MARTÍ Y EL 10 DE OCTUBRE DE 1891
NOTAS
Al terminar con éxito su gestión en la Conferencia Monetaria Internacional, Martí sintió renovadas esperanzas para la independencia de Cuba. Debilitado el anexionismo, escribía desde Washington a Gonzalo de Quesada: "Libre el campo, al fin libre, libre y mejor dispuesto que nunca, para preparar, si queremos, la revolución, ordenada en Cuba."(1) A principios de 1891, sólo se mantenía activo en Nueva York el club "Los Independientes," fundado en Brooklyn tres años antes. El propósito de esa organización se reducía a recaudar fondos para cuando pudiera iniciarse una acción militar contra España. Sin embargo, los modestos trabajos de ese grupo separatista lograron atraer la atención del diario New York Herald, y también con el objeto de alarmar a España, para que respaldara los acuerdos comerciales que convenían al Ministro de Estado norteamericano, James G. Blaine, publicó un extenso artículo en el que daba mayor importancia de la que en realidad tenían a las actividades revolucionarias de los cubanos. En la edición dominical del 13 de septiembre salió bajo estos titulares: "Cuba Determined to be Free from Spain; The Cuban Colony in This City Raising Funds and Preparing for Another Revolution; ... When the Word Comes from Cuba Warfare Will Begin." Comenzaba con un breve recuento de la Guerra de los Diez Años y a continuación añadía:
The Cuban colony in this city is not large. It is not rich collectively nor is it as influential as the colonies of several other foreign nations, but it is more united than any other foreign colony, the Chinese, perhaps, excepted, and is more fervently patriotic. It contains hundreds of men who took part in the revolution of Yara, all or nearly all of whom believe they will live to see the day when Cuban Independence shall be accomplished. Another struggle for the freedom of the Island, they declare, is as certain as the regular appearance of the noonday sun.
Explicaba después el origen y el programa de "Los Independientes," dirigido por Juan Fraga, "a young, wealthy, popular and influential member of the Cuban colony," en cuya junta directiva aparecían Benjamín Guerra, Manuel F. Barranco y Gonzalo de Quesada. Con notable exageración aseguraba que el club tenía dos millares de miembros juramentados para empuñar las armas en cuanto empezara otra insurrección en Cuba. Aquella sociedad, decía, "contains alike the wealthy and the poor members of the Cuban colony," y contaba con el apoyo de militares de prestigio, como Francisco Carrillo y Emilio Núñez, y profesionales de nombre, como el médico Juan M. Párraga, el ingeniero Aniceto G. Menocal, el maestro Tomás Estrada Palma y el editor Néstor Ponce de León. Martí, por supuesto, se incluye entre los que más trabajaban por la independencia: ". . . Mr. Martí has an office at No. 40 Broadway. He is not forty years of age and was less than twenty when he joined the forces of the revolution. He is to-day, perhaps, the most widely known orator and writer among the Spanish speaking residents of North and Central America."(2)

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El Hardman Hall, en la esquina de la calle 19 y la Quinta Avenida, donde los cubanos celebraron la reunión para conmemorar el Grito de Yara.
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El cónsul español en Nueva York sabía que los datos del Herald no eran ciertos, pero consideró prudente pedir a su embajador en Washington que advirtiera a Madrid del artículo. Así lo hizo éste, y la carta del 18 de septiembre con que lo acompañó comentaba: "... La maravillosa facultad creativa de los Yankees en esta ocasión ha convertido la caja del club en una manigua y ha hecho de cada dollar un filibustero." Pero enseguida añadía: "No obstante la intencionada e hiperbólica naturaleza del artículo en cuestión, y la escasa importancia que me merece, he ordenado a los agentes de Nueva York vigilen de cerca los movimientos del expresado club y me informnen frecuentemente, a fin de tener a V. E. al corriente del menor de sus actos." Como se mencionaba la representación consular de Martí, la carta del embajador español terminaba con esta nota: "Llamo la atención de V. E. acerca del separatista José Martí, que figura en las ilustraciones del artículo como uno de los más prominentes, y es en la actualidad Cónsul del Uruguay en Nueva York, por si V. E. juzgase conveniente hacer al gobierno de aquella República algunas observaciones respecto a la conducta hostil de dicho individuo hacia España.(3)

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Edificio del periódico The New York Herald el que, por convenirle a gobierno americano alarmar a España, le dio gran importancia a los cubanos que trabajaban por la independencia de su patria; así logró la mayor publicidad el mitin del 10 de Octubre de 1891.
