José Martí: notas y estudios

Carlos Ripoll

  Índice general
  Índice particular
  Búsqueda

fondob.gif (357 bytes)

LOS DETRACTORES DE JOSÉ MARTÍ

  México
  Guatemala
  Venezuela
  "La doblez y la falsía"
  El adulterio
  El "capitán Araña"
  El "hombre funesto"
  El "lobo separatista"
  Borrachín y mujeriego
  Martí y su "cubanidad negativa"
  "La patria de Martí es cosa de ensueño"
  El "abogado de los poderosos"
  Epílogo

No le fue ajena a la vida de Martí la envidia. Su talento, su virtud y patriotismo la hicieron nacer en el mediocre, en el malvado y en el egoísta. Con sus ideas sobre ese Pecado Capital se podría hacer casi un pequeño tratado. Martí, como afirmó al hablar de "El Cristo de Munkacsy", consideraba la envidia, con el "egoísmo", de "los poderes más temibles y activos de la tierra". En otra ocasión volvió a unir esos dos "poderes": al condenar, junto al que envidiaba al rico, la indiferencia del poderoso ante la pobreza; dijo: "Nada es tan repulsivo como un hombre acaudalado que se repliega en sí y descuida los dolores de los hombres.... Sólo hay algo tan repulsivo como él: el envidioso disfrazado de filántropo, el denunciador sistemático de todo el que posee alguna riqueza".

Hablando de Longfellow con motivo de su muerte, le elogió la humildad con que trabajaba ante la animadversión de muchos: "Le graznaron los cuervos, que graznan siempre a las águilas, le mordieron los envidiosos, que tienen dientes verdes. Pero los dientes no hincan en la luz..." Y en medio de sus más severos ataques contra los Estados Unidos, con el sentido de justicia que siempre lo acompañaba, Martí censuró la crítica envidiosa que reducía los méritos de la América inglesa: "Es de gente menor, y de la envidia incapaz y roedora, el picar puntos a la grandeza patente [de los Estados Unidos], y negarla en redondo, por uno u otro lunar, o empinársele de agorero, como quien quita una mota al Sol".

¿Y no es el protagonista de Amistad Funesta la envidia de Lucía Jerez, la que transforma la amistad pura de Juan y Sol en una tormenta de celos? ¿Y no es también en Ismaelillo personaje mayor, en los "Tábanos fieros", el primero de esos repugnantes insectos, "la verde envidia", que logra vencer el "guerrero de alas de ave"? "La desdentada envidia/irá, secas las fauces,/hambrienta, por desiertos/y calcinados valles,/royéndose las mondas/escuálidas falanges..."

Y al final de su vida, en un artículo por "El Año Nuevo", dolido de los cubanos cobardes y pusilánimes que no ayudaban a liberar su tierra, vuelve sobre los envidiosos: "La tiranía no se derriba con los que la sirven con su miedo, o su indecisión o su egoísmo... De hombres de sacrificio necesita la libertad... Los que quieren sacrificarse, tienen por enemigos a los que no se quieren sacrificar; que les tiran piedras por no verse obligados a seguir tras ellos, a sangrar con ellos, a empobrecerse con ellos, a abandonar como ellos la vida deshonrosa, de humillación y complicidad, de sanción y acatamiento, de presencia culpable y de indigna sonrisa, a los pies de los que consumen el pan y corrompen el carácter de su patria". Ese "tirar piedras" es el arma que prefiere siempre la envidia. Quizás Martí tomó la expresión del viejo refrán: "Sólo se le tiran piedras al árbol con frutas".

Dijo Tito Livio, el sabio historiador de Roma que vivió escondido para librarse de las miserias de su época: "Invidia virtutes detrectat": la envidia detracta las virtudes. De ahí el título de este trabajo: "Los detractores de José Martí", tomando la palabra detractor en su correcto significado, también del latín, de y trare, traer algo fuera de uno, arrancar, quitar la fama, la estimación, o la honra: denigrar, calumniar, maldecir.

México

Lo primero que sorprendió a los que conocieron a Martí fue su inteligencia, al llegar a México en 1875, cuando empezó a ganarse la vida con la pluma. Su estilo fue el primer blanco de la envidia y, por consiguiente, de ataques. Escribía para la Revista Universal y participaba en actos culturales donde también hizo gala de sus dotes de orador. A mediados de ese año defendía el proteccionismo para estimular la industria nacional: "El comercio libre es bueno," dijo, "pero realizado en nuestro país, extinguiría en su nacimiento las abandonadas industrias nacionales"; y un mes más tarde vuelve en contra del libre cambio: "Se ciernen sobre México gravísimos males; la escasez aprieta; las industrias no se desarrollan; los artefactos extranjeros llenan el mercado..." Poco después, sin embargo, Martí comprendió las ventajas del librecambismo en algunos casos, y fue entonces que sus antiguos aliados proteccionistas lo atacaron; afirmó al referirse a la importación de papel para los periódicos: "Entre el sistema prohibitivo [el proteccionismo] y el librecambista, será mejor, naturalmente, el que produzca mayor suma de bienes..."

Por ese motivo, el 7 de noviembre de ese año, uno de los más importantes periódicos de aquellos días en la capital mexicana, El Monitor Republicano, molesto por el artículo de Martí, publicó, burlándose de su estilo, un escrito al que pertenece el siguiente pasaje: "Yo, José Martí, idealizado en la fuente parnaseática del Parnaso comercial de las tres veces jamás vencida América boreal en el progreso, he cantado extramí en coro vivo, azás en las mesuras de doctrina honrada, el adelanto del cambio libre contra nuestra protección que nace. Las aguas cantadoras del patrio Yumurí, entre las llorosas cataratas del ante veloz y ante rústico Almendares, unirán sus ecos que retumban en la celeste punta del Pan que vigila como gastador la dormida frente de Matanzas, donde se bebe el cordial de las ideas al vivo, que se abre en sabidurías brilladoras..."

La parodia, aunque burda, presenta deformados algunos expedientes no extraños en la prosa de Martí: el neologismo ("extramí"); el arcaísmo ("asaz en las mesuras"); la adjetivación inusitada ("ante veloz y ante rústico Almendares"); la alegoría ("la celeste punta del Pan [de Matanzas]"); el símil ("vigila como gastador"); el pleonasmo ("fuente parnaseática del Parnaso"); la hipérbole ("tres veces jamás vencida América boreal"); el hipérbaton ("se bebe el cordial de las ideas al vivo"); el anacoluto ("[el Pan] que se abre en sabidurías brilladoras"); la prosopopeya ("las aguas cantadoras... las llorosas cataratas"); la metáfora ("la dormida frente de Matanzas... el cordial de las ideas")... En fin, varios de los recursos estilísticos que manejados por el arte y el genio de Martí lo llevaron a convertirse "en el primer creador de prosa que ha tenido el mundo hispánico", según el acertado juicio del crítico español Guillermo Díaz Plaja.

Y no escapó de la burla en México tampoco su cubanísima pronunciación. A pesar de haber vivido en España desde principios de 1871 hasta fines de 1874, Martí no dejó de ser cubano en su manera de hablar. En "Martí viajero" (1942) afirmaba Salvador Massip que su estancia en España "no le hizo perder el acento cubano ni el modo de pronunciar la lengua castellana a uso de Cuba... Durante sus tres años de vida universitaria, si no adquirió la pronunciación de la c y la z [el ceceo] adquirió, en cambio, el hábito de la dicción correcta y precisa..." Menos generoso con la pronunciación de Martí era el recuerdo que de ella tenían los mexicanos. A los pocos días de su muerte, el 28 de mayo de 1895, publicó el periódico El Tiempo una amable evocación de cuando llegó a la capital mexicana, y allí se lee: "Su pronunciación defectuosa y su abuso de las palabras chico y camaráa cada vez que tenía que hablar con alguno revelaban a las claras su origen cubano..."

El mejor testimonio de cómo hablaba Martí, reduciéndole, por supuesto, la exageración propia de la broma, se encuentra en un soneto el cual, sin la crueldad de la parodia de su prosa, publicó en junio de 1876 La Ley Fundamental, y que se copia aquí también del libro Martí en México (1933), de José de J. Núñez y Domínguez; dice:

Oriente de ilujión ha dejpertao
Crepújculo de amorej arrebata,
Por el ejpacio eterno je dilata
De la luj a loj rayoj repegao.
Ejpuma, corazón, ángel alao,
Brilla ju inteligencia cual la plata;
Ej el mundo para él una ijla grata,
Por donde cruja el hombre abandonao,
Perlaj, conchaj, y florej y celagej,
Y fuentej, y sonrijaj y todico
De ju ejpiritu cabe en loj mirajej.
Rico de injpiración, de aplaujuoj rico,
La fortuna le niega jus bagajej,
Maj todoj le conceden que ej buen chico.

Lo que más destacaba el anónimo autor del soneto, llevando hasta la caricatura el habla de Martí, fue la conversión de la letra s en j. Ese fenómeno, frecuente en Andalucía, las islas Canarias, Cuba y otros lugares de Hispanoamérica, quizás por influencia morisca (así el sapo o sapone del latín llevó al actual "jabón"; y el sucus al "jugo") nos hace decir a los cubanos, en el habla descuidada, algo como "qué jerá lo que ejta pajando" en vez de "qué será lo que está pasando"; "maj o menoj" por "más o menos"; y "ejte" por "este"; como en la irónica imitación de Martí, "ilujión", "amorej" y "ejpacio" en vez de "ilusión", "amores" y "espacio". Y también advierte el sonetista la pérdida de la d intervocálica en la terminación de las palabras (ya se vio que a Martí, en 1895, lo recordaban en el México de 1875, diciendo "camaráa" en vez de "camarada"); y aquí en los participios desaparece la d, y queda "dejpertao", "repegao", "alao", "abandonao" en vez de "despertado", "repegado", "alado" y "abandonado", lo que en conversación familiar puede sonar a pedantería y afectación. Esta peculiaridad tan frecuente en el sur de España le hizo decir a Ángel Ganivet de su ciudad natal: "Graná, ni chicha ni limoná".

