José Martí
Letras y Huellas Desconocidas

Carlos Ripoll

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LA POLÉMICA DE MARTÍ, GÓMEZ Y MACEO EN 1884

NOTAS

Tres cartas inéditas, una de Máximo Gómez y dos de Antonio Maceo, de 1885, ofrecen nueva luz sobre el conocido episodio, y el disgusto de los generales que, con evidente injusticia, opinaron de la manera más despectiva sobre Martí. Además de cobarde, lo describe Gómez como uno de "esos átomos que nada influyen en los destinos de los pueblos." Y Maceo, no menos equivocado que su compañero, también por la intransigencia martiana ante la dictadura, habla de su "doblez y falsía," de sus "maquiavélicos planes que se basan en la infamia y la calumnia," y de sus "retrógradas tendencias." Ni los peores enemigos de Martí enjuiciaron tan severamente su conducta como Gómez y Maceo en las cartas que originan este trabajo. Creían que sus principios civilistas y democráticos eran la excusa de un débil o de un ambicioso, y su inflexibilidad, capricho. Años más tarde, cuando se inician las gestiones que llevarán a la guerra del 95, el empeño patriótico y la grandeza de estos hombres pasa por encima del desagradable incidente, pero allí nació más de una raíz del encuentro en La Mejorana.

Hotel de Mme Griffou, en el número 21 Este de la calle 9, en Nueva York, donde se hospedaron los generales Gómez y Maceo, y donde las conversaciones con Martí terminaron de tan infortunada manera que provocaron los severos juicios de los militares que aparecen las cartas que aquí se transcriben.

Apenas habían transcurrido dos años del fracaso de la Guerra Chiquita cuando Martí empieza a conspirar para un nuevo levantamiento en Cuba. Por vez primera escribe a Máximo Gómez, entonces residente en Honduras, y le pide su concurso en el empeño.(1) La carta con sus opiniones sobre el momento, y lo que se debe hacer, la llevará Flor Crombet, quien entonces viaja a Centroamérica. Desde aquel contacto Martí indica al general la organización que ha de tener el movimiento: "He rechazado toda excitación a renovar aquellas perniciosas camarillas de grupo de las guerras pasadas, ni aquellas Jefaturas espontáneas, tan ocasionadas a rivalidades y rencores" (I, 168). En la misma fecha escribe a Maceo, a quien tampoco conoce,(2) sobre la inquietud que reina en la isla, y la posibilidad de reunir a los cubanos, aunque aclara, "sin necesidad de jurar obediencia ciega a un grupo aislado o a un hombre solo." Esta correspondencia era un anticipo de los trabajos que iban a madurar dos años más tarde. Máximo Gómez no consideraba tan cercana la hora para una nueva guerra y recomendó a Martí actuar sin precipitaciones:

Es tristísimo pero necesario dejar que aquel pueblo que se cansó en la larga lucha que terminó en el Zanjón, sufra de nuevo los ultrajes con que España castigará su debilidad o su ceguera, y entonces verá Ud. que, amalgamados el viejo elemento con el nuevo, tendremos maduro el momento del alzamiento menos costoso y más seguro. Mientras tanto preparémoslo todo con calma, sin alarde de ningún género.(3)

