MEDITACIONES SOBRE MARTÍ
Nos interesamos en un hombre superior porque sentimos una curiosidad natural sobre cuanto le atañe. Por excepcional, queremos que lo suyo siempre lo sea, y aun nos sorprende hallar en él algo del común de los hombres. Hurgamos en su vida, y a veces hasta le inventamos dimensiones fabulosas, y así no se acierta a valorar su unicidad, que lo es precisamente por su condición humana, porque de ella partió para empinarse sobre sus semejantes.
El libro Idea, sentimiento y sensibilidad de José Martí, de Humberto Piñera, que acaba de publicar Ediciones Universal, de Miami, adentra al lector en la intimidad de su figura, donde se encuentran las raíces del ser. Es un camino acertado: "Idea", con su valor etimológico de visión, la manera de contemplar el mundo; "sentimiento", como aquello entre el intelecto y la voluntad, esa especie de imanes que explican las simpatías y los afectos; y "sensibilidad", más lejos aún del pensamiento, como la capacidad de sentir la vida y de hacerse sentir por ella. Hablando del presidente Garfield dijo Martí: "El hombre no es lo que se ve, sino lo que no se ve. Lleva la grandeza en sus entrañas como la ostra negruzca y rugosa lleva en sus entrañas la pálida perla". Piñera trata en su libro de eso que "es" el hombre, "lo que no se ve", aquello que le interesó a Martí en su vida y en la de los demás.
Toda la obra de Martí puede verse como una gigantesca confesión, pero es curioso que en ella a lo menos que atiende es al accidente anecdótico. Algo de él dejó en la poesía, y más en la que no publicó, porque pensaba que "los versos no se han de hacer para decir que se está contento o se está triste", que es la manera de dejar huellas del acontecer cotidiano, pues creía que "hacer al lenguaje poético vehículo de toda nimiedad, poner en rima frases que están en su punto en carta amorosa o artículo de prensa, vale tanto como obligar a cultísima dama a trabajos de antesala y de cocina. Respetarla es preciso, no profanarla". Ya cerca de Dos Ríos la imprudencia de Gonzalo de Quesada le pidió datos sobre su vida, y Martí le responde desde Montecristi: "Mi cariño a Gonzalo es grande, pero me sorprende que llegue, como siento ahora que llega, hasta moverme a que le escriba, contra mi natural y mi costumbre, mis emociones personales. De ser mías sólo, las escribiría, por el gusto de pagarle la ternura que le debo, pero en ellas habrían de ir las ajenas, y de eso no soy dueño. Son de grandeza en algunos momentos, y en los más de indecible y prevista amargura. En la cruz murió el hombre en un día, pero se ha de aprender a morir en la cruz todos los días".
Como de su quehacer, no se envanecía Martí de su inteligencia, ni admiró sola la de nadie; todo su aprecio se le iba al carácter, la única creación del hombre: "El talento", dijo, "la naturaleza lo da, y vale lo mismo que un albaricoque o una nuez; pero el carácter no: el carácter se lo hace el hombre; y con su sangre lo anima y colora, y con sus manos lo salva de tentaciones que, como sirenas, le cantan, y de riesgos que, como culebras, lo vahean; el carácter sí es motivo de orgullo, y quien lo ostenta, resplandece". Entendido así, como un acto de la libre voluntad es lo que en definitiva determina la trayectoria humana. Ese carácter inteligible implica, sin embargo, una lucha constante ya que obliga a una elección. La inteligencia de nada sirve al carácter, y aun cabe que lo estorbe, porque quien la tiene puede sentirse excusado de obrar en imperativos menores. En otra ocasión Martí razonaba sobre el mismo tema: "El talento no es más que un desequilibrio entre el que lo posee y la masa vulgar. Si se quiere sacar provecho de la vida, o ejercer influencia en ella, ha de hacer, no obra de león, que espanta con su magnífica hermosura a los habitantes de la selva, sino obra de gusanos. Las ideas grandiosas, que deslumbran a su aparición como relámpagos, no triunfan sino cuando se deciden a hacer obra de insectos". Esas "ideas grandiosas" que en Martí supieron hacer "obra de insectos", son lo que distingue su vida de las de otros grandes pensadores, y Piñera se adentra en ellas y les da su justo valor.