Quizás influyó en la manera de hablar de Martí lo que confiesa en sus apuntes de Guatemala; parece que no le era fácil hacerse entender por los campesinos cuando se dirigía a la capital, y escribió: "... como yo hablo de prisa, y me falta el diente y mal me avengo a acampesinar mi lengua ciudadana, sucede que muy a menudo me interrumpen o responden con ¡Ay! ¿Qué me manda? ¿Qué me dice?" Es que no lo entendían. Y explica más adelante el por qué, ya en son de burla: "Yo no taño la guitarra, ni mezclo el vos y el tú; ni digo acotate por acuéstate..." En efecto, a Martí le faltaba un diente. En la autopsia que le hizo en Remanganaguas el Dr. Pablo A. Valencia, consignó: "Buena dentadura, sólo que le faltaba el segundo incinsivo de la mandíbula superior del lado derecho". Y fue esa peculiaridad una de las pruebas que confirmó su muerte en Dos Ríos: el dentista que lo atendía en Nueva York, el Dr. Virgilio Zayas Bazán, lo había tratado por última vez en diciembre de 1894, y aseguró que Martí "había perdido hacía algún tiempo el central superior izquierdo y el lateral del mismo lado".

Los que conocieron a Martí (Néstor Leonelo y Eligio Carbonell, Bernardo Figueredo, Ernesto Mercado) decían que su acento "era normalmente castizo", según consta en una nota sobre "La voz de Martí", publicada en, Patria (febrero de 1965), la Revista Mensual de la Fragua Martiana, donde se aseguraba que Federico Edelmann tenía una grabación, en "un cilindro", con varias frases de Martí, y que a la muerte de Edelmann lo conservaron durante algún tiempo sus hermanas, pero como se había roto, "fue botado por inservible".

Guatemala

Más detractores que en México encontró Martí entre los guatemaltecos. Esta vez la fogosidad de su oratoria fue el tema preferido de las burlas. Ya en Madrid, en 1872, en un acto para conmemorar el aniversario del fusilamiento en La Habana de los estudiantes de Medicina, habló frente a un mapa de Cuba, y en la fogosidad de la peroración, al decir "¡Cuba llora!" extendiendo los brazos, tropezó con el mapa que cayó cubriéndole la cabeza: entonces el choteo cubano le puso al orador "Cuba llora". También por su apasionamiento en la tribuna, pero esta vez con voluntad de herirlo, le pusieron de apodo en Guatemala "El doctor Torrente". Aún bajo el influjo de Castelar, entonces el más grande orador de España (de él dijo Martí que su palabra era "flamante y brilladora como la espada del ángel del paraíso", y que uno de sus discursos había sido "como llama de colores, deslumbradora y ondulante"), su incontenible elocuencia le ganó el hiriente apodo.

Martí no se supo explicar la envidia de quienes lo hostigaban con burlas anónimas en los periódicos de Guatemala: "¿Qué mal les he hecho?" se preguntaba en una carta a su amigo mexicano Manuel Mercado, "explicar filosofía con sentido a par que nuevo, mesurado; explicar literatura; dar conferencias... publicar un libro... anunciar un periódico". En carta a Valero Pujol, director del periódico El Progreso, que había hablado de él, en disculpas sobre su carácter, se adivina la tormenta que se habría de desatar: "Amo la tribuna, la amo ardientemente, no como expresión presuntuosa de una locuacidad inútil, sino como una especie de apostolado, tenaz, humilde y amoroso... ¿Que soy vehemente en decir todo esto?... Por ahí me han mordido unas culebras... Si tengo sangre ardiente, no me lo reproche... Diga Ud. [de mí]: Es un corazón sincero, es un hombre ardiente..."

Meses más tarde, en marzo de 1878, ya desatada la tormenta, vuelve en carta a su Mercado, y le dice: "Donde hay muchas cabezas salientes, no llama la atención una cabeza más, pero donde hay pocas que sobresalgan, vastas llanuras sin montes, una cabeza saliente es un crimen... es una guerra de zapa en la que yo, soldado de la luz, estoy vencido de antemano". Y poco después, le confiesa al mismo corresponsal: "He despertado injustificables temores, tenacísimas oposiciones, persecución increíble... Al volver [de su boda en México] hallé en lo que a mí toca, visible la ira ¿provocada por qué?" No lo sabía. Su talento y entusiasmo por lo americano, y su anticlericalismo, disgustaba a los conservadores, venidos a menos bajo el gobierno de Justo Rufino Barrios, y aun las autoridades sintieron celos por su popularidad entre algunos intelectuales. "Es verdad", le confiesa a Mercado, "que yo los poetizaba ante mí mismo para poder vivir entre ellos; pero estos secretos no han salido nunca de mi alma... Con un poco de luz en la frente no se puede vivir donde mandan tiranos... Molestaban mi voz, mis principios, mi entereza, mi convicción..."

Uno de los periódicos, El Porvenir, publicó esta burla recogida en el Martí en Guatemala (1953), de David Vela, que sirve de ejemplo de los ataques que recibía: "El doctor Torrente es un orador sin rival en el concierto de todos los tribunos antiguos, modernos y de la época. Y si Guatemala no tiene el infortunio de que el doctor Torrente la abandone para regresar a su ínsula, nada costará ser literato y enseñar retórica y oratoria hasta a los jumentos, con otras mil ciencias y cosas que aquel titán de la sabiduría sabe de cuerito a cuerito y maneja bajo la pierna... Parece increíble, pero es necesario convencerse que el doctor Torrente está llamado a cambiar la faz de Guatemala como por encanto, con sólo su elocuencia y su didáctica, pues me aseguran que cuando en la cátedra perora a sus discípulos, es tal el timbre de su voz, que a cada vibración cae tierra de los tapanchos, se conmueven las bóvedas, tiemblan los vernegales, tambalean las pilastras, retumban las naves, oscilan las paredes, saltan el pavimento, cimientos, paredes, naves, pilares, pilastras, vernegales, bóveda y tapanchos, entran en disputas literarias en todos los idiomas y dialectos conocidos; tal es la expresiva claridad, hilación y orden con que aquel ciceroniano se explica..."

No le faltaron, sin embargo, también en Guatemala, amigos y admiradores. Desde el general Miguel García Granados, el padre de "la Niña", hasta valiosos intelectuales: el diplomático Juan Ramón Uriarte, el profesor Domingo Estrada, el poeta Francisco Lainfiesta, el filólogo Antonio Batres Jáuregui y "el joven pensador", como lo llamó Martí, Salvador Falla, quien coincidía con él en su previsión americanista, y de quien quizás tomó la expresión "Nuestra América" para distinguirla de "la otra" tal como habían hecho mucho antes el colombiano Hernando Domínguez Camargo, en el Ramillete de varias flores poéticas ("Esta [Cartagena] de nuestra América pupila..."), que editó en 1676 el ecuatoriano, también poeta, Jacinto de Evia; Pedro de Peralta Barnuevo, del Perú, dramaturgo, matemático y erudito, en el "Prólogo" de su Lima Fundada (1732), cuando se disculpa de haber escrito de España y no de "Nuestra América"; Juan Bautista Aguirre, otro poeta ecuatoriano, jesuita, como Domínguez Camargo, en una "Oración fúnebre" del 17 de marzo de 1760 ("¿Es posible que el mejor sol de nuestra América... se haya finalmente convertido en pavesas...?"); y poco después el conde de Aranda en su "Memorial" de 1786 a Carlos III, anunciándole así que las colonias se iban a perder: "... Mi tema es que no podemos sostener el total de nuestra América, ni por su extensión, ni por la disposición de algunas partes de ella..."

Venezuela

No se redujo el asedio a Martí, de la envidia, cuando viajó a Venezuela, cuatro años más tarde, después del fracaso de la Guerra Chiquita. Para su desgracia gobernaba un militar pagado de escritor, un déspota que se hacía llamar "El ilustre americano", Antonio Guzmán Blanco, quien se mantuvo en el poder entre 1870 y 1888. En ningún otro país tuvo Martí mejor acogida que en Venezuela. Su capacidad como crítico literario y como orador habían llegado a su más alta cumbre. El reconocimiento de sus méritos, sin embargo, se produjo primero en Colombia: Martí había publicado en The Sun, de Nueva York, en noviembre de 1880, un estudio sobre los poetas españoles, que tradujo al inglés Charles A. Dana y tituló "Modern Spanish Poets"; de allí lo tomó el erudito Carlos Martínez Silva, lo volvió al español y lo publicó en su Repertorio Colombiano en febrero de 1881; en junio lo reprodujo La Opinión Nacional, de Caracas, donde ya trabajaba Martí, y en setiembre La Pluma, otra vez en Bogotá, por gestión de Adriano Páez, "el primer crítico literario de Martí", quien le habría de consagrar los más grandes elogios; de ese trabajo opinó: "Sólo Emerson, en Boston, o Carlyle en Inglaterra, habrían podido entre los anglosajones adornar [ese escrito] con imágenes tan seductoras... ¡Si [Martí] se diera un salto a Colombia, cuál sería nuestro contento! Lo recibiríamos al ruido de las campanas y hasta con descargas de cañón..."

Pero no fueron su prosa y su talento solos los que provocaron la envidia de Guzmán Blanco: lo que irritó al déspota es que no los uniera al coro de alabanzas que recibía en todos los periódicos del país; véase este ejemplo: en La Opinión Nacional, donde ya aparecían las colaboraciones de Martí, publicaron una comunicación a "El ilustre americano", que muestra que ni el culto a la personalidad en los gobiernos totalitarios de hoy, ni el mal gusto de sus adulones y guatacas era distinto hace un siglo; dice un pasaje de ese escrito, del 14 de julio de 1881: "Entusiastas admiradores que somos de vuestras inmarcesible glorias, que son las glorias de nuestra patria y del partido liberal que tan dignamente acaudilláis para regenerar a Venezuela y llevarla a la cumbre del progreso y de su futuro bienestar, dignaos aceptar nuestras sinceras congratulaciones por la explícita manifestación que habéis hecho, la cual constituye un testimonio público y solemne en favor de los intereses generales de la República..." Y en la misma página en que apareció ese ditirambo de tan mal gusto, el periódico publicó una carta de Martí anunciando el segundo número de su Revista Venezolana, por supuesto, sin ningún elogio al vanidoso gobernante.

