José Martí: notas y estudios

Carlos Ripoll

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   Martí y los americanos fundadores
   Martí y la Estatua de la Libertad
   Martí en su oficina
   Martí en Bath Beach
   Martí y la naturaleza
   Martí y el poder del voto
   Martí en la Florida
   Martí en las Antillas
   El monumento de Nueva York

MARTÍ Y LOS AMERICANOS FUNDADORES

Este cuadro sobre la firma de la Constitución de los Estados Unidos, se conserva en el capitolio de Washington. El pintor, H. C. Christy, presenta el momento en que los convencionales, en 1787, iban a aprobar la Ley Fundamental de la Nación. Sabía Martí que aquel documento garantizó en el país la democracia representativa, el multipartidismo, las elecciones libres, el respeto de los derechos humanos y los cambios que convinieran para lograr a plenitud esos objetivos, y con toda admiración dijo de aquellos Americanos Fundadores:

"Yo esculpiría en pórfido las estatuas de los hombres maravillosos que fraguaron la Constitución de los Estados Unidos de América. El tamaño no me deslumbra. La riqueza no me deslumbra. No me deslumbra la prosperidad material de un pueblo libre… Sé que las causas mismas que producen la prosperidad, producen la indiferencia. Sé que cuando los pueblos dejan caer de la mano sus riendas, alguien las recoge, y los azota y amarra con ellas, y se sienta en su frente. Sé que cuando los hombres descuidan, en los quehaceres, ansias y peligros del lujo, el ejercicio de sus derechos, sobrevienen terribles riesgos, laxas pasiones y desordenadas justicias, y tras ellas, y como para refrenarlas, cual lobos vestidos de piel de mas­tines, la centralización política, so pretexto de refrenar a los inquietos, y la centralización religiosa, so pretexto de ajustarla: y los hijos aceptan como una salvación ambos dominios, que los padres aborrecían como una afrenta".

"A los que en ese universo nuevo levantaron y clavaron en alto con sus manos serenas, el sol del decoro; a los que se sentaron a hacer riendas de seda para los hombres, y las hicieron y se las dieron; a los que perfeccionaron el hombre, esculpiría yo, bajo un templo de mármol, en estatuas de pórfido".
MARTÍ Y LA ESTATUA DE LA LIBERTAD

Uno de los acontecimientos que más conmovió a Martí en los Estados Unidos fue la inauguración de la Estatua de la Libertad, y el ver a los que vivían en el país felices ante aquel símbolo del sistema político que disfrutaban. Como él era un exiliado político, dejó correr su pluma en un artículo conmovedor donde se lee:

"Terrible es libertad, hablar de ti para el que no te tiene. Una fiera vencida por el domador no dobla la rodilla con más ira. Se conoce la hondura del infierno, y se mira desde ella, en su arrogancia de sol, al hombre vivo. Se muerde el aire, como muerde la hiena el hierro de su jaula… Disfraz abominable y losa fúnebre son las sonrisas y los pensamientos cuando se vive sin patria, o se ve en garras enemigas un pedazo de ella: un vapor de embriaguez perturba el juicio, sujeta la palabra, apaga el verso, y todo lo que produce entonces la mente nacional es deforme y vacío".

"Vedlos: ¡todos revelan una alegría de resucitados! ¿No es este pueblo, a pesar de su rudeza, la casa hospitalaria de los oprimidos? ¡Vedlos correr, gozosos como náufragos que creen ver una vela salvadora, hacia los muelles desde donde la estatua se divisa! Un respeto profundo engrandecía los pensamientos como si la fiesta de la libertad evocase ante los ojos de todos los que han perecido por conquistarla".

"¡Allí está por fin, sobre su pedestal más alto que las torres, grandiosa como la tempestad y amable como el cielo! Vuelven en su presencia los ojos secos a saber lo que son lágrimas. Parecía que las almas se abrían, y volaban a cobijarse en los pliegues de su túnica, a murmurar en sus oídos, a posarse en sus hombros, a morir, como las mariposas en su luz".

