La generación del 23 en Cuba


Carlos Ripoll

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LOS PRIMEROS VENTICINCO AÑOS

  Nacimiento de la República
  Pesimismo y literatura
  Balances negativos
  Conflictos y soluciones
  Albores de optimismo

  Notas


Gigantesco e inútil esfuerzo de las generaciones.
Trabajar siempre en una obra, que no han de ver concluida jamás.
Enrique José Varona (1)

Nacimiento de la República

Cuba había logrado una soberanía limitada en el año 1902. Los Estados Unidos prefirieron mantener una vigilancia estrecha sobre el porvenir cubano agregando a la Constitución de la nueva República un apéndice que les autorizaba la intervención.(2) La trascendencia de ese acontecimiento confiere características decisivas a la primera generación que surge a la vida pública después de la independencia y se refleja en la literatura de la época. Directa o indirectamente, los escritores destilan la queja de lo que sienten los cubanos como una frustración de sus sueños independentistas.

La sola permanencia de los Estados Unidos en Cuba, después de terminada la guerra, había pesado sobre la conciencia criolla. Se hace inevitable recordar aquí los conocidos versos de Bonifacio Byrne cuando regresa a Cuba, recién acabada la guerra:

Al volver de distante ribera
con el alma enlutada y sombría,
afanoso busqué mi bandera
¡y otra he visto además de la mía!
Aunque lánguida y triste tremola,
mi ambición es que el sol con su lumbre
la ilumine a ella sola - ¡a ella sola!
en el llano, en el mar y en la cumbre (3)

Al terminar la ocupación americana, quedaba el instrumento legal que permitiría el "control" directo de la isla. Esto produjo un malestar que permaneció clavado en la sensibilidad cubana sirviendo de tema para los escritores. "La Enmienda Platt, dice Félix Lizaso, "fue tema de abundante literatura para los cubanos, en el deseo legítimo de combatir por todos los medios lo que era una merma a nuestros derechos de soberanía absoluta. La bibliografía del tema demostraría que ha sido uno de los más fecundos en nuestra literatura política".(4)

El cubano habría de ver en la actitud norteamericana una confirmación del vaticinio de John Quincy Adams quien, desde la segunda década del siglo XIX, comparaba la inexorabilidad del destino de Cuba con el de una manzana madura que debe caer de su árbol. "There are laws of political as well as of physical gravitation; and if an apple severed by the tempest from its native tree cannot choose but fall to the ground, Cuba, forcibly disjoined from its own unnatural connection with Spain ... can gravitate only towards the North American Union, which by the same law of nature cannot cast her off its bosom".(5)

A ésa habrían de seguir otras opiniones las cuales, desde los Estados Unidos, aseguraban siempre un mismo fin para la colonia española. Martí había advertido muchas veces el peligro. Como ejemplo citamos una carta a Gonzalo de Quesada, escrita en 1889: "Sobre nuestra tierra, Gonzalo, hay otro plan más tenebroso que lo que hasta ahora conocemos y es el inicuo de forzar a la isla, de precipitarla a la guerra para tener pretexto de intervenir en ella, y con el crédito de mediador y de garantizador, quedarse con ella". Y más adelante comentaba Martí ese propósito norteamericano con estas palabras: "Cosa más cobarde no hay en los anales de los pueblos libres: ni maldad más fría".(6)

Años más tarde, cuando Cuba republicana empezó a dar sus primeros pasos, se vio confirmada en aquella disposición de gobierno americano -la Enmienda Platt- toda una tradición de sospechas. Los hombres que habían peleado en la independencia no pudieron tener la plena satisfacción de victoria y, frente a su propio pueblo, sentíanse inferiorizados. Parecía que los esfuerzos que se realizaron no habían sido suficientes, que se necesitó el concurso de otros hombres para la realización independentista. "Tanto los libertadores", afirma Francisco Ichaso, "como la generación subsiguiente a ellos tuvieron la sensación de que nuestro pueblo no había peleado, de que todo había sido una ilusión, un sueño, acaso una pesadilla, y de que la independencia no la habíamos alcanzado por nuestro propio esfuerzo, sino por la decisiva ayuda extranjera".(7)

