INVENCIÓN, CONDUCTA Y PENSAMIENTO EN JOSÉ MARTÍ
(Lección inaugural de un seminario sobre José Martí)
Toda persona medianamente culta en Hispanoamérica, en particular los que han nacido en el Caribe, sabe algo de Martí; como de Sócrates, Beethoven, Shakespeare o Cervantes sabe la cultura general en otras partes del mundo. Pero no siempre a Martí se le aprecia en su cabal dimensión. El elogio repetido, el culto o la cita ocasional de sus pensamientos no basta para estimarlo, y con ese fácil saber uno se forma sólo una imagen aproximada del hombre: de su conducta y de su vida, de sus acciones y de su talento. Esa limitada información nos priva del disfrute de su superior jerarquía, de lo que su trato nos puede traer, del crecimiento intelectual y espiritual que, para el individuo y para el grupo, representa acercarse a un ser de excepcional mérito.
El objetivo de este Curso es el de facilitarles una mayor comprensión de Martí, destacar aquellos aspectos de su vida y de su obra que requieren estudio, e indicarles las vías mejores para su más completa inteligencia. Mi mayor premio sería verlos iniciarse en lo que podríamos llamar ciencia martiana, su apreciación plena, el saberlos en posesión del instrumental indispensable no sólo para el goce íntimo de la figura sino también del necesario para darla a conocer, explicarla, de acuerdo con la vocación y sensibilidad de cada uno, para hacer que otros disfruten también del gran espectáculo de este cubano singular que hoy nos ocupa.
Cabe preguntarse por qué suele ser incompleto el conocimiento de Martí hasta en personas preparadas en disciplinas que se relacionan con nuestro hombre, por qué se nota cierta debilidad en su entendimiento en historiadores, críticos literarios, sociólogos y analistas de los asuntos públicos. Conocen el político, el poeta, el pensador, en zonas que de manera ostensible tienen que ver con su especialidad, pero no saben lo suficiente de otras donde la veta, aunque no menos rica, se encuentra menos visible. Es, digámoslo ya, porque en Martí nos encontramos con un sujeto de difícil abarcadura, y no porque sea oscuro su pensamiento, o de difícil acceso, o su expresión, o su quehacer, sino porque en Martí sus vertientes todas forman una unidad de imposible reducción.
Basta ahora el ejemplo de los Versos Sencillos, una de las cumbres de su creación literaria. Podemos acercarnos a ellos con la lupa del crítico para descubrir las imágenes, la métrica, los acentos, la escuela a que pertenecen, y es legítimo empeño, y muy útil ejercicio, pero se nos escapa el conjunto como puñado de agua; podemos acercarnos a ese poemario en busca del pensador o del dato biográfico, pero también en esa actividad que nos ayuda a entender sus ideas o su vida se nos va buena parte de lo mismo que buscamos; podemos, por último, siguiendo al político, adentrarnos en el prólogo de los Versos Sencillos para descubrir las huellas de su pensamiento americano y antiimperialista, que allí están presentes, y hasta descubrir en esa página la raíz de su impulso decisivo para lograr la independencia de Cuba, pero, como antes, nos quedaremos con sólo un pedazo de lo que interesa en la pesquisa. Puede el crítico, el biógrafo o el historiador conformarse con la porción de su competencia que está más a mano el artificio poético, el contenido, la referencia personal, la práctica del revolucionario pero cometen un error porque en Martí hay poesía en la política y política en la poesía, y vida y pensamiento en ambas, y pierden mucho de lo que procuran en lo mismo que desatienden, y lo más valioso de la obra: el aroma único del conjunto, del que carecen separadas las partes en que hemos dividido la biografía o la creación: un río es el cauce, el agua y la rivera; el pez que lo vive y la barca que lo cruza: los Versos Sencillos son un río; la obra de Martí, toda, es, con sus afluentes, un Amazonas.