Transcurre todo el año 1883. Martí trabaja como corresponsal para La Nación, de Buenos Aires, y para La América, la revista de Nueva York; el general Gómez sigue en Honduras luchando con la miseria mientras trata de encaminarse en alguna empresa comercial. Pero en enero del siguiente año ya anota en su Diario: "Recibo aviso de los Centros Revolucionarios Cubanos que se preparan nuevamente a levantar en aquella Isla al grito de Independencia, invitándome para que tome parte activa en aquella revolución gloriosa."(4) El 28 de mayo Flor Crombet anuncia a Martí la visita de Maceo: ya le ha hablado de su conducta y de sus méritos: "Yo, amigo Martí, que he sido un constante admirador de su patriotismo y raro talento, he aconsejado a nuestro General que en primer término debe contar con Ud."(5) Pero no irá solo Maceo; Gómez va a dirigir la peregrinación por varias ciudades de los Estados Unidos para recabar fondos. Están en agosto en Nueva Orleans, y de allí viajan a Cayo Hueso donde son recibidos con gran alegría por los emigrados. El día primero de octubre llegan a Nueva York; los esperan el doctor Eusebio Hernández y Flor Crombet, ya en contacto con las principales figuras de aquella ciudad: Juan Arnao, Ramón Rubiera, Leandro Rodríguez, los doctores José Miguel Párraga y José J. Luis, el coronel Fernando López de Queralta, Enrique Trujillo, Martí y otros. Había mucha expectativa pero no lograron casi ningún apoyo económico. Félix Govín había ofrecido, desde las primeras conversaciones, si Gómez y Maceo se ponían al frente del levantamiento, la cantidad de cien mil dólares, comprometiéndose a conseguir dos amigos que aportaran igual suma, pero luego alegó que una reclamación a España le impedía unirse en aquella oportunidad a los conspiradores. Iniciadas las entrevistas con los generales, Martí se entrega por completo a los preparativos: el día en que se celebra un gran mitin en Tammany Hall para conmemorar el 10 de Octubre, presenta al Encargado de la Legación del Uruguay su renuncia al puesto de cónsul: "Hoy que renacen las esperanzas de mi país, y empiezo a alentarlas públicamente, daría mala prueba de mi cariño por el Uruguay exponiéndolo, con mi participación señalada en los asuntos de mi tierra, a mi altercado desagradable con la nación que hoy nos gobierna, y es su amiga" (VIII, 63). Gómez y Maceo seguían reuniéndose con Martí en el hotel de Madame Griffou, en la calle 9 número 21, Este, donde se hospedaban aquéllos, hasta que el sábado 18, por la mañana, se produce el último encuentro. Martí quería que el proyecto tuviera desde sus comienzos una organización que pudiera servir de base al gobierno después de la independencia. Por su parte, Gómez opinaba que el éxito dependía de la centralización del mando: El "Programa" que había redactado en San Pedro Sula, en Honduras, el 30 de marzo de ese año, estipulaba que el general en jefe del ejército tendría los más amplios poderes y facultades para dirigir todos los asuntos relacionados con la guerra, "sin que puedan tener cabida, mientras no estén plenamente indicadas por la fuerza de las circunstancias, ningunas instituciones civiles, debiendo por consiguiente quedar en suspensión absoluta todas las leyes de la pasada lucha."(6) Como sucede con frecuencia en situaciones semejantes, la crisis se originó por una cuestión no vinculada directamente con el problema, en este caso, el viaje que habrían de realizar Martí y Maceo a México para conseguir ayuda económica y organizar una expedición. A raíz de la polémica, Gómez escribió lo sucedido:

En estos días de fatigosa espera seguía Martí visitándome, y como era natural, hablando siempre del mismo modo y con igual calor de nuestro plan revolucionario. Ya notaba yo que él se permitía hacerme muchas indicaciones inusitadas que no tenían razón de ser, y que no correspondían hacerlas al que se le confía la dirección de un asunto -mas yo con blandura lo contenía en los límites que he creído que él puede llegar, para no perjudicarnos dejando el mando de la nave a muchos capitanes hasta que haciendo caso omiso del Gral. A. Maceo, que era el jefe designado para la comisión, me dijo "que (sus palabras textuales) al llegar a México y según el resultado de la comisión"-, yo no le dejé concluir, con tono áspero (mis palabras textuales) "Vea, Martí, limítese Ud. a lo que digan las instrucciones y lo demás el Gral. Maceo hará lo que deba hacerse.(7)'

La difícil conversación quedó interrumpida cuando un criado avisó a Gómez que la sala de baño que él había pedido estaba lista. Durante su ausencia, Martí siguió hablando con Maceo, y al regresar, se despidió; ya solos, Maceo le dijo: "Este hombre, general, va disgustado con nosotros."

Dos días después le escribe Martí a Gómez explicándole el por qué se separa del movimiento:

Salí en la mañana del sábado de la casa de Ud. con una impresión tan penosa, que he querido dejarla reposar dos días, para que la resolución que ella, unida a otras anteriores, me inspirase, no fuera resultado de una ofuscación pasajera, o excesivo celo en la defensa de cosas que no quisiera ver yo jamás atacadas, sino obra de meditación madura (I, 177).