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El artículo del Herald no amedrentó a los españoles, aunque hizo que se mantuvieran alerta sus representantes en Nueva York. Entre los cubanos, sin embargo, produjo un extraordinario efecto la propaganda. Con grandes deseos de creer el balance favorable del separatismo, los emigrados reaccionaron con entusiasmo y empezaron a convertir en realidad lo que la fantasía del periodista había inventado. Pocos días después, aún en el mes de septiembre, circuló la invitación para celebrar un mitin por el 10 de Octubre: Martí pedía la mayor asistencia: "Ni a lamentar, ni a hablar sin objeto nos convidamos unos a otros para nuestro 10; sino a enseñar que estamos aquí, en pie todos, amando y aprendiendo. Aquí no somos desterrados sino fundadores."(4) Hacia años que no se lograba reunir a tantos cubanos en una fiesta patriótica. Tuvo lugar en el Hardman Hall, y resultó pequeño el local para la gran concurrencia, y con el aplauso de todos hablaron Gonzalo de Quesada, Alberto Falcón, Ricardo García Garófalo, Rafael de Castro Palomino, Enrique Trujillo, Rafael Serra y Martí. Un agente secreto de España que asistió al acto rindió al día siguiente este informe confidencial:
El meeting tenido anoche en Hardman Hall, Calle 16a. [sic] y 5a. Avenida estuvo de bote en bote, al extremo que muchas señoras y señoritas estuvieron detrás y de pie, y otras, por falta de lugar, tuvieron que marcharse. Empezó a las 9 1/2 porque esperaban a uno de los oradores, un tal [Francisco Gonzalo] Marin, portorriqueño, que está huyendo encausado, según se dice, por delitos de imprenta. Quedaron reducidos por tanto los oradores a Martí, Gonzalo de Quesada, Ricardo Garcia Garófalo, un señor poeta peruano de apellido Falcón, Rafael de Castro Palomino y el moreno Sr. Serra.
Abrió la sesión Martí, "con todos, por todos y para todos," e introdujo al "fogoso, impetuoso y talentoso" joven Quesada, quien con entonación épica, excitó a la juventud actual afeminada y corrompida, a que imitasen a los que durante 10 años dieron ejemplos de valor y abnegación tal, que asombraron al mundo civilizado del uno al otro confín. Para ellos les citó las grandes figuras como [Ignacio] Agramonte, Suárez [Antonio Luaces], los hermanos Aguirre [Gaspar y Diego de Agüero], quienes con su bravura, y ya en el cadalso, hicieron descubrir ante ellos a sus ejecutores, en señal de reverencia, Bembeta [Bernabé de Varona], el Apolo de la revolución, a [Luis] Ayestarán y otros, conjurándolos a que abandonen la danza impura y no se alegren con otra música que la del clarín de diana de los campamentos que ya los aguardan. Concluyó después de mil frases de sensación haciendo un llamamiento a los cubanos para que vuelvan por su honor y reivindiquen la memoria de los muertos. Mencionó los Jefes con que se cuenta para la próxima guerra, y al citar el nombre del General [Francisco] Carrillo se ocasionó una ovación a este jefe que estaba confundido con el pueblo, porque es asaz modesto, y la cual duró por reloj un cuarto de hora.(5) Seguidamente fue presentado el peruano Falcón, quien dijo que como peruano tenía, por la semejanza de frutos, idioma, religión y desgracias, el indisputable derecho de hablar en esa reunión, además de que como su patria le estaba agradecida a Cuba por la sangre que muchos cubanos habían derramado en su última y desgraciada guerra. Como tiene poca voz apenas se le oía; pero excitó a los cubanos a la guerra, y les recordó que el Perú los había declarado sus ciudadanos, y que hoy iría más adelante, cediéndoles la sangre de sus hijos. Concluyó con una especie de Melopea alusiva al acto.