Y en la base hicieron grabar el poema que escribió en tiempos de Martí la joven Emma Lazarus, donde la llama "Madre de los exiliados", quien le dice arrogante y generosa a todos los países del mundo: "Dadme las multitudes pobres y cansadas, ansiosas de vivir en libertad. Dadme a los que la tempestad privó de hogar, y a los miserables que son rechazados en su tierra".

MARTÍ EN SU OFICINA

Durante sus últimos diez años Martí tuvo una oficina en  el cuarto piso del edificio que estaba en el número 120 de la calle Front, a una cuadra de Wall Street, el centro financiero de Nueva York. Allí escribió sus grandes crónicas para periódicos de Hispanoamérica —como La Nación, de Buenos Aires, y El Partido Liberal, de México— y de Nueva York —El Economista Americano y Patria— Y allí, en esa pequeña oficina en que a toda hora trabajaba, organizó la guerra de independencia de Cuba

La única pintura al natural de Martí fue este óleo que le hizo el sueco Herman Norrman, buen amigo de los exiliados cubanos de Nueva York. Decían los que lo conocieron que así era Martí: la cara, las manos, el gesto, la mirada, el color de la piel; y que también así eran su mesa de trabajo, la pluma con que escribía y los anaqueles, hechos por él mismo, en que conservaba sus libros.

La austeridad y la sencillez del lugar, dicen mucho del hombre y del patriota; y los libros de su biblioteca dicen mucho del crítico, del pensador y del político. Al margen, en algunas de sus páginas, dejó anotados valisosos juicios. Allí estaban las Poesías de José María Heredia, y junto a una estrofa del "Niágara", aparece este comentario: "Quién sabe si Heredia ha escrito en el Niágara los cuatro versos mejores de que pueda envanecerse literatura alguna?"

Y en la página primera de los tres tomos de la Historia de San Martín, del argentino Bartolomé Mitre, hay una nota sobre "la raza india oprimida", el criollo "segundón y altivo", y el español, "mandón y señor". Y en el Contemporary Socialism, de John Rae, dándole la razón a ese autor, escribió: "Democracia no es el gobierno de una parte del pueblo o una clase del pueblo sobre otra, porque eso es tiranía".

MARTÍ EN BATH BEACH

Martí iba a descansar a una playa de Brooklyn, en la que se hizo esta foto con María Mantilla. Allí escribió uno de sus más conocidos poemas, y se lo dedicó a ella: "Los zapaticos de rosa", que tienen una bella lección de caridad.

Cuenta la historia de Pilar, una niña que fue a la playa con su mamá. Había "sol bueno y mar de espuma", y en ese día estrenaba un "sombrerito de pluma" (como el que María tiene en la foto) que el padre le había regalado. Quiso luego ir a donde se bañaban los viejos y algunas niñas:

  "Dicen que suenan las olas
Mejor allá en la barranca,
Y que la arena es muy blanca
Donde están las niñas solas".

A regañadientes la madre le dio permiso:

  "¡Esta niña caprichosa!
No hay tarde que no me enojes:
Anda, pero no te mojes
Los zapaticos de rosa".

Poco después regresó Pilar, pero, ¡oh sorpresa! venía descalza. No quiso decirle a la madre dónde estaban los zapaticos de rosa, pero se acercó una mujer y le dijo:

  "Yo tengo una niña enferma
Que llora en un cuarto oscuro
Y la traigo al aire puro
A ver el sol y a que duerma.
   No sé bien, señora hermosa,
Lo que sucedió después:
¡Le vi a mi hijita en los pies
Los zapaticos de rosa!"

Pilar se los había regalado a la enfermita. Conmovida su madre por el hermoso gesto, le dio a la otra madre cuanto tenían:

  "¡Sí, Pilar, dáselo! ¡y eso
También! ¡tu manta! ¡tu anillo!"
Ella le dio su bolsillo,
Le dio el clavel, le dio un beso".