La diversidad de caminos por los que anda Martí dificulta su conocimiento. Y también porque no tiene, como otros personajes mayores, una producción que lo resuma. En Martí se puede encontrar en un recado, en un apunte o en una carta apresurada, un pensamiento profundo; o en la descripción de un acontecer volandero, una parte de su doctrina artística o política; como en un arranque oratorio, en la poesía, y en ésta, a veces, el germen de un drama. Martí no tiene un Quijote, como Cervantes; una colección de Ensayos, como Montaigne; un Moisés, como Miguel Ángel; una Quinta Sinfonía, como Beethoven; un Capital, como Carlos Marx; o una Crítica de la razón pura, como Kant. La vida le impuso, y quizás más que la vida su temperamento, una dispersión que con frecuencia hace ímproba la tarea de su estudio. Recuerda en eso, salvando las distancias de talante y época, la obra de Quevedo, a quien tanto admiraba, y a quien reprochó el exceso de corte y la falta de humildad, pero de quien con sobrada razón dijo que su genio en la lengua hace a todos los que escriben en español sus herederos.
Por lo que llevamos dicho sobre la complejidad de su estudio y la fragmentación de la obra, puede explicarse la ausencia de Martí en los programas graduados de literatura como tema central de un curso. Hay que recordar que el propio Martí estaba consciente de esa peculiaridad de su obra: en el testamento literario, la carta que le escribió a Gonzalo de Quesada desde Montecristi poco antes de ir a la guerra de Cuba, le pide: "De lo que podría componerse una especie de Espíritu, como decían, antes a esta clase de libros, sería de las salidas más pintorescas y jugosas que Ud. pudiera encontrar en mis artículos ocasionales". Martí usaba entonces la palabra "espíritu" como sinónimo de esencia, como emanación de la obra escrita, una colección de pensamientos o aforismos que encerraran su saber y su mejor decir, lo que él llamó "las salidas más pintorescas y jugosas", que sería lo de más lograda forma y de mayor contenido. Y obsérvese que advierte que ese material para el "espíritu" habría de buscarse en lo que llama sus "artículos ocasionales". Pero, es que casi toda la literatura de Martí fue "ocasional", en el sentido de que se produce por un accidente, por un acontecer ajeno a su voluntad. Si exceptuamos sus aventuras dramáticas y narrativas, y algunos de sus versos, y poco más, todo lo suyo es "ocasional": las crónicas, el epistolario, los discursos, los apuntes; me atrevería a decir que las tres cuartas partes de su obra caben en esa clasificación, y así mucho poesía suya aparece reunida, no siempre con válida razón, como "Versos de circunstancias". Y en esa particularidad también encontramos su grandeza de escritor, que desde aquí debemos dejar apuntada, y es que su genio supo darle a lo ocasional aliento eterno.
Entra uno en la obra de Víctor Hugo, por ejemplo, de Poe o de Darío, y es el placer estético puro el que domina, y el placer intelectual de la gran compañía. Se contempla un cuadro de Velázquez o de Leonardo, y el observador, por grande que sea su arrobo, domina la obra, nunca ella lo somete. En Martí, el trato de Martí, como que se convierte en conquista: el espectador pasa como a ser súbdito en sano sometimiento. Y es por el magnetismo de su personalidad, de su genio, de su conducta, que notamos vivo en su obra. El artífice crea la obra aunque a veces, como observaba Unamuno, parece que es ésta la que crea al artífice, pero en Martí, además de la obra creada llega a parecernos que por la magia del creador también el observador es parte del opus. Así se explica lo extendida que está, aunque parcial e incompleta, la devoción por Martí: en cuanto se le conoce, se le admira, y se es un poco, no siempre con noble propósito, su fundación.