En seguida le confiesa sus reservas sobre los preparativos para la guerra, de que la independencia de Cuba sólo signifique el paso de un despotismo político a un despotismo personalista: "Un pueblo no se funda, General, como se manda un campamento." La extensa carta expone con todo respeto, pero de manera clara y terminante, su decisión de no participar en aquella "campaña emprendida como una empresa privada" (I, 179).

A fines de octubre, sin saberse de sus desavenencias con los generales, y como era figura de prestigio entre los emigrados de Nueva York, Martí fue elegido presidente de la Asociación Cubana de Socorros. Renunció de inmediato y empezó allí el largo período de descomposición de la intentona de 1884. Martí mantuvo una actitud digna y procedió con lealtad, pero Gómez y Maceo en algún momento se dejaron dominar por el despecho hasta dar una torcida interpretación al asunto. Quejoso de las recaudaciones de Nueva York, Gómez anotó en su Diario:

Agregaré a esto que no falta alguien, como José Martí, que le tenga miedo a la dictadura, y que cuando más dispuesto lo creía se retiró de mi lado furioso según carta suya insultante, que conservo, porque no dejándole yo, inmiscuirse en los asuntos del plan general de la revolución, a cargo mío en estos momentos, y deseando enseñarle su papel, se ha creído que yo pretendo ser un dictador y dando a este frívolo pretexto la gravedad que jamás en sí puede tener, se ha alejado de mi lado vertiendo especies que no creo favorezcan a las cosas y a los hombres (Diario, 180).

En los primeros días de 1885 Gómez se encuentra en Nueva Orleans viviendo momentos difíciles para sus planes: el doctor Hernández y el general Crombet han fracasado en las gestiones para recabar fondos en París, y Maceo no ha tenido mejor suerte en México. "Con mi mujer y cinco niños, y rodeado de enemigos españoles y americanos, los cubanos me abandonan en la empresa y se alejan de mí como de un leproso. Sólo me quedan unos pocos" (Diario, 184). Es tan difícil su situación que pide a Juan Arnao, compañero de Narciso López y presidente del Comité Revolucionario Cubano, que procure una avenencia con Martí. Arnao no tuvo éxito en el encargo, como se ve por la respuesta de Gómez, una de las cartas inéditas que se reproducen en este trabajo:(8)

New Orleans, 20 de Enero 1885 Sr. D. Juan Arnao

Estimado Amigo: su grata del 15 me favorece hoy y quedo enterado de lo que ya me suponía, New York siempre flojo.

¿Sabe V. que ahora pienso que todo es Providencial? El tiempo que los cubanos de New York me han hecho perder y aun el dinero, mío propio, q. tontamente he gastado ilusionado creyendo que trataba con hombres que estaban dispuestos a hacer algo por su Patria, me han hecho tomar determinaciones que creo nos harían llegar más allá de donde pensábamos.

Respecto a la negativa de Martí, no me extraña. Martí desde el primer día que me conoció en New York se hubiera separado, pero no encontraba un medio hábil, hasta que la casualidad se lo dio. Y digo se hubiera separado, porque él no es hombre que puede girar en ninguna esfera sin la pretensión de dominar y al tomarme el pulso se dijo para sus adentros: "Con este viejo soldado es imposible hacer eso, y lo que es peor me puedo ver al fin hasta en el compromiso de seguirlo hasta los campos de Cuba -porque éste en vez de ayudar yo a empujarlo puede arrastrar.- Este hombre hace poco caso de los oradores y los poetas y lo que solicita es pólvora y balas y hombres que vayan con él a los campos de mi patria a matar a sus tiranos." He aquí, amigo mío, ni más ni menos, las reflexiones de ese joven a quien es preciso dejar tranquilo, que ya iremos a luchar por hacerle patria para él y sus hijos. No nos ocuparemos más de esas pequeñeces, esos átomos que nada influyen en los destinos de los pueblos. Yo sigo adelante, a un lado los estorbos; tengo fe en la santa razón de la causa y en el pueblo cubano esclavo y sumido en la miseria moral y material y por la misma razón cuando se le sacuda fuertemente, él se levantará valiente y resuelto -tengo fe también en mí mismo y mis compañeros y me anima la decadencia de España que no puede hoy sostener ni por un año un cuerpo de Ejército en campaña -con su Administración Militar por añadidura.