Y así, contentas, unas por el regalo y las otras, más aún, por la obra de caridad, se fueron de la playa en aquel día de "sol bueno y mar de espuma", en que la niña Pilar quiso "salir a estrenar, su sombrerito de pluma".

MARTÍ Y LA NATURALEZA

"Kindred Spirits" (Espíritus Afines) llamó a este cuadro su autor, A. B. Durand. Lo hizo en 1849, y fue la obra más representativa de pintura de la naturaleza americana. Aparecen ahí, en la montañas Catskills, donde Martí compuso sus "Versos Sencillos", el pintor Thomas Cole y su amigo el poeta William Cullen Bryant, creadores de la llamada Escuela del Río Hudson. Las artes, juntas, se postran ante el paisaje y lo hacen centro de su creación. "No hay templo más digno de ver de rodillas al hombre que la Naturaleza", dijo Martí; y en sus versos: "¡Díganle al obispo ciego, / Al viejo obispo de España, / Que venga, que venga luego, / A mi templo, a la montaña"..

Sintió siempre Martí la más grande admiración por los espectáculos naturales. Puede decirse que entró en la vida y que de ella salió en contemplación de la naturaleza. A los nueve años, desde el campo, en su más viejo escrito, le habla a la madre del río Sabanilla, que está "sumamente crecido"; y dos días antes de su muerte, en su último apunte del "Diario", anotó que estaba "muy turbia el agua crecida del Contramaestre". Fue así que vio su obra como un bosque: al instruir sobre cómo la debían ordenar, le advierte a su albacea: "Entre en la selva y no cargue con rama que no tenga fruto".

A ningún hombre de pensamiento, entre sus contemporáneos, admiró más Martí que a Emerson, el sabio de Boston. Había dicho en su libro Nature que "la Naturaleza ponía en evidencia la mano de Dios", puesto que  ella es la manifestación visible de las verdades que no se podían ver"; y Martí comenta: "Allí sostiene que la mente es superior a la materia; que el hombre limitado irá a dar en el Creador sin límites, que la naturaleza es sierva del hombre, y su educadora, y que el objeto de la vida es la preparación a los goces de la muerte por el ejercicio de la virtud". Y, de acuerdo con Emerson, concluye que "la naturaleza inspira, cura, consuela, fortalece y prepara para la virtud al hombre", y que "el hombre no se halla completo, ni se eleva a sí mismo, ni ve lo invisible, sino en su íntima relación con la naturaleza".

MARTÍ Y EL PODER DEL VOTO

Este dibujo del Madison Square, en la ciudad de Nueva York, publicado en un Harper's Weekly de 1888, presenta el momento en que se daba la noticia de haber ganado el Estado de Nueva York el candidato republicano a la presidencia, Benjamin Harrison. Quince mil personas estaban en el lugar, quizás Martí entre ellos. Y escribió en elogio del acontecimiento: "De un sol a otro sol, por la fuerza regular e incremento del voto libre, ha cambiado de rumbo radicalmente la política americana, y acaso la América".

Ya había presenciado otras campañas electorales. En 1884, hizo este juicio sobre la fuerza del voto: "Allí donde con un ejército de papelillos doblados se logran victorias más rápidas y completas que las que logró jamás ejército de lanzas, ¿cómo han de provocarse esas batallas de odios, esas contiendas de clases, cuando al cabo de cuatro años la clase ofendida puede enfrentar los desmanes de la que la desafía? Los que en pueblos diferentes nacimos ambulamos por entre esa muchedumbre de reyes, vertiendo lágrimas de gozo, de ver a los hombres redimidos, serenos y resplandecientes".

Y comentando las elecciones en los países libres dijo en el siguiente año: "Se ve aturdir, escamotear, comprar, falsear el voto. Se vive de mayo a noviembre, viendo ruindades, y en disgusto y alarma. Pero sobre ellas, y con todas ellas ante los ojos, queda en la mente, sacudida de asombro, un respeto comparable sólo al de quien viera tambalear sobre su quicio un mundo, inclinarse de un lado al abismo, irse ya todo sobre él, y reentrar de súbito en su puesto. Conmueven obrando a la vez diez millones de hombres. El que los ha visto en esta hora de faena, siente que la tierra está más firme debajo de sus plantas; y se busca sobre las sienes la corona".