En vida lo apreciaron más los pobres y los humildes, lo que prueba que no es del todo necesario entenderlo para amarlo. Mientras que, en general, lo veían en sus días con reserva los intelectuales, como Manuel Sanguily, o con desprecio, como Ramón Roa, el matrimonio negro de Paulina y Ruperto Pedroso se echaban en el umbral de su pequeña casa de Tampa para protegerle la vida. "No pueden entender a Pepe", dijo una admiradora de Martí al salir de un mitin político, "pero los arrebata". ¿Cómo iban a entenderle los pobres obreros de Cayo Hueso, de Tampa, o de Nueva York y Filadelfia, las atrevidas imágenes de sus discursos, aquellas ideas envueltas en frases riquísimas? Pero los extasiaba. ¿No se ve también cómo le va creciendo la estima de los humildes desde Montecristi, en su Diario, hasta Dos Ríos, como en Santo Domingo aquel "mediquín" Salcedo que le regaló su pantalón de dril al verle los suyos "deshechos"; o el joven Adolfo Montesinos que le puso "pan puro" y ron para el camino en su valija; y Toño Calderón, el guapo del lugar, que "quería más a su caballo que a su mujer" y se lo dio "a las pocas palabras", quedándose con el "arrenquín" que Martí montaba? ¿Y luego, en el Fort Liberté haitiano, el Nephtalí que no le quiso cobrar la posada porque lo sintió hermano, y le dijo, "Comment, frère: on ne parle pas d'argent avec un frère"; y el David de las isla Turcas a quien todo mimo al pasajero le parecía poco, y que llora en su barco sobre la vela de botavara cuando lo ve marcharse? ¿Y los guajiros insurrectos de Cuba, que, sobre el celo de Máximo Gómez, lo llaman "presidente" y le llevan a la cama agua y miel, o el cocimiento de hojas de guanábana y el jarro de café; y aquel Rosalío Pacheco, de sus últimos días, el prefecto de Dos Ríos, que le muestra cariño y sumisión, y le dice "por usted doy mi vida"?
Era de la opinión Renan que "un genio de primer orden, un siglo después de su muerte, quedaba reducido a dos o tres páginas", y hasta cierto punto es cierto: pensamos en unos cuantos de esos genios "de primer orden", y en el propio Renan, y comprobamos cuánto, como los elementos a la piedra, ha gastado su producción el tiempo. Por suerte la predicción del pensador francés no se cumplió en el caso de Martí, quien había adivinado el porvenir de su obra y de su vida, asegurada por la generosidad de la acción; decía: "Otros hombres famosos, todos palabra y hoja, se evaporan. Quedan los hombres de acto; y sobre todo los de actos de amor. El acto es la dignidad de la grandeza". Martí fue un hombre de actos, de actos de amor, y como tal murió, en un acto amoroso. Pudo así hacer esta predicción: "Mi verso crecerá. /Bajo la yerba yo también creceré": es decir, la palabra escrita (su verso), que él sabía iba a ser admirada en el futuro, iba a crecer, y junto a ella, por el comportamiento del poeta, del hombre de acción, también crecería. Movido por ese convencimiento confesó en una oportunidad que él escribía para poder "vivir después de muerto". Así empezó a recoger su obra temprano. En 1894, a instancias de Gonzalo de Quesada, le entregó unos recortes de periódico en que estaban sus crónicas de La Nación, de Buenos Aires, y el paquete lo envolvió en un ejemplar de Patria, en el que escribió el título con el que aún se conocen esos escritos: "Los Estados Unidos" y "Caracteres norteamericanos". Pero ya algunos amigos y admiradores de Martí se habían dado a la tarea de conservar escritos suyos que iban apareciendo en revistas y periódicos. En la carta antes mencionada, cuando instruye al discípulo sobre su papelería, le dice: "Aquí [en Santo Domingo] han guardado los "En Casa" en un cuaderno grueso". Se refería a una sección de su periódico Patria en que comentaba cuanto iba sucediendo en las emigraciones. Y en esa misma carta a Quesada, que se conoce como su "testamento literario", le pide que forme dos tomos de "Norteamericanos", uno de "Hispanoamericanos", otro, que podía dar dos también, de "Escenas Norteamericanas", otro para los "Libros sobre América", y el último, con el que se andaría "apurado para no hacer más que un volumen", de sus trabajos sobre "Letras, Educación y Pintura". En total seis volúmenes, que podrían llegar hasta ocho, y los dos que recomienda para el Ismaelillo, los Versos Sencillos, "lo más cuidado o significativo" de sus "Versos Libres" y su traducción del Lalla Roohk, el poema de Thomas Moore, que nunca apareció.
