José Martí
Letras y Huellas Desconocidas

Carlos Ripoll

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EL PRIMER CRÍTICO LITERARIO DE MARTÍ

ADRIANO PÁEZ
NOTAS

Adriano Páez
Durante su residencia en México y Guatemala no logró Martí despertar mayor interés con su prosa. En los periódicos mexicanos de aquella época se encuentran elogios para el orador, con motivo de su polémica en el Liceo Hidalgo, y para el poeta por el juguete escénico "Amor con amor se paga"; pero sus artículos en la prensa alguna vez fueron hasta objeto de burla. Igual en Guatemala: lo agasajaron por su facilidad de palabra, pero tampoco faltó la sátira, esta vez contra "el doctor Torrente." Quizás no tuvieron los venezolanos tiempo en 1881 de expresar sus opiniones sobre el escritor por el antagonismo del gobierno contra Martí. Por eso, a pesar de los amigos generosos que aplaudieron sus méritos, también más al orador, le corresponde a Colombia el crédito de haber tenido conciencia de lo que representaba su estilo. Fue Adriano Páez, un olvidado crítico colombiano, quien por vez primera hizo un estudio sobre el arte de su prosa y señaló el lugar que le correspondía en las letras españolas. Dijo en 1881: "No vemos en España ni en Sud América un prosista mejor dotado ni más brillante. Es la encarnación de la facilidad, de la naturalidad y de la elocuencia. Es un río caudaloso, de aguas clarísimas, que corre sobre arenas doradas. Su estilo tiene la limpieza, el brillo y las irradiaciones del diamante. Hay en la literatura española otro Donoso Cortés, con todas las cualidades y sin los defectos de este insigne orador."(1) Y al referirse a la crónica de Martí sobre la muerte del presidente Garfield, pronostica que escritos como ése "lo colocarán entre los grandes escritores de América y de España," y hace un paralelo que anuncia el conocido de Sarmiento, de años más tarde, y las alabanzas de Darío, de 1888: "Emerson no hablaría, en inglés, con más originalidad y sentimiento que Martí, y la descripción de la agonía y exequias del Presidente mártir es tan hermosa, tan elocuente, tan sublime, como las mejores páginas de Castelar."(2)

Adriano Páez, nacido en Tunja en  1844 fue secretario de la Universidad Nacional, diputado a la Asamblea de Boyacá y asiduo colaborador de las principales publicaciones del país. Nombrado cónsul de Colombia en Francia, escribió también para periódicos en español que se publicaban en Europa. Murió en su patria, en Agua de Dios, en 1890.

A pesar del escaso recuerdo hoy de Páez, fue en su tiempo un crítiico muy apreciado en su país y en el extranjero, y quizás uno de los colombianos más al tanto de los acontecimientos literarios de las dos Américas y Europa. Durante su residencia en Francia fundó la Revista Latino-Americana., en la que colaboraron José Antonio Saco, José Victorino Lastarria, Alejandro Magariños Cervantes, Francisco de Paula Vigil, Julio Calcaño, Justo Arosemena, y otras figuras importantes de Hispanoamérica. Años más tarde, en 1880, Juan Montalvo encomiaba la obra de divulgación realizada por Páez en Colombia, y lo compadecía por su enfermedad incurable:

Quisiera yo llevarlo a orillas del lago de Tiberiades, tierra de milagros, e impetrar uno en su favor, a fuerza de lágrimas a los pies del Todopoderoso.... Un mundo de dolor pesa sobre él, y nada dice.

Y así y todo, trabaja Adriano Páez, trabaja incesantemente: el trabajo es una religión para él: corazón activo, inteligencia ardorosa, el movimiento es ley de su rica naturaleza: trabaja por Colombia, por América, por el mundo: Páez es hombre de inmenso mérito. Si le sobrevivo, me he de poner luto por mi propia cuenta, y como personero de mi patria.(3)

Pero Páez no fue quien dio a conocer a Martí a los colombianos, sino un compatriota suyo más recordado por sus servicios a la historia y la cultura del país: Carlos Martínez Silva, también el primero que lo tradujo al español. Había fundado Martínez Silva El Repertorio Colombiano en 1878, la revista que mereció el más alto elogio de Menéndez y Pelayo. Dicha publicación se propuso estimular los valores nacionales y el estudio y la lectura selecta. Al explicar las normas editoriales del Repertorio advirtió su director: "No insertamos en él artículos ya impresos en libros o periódicos extranjeros, por muy interesantes que sean, sino en casos excepcionales.... En traducciones seremos también muy sobrios, y apenas publicaremos otras que las de algunas novelas escogidas, por ser este ramo de literatura muy poco cultivado entre nosotros."(4) Pero tan estricto propósito no impidió que el propio Martínez Silva tomara un trabajo de Martí en The Sun, suponiéndolo de un norteamericano, y lo diera traducido. Se trataba de "Modern Spanish Poets," y apareció en su revista con esta nota aclaratoria: "Sin suscribir a muchos conceptos de este artículo, lo damos a los lectores del Repertorio como curiosa e interesante muestra de los juicios que puede formar un extranjero sobre la poesía española."(5)

