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MART�: EXILIO Y EMIGRACI�N

...El proscrito
De sus entra�as propias se alimenta.
Tiranos: desterrad a los que alcanzan
El honor de vuestro odio�.

Jos� Mart�

Mart� fue un exiliado, no un inmigrante. Hay una gran diferencia entre el desterrado y el que emigra, y conviene conocerla, porque suelen tener conductas distintas, por lo que no siempre logran entenderse. Y m�s interesan hoy esas diferencias ya que est�n los soci�logos y los pol�ticos de este pa�s, por sus intereses, empe�ados en determinar los estratos de la poblaci�n: varios estudios recientes, por ejemplo, han puesto en evidencia que uno de cada tres habitantes de Nueva York es un inmigrante; y la composici�n tambi�n es reveladora: menos de un 30 por ciento son europeos, un 40 por ciento son asi�ticos y casi la cuarta parte han venido de Hispanoam�rica. Y el problema de la inmigraci�n est� presente en todo el mundo, pues el ser humano, con el saber que ahora le da el conocimiento del mundo, se desplaza de un lugar a otro en busca de mejor altura como en los vasos comunicantes buscan su nivel los l�quidos.

Emigra el que deja por propia voluntad su pa�s para establecerse en otro, y aunque siempre permanezca lejos de �l, no renuncia la posibilidad del regreso. Al exiliado lo echa de su tierra una voluntad ajena o una necesidad imperiosa, y no puede volver a su patria por propia decisi�n, o sin someterse a degradantes limitaciones. En la antigua Roma no se desterraba, pero se les prohib�a el uso del agua y del fuego al condenado, por lo que ten�a que abandonar el pa�s; as� muchos emigran hoy por el hambre y la injusticia a que sus gobiernos los someten, que es una especie de castigo. Al emigrante lo aleja de su tierra la esperanza, al exiliado la fuerza; mira uno hacia adelante por la promesa de lo nuevo, pero los ojos del otro no se arrancan f�ciles de su lugar de origen. El emigrante gusta m�s confundirse con el nativo, o le cuesta menos trabajo; el exiliado, por su parte, aunque el hospedero lo respete, y aun lo quiera, lo tiene en menos aprecio. Las creencias religiosas, las costumbres y las comidas suelen ser en ambos las del hogar que dejaron, pero en la casa del exiliado hay un luto escondido, una a�oranza, en una l�mina del terru�o, en una bandera, y hasta en una cruda rebeld�a que no siempre perdona el hu�sped que lo acoge.

La palabra �emigrar�, viene de emigrare, en lat�n, formado por la part�cula ex, hacia afuera, y migrare, moverse, como por propia voluntad, salir; de la misma manera que el verbo "inmigrar" lo forman in, hacia adentro y migrare, otra vez, moverse: as� entrar. "Exiliar�, por su parte, con de la misma part�cula ex y el sustantivo solum, suelo, equivale a �desterrar�, vocablo que forman, a su vez el prefijo des, privar, y terra, tierra, de igual valor que �proscribir�, que en su participio usa Mart� en los versos que encabezan estas p�ginas: �proscripto� viene de pro-scribo Cescribir deC, porque se escrib�a en un cartel el nombre del infeliz que se expulsaba de su patria casi siempre por causas pol�ticas. As� significan los mismo los tres vocablos: exiliar, desterrar y proscribir, que es substraer al individuo de lo suyo. Al hablar Mart� de �Los indios en los Estados Unidos�, de c�mo los expulsaban de sus territorios, dijo: �Los sacan de la comarca en que han nacido, que es como sacar a un �rbol las ra�ces, con lo que pierde el mayor objeto de la vida�; �se es el destierro, la proscripci�n, el exilio.

Pasajeros de tercera clase, "Steerage", viajando en 1875 en un transatl�ntico como en el que por primera vez lleg� Mart� a Nueva York.