Terminada la guerra contra España, y aun sin nacer la República, Quesada empezó a cumplir con el pedido de su maestro: entre 1900 y 1915 publicó 14 tomos: dos dedicados a Cuba, dos a los Estados Unidos, dos de Norteamericanos, dos sobre Hispanoamérica, dos de poesía y teatro, uno de cubanos, uno con la novela Amistad Funesta, uno con La Edad de Oro y otro con la traducción de Ramona, la novela de Helen Hunt Jackson. Muerto Quesada, su hijo dio a la luz, en 1919, un tomo adicional, el XV, con parte del epistolario. Otros empeños para ofrecer sus Obras Completas, o partes de ella, ya se habían iniciado, pero la primera gran colección la ofreció en La Habana la Editorial Trópico, concluida en 1949 con 70 tomos; y en 1946, para conmemorar el cincuentenario de la muerte de Martí, la Editorial Lex ofreció casi todo lo conocido hasta entonces en dos grandes tomos, que se reimprimieron en 1953 con motivo del centenario de su nacimiento. Paralelos a estos esfuerzos fueron apareciendo colecciones parciales, siendo la primera de esas antologías la que en 1910 publicó en París, con el título de Flor y Lava, el dominicano Américo Lugo. Y fueron creciendo los estudios sobre la vida y la obra de Martí: biografías, crítica literaria, análisis de su pensamiento: en 1953, cuando Fermín Peraza publicó su Bibliografía Martiana, sumando a éstos los escritos de Martí, se llega a más de 10 mil títulos.
La más reciente y completa colección de sus Obras Completas la forman los 28 tomos que publicó la Editorial Nacional de Cuba entre 1963 y 1973, con los siguientes títulos: "Política y Revolución", 4 tomos; "Cuba", uno; tres de "Nuestra América"; tres sobre los Estados Unidos; dos sobre Europa; dos de poesía; otro de teatro, novela y La Edad de Oro; otro de viajes, diarios y diversas crónicas; otro con el epistolario; dos con sus Cuadernos de Apuntes y fragmentos de escritos; otro de lo que llaman allí "Periodismo diverso"; dos de traducciones; dos de índices, y el número 28 con "Nuevos Materiales". ¡Un total de casi once mil páginas...! Y lo más notable es que, en esa extensísima producción, en sus 42 años de vida, hay muy poco que no merezca estudio, donde decaiga el interés o su capacidad expresiva.
Dijo Enrique José Varona que Martí "hacía florecer cuanto tocaba", y así se ve que en el escrito más insignificante, más "ocasional", por usar su palabra, en páginas que jamás pensó que serían leídas por otro, hay flores; y si a esto añadimos el acertado juicio de Medardo Vitier de que a Martí se le puede restar la acción y la expresión sin que pierda altura, porque "el ser se la vuelve toda... por la pureza de su vida", nos podemos dar cuenta del hombre que nos proponemos estudiar. Se le puede sustraer la hazaña como apóstol de la independencia de Cuba; sacarlo de la más alta cima del pensamiento hispanoamericano; y hacerle renunciar su puesto de "primer creador de prosa que ha tenido el mundo hispánico", en que lo sitúa el crítico español Guillermo Díaz Plaja, y aún no pierde altura Martí. ¿Qué nos queda de Napoleón si le quitamos el uniforme militar, o de Hegel privado de su pensamiento, o de Darío fuera de su obra escrita? Cenizas. Martí no: renunciando muchas de sus cumbres, Martí sigue siendo, como lo llamó Gabriela Mistral "el mejor hombre de nuestra raza".