Adiós amigo, hasta otra vez y soy de V. muy afmo. amigo

M. Gómez

A mediados de 1885, Maceo intenta otro acercamiento con Martí. Ha sido autorizado para recaudar fondos de las emigraciones y costear una expedición; pide también a Juan Arnao que interponga sus buenos oficios con el disidente. Esta primera carta está escrita en franco espíritu de conciliación:

New Orleans Junio 5, 1885

Sr. Juan Arnao. N.Y.

Querido amigo:

Con esta fecha tengo el gusto de dirigir atenta comunicación al club Sociedad de Beneficencia por mediación de su digno Presidente C. José Martí.

No necesitaré traer a colación hechos que deben permanecer en la indiferencia y el olvido: su presencia poco nos favorecería: concretaréme solamente a solicitar de V. su más decidida cooperación, a fin de que, si se presentare algún obstáculo que detenga o interrumpa el desarrollo natural de los trabajos que deben ser el resultado de mi citada comunicación, interponga su influencia y su valer, a fin de que se alcance en el término más breve la realización de la obra con que habrá de terminar mi destierro de los campos de Cuba, y emplear a la vez para el Sr. Martí, la consideración que tan merecidamente disfruta, a fin de que se separe todo elemento personal que tienda a obstruir la marcha regular a que debe aspirarse en tan delicado asunto.

El Gral. Gómez, en su mejor deseo de halagar, favoreciendo a todos y cada uno de los distintos jefes que habrán de marchar al terreno de la lucha, me colocó en las condiciones de que por mí solo me proporcionara los recursos que fueran necesarios a la organización de mi marcha: él sin duda, como me lo ha manifestado, ha creído que yo habría de alcanzar de las emigraciones el resultado que quizás otros jefes no obtuvieran, colocándome en condiciones de investigar yo dicha verdad, y por consiguiente, exponerme a la prueba natural que se desprende como consecuencia necesaria.

Esta circunstancia me impele a hacer la tentativa que desde estos instantes emprendo, lanzándome, por decirlo así, en los profundos e insondables mares de la duda para la realización de mis propósitos.

La cantidad de $3,000 que se han designado a ese Centro forma parte de la total presupuestada para datar los gastos necesarios hasta la traslación de mi pequeño contingente.

Debo pues, por todos conceptos, estar altamente reconocido de las ventajas que la situación me proporciona, porque ella a la vez me permite ofrecer a esa patriótica emigración una ocasión más en que demuestre su decidido entusiasmo por nuestra santa causa, alejando a la vez toda interpretación que débil o maliciosa pudiera en lo más mínimo afectar el derecho que les corresponde, y su participación en los trabajos que a la Patria se refieren.

En espera de conocer algo que se refiera al objeto promoviente de las presentes líneas, tiene el gusto de saludarle su amigo y compatriota.

A. Maceo

Otra vez de manera indirecta conocemos la respuesta de Arnao. En los peores términos debió informarle sobre la negativa de Martí quien se mantenía inconmovible en su decisión. Perdidas entonces las esperanzas de un arreglo, Maceo también se entrega a enjuiciar con severidad su conducta.

N. Orleans Junio 14 de 1885

Sr. Juan Arnao. N. York

Apreciable y querido amigo:

Tengo el gusto de acusarle recibo de su grata carta última, fecha 10 del presente.