La excelente traducción fue luego reproducida en Caracas,(6) y Páez la repite en La Pluma, de Bogotá.(7) Se inició esta revista a mediados del año anterior, y decía en su primer número: "Ella estará dedicada exclusivamente al fomento de la literatura nacional ... [y] publicará, complacida y hasta orgullosa, las producciones de la juventud colombiana ... y reproducirá, de las bellas letras extranjeras, cuanto pueda servir de modelo."(8) A los pocos meses entró Páez a formar parte de La Pluma, y cuando dieron el trabajo de Martí, ya era su "redactor principal." Cumpliendo el primer compromiso, la revista ofreció aquel ejemplo de "bellas letras extranjeras." Ya sabía Páez que el autor no era "de raza septentrional," que residía en Caracas, aunque lo cree catalán.(9) Presentó el trabajo a sus lectores con una extensa introducción en la que decía:

En el mes de Febrero último publicó El Repertorio Colombiano un artículo titulado "Poetas españoles, contemporáneos," traducido por el señor Carlos Martínez Silva, de The Sun, de Nueva York....

Precioso era el artículo y elegante la traducción, pero desde la primera lectura notamos en él un hervor de ideas, una riqueza de imágenes que nos causó asombro encontrar en escritores de la raza septentrional. "El sol es padre de la poesía y madre de ella la naturaleza." Así empieza el artículo, y siguen los juicios y las ideas adornados con la filigrana de la metáfora y en una abundancia que sorprende y cautiva...(10)

Y transcribe varios párrafos del articulo sólo para interrumpirlo ante estas palabras de Martí: "El pensamiento poético vuela y brilla como una mariposa. ¿Habríamos de cortarle las alas para acomodarlo en un verso?" Y comenta Páez entusiasmado por la declaración romántica y aludiendo al academicismo de Martínez Silva: "!Admirable! ¿Y no es delicioso leer esto en el Repertorio?" Después de las citas textuales, llega al final del trabajo y agrega:

Así termina ese bellísimo artículo, que sólo Emerson en Boston, o Carlyle en Inglaterra, habrían podido, entre los anglo-sajones, adornar con imágenes tan seductoras y por cuya traducción nótase que el cerebro del señor Martínez Silva encierra también unos rayos de sol- ¡el sol del romanticismo!

Pues bien: nuestras dudas sobre la paternidad del artículo eran legítimas. El señor J. I. de Armas, en el número 3,609 de La Opinión Nacional de Caracas, lo hace reproducir anunciando que su autor es Don José Martí, nombre que desde hoy, estamos seguros, no olvidarán nuestros lectores."(11)

Las revistas y diarios de Norte América publican, sin firma, de acuerdo con la costumbre inglesa, muchos trabajos de literatos franceses, ingleses, alemanes, etc. Castelar, por ejemplo, escribe en The Tribune y en el Harpers' Magazine; y nada tiene de raro que el señor Martí sea colaborador anónimo de The Sun. Un artculo como el citado, por doquiera será recibido con los brazos abiertos. Resulta, pues, que el juicio sobre la poesía española es de un crítico español. ¡Medrados quedamos!

Pero ¿quién es Don José Martí? Entendemos que es de origen catalán y que los huracanes revolucionarios lo han arrojado a las playas venezolanas. ¡Si diera un salto a Colombia, cuál sería nuestro contento! Lo recibiríamos al ruido de las campanas y hasta con descargas de cañón.(12)

El Repertorio Colombiano, cuyo director, Carlos Martínez Silva, publicó en este número su traducción del artículo de Martí "Modern Spanish Poets" que Martí había escrito originalmente en francés.

Adriano Páez comentó con mucho elogio en este número de La Pluma, del que él era su "Redactor Principal", el artículo de Martí, traducido por Martínez Silva.

