario: "La condici�n del esclavo urbano lo aproximaba m�s al amo que el esclavo del campo, lo cual permit�a que la fidelidad del siervo al se�or fuese m�s frecuente y manifiesta..."; y a�ade como prueba de esa "fidelidad" del esclavo: "Todav�a hoy [1916] es frecuente en las antiguas familias cubanas encontrar servidores adictos, antiguos esclavos o descendientes de los esclavos de la casa, dom�sticos de confianza, cuya influencia en la educaci�n de los blanquitos fue intensa..."
En el padre encontr� Mart�, en un momento de su vida, tambi�n por aquellos esclavos obreros, cuanto repugnaba a su esp�ritu, y en el maestro Mendive, cuanto lo atra�a. Tuvo que ser de mayor importancia en su formaci�n el enfrentamiento del esclavista del hogar y el abolicionista del colegio. Aunque no era extra�o en aquellos d�as un cierto antiesclavismo sentimental y literario en poseedores de esclavos, el recuerdo de su padre, como propietario de esclavos, deb�a serle molesto, particularmente ante algunos de sus maestros y de los contertulios de Mendive, enemigos de la esclavitud. En 1865, acabado de ingresar Mart� en la Escuela Municipal de Varones, aparece el poemario antiesclavista de Jer�nimo Sanz con una carta pr�logo del propio Mendive, quien le aplaude el acierto en presentar "los lamentos y sollozos de esa raza oprimida", por el que le anuncia "un puesto de honor en el mundo literario". Por ese motivo afirman Jorge e Isabel Castellanos en su Cultura Afrocubana que al mentor espiritual de Mart� se le puede colocar "tambi�n entre los abolicionistas intelectuales criollos"; y con raz�n se preguntan: "�De d�nde si no de labios de su amado maestro aprendi� Jos� Mart� a aborrecer tanto la esclavitud pol�tica como la social?" Debi� Mart� leer en casa de Mendive alguna de las ediciones del Ensayo pol�tico sobre la isla de Cuba, del Bar�n de Humboldt, publicado en espa�ol por vez primera en Par�s, en 1827. En el cap�tulo donde habla el sabio alem�n de la trata de negros, hizo esta afirmaci�n: "La esclavitud es, sin duda, el mayor de todos los males que han afligido a la humanidad..." Aunque la esclavitud se hab�a abolido en Cuba seis a�os antes de que se publicaran los Versos Sencillos, Mart�, casi verbatim, con una intenci�n social m�s amplia, repiti� el acertado juicio de Humboldt: "Yo s� de un pesar profundo/Entre las penas sin nombre:/ La esclavitud de los hombres/Es la gran pena del mundo". En los primeros a�os de la Rep�blica a�n se hablaba del padre de Mart� como de una mala persona: autoritario, agresivo, intolerante. En 1909, al cumplirse el 13 aniversario de Dos R�os, Ferm�n Vald�s Dom�nguez public� su "Ofrenda de hermano" en el peri�dico El Triunfo, de La Habana, y all�, como excepcional testigo, aseguraba que don Mariano era "de formas violentas y desp�ticas", y que educ� al hijo "en el amor a Espa�a, y para que fuera en la Celadur�a el continuador de su misi�n policiaca"; ante esa "injusta imposici�n paternal", Mart� se vio obligado a refugiarse en el cari�o de Mendive para continuar sus estudios y seguir con sus ideas cubanas. En 1915, en un discurso en el Ateneo de La Habana, N�stor Carbonell, hijo del gran amigo de Mart� en Tampa, insit�a en que los padres de Mart� lo educaron "en el amor a Espa�a y en la sumisi�n m�s absoluta a su gobierno ; y que la aspiraci�n m�s ardiente de ellos era el ver alg�n d�a a su Pepe empleado en la misma faena policiaca que el viejo", a lo que se resisti� el joven, "rebelde desde ni�o". Muy pronto las opiniones sobre don Mariano puede decirse que se dividieron siguiendo las ideas pol�ticas de los que las sustentaban: los m�s amigos de Espa�a se inclinaron a defenderlo, a disculparle su conducta con el hijo, o a negar sus defectos; los viejos separatistas prefer�an centrar en �l su condena de la intransigencia y el despotismo del r�gimen colonial. De ambas partes hubo exageraciones. Luego lleg� la voz de la familia queriendo decidir en el asunto. Estuvo representada por Ra�l Garc�a Mart�, hijo de Amelia, la hermana de Mart� que tuvo m�s larga vida. En su Biograf�a Familiar, publicada en 1938, cuando la madre ten�a 72 a�os, se quejaba su autor de "la forma despectiva y humillante en que, sin raz�n alguna, se hace aparecer constantemente a los progenitores de Mart�", y a�ad�a: "No s� con qu� raz�n ni motivo se ha hecho aparecer al padre de Jos� Mart� como ‘persona ignorante y de poca capacidad, y con escaso amor paternal...’", y conclu�a diciendo que Mart� "de su padre hered� la entereza de car�cter, la hombr�a de bien, la honradez acrisolada y la caballerosidad..."