En 1945 Jorge Mañach escribió un trabajo en el que señalaba la doble vertiente del pensamiento martiano: lo consideraba un romántico por su condición de "idealista ávido de toda pureza, por la sensibilidad y la sobrevalorización de todo lo espiritual"; y al mismo tiempo, influido por el positivismo de su época, un hombre dado a la "tarea de la vida" y con una "conciencia vivísima del sentido objetivo y científico" de la realidad; y concluía: "Martí está hecho de ala y también de raíz". Esa dualidad que, en mayor o menor grado es consubstancial al hombre y hace agónica la vida, se presenta en Martí con muy claro perfil, no sólo en las ideas, sino en su mero existir: pensamiento y acción, misionero y artista, patria y mujer, etc., por lo que, con esos conflictos (lo que él llamaba "combate interior") se ha podido explicar la vocación de Martí por el teatro, por la naturaleza dramática de su vida. Y por esa misma dualidad que en sus escritos predomina, sobre toda otra figura lógica, la antítesis: "Luz-fango, cerdo-águila, antorcha-mandíbula, monte-abismo". Y es curioso que la primera vez que un presidente de este país haya citado a Martí, fuera para destacar precisamente esa dicotomía en que vio el cubano dividido al mundo: cuando Ronald Reagan pronunció su famoso discurso del 24 de febrero de 1982, ante el pleno de la OEA, para concluirlo escogió este apotegma martiano: "Los hombres van en dos bandos: los que aman y construyen. Y la lucha del mundo viene a ser la de la dualidad hindú: bien contra mal".
De los doce capítulos en que está dividida la obra de Piñera, seis se desarrollan sobre asuntos en que se polariza la vida de Martí: "La palabra y el silencio; el hombre individual y el hombre colectivo; madurez y edad; amor, dolor, deber; el soñador y el hombre práctico; vida y muerte". Dice Piñera: "La contienda de este hombre singularísimo se distribuye en varios campos... su poderosa capacidad de sentir le impone vivir en constante conflicto con un mundo en el que jamás halla ajuste adecuado"; y le aplica las palabras que de Bolívar dejó Martí: "Vivió como entre llamas, y lo era. Ama, y lo que dice es como florón de fuego". De ahí el desajuste, la desolación, la soledad y la angustia que caracterizan su existencia, y aquella patética pregunta de sus "Versos Libres": "¡Quien quiere mi vida... Duele mucho en la tierra un alma buena: de día luce brava; por la noche se echa a llorar sobre sus propios brazos"; y de ahí la incomprensión de cuantos lo rodeaban, que se resume en la de su propia madre, como le confiesa en carta a su amigo Manuel Mercado: "La verdad es que yo he cometido un gran delito: no nacer con alma de tendero. Mi madre tiene grandezas, y se las estimo, y la amo, pero no me perdona mi salvaje independencia, mi brusca inflexibilidad de mis opiniones sobre Cuba. Lo que tengo de mejor es lo que es juzgado por lo más malo. Me aflige, pero no tuerce el camino".
Los otros seis capítulos de este libro, están centrados, en igual proporción, en el análisis de las virtudes y la conducta de Martí; las circunstancias en que éstas obran; y, también en relación con el objeto del estudio, en dos temas centrales de la filosofía: "La idea del tiempo", y "La libertad".
Hace algunos años le oí decir al profesor Piñera, en una de sus clases, que la filosofía no es más que "el pensar sobre el pensar", y eso es su libro, una meditación sobre el pensamiento de Martí: entendida de esa manera, auténtica filosofía. Pero otra vocación suya está presente en estas páginas: la del magisterio; y así los temas aparecen organizados con rigor académico, y explicados a la luz de cuanta autoridad puede esclarecerlos. Original biografía de Martí es, pero algo tiene también de autobiografía, porque allí está entera la vocación intelectual del autor, la vida colmada de estudio, el amor al saber y, sobre todo, la reverencia a nuestro más grande hombre.
Idea, sentimiento y sensibilidad de José Martí no viene a engrosar en nuestra librerías la enorme lista de obras superficiales que sólo sirven a la vanidad de sus autores, ni es libro de lectura perezosa y fácil, porque no es fácil escalar una cumbre. Piñera es el guía de un ascenso apasionante, como es apasionante la visión que con él se logra. Pero es un guía enamorado de la montaña, y más aún enamorado de la complejidad de los caminos que la suben, y el lector comprende su delectación amorosa ante los accidentes de la marcha y los detalles del paisaje. Creo que en el exilio padecemos de falta de espíritu crítico: los elogios se prodigan en exceso. Con las raíces hemos perdido un poco también el pudor, y sufren, como siempre, los esfuerzos de mérito, porque el público llega a mirar con sospecha todo reconocimiento. Otra cosa es ponerse de bachillerejo ocioso y pedante tras las pecas de un esfuerzo noble, pero se debe guardar siempre la mejor ovación para el momento oportuno. Un trabajo como el de Piñera no se hace para buscar aplausos, es faena de sembrador, y nunca causa pasmo sola la semilla. En otros oficios salen del azar y de la brega el monumento inmediato de la fama. El auténtico intelectual, aun a veces con mayor abnegación, no logra esa cosecha. Con frecuencia no se le entiende el esfuerzo, ni se le aprecia cabal la obra, pero va anónimo y orgulloso hacia la posteridad.
Piñera ha hecho un regalo mayor a la cultura de su patria, porque su libro quedará como uno de los pocos puntos de referencia obligada en la bibliografía martiana, y porque es uno de los más serios y útiles que han escrito en los últimos veinticinco años los cubanos de ambas orillas.
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