Durante tres décadas el pueblo sentiría aún más temor a la intervención americana por el poco escrupuloso uso de algunos gobernantes que esgrimían con habilidad la amenaza en provecho propio. Aquel miedo, que se llamó "plattismo", fue el primer "ismo" que dejaría una huella profunda en las letras de Cuba independiente. Pero el acento pesimista se lograba no sólo por esa amenaza que se cernía sobre el destino de la joven república, sino porque se sabía que algunos patriotas habían aceptado y hasta sugerido a los Estados Unidos esa fórmula limitadora. Quizás, como señaló Sanguily, aquella idea fue hija de "la más ciega imprevisión, o del cansancio, o de la íntima persuasión de general impotencia (8) que llenó el alma de los libertadores antes de finalizar la guerra. Pero lo cierto es que Tomás Estrada Palma, el primer Presidente de la República, había propuesto -sin medir sus consecuencias- esa misma solución al gobierno de los Estados Unidos desde antes de la terminación de la guerra de independencia.(9) Los Estados Unidos, en plena fiebre oportunista, no dejaban de aprovechar las ventajas de su posición especialísima. "Tuvimos que respetar hasta las confiscaciones de nuestros enemigos" dice Miguel Angel Carbonell, "la propiedad que usurparon y el dinero indebidamente extraído dentro de la aparentemente derrotada sociedad feudal".(10) Además, las pretensiones norteamericanas llegaron a extremos difíciles de sobrellevar, como la que señala Santovenia: "El dolor que la conciencia cubana sufrió por la imposición de la enmienda Platt se había exacerbado ante el temor de que el puerto de La Habana cayese en la condición de carbonera de la armada de los Estados Unidos, como pretendían muchos norteamericanos".(11)

Aquella actitud de los norteamericanos no era más que la consecuencia natural de su política con respecto a Cuba, que ya se insinuaba desde las primeras gestiones de McKinley, y los antecedentes habría que buscarlos en las relaciones de Washington con los cubanos en armas. Luego se hizo evidente el deseo de postergar los intereses de Cuba, desde la Resolución Conjunta hasta el Tratado de París y la entrega de poderes al iniciarse el año 1899. Quizás el gobierno de los Estados Unidos había adivinado que era mejor, para aplacar la soberbia española, desentenderse de los cubanos con los que ningún trato quiso España a fin de terminar la guerra.

Otro factor también se ha de notar para entender la configuración del carácter del primer cuarto de siglo republicano. Es el peculado de muchos gobernantes y las luchas que mantuvieron en sus asaltos al tesoro público. Los "generales" y los "doctores" de la novela de Loveira (de ese mismo título, publicada en 1920) son síntesis de las fuerzas que se debaten en las esferas políticas de la época. Aquellos creen tener el derecho que les confiere su presencia en el campo de batalla; éstos alegan su mejor preparación, el poseer un título universitario que suponen puede asegurarles el éxito en la gestión administrativa. La limitación política y la imposibilidad de organizar un gobierno medianamente capaz de orientar la nación, forman un círculo de interacciones difíciles de separar. ¿Anula el optimismo martiano la Enmienda Platt? ¿Llega hasta la República el pesimismo que se engendra en la guerra larga después del 95? Si hubo malos gobiernos porque había indolencia, o ésta fue la consecuencia de aquéllos, no es de nuestro interés ahora dentro de los limites del presente estudio. Sólo queremos señalar esas dos realidades que centran la inquietud de la nueva generación en los comienzos de la tercera década de la República. Mientras tanto, la amenaza exterior y el desorden interno fundamentan el marcado pesimismo de los años que nos disponemos a comentar.

Pesimismo y literatura

Mientras Cuba se enfrenta con sus primeras dificultades, Enrique José Varona, una de las pocas figuras que atraviesan -sin lastimar ni lastimarse- el mundo de esperanzas de tres generaciones de cubanos, había hecho fe pesimista dentro de la filosofía estrecha del positivismo. "Descubre la inconsistencia de la fibra humana en punto a las virtudes que las elaboraciones éticas y religiosas postulan", como explica Vitier, y se entrega a la desconfianza. Le domina un "pesimismo fundamental" después del examen de las "tres instancias: el hombre en sí, sus instrumentos civilizadores y sus (¿aparentes?) propósitos de elevación."(12) Esa condición de su pensamiento, no le restará a Varona la posibilidad de ejercer un magisterio provechoso y, en muchas ocasiones, encaminar los pasos de la juventud. Tampoco le hace perder el derecho de representar lo más noble y puro que llegó a la República desde los días de la Colonia. Pero su posición ante la vida, la base de su filosofía, es la misma que petrifica el espíritu de la época. Por eso hemos escogido un pensamiento suyo para iniciar este capítulo donde explicamos el pesimismo criollo, ése que confiere un matiz peculiar a la vida y a la cultura de la época. Nosotros trataremos de señalarlo en algunos momentos dentro de la literatura de esos años.