Tras esas opiniones Ra�l Garc�a Mart� cont� un episodio de la vida de don Mariano que para siempre quiso reivindicarlo. Es sobre su conducta respecto a los desembarcos de esclavos cuando era capit�n ped�neo en la Han�bana; dijo:
�sa era la versi�n familiar de los hechos: la "honradez y la hombr�a de bien" de don Mariano, le hab�an hecho perder el puesto de capit�n ped�neo. Debi� ser tambi�n la opini�n de Mart�, por lo que le oy� al padre. Pero no era verdad. Un documento publicado por el Archivo Nacional en 1928 parec�a confirmar las palabra de Ra�l Garc�a Mart�; se trataba de un informe del Negociado de la Pol�cia, relacionado con la solicitud de don Mariano para un cargo de celador, el que le concedieron en Bataban� a fines de 1868. Para expliicar su separaci�n del puesto que hab�a tenido en la Han�bana, y hacerlo aparecer como v�ctima de una injusticia, el informante, con toda seguridad influido por don Mariano, dice,
Seg�n este informe, desde luego, parece que don Mariano fue reemplazado arbitrariamente en el cargo por ese Manuel Arag�n, el cual hab�a participado en el desembarco de esclavos, con lo que era posible concluir que don Mariano era el honrado y el otro el venal, por lo que logr� de nuevo la capitan�a. Pero eso no es cierto. Los documentos que public� en 1982 Juan Iduate en la revista Santiago prueban algo distinto. No llega �l, por supuesto, a esa conclusi�n: quiz�s no se dio cuenta de la evidencia o se someti� voluntariamente a la censura para no empa�ar la imagen del padre de Jos� Mart�. El acontecimiento pas� de la siguiente manera. El 31 de marzo de 1862 el c�nsul brit�nico en Cuba, enemigo de la trata, le inform� al Capit�n General de la isla, que por la zona de la Ci�naga de Zapata, hab�a desembarcado un contrabando de unos 400 negros. La investigaci�n que provoc� la denuncia inglesa hizo que, como primera medida, se arrestara a buen n�mero de los que se cre�a involucrados. Entre ellos estaba, como era de esperarse, Manuel Arag�n Quintana, a quien acusaban de haber recibido "cinco mil pesos y siete negros" por permitir la operaci�n. Fue entonces cuando don Mariano lo sustituy� en el cargo de Capit�n Ped�neo del Partido de la Han�bana, el 14 de abril de 1862. Lo mismo que a los otros encausados, a Arag�n le embargaron las propiedades, y la acci�n del embargo la llev� a cabo don Mariano. Aunque todo apuntaba a que en realidad se hab�a producido el desembarco, pues se encontr� quemada la nave en que lleg� el cargamento, lo cierto es que la Real Sala Tercera, que conoci� el caso, por falta de pruebas, tuvo que suspender el juicio; dice el acta que "de conformidad con lo representado por le Ministerio Fiscal, se sobresee en la continuaci�n de esta causa... [toda vez] que no ha sido posible encontrar los negros ni aun remotamente sospechar el rumbo que llevaron ni el punto donde se encuentran... [y se ordena que queden] en absoluta libertad los que fueron presos, cancel�ndose las fianzas que prestaron y devolvi�ndose los bienes que [les] fueron embargados..." En virtud de esa orden, el propio don Mariano procedi� a devolverle sus bienes a Arag�n, el que no tard� en pedir que lo restituyeran a su antiguo cargo del que, de acuerdo con los tribunales, hab�a sido separado injustamente. Fuera o no culpable, �se fue, y no otro, el motivo por el que tuvo que ceder don Mariano el puesto, no porque se opusiera al desembarco de ning�n cargamento de esclavos, como dijo su nieto. Y