Sensible es por todos conceptos el conocimiento de los hechos, que existentes hoy, pretenden oscurecer el límpido horizonte de nuestros trabajos preparativos: triste verdad que sólo sirve para alentar, dando así más impulso al carro revolucionario, que a todos nos ha de conducir al terreno de la lucha para aspirar más tarde a la victoria: ¿Qué importa pues la doblez y la falsía de unos pocos, si se cuenta con la abnegación y probado patriotismo de los más? ¿Acaso admiten paralelo, por más que a todos los prohijó el mismo suelo? Mas, poco importa; sin ellos y contra ellos nuestra obra se realiza, sin que basten a impedirla sus maquiavélicos planes que basan en la infamia y la calumnia. Concretando especial y determinadamente estos comentarios a un solo individuo, que lo designaremos Dr. Martí, debo agradecerle los antecedentes que relativos a su conducta Ud. ha tenido la bondad de proporcionarme: también al amigo Rubiera(9) he de agradecerle igual servicio. Conocidas como son las retrógradas tendencias del amigo que nos ocupa, debe Ud. procurar el concurso de los que, amantes de su Patria, aspiren al bien de ella para que unidos así combatan en todos los terrenos tan fatal elemento. Los instantes más cortos que se pierdan, son causa quizás de que más tarde sea ineficaz toda medida que se quiera aplicar al fin a que se aspira: deben pues Uds. ser breves y enérgicos en aplicar el lenitivo necesario para hacer desaparecer el mal, que naciente hoy, podrá más tarde ser de difícil curación.

Tengo el gusto de incluirle copia de la comunicación del Gral. Gómez, por la cual me autoriza a la recaudación de fondos para realizar mi expedición; por ella podrá Ud. juzgar acerca de la situación en que he sido colocado; situación que halaga mi carácter, pues ella me presenta una ocasión más de luchar, ofreciendo así un nuevo sacrificio por nuestra justa causa: no aspirando por mí solo a disfrutar de ese beneficio, he solicitado el concurso de los dignos hijos de Cuba que como Ud. tan noblemente la honran, distribuyendo así la gloria de poder serla útil en todas las ocasiones que ella necesita de nuestra ayuda.

No sé si me engañarán las ilusiones que me he forjado de los trabajos hasta ahora iniciados, mas abrigo la esperanza de que aquéllos habrán de dar el resultado apetecido; a lo hasta ahora hecho, únase la cooperación de Uds., y la constancia que siempre han sabido emplear los que, de buena fe, se han consagrado a los trabajos de nuestra santa causa.

Basta por hoy; suplícole mis afectuosos saludos para los buenos amigos, disponiendo Ud. como guste de su buen amigo

Maceo

Por aquellos días coinciden en Nueva Orleans los generales Gómez y Maceo, que siguen trabajando en sus proyectos. Seguramente comentaron la respuesta de Arnao, y Gómez alude a Martí en su Diario: se queja de la dificultad para levantar fondos, y agrega:

Al lado de tanta miseria de recursos materiales, hay, y es lo peor, escasez de varonil resolución -pues hasta se le teme a la Dictadura revolucionaria; ¿se podrá dar mayor candidez o más afeminado modo de pensar? ¿Acaso se puede citar una revolución en el mundo que no tenga su Dictadura? Muy débil y sin bríos debe ser la que no revista este sello -de seguro que no hará más que divertir y hacer reír al gobierno que ella ataque por débil que éste sea. Los hombres que tal piensan, no han nacido para ayudar a armar el brazo del guerrero -porque tienen miedo. O es eso -o son resabios de Autonomismo es que la sangre no está bastante depurada (193).

Juan Arnao y Alfonso, a quien iban dirigidas las cartas de Maceo y Gómez que aquí se presentan. Este patriota matancero había nacido en Matanzas en 1812, vivió casi toda su vida en los Estados Unidos como exiliado político y murió en Guanabacoa en 1901. Según se ve en esta fotografía de poco antes de su muerte, tuvo razón el historiador Gerardo Castellanos cuando dijo que Arnao "en su aspecto físico se parecía al Moisés de Miguel Ángel".