José Manuel Poveda, aunque representa en una etapa de su producción poética el indicio claro de una reacción renovadora, no pudo sustraerse de reflejar la desesperanza del ambiente. Renunciando a citar sus muchos versos preñados de quejas y de magníficas tristezas, transcribimos estos párrafos de sus crónicas en el Heraldo de Cuba, entre 1914 y 1915. Son un valioso ejemplo de la lucha entre la denuncia y la frustración que se manifiesta en los grupos preocupados por los destinos de Cuba. Este primero es un artículo titulado "Los dos tonos de un nuevo motivo de forjadores" donde ensaya una revisión de la "conciencia colectiva" de su pueblo:

Lejos de organizarse, y mucho menos de consolidarse una conciencia colectiva, hemos visto subsistir el desequilibrio y la indiferencia en todos los órdenes de la vida social y política. Entretanto, las influencias predominantes del país colonizador fueron substituidas por las del país libertador: las corrientes de la opinión cubana han seguido las orientaciones hispanoyankees sucesivas, no hacia ideales vernáculos, sino hacia ideales de otros pueblos, tal vez mejores, pero evidentemente distintos del nuestro . . . (13)

Pero sintiéndose impotente, el poeta confiesa su desesperanza. Sabe que en aquel momento "no hay realmente acción posible" y encierra su queja en otro trabajo periodístico, en la "Elegía del retomo":

Estamos aherrojados por dobles cadenas. No somos independientes. No somos sino una factoría colonial obligada a trabajar, y a dar su cosecha y su fruto, compelida por el látigo. Estamos desorganizados y envilecidos, como una mala mesnada; no podemos defendemos. Un soplo de dispersión ha barrido las conciencias y todo cuanto había de dignidad, pureza y valentía en las conciencias; un soplo de disolución ha disgregado todas las energías creadoras del alma nacional. Somos la sombra de un pueblo, el ensueño de una democracia, el ansia de una libertad. No existimos.(14)

Entonces, el pueblo cubano aparece en la imaginación de Poveda en forma de fantástica alegoría. Escucha sus voces "sin recuerdos ni ideales", tal como lo presenta su prosa transida de vivas alucinaciones; son sus "Cantos Glebales":

Ninguna voz que tiene recuerdos está sola; ningún grito que posee un ideal está solo: sigue entonces su marcha el pasado, o precede sus pasos el mañana. Pero estas voces sin recuerdos ni ideales no tenían un punto de partida ni una meta: todo su camino era un punto en el espacio, su vida un minuto en el tiempo, sus hermanos ellas mismas. . . El canto glebal cesó "positivamente" yo escuché, en mis oídos, sonar el silencio. Manos pesadas se abatieron sobre las teas, y las apagaron; dedos feroces se hundieron en los parches, y los rasgaron. Escuché murmullos: me parecieron sollozos. Vi brillos en los ojos: me parecieron lágrimas. Vi alejarse sombras tristes: me parecieron hombres.(15)

Y así, entre otras, la pluma del poeta santiaguero iba dando a conocer el pulso de un pueblo que se hacía trivial y débil a fuerza de insatisfacción. Él se suicidaba lentamente.

No sólo se contaminó con la desesperanza la sensibilidad artística, más viva y despierta, por lo común, que la del hombre público. También llegaba a Manuel Sanguily, el patriota que había siempre estado listo para oponer su dignidad y su fe contra la creciente indiferencia. En su oportunidad, él había combatido y tratado de evitar la pérdida de la propiedad de tierras cubanas debido a las inversiones extranjeras, ese otro mal que iba minando los fundamentos de la naciente nacionalidad. Frente a un proyecto que pretendía llevar los conflictos de Cuba con los Estados Unidos ante la Liga de las Naciones, opina en una carta de 1922: "Me permito temer la casi imposibilidad de su aplicación eficaz [se refiere a las doctrinas del organismo mundial], si aguardamos a que ya hayan intervenido para promover nuestros recursos legales o políticos" Y con igual pesimismo cree improbable que se oiga la queja de Cuba de no referirse con ella a algún caso concreto de intervención norteamericana. "Dudo desde luego", dice en la misma carta, "que Europa nos atienda, en frente y en contra de los americanos, a quienes -por lo demás- el tratado de Versalles ha dado anticipadamente algo así como un 'bill' de indemnidad, o como si dijéramos, 'carta blanca' en este Continente".(16)

Los versos de Regino Boti dejan ver ese sentimiento de frustración y soledad que prevalecía en Cuba:

No se perfila una vela
ni un ave marina sube
no hay rastro de una estrella
ni una nube.