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Despacho del 11 de octubre de 1891 desde la legación de España en Washington.
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Habló García Garófalo. Se concretó a deslindar la situación actual de Cuba en un discurso filosófico-económico, para demostrar que en Cuba hoy no hay más que dos partidos: el separatista y el anexionista, ambos de los cuales, y sin conciencia, tendían a concluir la dominación española en Cuba, completándose tal vez pacíficamente la guerra comenzada en Yara. Como no tuvo esas palabras altisonantes que tanto gustan a las masas, no fue muy aplaudido siendo tal vez el que más prácticamente habló. Le siguió Trujillo que se declamó [sic] por la guerra y contra los autonomistas, aplastando con su ira desenfrenada a los pobres anexionistas, en quienes, como demócrata que es respetaba sus opiniones personales. Concluyó diciendo que el Zanjón fue una victoria (?) porque había concluido con la bárbara esclavitud, ¡él, que durante la guerra teñía las canas del esclavo anciano, para venderlo a mayor precio!... Le siguió Palomino, tan cansado como siempre, y concluyó maldiciendo el Zanjón y los que lo trajeron. Habló después Serra. No pudo hacerlo hasta que cesaron los aplausos que duraron 10 minutos. Fue el que habló mejor, el que presentó mejores imágenes, aunque con el estilo catedrático, común a todo negro. Flageló a los autonomistas, a los anexionistas, a los que se oponen a la nueva guerra. -Y por fin resumió Martí- "Aquel potro del año pasado, caballo padre este año, no sólo conservó la silla, sino que ahora se le apretó la cincha, se le quitó la rienda y lleva un jinete sin cabeza que se entrará a pechos, espada en mano por entre las filas enemigas y las derrotará, poniéndolas, azoradas, en completa dispersión."(6) Dijo, que pronto se verá el fruto de su ímprobo trabajo presentándolo convertido en victoria. Que ellos eran los precursores, para que cuando allá peleen devolver el "área santa" [sic] de las libertades perdidas en la derrota, y que ellos conservan y están, las libertades, en buenas y seguras manos. Dijo a los autonomistas que si tenían miedo que se alquilasen para servir de figurón en las orgías palaciegas; y concluyó después de mil retruécanos, cerrando la sesión "por todos, con todos y para todos," en nombre de la patria. Hubo una particularidad notable. No se insultó a España ni a sus hijos, y se mencionó entre aplausos y vivas el de los españoles liberales y honrados que habían perecido por el derecho, la justicia y libertad de América, como Mina en Méjico, Villamil, Cueto, Dorado y Ruiz, en Cuba y el gallego Insua en Nueva York.(7)
Vimos más de 10 peninsulares, que aplaudían incesantemente. Había unas 700 personas en total.
Nota: al concluir el peruano, y en medio de gritería espantosa, leyó Martí un telegrama del Cayo que los emigrados constituidos en meeting dirigían a esta emigración saludándola.