Al divulgarse el conflicto, los amigos de Gómez y Maceo, en Nueva York, celebraron un mitin en Clarendon Hall: el motivo era elegir la Junta Directiva de la Asociación Cubana de Socorros, cuya presidencia Martí había renunciado el año anterior. En aquella reunión se denunció su aislamiento y se criticó su actitud. Enterado Martí circuló una hoja impresa en la que invitaba a los cubanos al mismo Clarendon Hall, dos días más tarde, para responder a los cargos que tuvieran que hacerle. "La concurrencia fue bastante regular," cuenta Enrique Trujillo, "encontrándose muchas personas que no acostumbraban ir a reuniones políticas. El señor Martí pidió que se le acusara. El señor M. Rico pronunció algunas palabras con tono de censura, pero se le paralizó la lengua y no pudo continuar. La reunión terminó en completa armonía y el señor Martí muy aplaudido."(10) Tan notable y perjudicial era el retraimiento de Martí que aún hubo otro intento para reintegrarlo al grupo de conspiradores. Esta vez partió del doctor Eusebio Hernández, sin duda el civil de mayor popularidad entre los que colaboraban con los generales. Gómez había preparado en secreto, sólo con la ayuda de José Francisco Lamadriz, un manifiesto "A la América Libre" y "Al Mundo," que explicaba los propósitos de la insurrección. Con buenas razones Hernández aconsejó al General en Jefe que debían revisarlo varias figuras de la emigración, entre ellas Martí, quien podría ayudar a redactarlo. Gómez se resistió a la solicitud del doctor Hernández a pesar de escribirle en carta sobre el asunto: "Los manifiestos revolucionarios son como las cartas amorosas; se necesita que su lectura produzca sensación, que el que escriba sienta mucho amor y fuego en el alma. Prescindiendo de eso, ninguno en ese caso diría más ni más bonito que José Martí." Pero al fin accede; duda sobre la conveniencia de mostrar a otras personas el documento, y dejarlos opinar sobre él, y agrega: "Sin embargo, hagan ustedes lo que mejor les parezca conviene a la revolución a quien servimos; que yo marcharé siempre con mi aparejo y mi carga por más dolorosas que sean las mataduras.(11) Con la autorización del general y aprovechando un viaje con Maceo a Nueva York, el doctor Hernández organizó una reunión en casa de José Miguel Párraga a la que debían asistir Juan Arnao, Ramón Rubiera, Enrique Trujillo, Rafael de Castro Palomino, Félix Fuentes y Martí. El asunto a tratar era el manifiesto preparado por Gómez. En nada habían cambiado los planes para dirigir la guerra. Hasta cierto punto con aquel encuentro parecía ceder algo la centralización del mando, pero Martí comprendió que era sólo una pequeña concesión de forma y no se presentó.

A pesar de las dificultades, Gómez y Maceo siguieron ocupados en la compra de armas y buscando embarcaciones para trasladar las tropas. Martí se mantenía alejado de toda actividad pública, pero al acercarse el 10 de Octubre de 1885, los cubanos de Filadelfia le piden que hable en un acto patriótico. La carta a J. A. Lucena, en la que agradece y declina la invitación, muestra de nuevo su recto proceder y sus sólidas convicciones políticas:

Tal vez, a pesar de mi repugnancia a ocupar a los demás con mis opiniones y actos personales, habrá llegado a Filadelfia el rumor de que de un año acá vienen siendo muy grandes mis temores de que los trabajos emprendidos por llevar a nuestra patria una nueva guerra, precisamente en los momentos en que Cuba parecía más necesitada de ella y más dispuesta a recibirla, han sido enteramente distintos de los que a mi juicio son indispensables para que la Isla acepte con confianza y siga con júbilo la revolución que hubiese de salvarla. Sentí, sin exageraciones mujeriles, que comencé a morir el día en que este miedo entró en mi alma. Y como creo, por lo que hace a mí, que la tiranía es una misma en sus varias formas, aun cuando se vista en algunas de ellas de nombres hermosos y de hechos grandes; como creo que la manera menos eficaz de servir a la independencia de la patria es preparar la lucha necesaria para conseguirla, de manera que alarme al país en vez de asegurarle su entusiasta confianza, resolví -desde el primer instante en que creí desatendidos éstos que yo estimo grandes deberes- no oponerme en el camino de los que piensan de manera distinta de la mía, puesto que nadie debe impedir que se haga lo que no tiene medios de hacer, ni ayudar las labores que a mi juicio han comprometido la suerte de la revolución, y con ella la de la patria ... (I, 185)