El silencio de Martí se hizo más notable frente a su alabanza de algunos enemigos de Guzmán Blanco, en particular del licenciado Cecilio Acosta. El día 8 de julio había muerto el singular pensador en medio de su honrada pobreza; lo enterraron el 9, y despidió el duelo un sacerdote amigo, José León Aguilar, quien se atrevió a decir: "Cecilio Acosta, ni doblasteis la rodilla ante el déspota, ni quemasteis incienso a los tiranos. Injusticia e ingratitud cosechasteis en la tierra; pero vuestros talentos y virtudes serán premiados en el cielo..." Martí hizo semejante valoración en su Revista Venezolana, que ya circulaba el 21 de julio, y dijo en la selva de elogios: "Negó muchas veces su defensa a los poderosos... Otros van por la vida a caballo, entrando por el estribo de plata la fuerte bota, cargada de ancha espuela; y él iba a pie, como llevado de alas, defendiendo a indígenas, amparando a pobres, arropado en su virtud ... Unos van enseñándose, para que sepan de ellos; y él escondiéndose, para que no le vean... Era en vano volverle y revolverle; no se veían manchas de lodo... ¡Y cuando alzó el vuelo, tenía limpias las alas!".

La comparación era obvia. Ya hoy se sabe, porque lo cuenta con documentos a la vista Jean Lamore en su obra José Martí et lAmérique (1988), que la policía informó sobre las palabras del cura, a quien detuvieron para luego desterrarlo durante seis años. No era posible, pues, que Martí, un joven extranjero recién llegado a Venezuela, se librara de castigo: por una orden del propio déspota, se le ordenó que abandonara el país, y salió de La Guaira, hacia Nueva York, el 28 de julio.

Y aun había ayudado a la ira de Guzmán Blanco lo que expuso la Revista Venezolana sobre el estilo de escribir. Martí dijo en la segunda salida de su publicación, criticando el "lenguaje de gabinete", por lo que pudo sentirse aludido el gobernante y los cortesanos que lo adulaban: "De esmerado y de pulcro han motejado algunos el estilo de alguna de las sencillas producciones que vieron la luz en nuestro número anterior... Uno es el lenguaje del gabinete: otro del agitado parlamento... Está además cada época en el lenguaje en que ella hablaba como en los hechos que en ella acontecieron, y no debe poner mano en una época quien no la conozca como cosa propia..."

Las pretensiones del gobernante lo hacían creerse un erudito y un prosista consumado: dos años después de expulsar a Martí de Venezuela, el vanidoso militar pronunció un discurso en Caracas, en la Academia de la Lengua, de la que era Director, en la que quiso probar que el castellano provenía del vascoense, y dijo que sus palabras iban a tener "millares de lectores en el interior de la República, muchos, sin duda, en el exterior, y muchos más a través del tiempo..." Desde París le enjuició el discurso el marqués de Rojas en una "Critica del discurso académico del general Guzmán Blanco", en el que le señalaba los errores gramaticales y la falsedad de su razonamiento; decía: "Nadie osará en nuestra patria refutar el discurso del general Guzmán Blanco. La prensa que allí existe lo colmará de elogios. Lógico es que esto suceda, porque el general es dueño absoluto del país, y puede con más razón que Luis XIV repetir el famoso dicho, y decir que en Venezuela todo es él..."

Dejó Martí en Caracas muy valiosos amigos entre otros, los poetas Eloy Escobar, Diego Jugo Ramírez, Leopoldo Torres Abandero y Heraclio Martín de la Guardia; los filólogos Lisandro Alvarado y el médico Arístides Rojas; los maestros Agustín Aveledo, José Gil Fortul, Gonzalo Picón Febres y Juvenal Anzola; y Fausto Teodoro Aldrey, el periodista gallego, director de La Opinión Nacional, a quien le dirige la última carta antes de embarcarse: "Amigo mío" le dice, "Mañana dejo Venezuela y me vuelvo camino de Nueva York. Con tal premura he resuelto este viaje, que ni el tiempo me alcanza a estrechar, antes de irme, las manos nobles que en esta ciudad se me han tendido... Ni zarzas ni guijarros distraen al viajador en su camino: los ideales enérgicos y las consagraciones fervientes no se merman en un ánimo sincero por las contrariedades de la vida... Ni hay para labios dulces copa amarga, ni el áspid muerde en pechos varoniles, ni de su cuna reniegan hijos fieles. Deme Venezuela en qué servirla: ella tiene en mí un hijo..."

"La doblez y la falsía"

El menoscabo del detractor, la difamación, el maltrato a que somete a su víctima, no siempre son hijos de la envidia. Aunque todo envidioso es un detractor (a veces sólo en potencia), no todo detractor es un envidioso. Puede denigrar (manchar de negro [nigra] la fama, el nombre), pero no para reducir el mérito que a él le falta, sino porque entiende que la persona en verdad, por su pequeñez o malicia, merece desprecio. Es el caso de la detracción que sufrió Martí por parte de los generales Máximo Gómez y Antonio Maceo. Andaban éstos preparando un nuevo levantamiento en la isla, y llegaron a Nueva York a principios de octubre de 1884. Los esperaban con entusiasmo los emigrados de aquella ciudad: Juan Arano, Leandro Rodríguez, Martí y otros.

Con la mala experiencia de la Guerra de los Diez Años, por cuánto pudo contribuir a su fracaso la subordinación de lo militar a lo civil, Gómez había redactado en Honduras un "Programa" en el cual se estipulaba que el jefe del ejército tendría los más amplios poderes, "sin que puedan tener cabida, mientras no estén plenamente indicadas por la fuerza de las circunstancias, ningunas instituciones civiles..." No debió impresionar de manera favorable a Martí esa disposición, también por los desagradables erncuentros que había tenido con los gobernantes militares en México (Porfirio Díaz), Guatemala y Venezuela. Durante las conversaciones, mientras se preparaba su viaje a México para recabar fondos, Martí confirmó el peligro de convertir la guerra, como dijo por la autoridad concedida a Gómez, en "una empresa privada". Le escribió explicándole el por qué se separaba de aquella empresa: "Un pueblo no se funda, general, como se manda un campamento".

Meses más tarde, en carta de Gómez a Juan Arnao, el general comentó de esta manera la acción de Martí: "Respecto a la negativa de Martí, no me extraña. Martí desde el primer día que me conoció en New York se hubiese separado, pero no encontraba un medio hábil, hasta que la casualidad se lo dio. Y digo se hubiera separado, porque él no es hombre que puede girar en ninguna esfera sin la pretensión de dominar, y al tomarme el pulso se dijo para su adentros: Con este viejo soldado es imposible hacer eso, y lo que es peor me puedo ver al fin hasta en el compromiso de seguirlo hasta los campos de Cuba... Este hombre hace poco caso de los oradores y los poetas, y lo que solicita es pólvora y balas y hombres que vayan con él a los campos de mi patria a matar tiranos. He aquí, amigo mío, ni más ni menos, que las reflexiones de ese joven a quien es preciso dejar tranquilo, que ya iremos a luchar por hacerle patria para él y sus hijos. No nos ocuparemos más de esas pequeñeces, esos átomos que nada influyen en los destinos de los pueblos..." Además de ambicioso, Gómez lo acusaba de cobarde.

La opinión de Gómez sobre Martí era común en aquellos días. Se confirma con lo que anotó Eduardo Rosell en su Diario, en Nueva York, el 11 de marzo de 1896, mientras se preparaba para ir a la guerra de Cuba, donde lograría el rango de teniente coronel. Estaba con Leandro Rodríguez, muy cercano a Martí en el Nueva York de 1880, y figura importante en la Guerra Chiquita, y allí escribió:"Estuvimos hablando mucho de Martí; según Leandro, Calixto lo calificó de una especie de Manuel Sanguily, por otro estilo, pues no le daba por criticar, sino por alabar. Era indudablemente un político, pero demasiado ambicioso. En el 85 [sic] porque vio que el Dr. [Eusebio] Hernández era preferido, no quiso contribuir con sus trabajos, apartándose por completo de ellos, a pesar de que era el Presidente del Comité Revolucionario de Nueva York. Tenía un don especial para halagar a todo el mundo, y por eso hay quien se entusiasmara tanto por él... Convinimos los dos que Martí había tenido el gran talento de morir a tiempo, y que nunca tomó mejor decisión que la de ir a Cuba..."

No fue tampoco Maceo en aquella época ajeno a los severos juicos de Gómez sobre Martí. Desde New Orleans le pidió también a Juan Arnao que tratara de vencer su resistencia, pero Martí no se dejó seducir por las promesas de Maceo, quien con cierto despecho le escribió después a Arnao: "¿Qué importa la doblez y la falsía de unos pocos, si se cuenta con la abnegación y probado patriotismo de los más... Sin ellos y contra ellos nuestra obra se realiza, sin que basten a impedirla sus maquiavélicos planes que se basan en la infamia y la calumnia. Concretando especial y determinadamente estos comentarios a un solo individuo, que lo designaremos Dr. Martí... Conocidas son las retrógradas tendencias del amigo que nos ocupa, debe Ud. procurar el concurso de los que, amantes de su Patria, aspiren al bien de ella para que unidos así combatan en todos los terrenos tan fatal elemento..." Martí con "maquiavélicos planes que se basan en la infamia y la calumnia", actuando con "doblez y falsía", un "fatal elemento"... No lo supieron entonces entender, ni Gómez ni Maceo, y lo infamaron.