La palabra exilio no exist�a en espa�ol. La introdujo en Espa�a, del italiano (esilio), Juan de Mena, el traductor de Virgilio, a principios del siglo XV, pero no se usaba, y dice el Diccionario Etimol�gico de Corominas que el t�rmino se populariz� a partir de 1939 cuando Francia y los Estados Unidos hablaban de los "exiliados" (exil�s, exiled) espa�oles dispersos por el mundo.  

En los escritos de Mart�  alguna vez aparece la palabra "exilio", como es el caso de lo que escribi� en franc�s en 1880, acabado de llegar a los Estados Unidos: as� en el art�culo  sobre Pushkin, que le tradujo Charles A. Dana para su peri�dico The Sun, y que luego llev� al espa�ol Manuel Marsal, al publicarlo la Editorial Tr�pico en las Obras Completas (1936-1953), donde se le�a  �It was in exile...  A poetic soul in exile�, se tradujo: �Fue en el exilio... Un alma po�tica en el exilio�. Lo escrito por Mart� en franc�s, por supuesto, tiene la palabra toda vez que �destierro�, su sin�nimo, no existe en ese idioma: as�, por ejemplo, en su ensayo sobre �Guatemala�, cuyo original se conserva en franc�s, escribi�: �L'exil des pr�tres... [El general Granados] exila les pr�tres�, y su traductor Arturo Van Canenghem, para la misma edici�n de las Obras Completas, a�n no familiarizado con el vocablo en espa�ol escribi� �El destierro de los sacerdotes... [El general Granados] desterr� a los sacerdotes�. Y al traducir "Mes Fils" dice "expatriado" por "exil�".

Al referirse a sus compatriotas en el extranjero Mart� prefiri� el t�rmino m�s com�n, aunque no exacto, de �emigrados�: en 1880, en su primer discurso pol�tico al llegar a los Estados Unidos, llama a quienes lo escuchan, �emigrados buenos�; y en sus escritos posteriores abundan las referencias a los "emigrados" de Cayo Hueso, de Tampa, de Nueva York, de Filadelfia, de Santo Domingo, de Centroam�rica; y en plena campa�a pol�tica, desde Patria, en abril de 1893, declara: �La emigraci�n es una masa de hombres, y el Delegado es un emigrado como los dem�s�; y en su  �ltima carta, a su amigo mexicano Manuel Mercado, habla �de la autoridad que la emigraci�n� le hab�a confiado para dirigir los destinos del pa�s.

Pero a fin de darle mayor dramatismo al vivir por la fuerza en el extranjero, recurre a la palabra correcta, destierro: hablando de sus compatriotas, por ejemplo, dijo que el poeta Francisco Sell�n �no afe� el destierro con quejumbres pueriles... [ y que] en la pobreza del destierro levant�, a pu�o diario, una fortuna...�; que Cirilo Villaverde compuso el final de Cecilia Vald�s �en el silencio del destierro; que �Nicol�s Az�rate, sufri� el �destierro con que Espa�a ingrata� lo hab�a castigado; que Ram�n del Valle se hizo obrero porque �el oficio de torcer tabacos manten�a en el destierro honrado al hombre�; y que hab�a cesado de latir �el coraz�n desterrado del anciano� Eusebio Guiteras.

Edificio por donde ten�an que pasar los inmigrantes en el puerto de Nueva York. En la entrada se lee: "Commissioners of Emigration of the State of New York. Emigrant Landing Depot & Offices. Entrance. For Emigrants Only. Castle Garden".

Tambi�n �l, por supuesto, se describi� en el destierro: en 1871, al salir de La Habana, le escribe a su maestro Rafael M. Mendive: �De aqu� a dos horas embarco desterrado para Espa�a...�; y ya la final de su vida, en 1894, le advierte a sus compatriotas en el extranjero: �Quien desee patria segura, que la conquiste. Quien no la conquiste, viva a l�tigo y destierro, oteado como las fieras, echado de un pa�s a otro...�. Y la palabra no se ausenta de sus versos, como el que describe esa pena: �Todos quieren vivir: (mas se ha notado / Que hay uno all� que ve dem�s la vida; / Uno en el pueblo entero! Un desterrado�.