Y en seguida explica su silencio para no lastimar los intereses de Cuba; "¿Qué había de hacer en este conflicto un hombre honrado y amigo de su patria? ¡Ah! lo que hago ahora: decirlo en secreto, cuando me he visto forzado a decirlo, de modo que mi resistencia pasiva aproveche, como yo creo que aprovecha, a la causa de la independencia de mi país; no decirlo jamás en alta voz, para que ni los adversarios se aperciban, porque es mejor dejarse morir de las heridas que permitir que las vea el enemigo, ni se me puede culpar de haber entibiado, en una hora que pudo ser, y acaso sea, decisiva, el entusiasmo tan necesario en las épocas críticas como la razón."(I, 186) Y repudia lo que pugna con su espíritu democrático y anuncia un triste porvenir: "En la hora de la victoria, sólo fructifican las semillas que se siembran en la hora de la guerra.... Tan ultrajados hemos vivido los cubanos, que en mí es locura el deseo, y roca la determinación, de ver guiadas las cosas de mi tierra de manera que se respete como a persona sagrada la persona de cada cubano, y se reconozca que en las cosas del país no hay más voluntad que la que exprese el país, ni ha de pensarse en más interés que en el suyo."

Pocos meses más tarde, ya entrado el año 1886, los planes de Gómez y Maceo llegaron a su fin. No pudieron recaudar suficiente dinero y se frustraron sus propósitos en Santo Domingo y Panamá: en agosto Gómez publicó una circular en que reconocía el fracaso; aún recuerda la decisión de Martí y la califica de "desdén":

Nos dirigimos en nombre de la [Isla] esclava a hombres respetables en demanda de protección para la causa de la libertad. De algunos devoramos en silencio la amargura del desdén de que nos curaban, de otros más generosos, las ofertas cuyo cumplimiento aplazaban para cuando abierta la campaña ofreciese favorables condiciones de buen éxito.(12)

Es bien conocida la campaña de Martí a partir de fines de 1887, cómo empezó a reunir todos los intereses de Cuba y logró organizar la guerra decisiva. Gómez y Maceo no se hicieron rogar; al fin comprendieron el mérito de aquél que no les había infundido suficiente consideración en 1884. Pero la huella quedó allí: cuando se reúnen en La Mejorana y de nuevo se habla sobre el gobierno y la administración del levantamiento, agravado por el problema Maceo-Crombet, surge el viejo conflicto. Del Diario de Martí desaparecieron las páginas correspondientes al 6 de mayo de 1895, el día siguiente de la reunión, pero en lo que dejó escrito el día 5 se escuchan los ecos de la polémica de 1884:

Maceo y G.[ómez] hablan bajo, cerca de mí: me llaman a poco, allí en el portal: que Maceo tiene otro pensamiento de gobierno: una junta de los generales con mando, por sus representantes, -y una Secretaría General: -la patria, pues, y todos los oficios de ella, que crea y anima al ejército, como Secretaría del Ejército. Nos vamos a un cuarto a hablar. No puedo desenredarle a Maceo la conversación: "pero V. se queda conmigo o se va con Gómez?" Y me habla, cortándome las palabras, como si fuese yo la continuación del gobierno leguleyo, y su representante. Lo veo herido -"lo quiero -me dice- menos de lo que lo quería" -por su reducción a Flor en el encargo de la expedición, y gasto de sus dineros. Insisto en deponerme ante los representantes que se reúnan a elegir gobierno. No quiere que cada jefe de operaciones mande el suyo, nacido de su fuerza: él mandará los cuatro de Oriente: Dentro de 15 días estarán con Ud. - y serán gentes que no me las pueda enredar allá el doctor Martí." -En la mesa, opulenta y premiosa, de gallina y lechón, vuélvese al asunto: me hiere, y me repugna: comprendo que he de sacudir el cargo, con que se me intenta marcar, de defensor ciudadanesco de las trabas hostiles al movimiento militar. Mantengo, rudo: el Ejército, libre, -y el país, como país y con toda su dignidad representado (XIX, 229).

Volvía Maceo a las imputaciones de hacía diez años en las cartas a Juan Arnao. Y Martí a resistir aquel celo de autoridad que ponía en peligro el futuro de la república. En nada habían cambiado sus ideas respecto a la forma de gobierno. Esa continuidad de su pensamiento, y esa inquebrantable decisión de no someter al país, en ninguna circunstancia, al arbitrio de otra voluntad que la elegida libremente, sitúa a Martí frente a todo régimen totalitario y, en su patria, sólo en defensa del sistema político que "respete como a persona sagrada la persona de cada cubano."

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