Y a esa estrofa de "Panteísmo" podemos añadir esta otra de "Luz":

Yo tallo mi diamante,
yo soy mi diamante.
Mientras otros gritan
yo enmudezco, yo corto, yo tallo;
hago arte en silencio.(17)

El poeta se entrega a la ilusión engañosa de una fiebre, y dice en su composición "El café": ". . . Ensueño, sueño/ con los ojos abiertos y sin fe". Y cuando la "Lluvia montañesca" de su poesía cae sobre la tierra, evoca el recuerdo de su todo vacío y dice: "Olor de hembra, de tumba y de lecho,/ de beso y ramaje, de vida,/ de todo, de nada". Es el "decaecimiento de las fuerzas teleológicas de la nación" como llama Cinto Vitier a ese misterioso mal que hace las veces de un "veneno que secretamente empieza a corroer el alma, de nuestros poetas".(18)

Ese mal que nace con el siglo alcanza todas las manifestaciones del intelecto y provoca "la crisis de la alta cultura". Con ese título dio Mañach una conferencia en la que se hace un balance de la "dolorosa decadencia" en que se encontraba Cuba "a los veintitrés años de vida republicana". Aquel proceso que se inició en el temor, que luego fue pesimismo y desilusión, había generado la crisis de valores culturales. Y Mañach lo explica con el siguiente símil: "Así como en la política se entronizaron hábitos de incautación, de insuficiencia y de favoritismo, convirtiendo la cosa pública en tesoro de todos y revistiendo al gobernante de una sonreída inmunidad, así también se desvalorizaron todas las demás funciones: fue catedrático quien quiso, periodista quien lo osó, intelectual el primer advenedizo capaz de perpetrar un libro, de pulsar una lira clarinesca o allanar una Academia".(19) Años más tarde, desde los cursos radiales de "La Universidad del Aire", el propio Mañach resumiría su opinión sobre la inconsistencia cultural de la primera etapa republicana. "Teníamos una forma, pero no un cuerpo de nación. Vivimos en cierta holgura y hasta opulencia; pero no éramos ricos. Lucíamos ademanes civilizados, pero carecíamos de cultura".(20)

Ni siquiera el ciudadano común podía escapar de la falta de fe que dominaba el medio nacional. De la colección de artículos periodísticos recogidos por Jorge Mañach en su libro Pasado Vigente, copiamos las líneas que escribe al periodista una corresponsal. Confiesa sus dudas respecto al destino cubano y pregunta a Mañach: "¿No hubiera sido muy conveniente para Cuba que Martí hubiese desencarnado dos años antes de la fecha en que lo hizo?" Y añade con igual escepticismo. `De esa duda surgen otras: Cuba, ¿ha retrocedido en cultura y en civilización por el inoportuno y temerario impulso con que Martí llamó a la acción a su plebe más inculta?" Y Mañach exclama ante las terribles preguntas: "¡Mucha decepción, mucha amargura tiene que haberse acumulado en el alma de un pueblo para que llegue a dudar hasta de su propia autenticidad!" Y añade este comentario: "Más de una serena cabeza cubana se ha preguntado, en secreto, si no llegamos a ser libres antes de ser verdaderamente pueblo; si Martí no estaría equivocado cuando, frente a la apariencia desganada y arisca y contra el consejo escéptico de muchos, creyó leer 'en el subsuelo' una auténtica voluntad cubana de libertad".(21) Es que parecía imposible sustraerse de preocupaciones como las de ese diálogo entre el periodista y su corresponsal.

Dentro del marco del presente trabajo no podemos entrar en un análisis de todos los males que fueron acumulándose sobre la joven república,(22) Tenemos que señalar, sin embargo, que en medio de aquel desconcierto germinaban las nuevas ideas de los miembros de la siguiente generación. Desde las páginas del Diario de la Marina se comentaba la actitud general del pueblo:

Nuestro escrutinio da la sensación de que el país ha perdido la fe. . . Ora se manifiesta irónico, ora indignado, ora lanza un sarcasmo, ora encierra en el pequeño cupón un grito de rabia o una imprecación formidable. A veces implora y dice: ¡queremos por Presidente al que se apiade de este pueblo! [Y más adelante se añadía para concluir] El país está indeciso. Y, sin embargo, el país sabe lo que quiere. Quiere un hombre que no supedite los altos intereses de la colectividad a los suyos propios. Que haga un paréntesis en esta farsa de democracia, donde unos cuantos señores de mentalidad inferior y de ínfima moral, tienen convertida la República en una democrática cueva de bandidos. . . El país no puede más. . . Le asfixia el olor de tanta podredumbre. (23)

Pero Cuba, después de un proceso de tantos años de continuadas dificultades y desaciertos, no podía encontrar el gobierno que creara una nueva situación. En vez de aliviar las dificultades, Machado, el presidente electo en 1924, preparó un clima propicio para la violencia y la revolución. Desde las páginas de su novela Coaybay, José Antonio Ramos traslada el drama cubano a un país imaginario con un vecino poderoso (Norlandia). Allí su protagonista predice desde 1927 -como señala Juan J. Remos- el curso de los acontecimientos históricos que se preparan en la inconformidad del pueblo. De una carta que escribe el personaje llamado "Washington" (la nueva generación) a su padre, copiamos el siguiente párrafo, resumen de un momento que se acercaba.