Hizo su obra el descrédito por aquel episodio. Poco después se celebró un acto patriótico presidido por Gómez y Maceo. Martí estaba presente. Habló Antonio Zambrana, y según Alberto Plochet, testigo del acontecimiento, criticó en su discurso a los que no apoyaban a los generales; dijo "que los cubanos que no secundaban ese movimiento debían usar sayas". Martí fue empujando al público que llenaba el Tammany Hall para llegar hasta el orador. "Lo que salió de aquel rincón del salón", cuenta Plochet, "no fue un hombre, fue un bólido... Cuando subió al escenario le dijo a Máximo Gómez, interrumpiendo al orador, que había sido aludido y que quería hablar... Y habló Martí, [y le dijo] a Antonio Zambrana, vuelto hacia él mirándolo cara a cara, que era tan hombre que apenas si cabía en los calzones que usaba; y eso lo pruebo yo aquí y donde quiera". Por suerte no trascendió el encuentro. Terminado el acto pasaron una bandeja para recabar fondos. Maceo y los demás oficiales allí presentes se despojaron de cuanta prenda y dinero llevaban encima. Cuando le llegó el turno a Gómez, éste dijo: "Yo no tengo encima más que cobre y hueso, pero no quiero salir abotonado de aquí," y se deshizo de los botones que le cerraban la ropa. Al verlo Martí, miró a los generales con ternura, se arrancó los botones y dijo: "Yo tampoco puedo salir de aquí abotonado cuando Gómez y Maceo salen desabotonados".

El adulterio

A los pocos días de llegar Martí a Nueva York, en enero de 1880, se hospedó en la casa de huéspedes que tenía en el número 51, Este, de la calle 29, el matrimonio cubano Manuel Mantilla y Carmita Miyares, que allí vivían con sus tres hijos. Martí esperaba a su mujer que vendría de La Habana con el hijo. Menos de siete meses permanecieron en Nueva York Carmen Zayas Bazán y Pepito Martí. Con el fracaso de la Guerra Chiquita y la falta de recursos, decidieron volver a Cuba. Martí se fue a Venezuela para allí establecerse con la esposa y el niño cuando tuviera una posición estable. Ya se vio la envidia a que dieron origen en Caracas, en "el ilustre americano", su arte y su conducta. Regresó entonces a Nueva York, y allá fueron la esposa y el niño, a fines de 1882, y vivieron en Brooklyn, en el 324 de Classon Avenue, hasta fines de marzo de 1885. Unas semanas antes, el 2 de febrero, había muerto Manuel Mantilla. Tiempo después se tuvo la sospecha de que Martí mantenía relaciones amorosas con la viuda.

Es posible suponer que las calumnias y murmuraciones que surgieron por aquella amistad tuvieran su origen en los celos de la venezolana Victoria Smith, prima de Carmita. Cuando Martí residió en Caracas vivió en una casa por recomendación de la hermana de Victoria, Mercedes, casada con Hamilton, cónsul de Venezuela en Nueva York, y de familia influyente toda vez que descendía del coronel William Hamilton, inglés que luchó por la independencia de Suramérica y que fue luego director del Banco Nacional en tiempos de José Antonio Páez.

El contacto de Martí con las hermanas Smith se mantuvo por los frecuentes viajes que éstas hacían a Nueva York. El 15 de octubre de 1884, aún Martí con su esposa en Brooklyn, y antes de enviudar Carmita Miyares, Martí las fue a despedir al barco que las llevaría a Venezuela; a bordo, "Para el álbum de la señorita Victoria Smith", le escribió una "improvisación". La cortés galantería del poeta pudo conmover algún secreto deseo en Victoria. Como era la costumbre, tuvo que ser ella quien le había pedido el regalo, y tanto debió halagarla, que luego hizo publicar el poema (de él se tuvo noticia por un recorte de periódico, sin otra información, que apareció entre unos papeles de Martí que conservaba Juan Gualberto Gómez, y que publicó en 1945 el Archivo Nacional de Cuba). El poema es un elogio a Caracas, pero en un momento le dice a la mujer: "Victoria, qué bien merece/su nombre, Victoria amada,/que donde mira ilumina/y ennoblece cuando pasa;/Victoria, cuente mis penas/a mi ciudad, y estas ansias/de poner mis amarguras/a la sombra de sus palmas..."

Meses más tarde, en abril de 1885, ya viuda Carmita Mantilla, Mercedes Smith, en un viaje a Caracas, le llevó una carta de Martí a Heraclio Martín de la Guardia agradeciéndole que le hubiera dedicado unos versos sobre el centenario de Bolívar. Debió entonces darle Mercedes a Victoria la noticia de que la Zayas Bazán había regresado a La Habana y que Carmita había enviudado. Por aquellos días Martí le escribió a su amigo Mercado: "Ahora vivo solo porque Carmen y el niño están por unos meses en Cuba, en una casa pacifica donde tal vez halle reposo para contarle a la larga las cosas que me han ido sucediendo..."

La "casa pacífica" debía ser la de Carmita, y el que allí viviera Martí fue lo que escandalizó a Victoria. Le escribió entonces a la prima aconsejándole que se alejara de él. No se conserva esa carta ni la respuesta de Carmita, pero por el borrador de la que Martí le envió a Victoria, ofendido por las sospechas de que entre él y la viuda había un vínculo amoroso, podemos descubrir, tras la sospechosa pudibundez de Victoria, la mujer movida por los celos. Martí le decía: "Carmita me ha dado conocimiento de la carta que le escribe a Ud., y en la que se refiere a mí. Es difícil, Victoria, que una persona de su tacto y bondad, haya sabido prescindir por completo de uno y de otra... Leída por un extraño, como yo, la carta de Ud. a Carmita no parece hecha por mano amorosa, sino muy cargada de encono... Ni Carmita ni yo hemos dado un solo paso que no hubiera dado ella por su parte naturalmente, a no haber vivido yo..., un amigo íntimo de la casa, que no es hoy más de lo que fue cuando vivía el esposo de Carmita... Ud. no tiene derecho de suponer que lo que mi cariño me obligue a hacer por la mujer de un hombre que me estimó y sus hijos huérfanos es la paga indecorosa de un favor de amor..."

Pasaron más de seis años antes de que Carmen Zayas Bazán volviera junto a su esposo en Nueva York. Es posible que en ese tiempo lo que fue en 1885 una calumnia de Victoria Smith se hiciera realidad: el cariño que lo unía a la familia de Mantilla, en particular a María, la hija menor del matrimonio, pudieron hacer su obra, además de la soledad, pero hasta aquella fecha, si no hacemos de Martí un mentiroso y un hipócrita, jamás tuvo nada íntimo que ver con la esposa de aquel "hombre" que lo "estimó": Manuel Mantilla: su relación con ella no había sido "la paga indecorosa de un favor de amor"..

El "capitán Araña"

Hacía poco que Ramón Roa había publicado en La Habana su libro A pie y descalzo, de Trinidad a Cuba 1870-1871 (Recuerdos de campaña), cuando Martí empezó la última etapa de su obra para iniciar la guerra. El 26 de noviembre de 1891 pronunció un discurso en el Liceo Cubano, de Tampa, donde criticaba el libro de Roa que ponía en evidencia las penurias de la manigua; se preguntaba: "¿Nos ha de echar atrás el miedo a las tribulaciones de la guerra, azuzado por gente impura que está a la paga del gobierno español, el miedo a andar descalzo, que es un modo de andar ya muy común en Cuba, porque entre los ladrones y los que los ayudan, ya no tienen en Cuba zapatos sino los cómplices y los ladrones? Pues como yo sé que el mismo que escribe un libro para atizar el miedo a la guerra, dijo en versos muy buenos por cierto, que la jutía basta a todas las necesidades del campo en Cuba, y sé que Cuba está otra vez llena de jutías, me vuelvo a los que nos quieren asustar con el sacrificio mismo que apetecemos, y les digo: ¡Mienten!..."

La mención de Martí de la jutía era por el poema que le escribió Roa durante la Guerra Grande al animal, el que, en la escasez de la campaña, les fue de utilidad a los mambises. En "Jutía", que así llamó su composición, había dicho: "... Déjame entonar desde mis lares/un canto de loor a la jutía.../¡Oh jutía que brindas al patriota/alimento y calzado, arma y canana!... Cuando triunfe Cuba/y el ansiado laurel orle su frente,/y su pendón a las almenas suba,/la amada patria mía/pondrá sobre su escudo: ¡Independiente/por la gracia de Dios y la Jutía!". Dos años más tarde, cuando Martí publicó en los talleres de Patria la colección de Los Poetas de la Guerra, con un prólogo suyo, no incluyó la "Jutía" de Roa: en vez de aquellas silvas que no debían traerle gratos recuerdos, Martí prefirió del poeta soldado sus alejandrinos de "A la carga", y la más famosa composición de aquella guerra: sus seis décimas de "¡Vida mía!" ("Cuando el patriota soldado,/así que la noche llega,/al grato sueño se entrega/por la fatiga agobiado;/yo, de desvelo asediado,/en la noche oscura y fría,/tan silenciosa y sombría,/alzo al cielo mi querella,/y a la luz de cada estrella/yo pienso en ti, vida mía...").

El disgusto de Martí por A pie y descalzo estaba justificado. No sólo Roa pintaba un cuadro desolador de la guerra sino que habían leído el manuscrito del libro, y recomendado su publicación, figuras importantes del separatismo: militares como Manuel Sanguily, Enrique Collazo y Félix Figueredo; e intelectuales y escritores, como Enrique José Varona, José Ignacio Rodríguez y Manuel de la Cruz : "¡Cuánto destrozo!" decía Roa, "¡Cuántas debilidades! ¡Cuánta carencia de recursos! ¡Cuánta inercia en los que nos debían su apoyo dentro y fuera del país, de quienes poco o nada recibíamos!¡Cuánta traición y cuánto mal suceso venían a dibujar sombras en el cuadro!"