Mart� pas� por los Estados Unidos en viaje de Espa�a a M�xico, en los primeros d�as de 1875, cuando iba a reunirse con su familia. Hab�a embarcado en Queenstown, hoy Cobh, Irlanda, en el �Celtic�, el m�s moderno trasatl�ntico de la White Star Line, como pasajero de tercera clase, y lleg� a Nueva York el 14 de enero de 1875. No es f�cil explicar por qu� Mart�, en esa ocasi�n, seg�n el Manifiesto del capit�n del barco Cque se transcribi� en el libro Jos� Mart�: letras y huellas desconocidas, publicado en Nueva York en 1976C se hizo pasar como un "m�sico italiano" que se iba a establecer en los Estados Unidos. Aparec�a as� como un verdadero inmigrante, pero d�as m�s tarde embarc� con rumbo a Veracruz en el �City of Merida�, para radicarse en M�xico. El 3 de enero de 1880, en su segundo destierro, vuelve a llegar a Nueva York, esta vez en el vapor �France�, de la General Transatlantic Company, que hab�a salido de Le Havre, pero esta vez s� aparece correcta su declaraci�n en el Manifiesto pues declara ser un abogado procedente de Espa�a que ten�a la intenci�n de residir en los Estados Unidos. Aunque era en realidad un desterrado, pues lo condenaron en La Habana a salir del pa�s, ten�a todas las caracter�sticas del emigrante. La ley de aquel tiempo no hac�a esas distinciones. Si el viajero llegaba a los Estados Unidos por necesidades econ�micas, por deseos de superarse o por sus ideas pol�ticas o religiosas, era igualmente recibido. Esas dos veces que entr� Mart� en los Estados Unidos, lo hizo, pues, como lo hicieron millones de inmigrantes.

 Hasta 1882 predominaba la inmigraci�n del noroeste de Europa, despu�s la del sudeste; los primeros, con las posibilidades de la frontera, no se quedaban en las ciudades, iban a territorios menos habitados, al oeste, y as� no los desde�aba el "nativo" y se americanizaban con mayor facilidad �como puede verse en el cap�tulo "Mart� y los disc�pulos americanos de Carlos Marx", del libro Mart�: pol�tico, estadista y revolucionario, ante esa realidad Marx le escribi� a uno de sus seguidores en los Estados Unidos: "El problema peor nuestro es que los m�s valiosos alemanes son f�cilmente americanizados� La facilidad con la que el exceso de poblaci�n se vierte en el campo� hace que las ideas burguesas les parezcan ofrecer un bello porvenir". Los otros, sin embargo, los del sudeste europeo, ya con menos territorios que explorar, se quedaron en las ciudades del este, en las que creaban barrios separados, ghettos, y con sus bajos salarios lastimaban a los obreros locales; ante sus protestas, en 1885 se prohibi� la importaci�n de obreros, "contract labor", y ya en 1892 todos los pol�ticos apoyaban programas restringiendo la inmigraci�n.

Inmigrantes en los Estados Unidos

Desde principios del siglo XIX la emigraci�n europea fue creciendo a medida que se abr�an nuevas oportunidades en este pa�s �en particular por el desarrollo del ferrocarril� y se agudizaban en el viejo continente las hambrunas �como la de Irlanda en 1846� y los conflictos pol�tico sociales �como la revoluci�n polaca de 1830 y las alemanas de 1830 y 1848. Para reducir la carga de la poblaci�n desempleada y de la gente maleante, en algunas naciones de Europa, a los que quer�an emigrar se le pagaba el viaje a los Estados Unidos.