Yo me permito creer, sin embargo, que las batallas más gloriosas de esa cruzada no han de ser tanto en el campo y a tiros como en la tribuna, en el libro, en el periódico y en la escuela, para hacer a nuestros compatriotas desistir de su sentido tradicional en la historia, fatalista y estático y comprender el verdadero significado de la civilización: esencialmente dinámico. . .

Nuestro pueblo está harto de hipocresías y decepciones, y ha de corresponder activamente al formidable movimiento de sinceración...

No más figurones ineptos, o amigos en los puestos de fecunda actividad administrativa. No más relegamiento suicida del negocio principal al capricho del político de oficio. No más enjuagues de arreglos y pactos secretos, mientras se reservan los discursos y las nobles actitudes para las letras de molde.(24)

Junto a la literatura que reflejaba los males inmediatos se mantenía, parte como herencia del modernismo y parte producto de la desilusión reinante, una corriente fuertemente esteticista. Contra ella reaccionarán los escritores de la próxima generación. El ensayista Luis Rodríguez Embil explicó ese escapismo que, por la influencia del medio, caracterizaba la literatura. "Vivíamos sin fe en nosotros mismos, primariamente de dos abstracciones, ambas admirables, pero ajenas a nuestro íntimo ser: Grecia y Francia". Y analizando la desviación del pensamiento hacia esos extremos que habían importado los modernistas, confiesa el pecado de su época: "Nosotros fuimos en nuestra desorientación de fondo, pesimistas con Schopenhauer, adoradores después, por moda, del superhombre de Nietzsche, es decir, pesimistas, heroicos y amargos, sin haber vivido, cristianos primitivos con Tolstoi".(25)

Balances negativos

Para completar una imagen de aquella Cuba, será conveniente incluir la opinión de los escritores extranjeros que trataron de analizar sus problemas. Dos vamos a mencionar como ejemplo. La primera es del critico americano Charles E. Chapman y la segunda del ensayista español Luis Araquistain. Aquél fue autor de A History of the Cuban Republic, obra que disgustó a muchos cubanos por considerarla "copiosísima colección de verdades peyorativas";(26) el segundo escribió durante su visita a Cuba un estudio que por su importancia mencionaremos otra vez en este trabajo; se tituló La agonía antillana, y agradó mucho a los censores más severos de los males de Cuba.(27)

Estos dos juicios que ofrecemos a continuación fueron escritos entre los años 1925 y 1928, es decir, en los momentos en que podía ya hacerse el recuento de un cuarto de siglo republicano. En Marzo de 1925 escribió Chapman sobre "The futility of the Law in Cuba", y dijo refiriéndose a la falta de coerción de las leyes nacionales:

Cuba has a Congress that has never passed the constructive legislation called for by the Constitution of 1902, while at the same time displaying a ready alacrity in enacting bills which are beneficial to politicians alone. . . It is Cuba that has to pay; the cost of supporting her parasite class is eventually passed on to the people as a whole. Indeed, what with amnesties and pardons to supplement a corrupt judiciary, criminals have lost all fear of punishment, even "in the very moment of crime", and the law itself is altogether lacking in prestige.(28)

Y en Noviembre de ese mismo año, en un nuevo estudio que trata sobre los problemas de Cuba, deja ver algo del pesimismo criollo cuando comenta la imposibilidad de remediar los males.

A number of important reforms might be suggested for the correction of existing evils, but it would probably be a waste of ink to set them down. Even if adopted, they would not change things one iota, for the trouble is not in the laws or the constitution but in the men who are at the helm in political affairs. Instead of disinterested statesmen, the republic has developed a governmental class who are an incubus upon the life of the island.(29)

Araquistain estudió los distintos aspectos del panorama cultural y social cubano. Anotó estas observaciones en el capítulo "La Cuba de ayer y de hoy", del libro que antes hemos mencionado: "Cuba tiene dos formidables enemigos interiores: el concepto patrimonial del Estado, herencia española, robustecida por la victoria de la independencia, y, de añadidura, el mal ejemplo, todavía viviente, de la corrompida administración de España".(30)