Y en 1886, en favor él de un candidato para la alcaldía de Nueva York, hizo Martí esta impresionante afirmación: "Después de verlo surgir, temblar, dormir, comerciarse, equivocarse, violarse, venderse, corromperse; después de ver acarnerados los votantes, sitiadas las casillas, volcadas las urnas, falsificados los recuentos, hurtados los más altos oficios, es preciso proclamar, porque es verdad, que el voto es un arma aterradora, incontrastable y solemne, que el voto es el instrumento más eficaz y piadoso que han imaginado para su conducción los hombres".

MARTÍ EN LA FLORIDA

El primer viaje que hizo Martí para unir a los exiliados cubanos fue a la ciudad de Tampa. Se le ve allí en esta foto de 1892, en una fábrica de tabacos, rodeado de obreros y junto a los generales Serafín Sánchez y Carlos Roloff; al periodista José Dolores Poyo, a Esteban Candau, fundador de la "Liga Patriótica Cubana", en Ibor City; y a Eligio Carbonell, presidente de la "Sociedad Política Ignacio Agramonte", que lo había invitado el año anterior, cuando pronunció su famoso discurso, "Con todos, y para el bien de todos": "Cerrémosle el paso a la república que no venga preparada por medios dignos del decoro del hombre, para el bien y la prosperidad de todos los cubanos".

El programa político de Martí quedó plasmado poco después en Cayo Hueso, en las Bases del Partido Revolucionario Cubano, el cual, dijo, no tenía “por objeto llevar a Cuba una agrupación victoriosa que considere la Isla como su presa y dominio, sino preparar la guerra que se ha de hacer para el decoro y bien de todos los cubanos y de entregar a todo el país la patria libre".

 

Sus ideas sobre la política, y sobre lo que quiso para Cuba, están bien claras y vivas en los artículos que publicó en Patria: "Un pueblo está hecho de hombres que resisten y hombres que empujan: del acomodo, que acapara, y de la justicia, que se rebela: de la soberbia, que sujeta y deprime, y del decoro que no priva al soberbio de su puesto, ni cede el suyo: de los derechos y opiniones de sus hijos todos está hecho un pueblo, y no de los derechos y opiniones de una clase sola de sus hijos".

 

Y en sus discursos: "La patria es dicha de todos, y dolor de todos, y cielo para todos, y no feudo ni capellanía de nadie; y las cosas públicas en que un grupo o partido de cubanos ponga las manos con el mismo derecho indiscutible con que nosotros las ponemos, no son suyas sólo".

Y en sus cartas: "Nosotros encendemos el horno para que todo el mundo cueza en él pan. Yo, si vivo, me pasaré la vida a la puerta del horno impidiendo que le nieguen pan a nadie y menos, por la lección de caridad, a quien no trajo harina para él".

 

MARTÍ EN LAS ANTILLAS

Para iniciar la Guerra de Independencia se necesitaba poner a la cabeza del ejército a un militar de prestigio y de superior autoridad. Así se decidió ofrecerle el cargo al general Máximo Gómez, un dominicano que había luchado por la libertad de Cuba entre 1868 y 1878 y contaba con el apoyo y la simpatía de todos los cubanos. Ya un hombre de 56 años, Góméz vivía en Santo Domingo con su mujer y sus hijos dedicado a labores agrícolas. Martí viajó desde Nueva York a Haití, desembarcó en Gonaives, y desde Cabo Haitiano se trasladó a caballo a la República Dominicana, se detuvo en Dajabón y siguió hasta Monte Cristi, a "La Reforma", la finca del general. Le había anunciado en una carta: "Vego a pedir a Ud. que deje en manos de sus hijos nacientes y de su compañera, abandonada la fortuna que les está levantando con rudo trabajo para ayudar a Cuba a conquistar su libertad".Y como buen conocedor de las penas que se sufren en empeños de tal naturaleza, le aclaraba en la misma carta: "Yo le ofrezco a Ud. sin temor a negativa, este nuevo trabajo, hoy que no tengo más remuneración que brindarle que el placer del sacrificio y la ingratitud probable de los hombres".