Ante la crítica de Martí, en su discurso, Enrique Collazo, a nombre de Roa, le contestó poniendo en duda su autoridad y su moral para juzgar el libro, y lo acusaba de cobarde y de vividor. Con fecha 6 de enero de 1892 le decía en una carta pública que también firmaron otros militares: "... No nos extraña que usted haya comprendido mal la índole de A pie y descalzo: el libro ha debido parecer a usted terrorífico. El que con ofensas más que suficientes, el grillete, con edad sobrada no cumplió con los deberes de cubano cuando Cuba clamaba por el esfuerzo de todos sus hijos; el que prefirió continuar primero sus estudios en Madrid, casarse luego en México..., el que prefirió servir a la madre Patria, o alejar su persona del peligro en vez de empuñar un rifle para vengar ofensas personales aquí recibidas, ése, usted, señor Martí, no es posible que comprenda el espíritu de A pie y descalzo. Aún le dura el miedo de antaño... ¿Qué le hemos de hacer si usted, por más que diga, no puede borrar su pasado? Pero si usted quiere ser cubano póstumo, o guapo, después que ha pasado el peligro, séalo en buena hora, pero déjenos en paz. Quien tanto miedo tuvo a sacrificar su vida cuando Cuba lo exigía, respete y no importune a los que por Cuba expusimos la cabeza una y mil veces. Haga usted discursos, hable cuanto quiera, viva como mejor le acomode... pero sepa que no rebajamos nuestra condición adulando a un pueblo incrédulo para arrancarle sus ahorros... Si de nuevo llegase la hora del sacrificio, tal vez no podríamos estrechar la mano de usted en la manigua de Cuba; seguramente porque entonces continuará usted dando lecciones de patriotismo en la emigración a la sombra de la bandera americana..."

Por su parte, el propio Ramón Roa le escribió en esos días a un amigo en Cayo Hueso, acusando a Martí y a Enrique Trujillo, aun con mayor ironía, de lo mismo que Collazo; los llama "soberbios monopolizadores de las virtudes cívicas cubanas... [las cuales son] para ellos inmenso capital político... nada menos que después de transcurrida la hora del peligro... De ello se desprende que también era elocuente y poderoso, el activo, el bravo, el heroico Capitán Araña, de quien, refundido el tipo, han surgido apóstoles y misioneros, ilustres y eximios varones, y sobre todo héroes..." Roa, al insultar a Martí, lo hacía, usando la leyenda española del patrón de un barco, en el siglo XVIII, quien reclutaba hombres para combatir las rebeldías de América, pero que siempre se quedaba en tierra; se llamaba Arana, pero el vulgo transformó en Araña el apellido, y de ahí nació el dicho que reza: "Se parece al Capitán Araña, que embarca a la gente y se queda en España"; es decir, todo el que empuja a otros a correr riesgos quedándose a buen recaudo.

No es difícil imaginar cuánto debió influir este insulto en que Martí se empeñara en ir con Gómez a la guerra de Cuba, y que se lanzara a caballo en la carga de Dos Ríos donde encontró la muerte.

El "hombre funesto"

La conducta de Martí ahogó con el tiempo los reservas de los viejos separatistas, y el propio Enrique Collazo llegó a ser uno de sus más activos colaboradores. Años después, dijo en su libro Cuba Independiente (1900): "Era Martí un hombre notable y de condiciones excepcionales... Su apoteosis la harán los cubanos más tarde, conservando su efigie y su memoria entre sus grandes hombres. Cuando todos desmayaban, Martí levantó de nuevo el pabellón; de un grupo de cubanos dispersos en la emigración creó un pueblo entusiasta, y dio vida a la nueva revolución..."

Otros partidarios de la independencia, también en el extranjero, fueron activos detractores de Martí. Un buen ejemplo es el de Enrique Trujillo, quien había sido amigo de Martí. Le envidiaba (¡otra vez la envidia!) la elocuencia y el arraigo entre los emigrados. Ya habían tenido un disgusto los amigos porque Trujillo, a espaldas de Martí, ayudó en la fuga de Carmen Zayas Bazán cuando ésta quiso regresar a La Habana en 1891; pero lo que desencadenó su ira fue la amenaza para su periódico El Porvenir por la publicación de Patria, del Partido Revolucionario Cubano. Hizo una despiadada campaña contra Martí y su organización política, tal como se ve en sus Apuntes históricos; propaganda y movimientos revolucionarios cubanos en los Estados Unidos (1896). En mayo de 1892 escribió en El Porvenir: "Un Partido Revolucionario Cubano abierto, como el que se ha creado, carece de razón de ser, y llama la atención, y nos enajena simpatías y acercamientos. La organización creada, en lo que la parte de Nueva York respecta, ha sido violenta y compulsoria. Y, por último, en su forma se ha creado una dictadura civil..."

Ni se habría de librar Martí de las calumnias de los otros grupos que se disputaban el futuro de Cuba: los autonomistas, los anexionistas y los integristas: los que querían seguir bajo la tutela de España; los que querían unirse a los Estados Unidos; y los que querían ser españoles. Basten estos ejemplos. Contó uno que conoció a Martí en 1871, en el Ateneo de Madrid, que, muchos años después, cuando le preguntaba por él a los diputados autonomistas que llegaban de La Habana a Rafael Montoro, Miguel Figueroa, Rafael Fernández de Castro y Eduardo Dolz le respondían: "¡Bah! Marchó de Cuba. No tenía fuerza. No le hicieron caso. Y allí en New York publica una inofensiva hoja separatista. Pero eso es una extravagancia... Martí es un hombre muerto..." En su artículo "Suerte singular de una carta circular", en la revista Santiago (1980), Paul Estrade, al referirse a cómo trataba a Martí la prensa española en Cuba, dice: "La imagen más acentuada y más constante que, como pauta, quedó reflejada más que otras en la prensa colonial, fue la difundida por el Diario de la Marina. Su corresponsal en Nueva York, K. Lendas (el español Arturo Cuyás), tachaba a Martí de iluso, tenebroso, loco, dislocado, destornillado, etc."

El resentimiento de algunos autonomistas no terminó con la derrota de España, y aún se manifestaba a las puertas de la República: en una reunión de la Asamblea Constituyente, en 1901, se quiso realizar una colecta para ayudar a la madre de Martí, y el viejo autonomista Eliseo Giberga dijo: "Si la suscripción que se lleva a cabo para esa señora, se hace como madre de José Martí, yo no podré figurar en ella, pues para mí Martí fue un hombre funesto, y su nombre será execrado por la Historia..."

No menos lo zahirieron los anexionistas. El más notable fue José Ignacio Rodríguez, influyente abogado que residía en Washington, antiguo alumno de Luz y Caballero y profesor de Filosofía en la Universidad de La Habana. En su libro Estudio Histórico... sobre la Anexión de la isla de Cuba a los Estados Unidos de América (1900), calificó a Martí, como lo hizo en vida de éste, de "eminentemente socialista y anárquico", de que "predicaba el odio a España, el odio a los autonomistas..., el odio al hombre rico, cultivado y conservador... y el odio a los Estados Unidos de América..." Y sobre el Partido Revolucionario Cubano, siguiendo las huellas de Trujillo, decía que "el elemento personalísimo, dictatorial e intolerante, que se reveló en él desde el principio, le enajenó simpatías aun entre muchos de los más antiguos revolucionarios cubanos..."

El periodista puertorriqueño Roberto Todd, quien conoció a Martí en Nueva York en 1889, y que lo admiraba, hizo un acabado resumen de los ataques que sufrió Martí en la emigración. En sus Estampas coloniales (1946) se lee, en el capítulo que tituló "Recuerdos alrededor de Martí": "Los que creen que el patriota tuvo vía franca y camino sembrado de flores sin espinas entre sus compatriotas en los Estados Unidos, desde 1880 en que llegó a Nueva York, hasta 1895 en que marchó a Cuba a ofrendar su vida por la independencia, están equivocados. Era natural que él esperara recibir saetazos y hasta heridas mortales de manos de los españoles; eso le enardecía y lo alentaba a seguir en la lucha, pues demostraban esas caricias de los enemigos de Cuba, como una declaración palmaria, que él daba en el blanco en su propaganda revolucionaria. Pero los alfilerazos, los mordiscos, las torturas, venían de otro sector; venían de un grupo de cubanos que constantemente le amargaban la vida, él que la necesitaba toda para la gran causa emprendida. Incapaces, por su falta de preparación, por sus escasas dotes naturales, de llegar a la altura que fácilmente escalaba Martí como orador, como escritor y como literato, trataban de desacreditarlo en todos los terrenos, llegando en esos ataques hasta su vida privada. Es un hecho histórico que Martí vivió por mucho tiempo separado de su esposa, la madre del único varón que tuvo, y la vida que llevaba el patriota en Nueva York, era bien conocida de todos; vida solitaria, entregado por completo a sus actividades múltiples, como jefe de una organización revolucionaria, recogido familiarmente al calor de un hogar respetable compuesto de un matrimonio con una pequeña hija, niña ésta a quien Martí adoraba como si fuera propia [se refiere al matrimonio Mantilla, a la casa de la viuda y a María, la hija menor de Mantilla y Carmita]. Pues hasta ese hogar llegaron los enconos injustos de sus envidiosos paisanos, hincando en el honor de la dama de la casa, a quien suponían en intimidad amorosa con el patriota..."

Fue esa realidad la que le hizo exclamar en 1903 a Fermín Valdés Domínguez, el más cariñoso amigo de Martí, en su "Ofrenda de hermano": "¡Cuántos que ahora gozan de los beneficios de la República con todos y para [el bien de] todos se burlaban entonces, en Cuba y en New York, envidiosos de la grandeza de su genio, del soñador, del poeta y de su república! ¡Perdón, perdón para todos!"

El "lobo separatista"

Iniciada en Cuba la guerra se prodigaron los ataques de los españoles contra Martí. El 8 de marzo y el 8 de mayo el conocido semanario que se publicaba en Madrid, la Ilustración Española y Americana, decía: "Martí es la cabeza del partido separatista cubano... Enemigo de España desde niño, ha estudiado mucho en libros franceses e ingleses, que nos son tan desfavorables como se sabe, y cuyas perniciosas y mentidas doctrinas han perturbado a tantos espíritus. Vive en los Estados Unidos [Martí en esas fechas estaba en Santo Domingo y luego en Cuba] y al amparo de la bandera de esta nación ha conspirado y conspira contra la suya propia y contra los intereses de su raza... Martí es sin duda hombre de entendimiento nada común, pero no menos vanidoso que inteligente y más poseído de su papel de Apóstol y casi de mártir de una idea... Martí tiene grandes condiciones de conspirador, atenuadas por honda vanidad... A pesar de la injurias que nos prodiga en sus ardientes arengas, no existe en su corazón el odio a España... Para cabeza del separatismo no reúne Martí todas las condiciones necesarias; le falta solidez de criterio, es demasiado soñador, demasiado poeta y su espíritu se aleja fácilmente de las amargas realidades. En los campos de Cuba podrá ser un insurrecto más: no será nunca un guerrillero temible".