Conviene tener presente, en el aprecio de Martí, por otra parte, que debemos pensarlo más como un hombre común, como cualquiera de nosotros, y no como a veces se le imagina, como un ser que se sabía destinado a la posteridad. A pesar de alguna ocasional esperanza, como la que hemos visto, jamás pudo sospechar Martí la fama que iba a lograr su vida y su obra. Sus ideas morales y políticas, sí, pero no porque él las expusiera, sino porque en ellas adivinaba el futuro mejor para su patria y para la humanidad.
No podemos caer en el error, al analizarle la conducta, su capacidad de sacrificio, su desprendimiento, en que él veía que le iban a levantar un monumento del Parque Central de La Habana y en el Parque Central de Nueva York; que por los años 20 se fuera a disponer en Cuba que el 28 de Enero, la fecha de su nacimiento, iba a ser declarada Fiesta Nacional y que en ese día los niños de todos los colegios del país desfilarían con una flor en el pecho para rendirle un tributo de agradecimiento; que se iba a obligar a que todos los municipios de la República tuvieran una estatua, un busto o una tarja, en su memoria; que no habría una ciudad en la isla en que no apareciera su nombre en un parque o una calle; ; él no sabía tampoco que en muchas ciudades del mundo habría monumentos suyos, y que hasta en los más apartados rincones habría escuelas con el nombre de "José Martí". No, él no sabía nada de eso; él conocía la ingratitud y la pequeñez del ser humano, de su debilidad, pero por sobre ellas, a pesar de ellas, se impuso una norma en el vivir que lo convierte, como antes se dijo, ajeno a su pensamiento, sus actos y a su expresión en un superior ejemplar de hombre.
Desde muy joven se propuso seguir el más difícil camino: a los diez y seis años ya conoce el dolor del presidio político, y víctima de la injusticia escribirá enseguida: "... yo no puedo odiar a nadie... Si yo odiara a alguien, me odiaría por ello a mí mismo". Las cadenas de la cárcel le dejaron huellas en el cuerpo, pero no en su espíritu. Ésa fue su primera victoria de amor. Y hasta caer en Dos Ríos prefirió el sacrificio al egoísmo, la virtud al regalo, la pureza a la comodidad. Quejarse, reducirse ante las dificultades de la vida lo consideró siempre despreciable, y digno de elogio crecerse en ellas. En una crónica publicada en La Nación, de Buenos Aires, en la que hablaba de la grandeza de Washington, de Lincoln y del presidente Garfield, que acababa de morir, dejó resumido su programa; dijo: "Vivir en estos tiempos y ser puro, ser elocuente, bravo y bello, y no haber sido mordido, torturado y triturado por pasiones; llevar la mente a la madurez que ha menester, y guardar el corazón en verdor sano; triunfar del hambre, de la vanidad propia, de la malquerencia que engendra la valía, y triunfar sin oscurecer la conciencia ni mercadear con el decoro; bracear, en suma, con el mar amargo, y dar miel de los labios generosos, y beber de aire y agua corrompidos, y quedar sano: ¡he ahí maravilla! ¡Cuánta agonía callada! ¡Cuánta batalla milagrosa! ¡Cuánta proeza de héroe! ¡Resistir a la tierra es ya, hoy que se vive de tierra, sobradísima hazaña, y mayor vencerla!"
Pero no es la manera en que gobernó su vida lo que ha de ser materia básica de este curso. Junto a su pensamiento hemos de estudiar su invención, entendido el término como lo que nace de la magia creativa del artista, y en ese proceso tendremos oportunidad de revisar los géneros en los que encontró cauce, y las tendencias que obraron en su producción. Y también hemos de revisar, en las conferencias que siguen, las directrices de sus doctrinas, y algunos aspectos salientes de su biografía.
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