ahora una conjetura. �Fue en verdad Mariano Mart� ajeno a todo el trasiego de esclavos en la zona bajo su vigilancia? Entre los papeles que encontr� Iduate en el Archivo Nacional, reproducidos luego en su art�culo "Don Mariano Mart� y Navarro, Capit�n Juez Ped�neo de la Han�bana", en la revista Santiago, aparecen las siguientes noticias: el Capit�n General de la isla le envi� un telegrama el 6 de octubre de 1862 al Teniente Gobernador de Col�n, que era la jurisdicci�n a la que pertenecia la Han�bana, en el que le dec�a:
El d�a 14 de ese mes el Teniente Gobernador de Col�n, en respuesta al Capit�n General, le informaba haber dispuesto lo necesario para vigilar las costas del partido de la Han�bana, pero sin contar con don Mariano. No consta que en aquella ocasi�n se introdujeran bozales en el lugar. Pero en otro expediente, que lleva el t�tulo de "Alijo de bozales por el partido de Yaguaramas [lindante con el de la Han�bana], jurisdicci�n de Cienfuegos", fechado en 1864, se insist�a que "a fines del a�o 1862", entre el "ocho y el veintiseis de diciembre", pasaron m�s de setecientos negros del partido de Yaguaramas, al de Palmillas, que era uno de los cinco, incluyendo a la Han�bana, pertenecientes a la jurisdicci�n de Col�n; y comenta Iduate sobre el "alijo", que el transporte de los esclavos se hab�a hecho con la protecci�n de "la Guardia Civil y Caballer�a de los Lanceros del Rey, y, desde luego, con pases a favor de los conocidos negreros Juli�n Zulueta, Jos� Bar�, Tom�s Giori, Franciso Rosel y otros..." Seg�n el testimonio de Ra�l Garc�a Mart�, su abuelo era a�n en esa fecha capit�n en la Han�bana, y all� estaba, a fines de 1862, con el hijo —el 23 de octubre Mart� le escribi� a su madre la m�s antigua carta de �l que se conoce. Para pasar las Navidades viajaron los dos a la capital, pero cuando se realiz� el desembarco de esclavos de que habla ese expediente, es muy probable que estuvieran los dos en el lugar... �No ser�a ese episodio el que llega a los Versos Sencillos, al n�mero XXX, donde aparece Mart� como testigo de lo sucedido, por lo que fue asunto de su experiencia y no de su invenci�n? All� record�:
�"Lo vio"? �No tendr� esa composici�n el fondo real de otros de sus Versos Sencillos —"La Ni�a de Guatemala", por ejemplo, "La bailarina espa�ola", o la noche del 22 de enero de 1869 cuando "el enemigo brutal" tirote� el colegio de Mendive? Entonces, si el "ni�o" "lo vio" en la Han�bana, tuvo que verlo el padre. No lo pudo denunciar el pobre capit�n ped�neo toda vez que la tropa iba, seg�n dice ese expediente, amparada por "la Guardia Civil" y "los Lanceros del Rey". Por eso no se puede culpar a don Mariano, pero lo que s� queda claro es que el padre de Jos� Mart� no perdi� su puesto por oponerse a la esclavitud, como siempre repiten los cronistas y bi�grafos que se han ocupado de �l, basados en aquellas palabras de su nieto, de que el padre de Mart� "no transigi� con este bochorno [el desembarco de esclavos], cost�ndole su honradez y hombr�a de bien, el verse nuevamente separado de su cargo..." El puesto lo perdi�, como se ha visto, al recobrarlo Manuel Arag�n, y �l s� tuvo que transigir con el desembarco de esclavos en aquellos d�as de diciembre de 1862, el que describi� Mart� en sus versos. �Como se hubiera podido conciliar, sin este conocimiento, al esclavista que se vio antes con ese recto funcionario que pint� el nieto, v�ctima de escr�pulos morales ante la esclavitud?