En Zaragoza, el primero de mayo de 1895 el historiador Gregorio García Aristi escribió en el Diario de Avisos de aquella ciudad: "José Julián Martí y Pérez, que estos son los nombres y apellidos del organizador del actual movimiento separatista, es natural de La Habana. Vino a España a principios del año 71 y matriculóse en la Universidad de Madrid como alumno de la Facultad de Derecho. Pero otras cosas debieron preocuparle más que los estudios porque de las asignaturas en que se había matriculado, en unas quedó suspenso y de otras no se examinó [sólo lo suspendieron en Economía Política; no se presentó en los exámenes de Derecho Civil, Derecho Mercantil y Derecho Romano (II), pero aprobó Derecho Político y Derecho Romano (I)]. Posible es que, a imitación de muchos malos estudiantes, echase la culpa de todo a inquinas de los profesores, suposición que estaría destituida de fundamento si aquellos honorables señores vislumbraron, bajo la piel del cordero del discípulo, el lobo separatista..."

Por un artículo publicado en el Listín Diario, de Santo Domingo, con fecha 23 julio de 1895, se tiene noticia de un trabajo de aquellos días escrito por otro español detractor de Martí; lo reprodujo Emilio Rodríguez Demorizi en su Martí en Santo Domingo (1953). Impugnaba al atrevido español el periodista dominicano Rafael Abreu y Licairac; aquél había dicho: "El revolucionario Martí juntaba en su persona funesta las artes para la conjura y el espíritu de sugestión necesario al movimiento de gente en plena ignorancia y absoluta inconsciencia... Con su política de perseverancia y de insinuación, con su gota de hiel siempre dispuesta para verterla en todos los vasos, con el odio siempre vivo y la desesperada angustia de un destino que fracasa y de una juventud próxima a desaparecer sin dejar ni nombre ni huella, iba Martí de uno a otro lado, animaba a los tímidos, fortaleciendo a los vacilantes... Hombre para todo, enemigo completo, frío corrosivo, con terribles atenuaciones de conciencia... ¡Caso singular! Este hombre, como el nihilista de la novela rusa, aprovéchase para su odio de cuanto es amor y luz en los que supone sus enemigos [debe referirse a la novela Demonios (1870), de Dostoivesky, y a su personaje Piotr Verjovenskii]. José Martí, como el nihilista novelesco, cobróse en ideas la cultura de esta España que aborreciera... Su pensamiento no era español; el laborante, el insurrecto soñaba bajo nuestro cielo generoso con enrojecer de sangre española la manigua... Como en la novela rusa todo es humo al final de aquel odio insaciable. Todo es humo, humo que se disipa, y que al disiparse deja ver enhiesta y gallarda la bandera española..."

Borrachín y mujeriego

El 25 de marzo de 1895, aún Martí en Santo Domingo, el semanario integrista La Política Cómica, de La Habana, publicó una caricatura en la que aparecen Martí y Quesada junto a una mesa con botellas de bebida y copas, y con una mujer cada uno en las piernas. Se consagraba así, en una ilustración, la leyenda negra, que llega hasta nuestros días: Martí borrachín y mujeriego.

 

Caricatura de Martí y de su discípulo Gonzalo de Quesada y Aróstegui. Publicada originalmente en La Política Cómica, de La Habana, el 25 de marzo de 1895, la restauró para este trabajo el pintor Carmelo José González, quien la había exhibido en 1977. Era ésta la forma en que los enemigos de Cuba los presentaban, en la buena vida de Nueva York, mujeriegos y borrachines, mientras los patriotas iban a la guerra.

La falsedad de ambas acusaciones se prueba estudiando su vida. Martí en su juventud vivió enamorado del amor. Antes de casarse tuvo varias aventuras. Le pasaba lo que contó San Agustín en sus Confesiones, al llegar a Cartago; dijo el santo: "En torno mío se prodigaban los amores impuros. Yo todavía no amaba, pero amaba el amar, y en mi secreta soledad me odiaba por verme tan solo. Buscaba qué amar amando el amor (Quaerebam quid amarem, amans amare)". Lo que le pasó al llegar a Cartago a quien llegaría a ser el más ilustrado Padre de la Iglesia, le pasó a Martí al llegar a Madrid, deportado de Cuba a principios de 1871. Ya casado, excepto sus posibles relaciones con la viuda de Manuel Mantilla después de 1885, y cuando la esposa regresó con el hijo a Cuba, no se tienen pruebas de ninguna otra mujer en su vida.

Respecto a su gusto por el alcohol, puede afirmarse que, como toda persona culta de entonces, conocía de vinos. En El Martí que yo conocí (1945) escribió su amiga Blanca Z. de Baralt: "Como verdadero artista, Martí tenía una gran agudeza de los sentidos, y el paladar estaba en él desarrollado en extremo. Era gourmet a lo Brillat Savarín... Martí no fumaba, bebía poquísimo y casi nunca alcohol..." Tomaba el vino reconstituyente Mariani, muy de moda en sus días, pero mencionó en sus escritos otros vinos que es posible hubiera probado: de Aragón, de Borgoña, de Burdeos, de Falerno, de Jerez, de Madera, de Marsala, de Navarra, de Oporto y de Valladolid. En un artículo sobre la "Plantación de la Vid" en Hispanoamérica, dijo: "Los alcoholes abominables agobian y embrutecen. El vino sano y discreto repara las fuerzas perdidas". Y en otra oportunidad, hablando de los hermanos Goncourt y de los peligros de París, hizo esta observación: "El vino de Navarra, pesa; el de Burdeos, chispea; y el de París aturde, como pócima..."

Por el diplomático y escritor argentino Carlos A. Aldao, también amigo y compañero de trabajo de Martí, sabemos de sus visitas al bar de la Hoffman House, en Nueva York; cuenta en A trevés del mundo (1914): "El joven [Martí] que concurría al bar de Hoffman House cuando era moda neoyorkina ir todas las tardes para depositar flores al pie de los cuadros de Bouguereau, se convirtió en maestro de escuela que daba dos clases por semana a negros cubanos que habitaban en Brooklyn..." Según se deduce por la correspondencia entre Martí y Aldao, allí se reunieron también para tratar de la traducción de los documentos sobre el territorio de Misiones en el pleito entre Argentina y Brasil, y alguna vez citaban a Gonzalo de Quesada quien, con otros traductores, intervino en ese trabajo. El bar de la Hoffman House era el más famoso y alegre de la ciudad. Estaba frente al viejo Madison Square y allí se reunían hombres de negocios, políticos y figuras del mundo artístico. El cuadro que menciona Aldao era uno del pintor francés Guillaume Bouguereau en el que aparecía una mujer desnuda rodeada de sátiros; el cuadro produjo gran escándalo en los elementos conservadores de la ciudad cuando lo colgaron sobre el bar.

En el semanario La Política Cómica, de La Habana, apareció en 1895 esa caricatura de Martí y Quesada que aquí se comenta. La reprodujo el pintor Carmelo José González en su artículo "Martí en la caricatura", publicado en el Anuario Martiano (1977). En una amable carta González, hoy residente en Miami, nos cuenta sobre el curioso documento:

En los días en que estábamos preparando en la Fragua Martiana la exposición Martí en la caricatura, [Gonzalo de] Quesada [y Miranda] me mostró la caricatura y su deseo de que fuera también expuesta. La caricatura [de Martí y su padre] era un recorte de la publicación original, y estaba montada en un sencillo cuadro de cristal con marco de madera. Así se hizo y estuvo junto a las otras [33 que se exhibieron]". Todas, sigue diciendo González, fueron copiadas por él, quien las calcaba sobre una fotocopia usando, según lo requería el original, un pincel o una plumilla. "La excepción", sigue la carta, "fue precisamente ésta de Martí y Quesada [y Aróstegui], pues en este caso se exhibió la edición original. Estaba bastante dañado el papel y Quesada le había pegado desde hacía años varias cintas adhesivas, esas son las manchas oscuras y la columna que aparece en la reproducción del Anuario Martiano. Que yo sepa, Quesada nunca había mostrado la caricatura, y yo personalmente no tenía noticia de ella. Me imagino que Quesada calculó que aquélla era la mejor ocasión para mostrarla, y así lo hizo... La caricatura está dividida en dos secciones; en la parte superior [que casi no se distinguía en la reproducción del Anuario] aparece un grupo de mambises sentados en el suelo, apiñados, desarrapados, sucios, con aspecto deplorable, y al pie se lee este texto: Los que van a la guerra. En la parte inferior es que aparecen Martí y Quesada, y debajo: Los que mandan a los otros a la guerra. A la muerte de Quesada [y Miranda] yo le pedí a su hijo Gonzalito (Dr. Gonzalo de Quesada y Michelsen) la caricatura, y como él conocía de mi gran amistad con su padre, me manifestó que le era de mucho agrado entregármela, pero después me dijo que registró todos los rincones de la Fragua y la caricatura nunca apareció... Como se aprecia, la caricatura es anónima, pero es muy fácil suponer (casi asegurar) que su autor fue Ricardo de la Torriente... Podemos decir que en este momento lo único que nos queda de ella es esta copia que he retocado...