No son éstos, sin embargo, los juicios que consagran a Páez como el primer crítico de Martí, sino los que escribe poco después en los "pequeños opúsculos" que publicaba desde 1877 con el título de La Patria. Al iniciarlos dijo que recogerían todo lo que se relacionara con "el progreso intelectual, moral y material del pueblo colombiano"; y hacía esta aclaración: "No se busque aquí un lenguaje castizo... Es seguro que todas o casi todas estas páginas harán que se ericen los cabellos de unos cuantos filósofos, y que estarán plagadas de galicismos y barbarismos ... El autor espera que esta franca y humilde explicación desarme a los críticos y hablistas que hay en nuestra patria, que no juran sino por los buenos clásicos del siglo de oro de la literatura española."(13) El calificativo que da Páez a su publicación responde a la forma del impreso, por su reducido tamaño; siguiendo el significado original del vocablo "opúsculo," diminutivo de opus. Por eso cuando Martí menciona el elogio habla de un "cuaderno": meses más tarde escribe a Manuel A. Mercado sobre "un cuaderno de Colombia... impreso en mi honor, [en el que] hablan de mí muy cariñosamente ...."(14) Tenía razón de sentirse halagado y orgulloso: todo el opúsculo estaba dedicado a su trabajo sobre Garfield. Era un número extraordinario, y en la introducción que lo presenta, después de explicar la muerte del presidente norteamericano, dice Páez:

Hoy damos a luz un escrito admirable, una página histórica digna de inmortalizarse, relativa a la vida y a la muerte de Garfield. Esa página es obra maestra de sentimiento y elocuencia, y su autor uno de los más brillantes literatos de la época.

Es placer inefable la lectura de la vida de un grande hombre contada por un grande escritor. Se iluminan entonces las vastas y maravillosas regiones del alma con luz serena y apacible que viene directamente de los cielos. La belleza moral es la que da a la vulgar figura de Sócrates resplandores casi divinos, y la que transfigura en ángel a la campesina Juana de Arco. Y cuando Plutarco nos refiere la muerte de Sócrates y Michelet el suplicio de Juana, el espíritu se postra de rodillas y auras celestiales acarician nuestra frente. Las "Vidas" de Plutarco han ejercido una influencia enorme en el destino de muchos hombres durante diez y ocho siglos, y la vida de Washington por Everett es catecismo de moral práctica para todos los norteamericanos.

Creemos que Lincoln y Garfield han encontrado su historiador. Creemos que si el señor doctor José Martí, autor de las páginas que hoy publicamos, se resuelve a escribir despacio y concienzudamente las biografías de aquellos dos justos, -y las escribe en inglés y español, pues que domina ambos idiomas, esas obras lo colocarán entre los grandes escritores de América y de España, y serán populares y clásicas en dos literaturas. Emerson no hablaría de Garfield, en inglés, con más originalidad y sentimiento que Martí, y la descripción de la agonía y exequias del Presidente mártir es tan hermosa, tan elocuente, tan sublime, como las mejores páginas de Castelar.

Hace pocos días que, al analizar en La Pluma un trabajo de Martí sobre la poesía española contemporánea, anunciábamos que ese nombre sería pronto célebre. Ahora, en vista de otros trabajos del mismo escritor,que es también orador notabilísimo, diremos lo que decía en 1875 Campoamor del malogrado Revilla: "Su talento es tan inmenso, que es imposible predecir hasta qué punto llegará con el tiempo." No vemos en España ni en Sud-América un prosista mejor dotado ni más brillante. Es la encarnación de la facilidad, de la naturalidad y de la elocuencia. Es un río caudaloso, de aguas clarísimas, que corre sobre arenas doradas. Su estilo tiene la limpieza, el brillo y las irradiaciones del diamante. Hay en la literatura española otro Donoso Cortés, con todas las cualidades y sin los defectos de este insigne orador.

Ha muerto un grande hombre y ha nacido un grande escritor. Sobre la tumba de Larra apareció el pálido Zorrilla, "gladiador que hoy clama al cielo en un circo desierto." El Presidente mártir, desde su tumba de Cleveland, continúa guiando al pueblo americano e inspirando a los escritores, oradores y poetas. El espectáculo de sus padecimientos y de su muerte ha sido fecundo en bienes y en enseñanzas: nada más sublime que la lucha de ese justo, primero contra la corrupción política y luego contra la muerte. Esta triunfó de la carne, pero el mal fue vencido por la virtud.