Al evocar a Heredia cuando compon�a con el aplauso del padre sus primeros versos, Mart� se lamentaba recordando a los que, como �l, hab�an tenido que componerlos "entre azotes y burlas". Y hablando de otro poeta cubano, de Alfredo Torroella, le elogi� el padre porque nunca tuvo para el hijo "esas rudezas de la voz, esos desv�os fingidos, esos atrevimientos de la mano, esos alardes de la fuerza que vician, merman y afean el generoso amor paterno. Puso en el hijo respeto, no con el ce�o airado, ni con innoble fusta levantada..." Y como pensando en su ni�ez exclam�: "No es el menor sacrificio que a la vida se hace el sacrificio de la infancia: �ay! �entrar a vivir con un ramo de flores marchitas en la mano!" En la carta antes citada, a Mendive, le confes� Mart� que su padre lo hab�a "llegado a lastimar tanto" que le hizo pensar en el suicidio. Y eso lo dec�a un joven de diez y seis a�os cuya entereza se iba a probar meses despu�s en la c�rcel. Ning�n testimonio resulta m�s revelador "para lo que aqu� se trata que el de Miguel F. Viondi, amigo de Mart�, en cuyo bufete trabaj� en 1879; dijo Viondi, ya como representante a la C�mara, a principios de la Rep�blica: "... La rudezas del padre de Mart� con �ste tienen natural explicaci�n en la condici�n personal del primero, rudezas de raza, cabr�a decir, aun subsistentes en aquella saz�n, trat�ndose de un hombre de educaci�n primitiva, para quien la paternidad se entend�a como facultad omn�moda para ejercer todo orden de tiran�as..." Otro de los documentos de la colecci�n in�dita de Iduate permite conocer hasta qu� extremos lleg� la crueldad de don Mariano. Es de la hermana de Mart�, Leonor, a quien llamaban La Chata, nacida en 1854, y es tan expl�cito que ser� suficiente su transcripci�n; en �l se lee:
Accediendo a la solicitud, el juzgado se person� en la casa de Mart�, y se hizo el "dep�sito" de la jovencita en la de un tal Manuel C�ndido Blanco, "persona de toda moralidad y buenas costumbres, y de estado casado" (XX, XXI y XXII). Este episodio de Leonor ocurri� en los d�as de la carta antes mencionada de Mart� a Mendive. �Tendr� que ver el "sufrir" de que habla en ella, y lo mucho que lo lleg� a "lastimar" el padre, y el pensamiento del suicidio, con ese momento dif�cil de su hermana? Debi� sentirse Mart� muy humillado con la presencia de la justicia en su hogar arranc�ndole la hija de quince a�os a su padre culpable de abuso y maltrato. �Y no habr� �l mismo ayudado en la redacci�n de la instancia de la hermana pidiendo amparo a los tribunales de justicia? Y mayor relieve toma la crueldad y la intransigencia del padre, y de la madre, pues el escrito inculpa a los dos, al saber que tiempo despu�s ese Manuel Garc�a —otro Garc�a, no el padre de Ra�l, del que antes se habl�, llamado Jos�, tambi�n casado con una hermana de Mart�— que tantos golpes le cost� a la joven novia, se cas� con ella. Y un hijo de ese matrimonio, Alfredo, fue el primero de la familia que march� a la guerra cuando tuvo noticia de la muerte del t�o. Don Mariano era en los d�as de esta actuaci�n judicial celador en Guanabacoa, y no le conven�a un esc�ndalo p�blico, por lo que accedi�, seg�n se lo ordenaban, al dep�sito de la hija. Por otra parte, en La Habana hab�an empezado los disturbios por la Guerra Grande, y el hijo ya ten�a publicado su primer trabajo pol�tico en El Diablo Cojuelo, y en La Patria Libre el poema dram�tico "Abdala". La torpeza del padre no pudo impedirle ver el conflicto que se avecinaba: a Mendive ya le hab�an clausurado el colegio y lo condenaron a cuatro a�os de destierro. Dos meses despu�s del dep�sito de Leonor, entraba Mart� en la c�rcel... Fue entonces cuando cambiaron las relaciones entre el padre y el hijo. Jam�s volver�a Mart� a hablar mal de �l: a partir de aquella desgracia, todo ser�an elogios: nuevos s�mbolos hab�an subido a escena: muy pronto recordar� en su acusaci�n contra Espa�a, en El presidio pol�tico en Cuba: "... Mi patria me hab�a arrancado de los brazos de mi madre, y se�alado un lugar en su banquete. Yo bes� sus manos y las moj� con el mismo llanto de mi orgullo, y ella parti�, y me dej� abandonado a m� mismo..." Y el padre, como en catarsis de una tragedia, vivir�a ya para siempre callado, con la cabeza baja. �se Mariano Mart� es el que se conoc�a, especie de Cirineo, que le ayud� al hijo a llevar la cruz; es el "santo sencillo de la barba blanca", de que nos hablan sus versos; es el "hombre admirable" que le describe en una carta a su hermana Amelia; es el que lo angustia al saberlo enfermo, poco antes de su muerte, en 1887, por lo que le escribe a Manuel Mercado, su amigo mexicano:
S�, mucho de lo que ten�a el hijo "de bueno" pudo tener "su ra�z" en padre, del padre que fue despu�s del presidio pol�tico, pero del otro Mariano Mart�, del pendenciero, el esclavista y el abusador, del que nos descubren estos documentos, s�lo debi� llegarle al hijo pena y verg�enza.