Martí y su "cubanidad negativa"

"En 1899 sólo 16 cubanos representativos comprendían y admiraban a Martí". Con ese título publicó Emilio Roig de Leuchsenring, en la revista Carteles, el 23 de enero de 1939, un artículo basado en la encuesta que había hecho el periódico El Fígaro. Se le preguntó a un grupo de "cubanos representativos": "¿Qué estatua debe ser colocada en nuestro Parque Central?" Respondieron 106. Solo 16 estaban a favor de Martí: el primero fue Fermín Valdés Domínguez, el fiel amigo de Martí, y su compañero de estudios; luego, los generales Emilio Núñez, Daniel Gispert y Enrique Loynaz del Castillo; el médico, capitán y poeta Estaban Borrero Echeverría; el también capitán del Ejército Libertador y dramaturgo, Félix R. Zahonet; el poeta y sociólogo Diego Vicente Tejera; Juan Gualberto Gómez, el ilustre periodista, cercano colaborador de Martí; Miguel F. Viondi, su compañero en el bufete de La Habana; Leopoldo Berriel, constituyente en 1900 y luego rector de la Universidad de La Habana; las poetas Mercedes Berriel, Nieves Xenes, Aurelia Castillo y Martina Pierra; el constituyente de Jimaguayú y luego representante a la Cámara en 1902, Pedro Pierra; y el profesor de historia Rodolfo Rodríguez de Armas. 13 votos tuvo Céspedes, 7 Luz y Caballero, 5 Cristóbal Colón, y la mayor parte de los otros favorecían figuras simbólicas, como la Libertad, Cuba Libre, la República... La estatua de Martí en el Parque Central, en el lugar que había ocupado Isabel II, la concupiscente reina de España, se develó el 24 de febrero de 1905 en presencia de Tomás Estrada Palma y del generalísimo Máximo Gómez.

Ante los errores y frustraciones de la República se empezó a pensar que Martí era el responsable de las desgracias del país. En realidad Martí era, como dijo el literato peruano Ventura García Calderón, "un ilustre desconocido". Se le culpaba por haber impuesto la independencia sin que estuviera Cuba lista para ella; y de que por haber estado tanto tiempo en el extranjero, desconocía la realidad de su patria. En un "cuento chino" con el título "Mentiras de un colibrí", publicado en La Unión Constitucional, de La Habana, en 1894, y que cita Paul Estrade en su artículo antes citado, se lee: "Pues señor, érase que era un colibrí paluchero y engañador que, aprovechando la larga ausencia del suelo natal de don José Martí, se fue a Nueva York y le contó la mar de mentiras. D. José, que es un inocente de los de marca mayor, se las creyó todas..."

En Pasado vigente (1930) recoge Mañach la queja de una cubana que le escribió sobre el asunto: "¿No hubiera sido muy conveniente para Cuba", le preguntaba, "que Martí hubiese desencarnado dos años antes de la fecha en que lo hizo? De esa duda surgen otras: Cuba, ¿ha retrocedido en cultura y en civilización por el inoportuno y temerario impulso con que Martí llamó a la acción a su plebe más inculta?" Y Mañach comenta: "Más de una serena cabeza cubana se ha preguntado en secreto si no llegamos a ser libres antes de ser verdaderamente pueblo; si Martí no estaría equivocado cuando, frente a la apariencia desganada y arisca, y contra el consejo escéptico de muchos, creyó leer en el subsuelo una auténtica voluntad cubana de libertad..."

La culpa del infortunio nacional no la tenía Martí, todo lo contrario, la tenía el país que no puso en práctica su previsión ni sus doctrinas. En manos extranjeras buena parte de la riqueza de Cuba, y en manos de los que habían combatido la independencia buena parte de la cultura y de los privilegios, no sólo no se practicaba su programa de gobierno sino que no se lo conocía. Al recoger el trabajo de Arturo R. Carricarte La cubanidad negativa del apóstol Martí (1934), publicado originalmente en 1931 en un periódico de Santiago de Cuba, advirtió en una nota, "Al lector", Manuel I. Mesa Rodríguez, que era necesario aquel estudio a fin de "agitar la conciencia" de los cubanos, "plasmada en todas las formas, menos en la que Martí aspiraba que tuviera". No se puede dudar de la devoción martiana de Carricarte, quien está en el polo opuesto de sus detractores, pero alguna de sus ideas originó una corriente de pensamiento que mucho daño hizo al aprecio y a la cabal comprensión de Martí. Quiso Carricarte señalarle "razonadamente, y no a impulsos de ciego fetichismo, el lugar único que le corresponde en nuestra historia intelectual... el lugar conspicuo entre los grandes fracasados del mundo..."

Y así explica Carricarte el insólito atributo: "Siéntese como premisa en el ensayo que ofrecemos al lector la antítesis positiva e irreconciliable que existe entre cuanto caracteriza al Maestro y cuanto es peculiar a nuestro pueblo, en lo colectivo, y de las figuras más prominente del país... Ningún compatriota le ha excedido en cubanismo y muy pocos son los que pueden ser menos cubanos que él... Nació de padres españoles sin conexión alguna con familias cubanas... Diez y siete años tenía al ser deportado, y con tan escaso bagaje de estudios su cultura no podía haber sido suficientemente nutrida con pensamiento cubano. Regresó diez años más tarde y residió en La Habana escasos meses... Vese, pues, que su familia..., su educación y su ilustración no fueron, en lo absoluto, cubanas". Y agrega Carricarte unos datos impresionantes sobre el poco interés de aquella época en Martí, otra prueba, le parece, de la falta de identificación entre el pueblo y quien quiso representarlo. De los más de doscientos mil lectores que visitaron entre 1920 y 1929, la Biblioteca Municipal de La Habana, que dirigía el propio Carricarte, menos de tres cientos pidieron obras de Martí; en la Biblioteca Provincial de Santa Clara, que tenía el nombre de "José Martí", de los siete mil quinientos lectores que allí fueron en 1927, solamente cuatro las pidieron; y en la Biblioteca Municipal de Caibarién, en ese mismo año 1927, de los 3418 lectores sólo 36.

La "cubanidad", entendida correctamente como el carácter genérico del pueblo cubano es también amor a lo propio y afirmación patriótica. Dijo Martí en 1893, al hablar en Patria de "Cuatro clubs nuevos" que se habían creado: "En Cuba tenemos gérmenes de patria. Tenemos raíz nueva que poner donde la raíz está podrida. Amor enérgico tenemos, donde ha habido odio enérgico. Lo excesivo se podará de sí propio, que es mucha de veras la sensatez criolla, y porque el hombre se acomoda siempre a la verdad; pero lo nuevo surgirá de mil fuentes, y los cubanos que desconfían hoy de su pueblo se abrazarán mañana sorprendidos".

Contó Bernardo Figueredo en sus "Cuatro anécdotas de la vida de Martí", publicadas en la Memoria del Congreso de Escritores Martianos (1953), las objeciones que le hizo a Martí en Cayo Hueso Serafín Sánchez. "Sánchez", dijo Figueredo, "consideraba a Martí equivocado por juzgar al pueblo de Cuba por los cubanos de la emigración. Ésta era una selección, una muestra superior a la mercancía... [por lo que] él tenía dudas muy grandes de que los cubanos como pueblo pudieran regirse ellos mismos en su propia patria sin grandes contratiempos, el pueblo no estaba preparado..." Y Martí le contestó a aquel valiente villareño que años más tarde dio la vida por Cuba: "Sí, tal vez haya tropiezos, pero ningún pueblo puede aprender a ser libre siendo esclavo..."

El infortunio ahogó el generoso vaticinio porque Cuba no logró entonces, y aún no la ha logrado, su verdadera independencia. No, no fue "negativa" la "cubanidad" de Martí, lo fue, y lo es, la de sus gobernantes, la negación del carácter que le correspondía por su historia y por los méritos de sus hijos mejores. Pero en el doloroso examen de Carricarte quedó sembrado el juicio del "fracaso" en la gestión martiana. Otros la iban a aprovechar con el fin de introducir en el país la negación total de la "cubanidad".

"La patria de Martí es cosa de ensueño"

Si la "cubanidad" de Martí era "negativa", si, como afirmó Carricarte, Martí debía ocupar un "lugar conspicuo entre los grandes fracasados del mundo"; si el cubano, por la distancia entre la realidad y su promesa no se interesaba en él, ¿qué sentido tenía que ocupara tan alto puesto en el santoral del país? A la sombra de una "moda martiana" que lo citaba sin entenderlo, y menos sin poner en práctica su programa, creció en Cuba, acerada, aunque discreta y respetuosa, un ajuste de cuentas con Martí. Otros habían ya empezado campañas de descrédito para encaramar doctrinas que pugnaban con las suyas. Pero hubo quienes le escatimaron el tamaño que le concedían los martiólatras. El ejemplo más notable es el del profesor del Instituto de Santiago de Cuba, Carlos González Palacios, en su libro Revolución y seudorevolución en Cuba (1948), cuando hace una "Valoración de Martí"; dice: "... Estamos al borde del exceso. Se puede hablar de una martimanía y de martimaquias más o menos ingeniosas... ¿Por qué ha cobrado [Martí] tan impetuosamente esa categoría y es tan delirantemente adorado?... ¿Por qué se ha convertido José Martí en el héroe supremo de Cuba?" Y González Palacios lo compara con Bolívar para concluir: "Quien dé un vistazo rápido por la biografía del caraqueño y haga un recorrido veloz por sus campañas y por sus proyectos de ordenación política, justificará enseguida el título de Libertador... Pero, ¿podríamos decir lo mismo de Martí? ¿Basta con el conocimiento de su biografía, con el repaso de sus acciones, de sus realizaciones y proyectos políticos para percatarse de su máxima validez y de su inmenso prestigio actual? A nosotros se nos ocurre dudarlo..." Procede entonces a hacer lo que llama una "indagación biográfica": recorre su vida destacando sus desventuras y tropiezos: el hogar, la escuela de Mendive, la entrada en la política, el destierro, los estudios en España, el matrimonio, la estancia en Centro y Suramérica, los Estados Unidos, la preparación de la guerra, la muerte; y duda que "los datos externos de su biografía" justifiquen "la encaramada categoría" que se le asigna. Le niega la condición de político: "La prosa de Martí es tan extrañamente sugestiva, que hay que leer varias veces esas Bases [del Partido Revolucionario Cubano] para percatarse de la desesperante generalidad de sus principios programáticos... Estamos convencidos de que ni el recorrido por lo externo de su vida, ni el valor como doctrina política, económica o social, que resta a su programa, cuando lo despojemos de su íntimo calor poético, pueden explicar la razón por la cual Martí ha llegado a colocarse en el escalón más alto de nuestra historia patria". Y añade González Palacios: "Para Martí, la política es ética. Toda su lucha política no es tanto para vivir mejor como para ser mejor. El hombre trabajará por su pan, vivirá para su honra. La república es necesidad del honor, del decoro. Su lucha es también una revolución por la libertad, pero, al cabo, para Martí la libertad no es otra cosas que el derecho a ser honrado y a vivir sin hipocresía..." Y resume la esencia de sus conclusiones: "La patria de Martí es maravilla y cosa de ensueño. No se parece a nada de lo que el hombre corriente y aún el hombre culto y el ciudadano más interesado en el destino de la comunidad, puede entender por patria. Nada tiene que ver su imagen con la patria de que nos hablaron los creadores de la nacionalidad: un Saco, un Luz Caballero, un Céspedes. Nada digo de Montoro, pero ni siquiera Heredia concibiera a la patria en esos rasgos fantásticos..."