Cuantos lean estas páginas llorarán como nosotros hemos llorado, amarán a Garfield como nosotros lo amamos, admirarán al historiador de ese gran muerto como nosotros lo admiramos, y sentirán "aquel aire fresco que resulta del movimiento del ala de un genio." Entonces volverán su corazón hacia Dios y le dirán con el elocuentísimo Pastor de la Iglesia presbiteriana de Long Branch:

"¡Señor! Haz que de las tinieblas de esta noche de amargura surja un día más sereno, para la gloria de Dios y el bien del hombre.... Gracias te damos por el recuerdo de esta vida que se extingue, víctima de su consagración heroica a los principios.... Acompaña a estos tristes viajeros en este amargo viaje; fortifícalos y anímalos, buen Dios, llévanos a todos presto a la mañana que no tiene noche, al hogar que no tiene lágrimas, a la tierra que no tiene muerte!"(15)

Páez se dio cuenta de que Martí era "uno de los más brillantes literatos de la época." Nadie había logrado con el idioma tal fuerza expresiva. Vio Martí, por la muerte de Garfield, "entornados los palacios de los monarcas," y las ciudades "empedradas de gente," en espera del "tren arreado de duelo" que llevaría el cadáver del presidente "a la sombra de los sauces nativos." Y en alarde de economía describe los momentos antes de llegar al cementerio: "La noche, negra; el campo, vasto; fragante el aire; el tren, veloz; y el hombre, muerto." Y concluye con un párrafo impresionante: en estudiada gradación detiene la movilidad de los verbos con axiomas, y se multiplican imágenes paralelas que acentúan los riquísimos contrastes:

El dolor alimenta, el dolor purifica, el dolor nutre. El caudal de los pueblos son sus héroes. Los hombres son pequeños maguas que chocan y se quiebran, y de los vasos rotos surge esencia de amor que alienta al vivo. La tierra, gigantesca y maravillosa, con sus bravos que caen, sus malvados que hieren, sus altos que asombran, sus tenacidades que repugnan, sus fuerzas que resisten, sus pasiones que vuelan, y sus apetitos que devoran; la tierra, pintoresco circo inmenso de espléndida batalla, en que riñen con su escudo de oro los siervos de la carne, y con su pecho abierto los siervos de la luz; la tierra es una lid tempestuosa, en que los hombres, como ápices de brillante y chispas fúlgidas, saltan, revoltean, lucen y perecen; la tierra es un mortal combate cuerpo a cuerpo, ira a ira, diente a diente, entre la ley de amor y la ley de odio.(16)

En este número de La Patria dedicado a James A. Garfield, incluyó Páez el artículo de Martí sobre la muerte del presidente americano. Por sus certeros juicios y sus tempranos elogios de Martí , Páez se convirtió con estas páginas su "primer crítico literario".

Los lectores colombianos debieron quedar sorprendidos con la lectura de aquellas páginas admirables. Carlos Martínez Silva las reprodujo en El Pasatiempo, el prestigioso semanario de Ignacio Borda, en dos entregas, y en la primera advertía: "Va en otra parte una notable correspondencia de Nueva York cuya lectura recomendamos.... Está magistralmente escrita y llena de novedad."(17)

Entusiasmados en Venezuela con la acogida que daban en Bogotá a Martí, repitieron el juicio de Adriano Páez, en La Opinión Nacional, y suscriben sus alabanzas: "Muchos venezolanos de ciencia y de letras, y por tanto autoridades irrecusables en esta delicada materia, son de la misma opinión del señor Páez."(18) Quedaba abierto el camino para la exégesis y la apología. Con la natural reserva que imponen los cambios, y los celos, y ya la obra con un escenario más amplio, se multiplicaron a partir de entonces las valoraciones favorables hasta que con Sarmiento se produce la definitiva consagración.

Un hombre como Adriano Páez, tan metido en las letras y la publicación de revistas, y tan devoto admirador de Martí, no podía conformarse con simples reproducciones de sus trabajos. Debió escribirle solicitando una colaboración, pues el 3 de diciembre de 1881 da en La Pluma, con carácter exclusivo, "Coney Island," una de las "Escenas norteamericanas," páginas obligadas de antología.(19) Así mostraba Martí su gratitud al critico perspicaz y generoso. Y es fácil imaginar las alabanzas que acompañarían la petición de Páez; años después, cuando Martí proyecta un libro sobre los acontecimientos más memorables de su existencia, "lo poco que se recuerda como picos de montaña, de la vida: las horas que cuentan," anota: la cárcel en su adolescencia, un beso del padre, cuando le mostraron al hijo recién nacido, y, el último de sus diez "momentos supremos," como los llama, "la carta de Adriano Páez."(20)

Duraron poco aquellas tres publicaciones colombianas que tanto habían contribuido a valorar la obra de Martí: La Patria terminó con el número de abril de 1882; Martínez Silva aún pudo dar en El Pasatiempo la traducción martiana de Mes Fils;(21) y en una de sus últimas salidas, en septiembre de 1882, La Pluma seguía esperando colaboraciones de Martí.(22) Pero en ese mes se iniciaba en La Nación, de Buenos Aires, la serie de sus grandes crónicas sobre los Estados Unidos, con "La muerte de Guiteau," el asesino de Garfield. Se iba a cumplir la profecía de Adriano Páez.

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