Y al analizar la influencia de los Estados Unidos en Cuba añadía:

Veo desmoronarse la obra que, con todos sus errores y torpezas levantó España, preparando al pueblo cubano, lo mismo que anteriormente al resto de la América hispánica, sin darse cuenta, en cumplimiento de una ley histórica superior a sus intereses particularistas, para la nacionalidad, hoy gravemente comprometida no sólo por las restricciones a su independencia que estatuye la impuesta Enmienda Platt, el forzoso Tratado permanente, sino por la hegemonía política y social del capitalismo norteamericano. . . Una revolución que amenace a los intereses norteamericanos, ya porque aspire a destruir el régimen de latifundios, ya porque quiera controlar el capitalismo extranjero que hoy domina en Cuba, provocaría automáticamente la aplicación de la Enmienda Platt.(31)

Conflictos y soluciones

Todo parecía conspirar para mantener la desesperanza entre los cubanos y contra la creación de una, aunque fuese débil, conciencia nacional. Los escritores que renunciaron al aislamiento modernista denunciaban en sus obras los males que destruían las pocas virtudes con las últimas armas que podían asegurar un resurgimiento. Un ejemplo de ese apostolado lo representa la más importante obra de teatro cubano de los primeros treinta años de república: Tembladera. En ella podemos encontrar la versión escénica más completa de los problemas que se descubren en la palabra de críticos, poetas, ensayistas, historiadores, novelistas, etc. Por eso la vamos a analizar ahora, pues ella es una de las mejores síntesis de los conflictos que presenta la primera generación republicana. Dentro de esta obra de teatro se ensayan las soluciones que había recomendado José Enrique Rodó desde Ariel. La fórmula del pensador uruguayo no podía encontrar mejor escenario que el que ofrecían los conflictos de Cuba retratados en esta obra.

Dice Juan J. Remos que en ella se refleja la angustia de la economía cubana, maltrecha y agonizante por la falta de previsión del criollo, y las asechanzas del latifundista extranjero que esquilma, hipoteca y liquida las propiedades del nativo".(32) Además, junto a la denuncia de las lacras de aquella sociedad, Ramos presenta la solución oportuna para esa época. Resume sus ideas en el personaje Joaquín, antiguo soldado de la Independencia, que logra con su fe y con su honradez conmover la indolente familia Gosálvez para que la tierra quede en manos cubanas.

Valioso exponente del "nacionalismo" dramático hispanoamericano, Tembladera contiene las características de aquella corriente que substituye el "costumbrismo" para plantear problemas más profundos y típicos del país. "El nacionalismo en el teatro" se ha observado con acierto, "nació en el momento en que los dramaturgos se percataron de que sus pueblos eran ya algo particular. Y por lo tanto, no necesitaban acentuar, teatralmente, ningún rasgo ante sí y ante sus respectivos públicos, puesto que ellos mismos se reconocían sin dificultad.(33) No es difícil explicar por qué desaparece de la escena cubana el ingenuo costumbrismo del siglo XIX. Algunos escritores -de los cuales Ramos es quizás el mejor ejemplo- tratan de influir en el ambiente criollo donde se debaten el pesimismo y la esperanza. El problema inmediato de la nación sirve de tema para Ramos: en sus manos nace el teatro social. "Siguiendo el camino de lo que se convierte en tradicional en la literatura cubana desde que los últimos hombres de la primera generación percibieron la frustración de los ideales republicanos: la denuncia de los errores nacionales, hallamos la permanencia de la misma temática en esta segunda generación [Ramos pertenece a la primera]. Pero esta vez con marcado espíritu reivindicador y polémico".(34)

En Tembladera aparece la amenaza de las compras de tierras cubanas por norteamericanos. Ramos presenta unidos el sentimiento patriótico y el amor al campo en el personaje Joaquín Artigas. Expresa así la opinión generalizada en su época, de que la indiferencia de los terratenientes ponía en grave peligro la independencia económica del país. "El amor al campo", dice el administrador de Tembladera, "señala en mi vida la edad de la reflexión, de las grandes ambiciones, del verdadero patriotismo". La venta del ingenio significa "declarar indecorosamente la carencia del sentimiento de nacionalidad" pues por encima de todo y a través de su personaje, Ramos no quiere declararse vencido frente al peligro interior, la indiferencia cubana, y el exterior, la "ambición yankee".