Gómez aceptó la oferta, y a raíz de los hechos escribió en su Diario: "Me sentí decididamente inclinado a ponerme a su lado y acompañarlo en la gran empresa que acometía. Así es que Martí ha encontrado mis brazos abiertos para él, y mi corazón, como siempre, dispuesto para Cuba".

Después de saludar amigos en Gauayacanes, Santiago, La Vega y la capital dominicana, desde Barahona, otra vez a caballo, llegó a Port-au-Prince, Haití, donde vivía un grupo de cubanos exiliados. Días después se embarcó hacia Jamaica. Ya en Kingston se trasladó a las vegas de tabaco de Temple Hall donde muchos de sus compatriotas trabajaban. Allí un cubano le hizo el retrato que encabeza esta Estampa. Es la única foto en la que aparece solo y de cuerpo entero; Martí le dedicó al fotógrafo una copia en la que le decía: "A un hijo de sí mismo, ejemplo y honra de su patria, a un artista fino y concienzudo, el fraternal amigo Juan Bautista Valdés, de su José Martí". 

A Jamaica fue Martí también en gestiones de propaganda, pero aprovechó la visita a Kingston para saludar a la madre y a la esposa del general Antonio Maceo, la otra gran columna militar que necesitaría la guerra en Cuba. Terminó así su primer viaje por las Antillas, y al regresar a Nueva York, satisfecho, le pudo dar cuenta a los miembros del Partido Revolucionario Cubano de los resultados favorables de sus gestiones.

EL MONUMENTO DE NUEVA YORK

Martí vivió en Nueva York la mayor parte de su vida adulta, y como honró tanto la ciudad con su talento y con su vida, las autoridades municipales decidieron erigir un monumento en su memoria. Nadie ha escrito con mayor acierto de Nueva York, de sus luces y de sus sombras; en una ocasión le pareció a Martí la ciudad "una copa de veneno", pero, aunque pudo irse a países de su idioma y cultura, allí se quedó; dijo: "Triste, sí, uno se siente triste en Nueva York, pero firme también. Se siente uno tan firme que, cuando se aleja de estas playas, en no siendo para las de la patria, donde la roca es dulce, parece como que se aparta uno del goce digno de la libertad real, que se aleja de sí propio". 

En 1951 ya estaban en el lugar que hoy ocupan las estatuas de Bolívar y de San Martín, los dos grandes de la independencia hispanoamericana, tan admirados por Martí, y con toda justicia se decidió colocar su estatua junto a la de ellos, y allí está, al final de la Avenida de las Américas, a la entrada del Parque Central. Hizo la escultura la millonaria americana, Anna H. Huntington, y la donó a la ciudad. Martí aparece en el momento de su muerte, montado a caballo, símbolo que en él siempre fue de la grandeza y de la libertad; "¡El valor crece a caballo!" escribió en una ocasión. "En el caballo hay gloria. ¡Oh Dios, morir sin haber caído sobre los tiranos con una buena carga de caballería!" 

En una lápida, en inglés y español, se lee en la base del monumento: "José Martí. Apóstol de la independencia de Cuba. Guía de pueblos y paladín de la dignidad humana. Su genio literario rivaliza con su clarividencia política". En la fecha de su  natalicio y de su muerte, en compañía de norteamericanos y de amigos de habla española, exiliados cubanos que viven en Nueva York, o en las cercanías de la ciudad, van a ese monumento de Central Park a ponerle flores, y en secreto a pedirle ayuda a Martí para que, en el espíritu de justicia por el que tanto luchó, llegue pronto su patria a ser libre.

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