Hay un pasaje en la obra de Mart� que deja ver el cambio de don Mariano, la transformaci�n despu�s de presenciar los sufrimientos del hijo. Es un art�culo que apareci� en Patria el 14 de marzo de 1893; hablaba de los espa�oles, enemigos de la independencia, sembrando desconfianza entre los emigrados, y se nota c�mo se le va la pluma al recuerdo de aquella transformaci�n: ahora podemos entenderlo en toda su amplitud; escribi�:
"CIELO NEGRO, SOL PUESTO, AGUAS SALOBRES" Pudo don Mariano decir como el verso de Ismaelillo, "�Hijo soy de mi hijo!/��l me rehace!", que segu�a aquel otro de William Wordsworth, en "The Rainbow", donde aparece la misma idea: "The child is father of the man..." La conducta ejemplar de Mart� hizo nacer en el padre otra persona: Despu�s del presidio pol�tico, dej� �l de vestir el uniforme militar, se refugi� en el silencio, y, cuando pudo reunirse con el hijo que hab�a terminado sus estudios en Espa�a, se fue a M�xico con la familia. Entre los papeles que me entreg� poco antes de morir mi amigo y maestro F�lix Lizaso, hab�a uno que creo le hab�a facilitado Jos� de J. N��ez y Dom�nguez, el erudito martiano de M�xico. Con la informaci�n que ellos contienen me ha parecido oportuno terminar este cap�tulo. Es una nota publicada en el peri�dico La Iberia, de M�xico, con fecha 30 de diciembre de 1874, que deja ver el infausto destino de don Mariano. Bajo el t�tulo de "Familia Desgraciada", dice as�:
El d�a 19 de enero de 1875, otra nota del mismo peri�dico se refiere a "la suscripci�n abierta en La Iberia para el Sr. Mart�", y sigue una relaci�n de nombres y limosnas que suman la cantidad de "$72.50..." En aquella miseria hab�a muerto la hermana m�s querida de Mart�, Ana (Mar�a Salustiana), el 5 de enero. El certificado dice que muri� de una "afecci�n org�nica del coraz�n", pero es muy posible, por lo que ahora sabemos, que haya sido tambi�n de hambre. Mart� lleg� a M�xico a mediados del siguiente mes, y pudo sacar a la familia de tanta pobreza cuando empez� a trabajar en la Revista Universal. Con esta informaci�n, de la que asimismo jam�s habl� directamente Mart�, se explica la gratitud que sinti� por "un favor tristemente particular" del "var�n ang�lico, el asturiano Anselmo de la Portilla", como en una ocasi�n lo llam�; y se entienden mejor las quejas de sus versos por la pobreza de la familia; dijo en los primeros que public� al llegar a M�xico, afligido tambi�n por la muerte de la hermana, en "Mis padres duermen": "�Oh, sue�o de los pobres,/Los ignorados h�roes de la vida,/Los que han s�lo en la ruta sin medida/Cielo negro, sol puesto, aguas salobres!" A mediados de 1883 Mart� invit� a su padre a Nueva York. Poco antes de su regreso a La Habana, un a�o m�s tarde, Mart� hizo la rese�a de un libro sobre las leyes de herencia; planteaba su autor, basado en un determinismo absoluto, que nada hay verdaderamente imprevisible en la prole: "Dadme tres generaciones de parientes", dec�a, "y os dar� todas las cualidades de su descendiente." Mart�, por supuesto, no aceptaba tan estrecho razonamiento, y podemos imaginarlo en su casa de Brooklyn, en aquella noche de primavera en que escrib�a, escrutando al padre y pensando en su ni�ez al afirmar: "Esta teor�a es err�nea, puesto que se ven surgir, sin transici�n ni antecedencia, sin progresi�n ni acumulaci�n visible, de vientres bastos como una cueva de troglodita, esp�ritus lucientes..." Reconoc�a, sin embargo, que "quedan en el esp�ritu del hombre las huellas del car�cter de sus padres", pero, �qu� decir, se pregunta, "de esas criaturas dotadas de cualidades excelsas opuestas a las ruines de sus padres, como si fueran indignaciones vivas de la naturaleza, y ense�anza de que las criaturas no engendran sus semejantes, sino sus opuestos?" Y concluye con esta ilustrativa y po�tica comparaci�n: "Las cualidades de los padres quedan en el esp�ritu de los hijos como quedan los dedos del ni�o en las alas de la fugitiva mariposa..." Tambi�n don Mariano, sin imaginarlo jam�s, "como quedan los dedos del ni�o en las alas de la fugitiva mariposa", dej� sembrado en el hijo el impulso por el que lleg� a preferir, antes que el "yugo" del "manso buey", "la estrella que ilumina y mata". |
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