En el proscenio había una gran bandera cubana de raso.(8)
El éxito de la reunión de los cubanos irritó a los adictos al régimen colonial. Por ser funcionarios de varios países amigos, la prensa española de Nueva York denunció la participación de Martí y de Quesada en el mitin. Al enviar a Madrid el escrito del confidente, el embajador en Washington comentaba: "A propósito de la conducta de estos dos individuos tuve ayer una entrevista con el Representante de dicha República [Argentina] a quien informé de lo ocurrido rogándole lo pusiera en conocimiento de su gobierno; me prometió que así lo haría sin demora, añadiendo además que le propondría la inmediata separación de los cónsules Martí y Quesada.(9)

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Con el fin de recaudar fondos para el club "Ignacio Agramonte", sus miembros hicieron publicar en Nueva York, en la imprenta del periódico El Porvenir, de Enrique Trujillo, un "Álbum… dedicado a conmemorar la Revolución Cubana en su glorioso alzamiento del 10 de Octubre de 1868". Así, a través de Trujillo, invitó Néstor L. Carbonell a Martí para que hablara en Tampa.
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El patriota Néstor Leonelo Carbonell, quien había luchado en la Guerra de los Diez Año, fundador del club "Ignacio Agramonte", en Tampa, invitó a Martí para estimular a sus compatriotas en la lucha por la libertad de Cuba.
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El Liceo de Tampa, donde Martí pronunció su discurso "Con todos y para el bien de todos", la noche del 26 de noviembre de 1891. Allí quedó sembrada la semilla del Partido Revolucionario Cubano.
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Martí sabía que los diplomáticos españoles en Washington iban a protestar por su discurso, y, al igual que en 1884, también por su intervención en un acto del 10 de Octubre, renunció sus agencias consulares. Era entonces embajador de la Argentina en Washington Vicente G. Quesada, autor de unas Crónicas potosinas, que Martí había elogiado en La Revista Ilustrada, de Nueva York. En 1909 recordaba aquellos días de octubre de 1891 en que se vio forzado a aceptar la dimisión de su amigo:
Era revolucionario por temperamento, tenía verdadero talento, muchísimo ingenio; pero ante la ferviente preocupación de ver libre e independiente a Cuba, hacía todo sin pensar en la responsabilidad de sus procedimientos, ni menos en la ajena....
Olvidando, por esa causa, que desempeñaba las funciones oficiales de Cónsul de la República Argentina -en una reunión de cubanos que promovían la independencia de Cuba, pronunció uno de los más vehementes discursos contra España y abogó por la revolución para emanciparse del poder español. El discurso hizo gran ruido en la prensa de Nueva York precisamente por el carácter oficial de cónsul que ejercía.
Desde Nueva York, en 11 de octubre de 1891, me hizo este telegrama: "Renuncio mañana consulado argentino ante usted. - Su amigo enfermo cariñoso."(10)
Cuenta luego la visita del embajador español y la reclamación diplomática que le había hecho. La separación del cargo quedó confirmada con la carta de Martí, del 20 de octubre: decía al amigo argentino: "... ni por un momento puedo consentir en continuar, por honrosa que ella me sea, en una situación por donde viniera yo a pagar con una controversia ingrata una distinción de tanto valor para mí, que contaré siempre entre las más caras y lisonjeras de mi vida."(11)
Logrado su propósito, y complacido, Suárez Guanes escribía al Ministro de Estado en Madrid:
Al tener la honra de confirmar mis Despachos nos. 114 y 119 del 18 de septiembre y 12 del corriente relativos al infidente Martí, cúmpleme ahora exponer a V. E. que mis conferencias con el Ministro Plenipotenciario de la República Argentina en este país acreditado, han dado los resultados que al ir a hablar con el Sor. Quesada me propusiera.