Ecos de esa valoración cautelosa de Martí, avara, y hasta injusta a veces, ante la "martiolatría" exagerada o insentida, llega hasta a nuestros días. Hay resonancias del juicio de Carricarte y de González Palacios en El sueño y la distancia (1968), de Luis Ortega: "Martí vivió gran parte de su vida en el destierro... [y] su nacimiento se produjo también en un cierto destierro. Nace súbdito español, de padres españoles, en un hogar muy español... Martí vive 42 años. Pero 23 de ellos los pasa en el destierro. En esos 23 años de alejamiento de la isla, rondando en torno a ella, llega a transformarla en materia poética... Cuba se convierte en un sueño. Martí habita en el hueco de ese sueño. En la distancia, rumiando su angustia, va dejando caer sus piropos sobre la patria..." Según esta interpretación, el "sueño" y la "distancia" llevaron a Martí, y a su pueblo, al delirio. "Martí sobrepuso a la realidad de Cuba el sueño gigantesco y poético de otra Cuba imposible": Ortega pretende explicar, con el de Martí, el despropósito de Fidel Castro.

No hace González Palacios, ni los que con él analizaron la obra de Martí, propiamente una detracción. El rebajamiento no pasa del impulso de "poetizar" la realidad, como él mismo Martí reconoció haber hecho con los guatemaltecos. Pero ¿fue esa visión poética de la patria, de la república futura, la que la hundió, o fue más bien el pragmatismo utilitario que se impuso después lo que la ancló, y la mantiene anclada, en el fracaso? Ideal sería que el propio Martí pudiera contestarnos, pero al no poder hacerlo, tienta darle la palabra con su análisis de la figura de un político norteamericano hoy muy olvidado, Lucius Quintius Cincinnatus Lamar (1825-1893), quien padeció de lo que González Palacio, y quienes le restan autoridad por su poesía, encuentran en Martí.

El Secretario Lamar. Lo llamaron "soñador", y lo acusaban "de amar el romance, de dejar correr de vez en cuando la fantasía y de mirar una que otra vez al cielo", como luego a Martí, quien añadió sobre este ilustre americano: "Hay grandísimos necios que se pasan la vida proclamando que las mentes infelices por altas…son fatalmente incapaces para entender las cosas terrenas".

Nació Lamar en Georgia, estudió Emory College y en Macon para graduarse de Leyes. En 1855 se estableció en Mississippi donde fue profesor de matemáticas en la universidad del Estado durante dos años y dedicarse luego a la práctica de su carrera. Salió elegido representante por el partido Demócrata, pero renunció el cargo en Washington y sirvió en el ejército del Sur durante la Guerra Civil. Terminada ésta volvió a la práctica de su carrera mientras enseñaba Economía Política y Ciencias Sociales en la Universidad de Mississippi. En el Senado estuvo hasta que en 1885 el presidente Cleveland lo hizo Secretario del Interior. Dos años más tarde lo nombraron Juez de la Corte Suprema de Justicia, para ser uno de los pocos norteamericanos que había servido con la mayor distinción a su país desde el poder legislativo, el ejecutivo y el judicial.

A principios de 1886 Martí escribió un artículo, para La Nación, de Buenos Aires, sobre este americano el cual, como él lo vio, podría formar parte de la constelación de figuras que fueron como especie de alter ego en su vida. El motivo era la gestión del Secretario Lamar, con la que simpatizaba Martí, en favor de los indios; dijo: "De los informes de los secretarios, el mejor, por lo sesudo y lo práctico, no es el del Ministro de Hacienda, ni el del Ministro de la Guerra, ni el de Marina, sino el del soñador del gabinete, el del idealista y vagabundo de la casa, el del Secretario Lamar, acusado de amar el romance, de dejar correr de vez en cuando la fantasía y de mirar una que otra vez al cielo. Hay grandísimos necios que se pasan la vida proclamando que las mentes, infelices por altas, que ven bastante hondo y lejos, adentro y encima de la tierra, son fatalmente incapaces para entender en las cosas terrenas: y al que es capaz de entender lo más, ya lo bautizan de inepto para entender lo menos... Pero en la tierra, según se sabe, hay más ratones que águilas; y los ratones se juntan, y dicen entre sí: ¡vaya! ¡nosotros volamos mejor que las águilas! y, por descontado, todos lo ratones lo creen".

Y razonaba a continuación Martí: "Lamar es de las águilas: y su informe ha sido tan cauto, tan claro, tan apegado a lo real, tan conforme a los problemas prácticos que estudia, que ya no se oye decir, por esta vez, que Lamar es inhábil para el puesto porque lee versos, o los hace, y usa el cabello largo, y sabe del hombre antiguo y de monedas, y se suele quedar, ¡pensando precisamente en los rufianes políticos! con las manos cruzadas, ¡mirando chisporrotear en la chimenea los leños encendidos... Bien se ve, aunque él no lo dice, que sufre por esta rudeza general del espíritu que aquí aflige tanto a las mentes expansivas y delicadas. Cada cual para sí. La fortuna como único objeto de la vida... Un hombre es un deber vivo, un depositario de fuerzas que no debe dejar en embrutecimiento: un ala"

El "abogado de los poderosos"

El comunismo cubano ocupa lugar preferente entre los detractores de Martí: primero en clara condena de sus doctrinas, y luego falsificándolas. A sólo varios meses de publicarse el trabajo de Carricarte, en enero de 1935, apareció en el Repertorio Americano, de Costa Rica, un trabajo de Juan Marinello con el título de "Martí y Lenin". Era su juicio tan negativo que el actual marxismo-leninismo, en su período de falsificación de Martí, lo esconde. Allí afirmaba Marinello con el recuerdo de La cubanidad negativa de Martí, de Carricarte: "... Sí, es un gran fracasado porque, en efecto, su sermón idealista y democrático no ha podido tener vigencia... Lo recto y limpio es entender a Martí, y respetarlo y admirarlo mucho, cada día más, en su rol de gran fracasado... Admirarlo así, sólo en el valor permanente de su vida de hombre, vale tanto como dar la espalda de una vez a sus doctrinas. Eso debemos hacer... Él quiso ser, según confesión propia, abogado de los humildes y echar su suerte con los pobres de la tierra. Sus caminos le fueron traidores. Fue sin saberlo y sin quererlo, abogado de los poderosos... Carecía Martí de la herramienta marxista y tenía fe encendida e ingenua en el poder del espíritu... Las ideas de Martí, bien lo saben los hábiles líderes, son ya ideas vencidas. Las ideas políticas vigentes son siempre hijas de la clase dominante. La burguesía trajo el liberalismo, el romanticismo y el espejismo democrático. La burguesía es una clase tan vencida como las ideas que trajo. Si los jóvenes reaccionarios de Cuba abecedarios, afirmistas, nacionalistas, apristas, menocaleros, auténticos, guiteristas confesaran lealmente que por saberse y sentirse ubicados en la burguesía, han de ser servidores del mundo en putrefacción... Las ideas revolucionarias andan mientras tienen algo que hacer en el mundo. Las de Martí nada tienen que realizar ni pueden servir más que como trampolín del oportunista..."

Otro momento digno de memoria en el tratamiento de Martí por el comunismo criollo aparece en el libro de Ángel César Pintó Albiol, El pensamiento filosófico de José Martí y la revolución cubana (1946). Allí se recoge la polémica en la que intervinieron Marinello, José Antonio Portuondo, Julio Le Riverand y el autor de ese libro. Las opiniones de Pintó Albiol son las que ahora interesan; dijo en una de las cartas que allí se recogen:

Martí fue, tanto por el espíritu como por la clase social de donde procedía, un pequeño burgués. Filosóficamente, toda su obra está impregnada de un eclecticismo oportunista que lo conduce a estrepitosas contradicciones: llora con los pobres, pero no quiere que se acaben los pobres; ama hasta el delirio al hermano negro, por no va contra las causas que lo mantienen en su plano de inferioridad social; quiere una República con todos y para [el bien de] todos, pero no quiere suprimir las clases sociales. Pero no sólo no quiere suprimirlas, sino que arremete contra los que lo pretenden...

Y en otra carta afirma:

Martí fue, fundamentalmente, anticomunista, y ser anticomunista es, sencillamente, ser antiproletario. Cuantas veces pudo y lo creyó conveniente y necesario para sus fines políticos arremetió contra el proletariado... De su revolución no salió, ni podía salir, claro está una "república independiente y soberana", ni él, nuevo David, abatiría con su onda, como nos lo ofreciera, al temible gigante Goliat norteamericano, que al fin logró su viejo anhelo de incorporar a Cuba a su imperio colonial...

Epílogo

Luego Fidel Castro dijo que Martí había sido "el autor intelectual del Moncada", y desapareció, por arte de la magia dialéctica, toda detracción de los marxistas, y Marinello tuvo que afirmar en el prólogo de las Obras Completas de Martí, en 1963: "Por su profunda raíz democrática, la postura martiana empalma con toda transformación igualitaria, y es un antecedente poderoso y legítimo de nuestra etapa socialista... La patria martiana, construida por la revolución encabezada por Fidel Castro, es la que lleva a todos los cubanos la obra del libertador del 95..." No hay mayor detracción que la herejía, ni mayor ofensa a un pensador que falsificar su doctrina.

Así culmina este recuento de "Los detractores de José Martí", con la presencia de los que en la actualidad lo falsifican en Cuba, los que lo hacen cómplice de los abusos y disparates del régimen actual. Por más conocidas sus ofensas se ahorran estas páginas relacionarlas, y por más conocidos se excusan de nombrar a los culpables.

 

Subir