Dibujo del interior de Castle Garden con miles de pasajeros en tr�mites para que se les permitiera la entrada en el pa�s.

La demanda de la mano de obra barata atrajo en la d�cada de 1830 m�s de medio mill�n de emigrantes, casi todos irlandeses y alemanes, y algunos ingleses; diez a�os m�s tarde la cifra lleg� a mill�n y medio, y a tres millones en 1840. Y as� fue aumentando la poblaci�n en los Estados Unidos: en 1820 era de 9 y medio millones, en los 30 lleg� a los 13, en los 40 a los 17, en los 50 a los 23, y en los a�os 60 a m�s de 31 millones. Entre 1860 y 1900 llegaron 14 millones �la entrada �ltima de Mart� en Nueva York estuvo entre los 5 millones que llegaron entre 1880 y 1890. Por eso su nombre tiene un lugar en �The American Immigrant Wall of Honor�, que est� en la Ellis Island, de Nueva York, donde se han inscrito los nombres de miles de los inmigrantes que se establecieron en los Estados Unidos. 

El principal puerto de embarque, adem�s de los dos de que sali� Mart�, Liverpool y Le Havre, era Hamburgo, y casi todos desembarcaban en la costa entre Baltimore y Boston. A partir de 1874 predomin� inmigraci�n de Grecia y de Italia �quiz�s por eso Mart� aparece en el Manifiesto de su primer viaje como un italiano que se iba a radicar en los Estados Unidos: en el documento los nombres que preceden el suyo, son de italianos: J. Avar, Enrico Ma. Dello, G. Pausso.

La creciente afluencia de emigrantes en Nueva York hizo que resultara peque�o el Castle Garden para recibirlos, y as�, el primero de diciembre de 1892, se traslad� a Ellis Island todo el proceso de recepci�n. Tambi�n porque se hizo m�s complicado el tr�mite de entrada. A partir de 1882 el Congreso dispuso rechazar a los mendigos, los delincuentes, los locos y los enfermos, y se fij� un peque�o impuesto por cada inmigrante.

Como era de esperarse, la prolongada y creciente invasi�n de extranjeros provoc� el rechazo de los americanos, muchos de los cuales se negaban a trabajar con los reci�n llegados. Abarataron de manera alarmante los jornales: �A dollar a day is a white man=s pay�, se dec�a, pero a los inmigrantes se les pagaba s�lo 50 centavos. Y se divulg� la creencia de que la mayor parte de los que llegaban hab�an sido mendigos. Adem�s exist�a el prejuicio religioso, pues los de Irlanda y Alemania eran en su mayor�a cat�licos, y se les acusaba de discriminar a los jud�os y a los negros; los protestantes, por su parte, los rechazaban porque la jerarqu�a cat�lica se opon�a a los movimientos reformistas: en Filadelfia se desat� una campa�a contra el Papa, a quien acusaban de reinar en la ciudad. Hubo motines en varias ciudades, con enfrentamientos entre los dos bandos e iglesias quemadas.

Sala de espera en el Castle Garden, con un grupo de emigrantes europeos, seg�n el cuadro de C. F. Ulrich.

Ante los inmigrantes en este pa�s Mart� reflej� la reacci�n hostil de los nativos con la misma justicia que reconoci� su aporte. En particular denunci� las doctrinas pol�ticas de odio que tra�an algunos, f�cil de explicar en sus tierras de origen pero innecesarias en un pa�s libre; as� dijo: �En Alemania bien se comprende, la ira secular, privada de v�lvulas, estalla. All� no tiene el trabajador el voto franco, la prensa libre, la mano en el pav�s; all� no elige el trabajador, como elige ac�, al diputado, al senador, al juez, al presidente... Esos alemanes, esos polacos, esos h�ngaros, criados en miseria y en la sed de sacudirla... tra�an el odio del siervo, el apetito de la fortuna ajena, la furia de la rebeli�n...�

Pero con aplauso y ternura habl� con frecuencia Mart� de los infelices que llegaban para quedarse en los Estados Unidos; dijo: �No volver�n, sino que har�n casa en las entra�as de los bosques, o arrancar�n una fortuna al seno de las minas, o morir�n en ellas... Manadas, no grupos de pasajeros parecen cuando llegan. Son el ej�rcito de la paz. Tienen derecho a la vida. Su pie es ancho, y necesita tierra grande... He aqu� el secreto de la prosperidad de los Estados Unidos: han abierto los brazos. Luchan los hombres por pan y por derecho, que es otro g�nero de pan, y aqu� hallan uno y otro, y ya no luchan...�

 De los italianos, en 1883, habl�, como un neoyorquino, del disgusto por los perezosos y del aprecio por los que trabajaban: �30,000 inmigrantes italianos espera New York este a�o. New York no lo celebra. No halla que el trabajo italiano sea tan varonil y fructuoso como lo necesita un pueblo nuevo. No cree que la ciudad gane con acumular centenares de hombres indiferentes y estacionarios en mef�ticas viviendas, ni con erigir en cada esquina un puesto de manzanas...� Pero agrega distinguiendo a la mayor�a emprendedora: �Pero los italianos hacen algo m�s en New York que estos oficios vergonzantes... Casi todos los ferrocarriles nuevos o que se est�n ahora construyendo lo est�n llevando selva adelante estos italianos humildes sobre los hombros... Se ha de abominar a los perezosos, y compelerlos a la vida limpia y �til; mas no se ha de ser injusto con los buenos y silenciosos trabajadores, humildes insectos humanos que labran ahora la ciudad venidera del esp�ritu...�

Quiz�s una de las opiniones m�s representativas de Mart� sobre los inmigrantes en este pa�s al concederles la ciudadan�a, sobre las precauciones que deb�an tenerse, es la que apareci� en el libro Nuevos Escritos Desconocidos de Jos� Mart�, publicado por la Editorial Dos R�os, de Nueva York, en 1998; censura all� a quienes se les da un �asilo amistoso� que lo usan para �servir intereses diversos del pueblo que pone en sus manos el instrumento que han de volver contra �l�, y califica de �traici�n y alevos�a tomar carta de ciudadano en un pa�s para valerse de ella en su da�o�; y concluye: �V�ase a quien se da entrada en la casa y en la naci�n. El hogar es un templo, y la naci�n otro m�s vasto. Un asiento en el hogar es una honra, y un asiento en la naci�n. Las visitas en la sala no m�s, s�lo a los que nos han probado su lealtad llevaremos a los aposentos interiores. La mano a quien la tenga limpia: los brazos a quien funde y padezca y batalle y expire con nosotros...�

)�Nosotros�, dijo?  Mart� nunca se sinti� parte de los Estados Unidos, ni se hizo ciudadano �no le era necesario para sus actividades: era un exiliado, un proscrito, un desterrado pol�tico, no un inmigrante, y nunca perdi� la esperanza de volver a su patria libre: cuando desembarco en Nueva York por tercera vez, de Venezuela, en el vapor alem�n �Claudius�, a mediados de 1881, declar� lo siguiente: �Edad, 28 a�os. Ocupaci�n, abogado. Pa�s de origen, Cuba. Pa�s donde piensa residir, Cuba�.

Hablando de Pilar Belaval (1845-1875) la actriz espa�ola establecida desde 1868 en M�xico, a ra�z de su muerte, en un discurso en el Liceo Hidalgo, dijo Mart� tambi�n pensando en su propia pena: "Arbusto solitario es el alma del hijo enamorado de la patria que lejos de su amada sufre sin consuelo: manera de morir es �sta de vivir alejado de la patria. Celebre un muerto de ausencia a la que, por bien suyo, y mal de los que quedan, muri� ya".

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