Don José Martí, Presidente de varios centros revolucionarios de Nueva York, bullanguero de abolengo, hablador sin tasa, enemigo acérrimo de nuestra patria querida, y Cónsul de las Repúblicas Argentina, Uruguay y Paraguay, háse visto obligado a renunciar estos tres últimos cargos. (12)
Martí, sin embargo, no se separó en aquellos días de su representación del Uruguay. Junto con la del consulado argentino y paraguayo, presentó la renuncia de su más antigua agencia consular, pero no se le dio curso. Una carta del embajador español en Montevideo al Ministerio de Estado en Madrid habla de una amonestación del gobierno uruguayo por sus actividades contra España: "Manifesté al Sr. [Oscar] Hordeñana la gravedad que tenían los actos del Sr. Martí, particularmente por hallarse éste revestido de carácter oficial y por tener en Nueva York, hasta cierto punto, la representación de una nación amiga y aliada de España. Mostróse este Señor Ministro [de Relaciones Exteriores] sorprendido y sentido de las noticias que le comunicaba y me aseguró que sin pérdida de tiempo se recordaría con firmeza al Sr. Martí que este gobierno no puede tolerar que sus funcionarios tomen parte activa en los asuntos interiores de otros países y menos que manifiesten simpatías a los enemigos de un gobierno amigo."(13) Meses más tarde Martí no quiso continuar en el cargo: "& los acontecimientos de mi país natal me ponen donde mi persona debe estar en libertad absoluta, y mi cariño a la República me manda cesar sin demora en su servicio, porque éste es hoy mi mejor modo de servirla."(14)
Fue 1891 un año de privaciones y sufrimientos para Martí: además de la pérdida de los consulados, en mayo terminó sus colaboraciones para La Nación, de Buenos Aires; en agosto la esposa se separa definitivamente de él y se lleva a Cuba al hijo; en octubre se produjo el rompimiento con su amigo Trujillo, y por su gestión revolucionaria se creyó en el deber de renunciar también la presidencia de la Sociedad Literaria Hispanoamericana. Aparecen entonces sus Versos Sencillos:
¡Penas! ¿Quién osa decir
que tengo yo penas? Luego,
después del rayo, y del fuego,
tendré tiempo de sufrir.(15)
El artículo del Herald había levantado los ánimos de la emigración de Nueva York, por lo que se aseguró el éxito del acto del 10 de Octubre. El mitin provocó las renuncias de Martí, pero con ellas ganó el mayor prestigio entre los grupos separatistas. Del gesto dijo Enrique Trujillo, en 1896: "La determinación del señor Martí le llenó de admiradores, y su acción fue comentada favorablemente y repercutida en Cuba, en la América Latina y hasta en España."(16) Las otras colonias cubanas supieron lo que sucedía en Nueva York, y aun vieron aumentados por la distancia los acontecimientos: la opinión del Herald, el mitin en Hardman Hall, la conducta de Martí. En Tampa se vio crecer el entusiasmo de los emigrados al celebrar con grandes fiestas el aniversario del 10 de Octubre; pero les faltaba el guía, y a Néstor Leonelo Carbonell se le ocurrió invitar a Martí para un acto patriótico. Sus discursos de noviembre en el Liceo de aquella ciudad consagraron la causa: "... Yo quiero que la ley primera de nuestra república sea el culto de los cubanos a la dignidad plena del hombre." Y al día siguiente: "... Los pueblos viven de la levadura heroica. El mucho heroísmo ha de sanear el mucho crimen. Donde se fue muy vil, se ha de ser muy grande."(17) El efecto fue sorprendente: al irse Martí de Tampa, cuatro mil cubanos aplaudían aquellas promesas avaladas por la virtud y el ejemplo. A los pocos días cundió en Cayo Hueso la esperanza y se le pidió que allí repitiera el milagro. Otra vez lo hizo. Después fue fácil reunir en el Partido Revolucionario Cubano el fervor y la fe que habían crecido como por encanto. Vino luego el periódico Patria, el apoyo de los jefes militares, la campaña de proselitismo; y tres años más tarde Cuba iniciaba la etapa final de sus luchas por la independencia: aquel "bullanguero de abolengo y hablador sin tasa," como lo llamó el embajador español en Washington, iba a dar fin al imperio colonial que hacía cuatro siglos subyugaba a su pueblo.
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