La actitud de los terratenientes se refleja en esta descripción del panorama cubano que hace don Fernando, el propietario del ingenio: "Aquí dentro, un caos de influencias encontradas, y ninguna más fuerte para imponerse a las demás, una indiferencia verdaderamente salvaje por el porvenir, y ninguna acción sobre los acontecimientos... Y fuera, el yankee con muchos millones de dólares, y como un solo hombre; con un propósito firme ante el porvenir, al que dedica la mitad del presente; y empeñado en hacer suya la tierra".(35)

Ramos explica las causas que originan esa infortunada situación nacional con los miembros de la familia Gosálvez de la Rosa. En primer lugar destaca la incapacidad de los padres por no haber sabido enseñar el amor al campo como símbolo de la nacionalidad. "Para ustedes", dice Joaquín a los hijos de don Fernando, "es lo mismo que se conserve como que se pierda Tembladera, porque no se les enseñó a amar la tierra, porque no fueron ustedes educados para Cuba ni para España . . . , sino para ustedes mismos..." (Ibid). Al final de su vida, el padre de familia sabe reconocer su error; hablando de uno de sus hijos, se lamenta: "Mario encuentra lo mismo tener su dinero en Tembladera que tenerlo en acciones del Banco de España. . . ¡Yo lo comprendo! Pero ésa es mi queja... ¡No haber sabido inspirar amor a la tierra, a mi obra, al fruto de mi trabajo!" (A. I, e. X). El autor muestra en el nieto de don Fernando al joven indolente, "práctico" e indiferente, que representa el más alto grado de la brutal descomposición cubana. Es el personaje mejor delineado y en él se logra la imagen perfecta del antí-Ariel, de un degradado Calibán. Cuando nace alguna resistencia por parte de su abuelo para vender el ingenio, el insolente joven, Teófilo, dice a la madre: "Este mundo es un choteo, y hay que aprovechar el tiempo. Si tu padre, en vez de ser un idealista, cometrapo, fuese lo que se llama un hombre práctico, ésta era la ocasión de hacer una de las mejores moliendas de su vida. . ." Se refiere a la venta de Tembladera (A. II, e III). Y es que el infeliz muchacho, víctima de la influencia norteamericana -según Ramos- solamente ha aprendido a mirar la vida con el prisma económico. El autor hace que su personaje diga del "yankee", que no escatima medios para comprar la propiedad cubana: "Donde llega mister Carpetbagger, que es un hombre práctico y conoce el negocio a fondo, no alcanzará a llegar nunca tu Joaquín cubiche, con su patriotería mohosa y su filosofía barata" (A. II, e. V). En Teófilo, con otros defectos de su raza, el espíritu del utilitarismo había triunfado.

Joaquín, el honrado y patriótico administrador del ingenio, no fue de aquellos "que se lo encontraron todo en la cuna, entre los juguetes, y como juguetes lo siguieron tratando todo". El ha sabido sacrificar su juventud y legítimas ambiciones por los ideales que aprendió en la guerra de independencia. Ahora los ve amenazados por "todo un pasado de brutalidad e ignominia", y se lamenta diciendo: "Diez años de trabajo, de concentración en mí mismo, desesperado de mis contemporáneos y aferrado como un náufrago a mis ideales y mi esperanza en el porvenir, han apagado en mí corazón todos los ardores de la juventud" (A. III, e. II).

Pero las circunstancias se suman a la fe del honrado Joaquín, y la familia de Gosálvez de la Rosa se dispone a conservar en manos cubanas la finca Tembladera. Ramos anticipa el optimismo de la próxima generación: Isolina propone cambiar el nombre de la propiedad para poder borrar así todo vestigio de incertidumbre. Pero él administrador dice intuyendo otros males que conjuraba el futuro: "Dejémosle su nombre, que aún lo merecerá por algún tiempo. Apartemos de nuestro lado al pesimismo desesperado que desangra, pero no nos entreguemos tampoco al optimismo ciego, que resta fuerzas al trabajo".

Algunos años tendrían que pasar, después de escrita esta obra, para que la generación del "optimismo ciego" suplantara la del "pesimismo desesperado". En Tembladera se podía leer el futuro. Por eso pudo Mañach, decir de José Antonio Ramos, con toda justicia: "Antes que asomara siquiera esta conciencia social y polémica, ya él tenía el grito herido".(36)

Albores de optimismo

En los últimos momentos de Wilfredo Fernández, cuando moría con él -como en un símbolo- esa primera promoción de cubanos independientes,(37) escribió estas palabras: "Como nuestra generación, como nuestro espíritu, nosotros no somos otra cosa que una mentalidad desconcertada e incierta".(38) Y al morir aquellos treinta años de incertidumbres, la nueva generación, en plena madurez, mostraba a los demás pueblos del mundo el origen de los acontecimientos terribles. Resumiendo este ciclo que revisamos desde diversos puntos de vista, Mañach escribía a raíz de la caída de Machado:

Emancipation was translated by the American intervention into a semi-subject political independence& The republic made its début under the sign of that disappointment. The relationship contracted with the United States opened a wide door for the investment of northern capital. The Cuban was needy. Intervention had damaged him psychologically; he lacked capacity for resistance and decision. He sold a great part of his lands at the first favorable offer, thus opening the way for the monopolization of them by American capital.(39)

Más adelante, tratando de encontrar el apoyo de los Estados Unidos para eliminar la causa primera (cronológicamente) de aquellos treinta años de errores, Mañach concluye su escrito con una petición y con esta significativa advertencia:

Cuba needs to feel itself independent and to pay, if necessary, the historic price of that dignity, to pay that price, if such is its destiny, with still more pain and blood. It is not among soft cushions nor under parental tutelage that peoples learn responsibility and capacity for self-government, the best service which the United States could render Cuba would be to consent to the abrogation of the Platt Amendment, which is the fundamental cause for the psychological semi-subjection of the Cuban people"(40)

Ese "efecto sicológico" lo hemos visto desde los versos primeros de la República, en el autor de los Arabescos mentales, en el poeta de los Versos precursores y en otros escritores de la época. Pero ya en algunos momentos de los que hemos mencionado se ve la inconformidad dominando al pesimismo, la esperanza sometiendo a la indolencia. Agustín Acosta llegará a sentir que "el aire vibra/ de modo extraño en la palma"(41), y desde "El poema de los cañaverales", Felipe Pichardo Moya vislumbra un porvenir más alegre:

¡Cañaverales, vuestra marea de esperanza
inunde de esperanzas todas las noches nuestras:
campos llenos de cañas y campos de labranzas,
alejen los peligros de anexiones siniestras!

Yo os amo. ¡Y porque alzáis al cielo vuestras lanzas,
porque sois verdes, porque habláis en español,
os dedico este canto de vida y esperanzas,
a pesar de Monroe, bajo mi claro sol. (42)

Tenía que morir la época juzgada con severidad -a veces sin piedad- por los que la sucedieron. Es el proceso típico al sustituirse las generaciones: la inmediata anterior tiene que someterse al análisis riguroso del grupo que la sucede. Y al repartir las culpas de los treinta primeros años de República, hace Raúl Roa este juicio que resume la actitud crítica de la nueva generación:

Frustrada la república, la universidad en decadencia, el mundo sacudido por subterráneos terremotos. Ese era el inquietante y sombrío panorama que se abría ante nuestra generación en 1925. Nos tocaría, por imperativo inexorable de la historia, vivir la culminación y síntesis de ese proceso de franca desintegración nacional. No teníamos culpa alguna de la espantosa debacle. No había sido, ciertamente, nuestra generación la que entregó la riqueza nacional al extranjero, la que vació de contenido las instituciones democráticas, la que dispuso a su antojo de la voluntad popular, la que convirtió el tesoro público en patrimonio privado, la que hipotecó la república, la que corrompió la administración, la que sobornó la ciudadanía, la que fomentó la impunidad, la que encharcó la enseñanza, la que falsificó la reforma universitaria de Varona, la que nada hizo, en suma, "por impedir la continuación de ese doloroso proceso, sino que, por el contrario, lo aceleraría con renovado empuje". No era nuestra, precisamente, esa responsabilidad abrumadora. Son ya otros los que la cargan ante la historia.(43)

Ningún momento de la historia de Cuba había sido tan severa e intensamente criticado. Tal como hemos querido presentar, gran parte del ensayo, de la narrativa, de la poesía, de la oratoria, del teatro, se alimentaron con temas de los defectos y de los errores que nacieron con la República. Pocos parecían poder sustraerse del afán crítico en los momentos últimos de la primera etapa de Cuba. Impulsado también por esa corriente que llevaba a enjuiciar la época, Enrique José Varona trae como jueces a los mártires de la independencia. Dice en una dramática evocación:

Nuestro triste pasado, se ha erguido de súbito para lanzarnos al rostro que en vano hemos pugnado, nos hemos esforzado y hemos sangrado tanto. La generación de cubanos que nos precedieron y que tan grandes fueron en la hora del sacrificio, podrá mirarnos con asombro y lástima, y preguntarse estupefacta si éste es el resultado de su obra, de la obra en que puso su corazón y su vida."(44)

Pero ya se iniciaba la "gran innovación histórica".(45) Un nuevo ciclo en las letras y en la historia de Cuba se anunciaba en los comienzos de la tercera década republicana. La generación del "optimismo ciego" se abría paso armada con las ansias renovadoras del vanguardismo.

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