IV ) EL VOLCÁN ESPAÑOL
NOTA
El costumbrismo refleja la voluntad del artista de presentar en su obra el ambiente que le tocó vivir y la manera de ser de sus contemporáneos. Para ello recurre a aquellos personajes y actividades que considera más representativos, especie de arquetipos, como en la siguiente crónica, "El volcán español", que Martí cree próximo a estallar, en la que aparecen nobles y pilluelos, modistillas, toreros y políticos. Los escenarios son las calles de Madrid, los cafés, los teatros, el Palacio Real y la plaza de toros.
El propósito del escritor costumbrista es a veces mejorar la conducta y los hábitos de la sociedad, y otras simplemente entretener. Mariano José de Larra, uno de los más famosos del siglo XIX español, redujo el programa a lo siguiente: "Reírnos de las ridiculeces, ser leídos y decir la verdad". Como en toda la obra de Martí, hay en estos escritos tanto de misionero, como de censor y de artista. Su crítica de algunos aspectos de la vida española es prueba de su amor a España: cabe recordar aquí el afortunado epigrama de su contemporáneo Joaquín M. Bartrina: "Oyendo hablar a un hombre fácil es/ Acertar dónde vio la luz del sol:/ Si os alaba a Inglaterra, será inglés;/ Si habla mal de Prusia, es un francés;/ Y si habla mal de España, es español".
En los días en que se publicaron estas crónicas de Martí, el lector en los Estados Unidos sentía curiosidad por adentrarse en la manera de ser de otros pueblos, y en particular le atraía el pintoresquismo de lo español, que había conocido a través de las obras de los norteamericanos Washington Irving, George Ticknor, Longfellow y William Prescott, y de los ingleses Robert Southey, Richard Ford y Augustus Hare. En esta pintura de costumbres, el cronista, que se firma "A Spanish Republican", dolido por la España monárquica oficial que oprimía a Cuba, no disimula su repudio frente a lo más negativo de las prácticas y creencias de los españoles.
Junto a un grupo de personajes populares, el inventario de políticos que menciona Martí es amplio, y su caracterización acertada: el general Serrano "dreams of succeeding the King"; el dramaturgo Echegaray "is a fiery genius, who is shouting in royal palaces for reform"; de Cristino Martos opina que "his intelligence, his true genius at improvisation, and his wonderful capacity cloak his lack of knowledge"; y siguen jucios sobre Sagasta, quien se encuentra "at the head of a moderate and intelligent party, bending readily to the wind of power"; sobre Ruiz Zorrilla, a la cabeza del partido liberal "the glorious party which purified Europe as long ago as 1812 with the air of liberty"; sobre Salmerón, "the man of steel", jefe posible de "the Spartan, philosophical, and monumental Republic" del porvenir; "for the impossible republic terrible, destruc- tive, renovating, socialist", piensa en Pi Margall; y para "the literary republic elegant, coquettish, reassuring, brilliant, conservative there is the man of wax, Castelar". "But", se pregunta Martí al terminar este trabajo, "can a people who love bloodshed... become a peaceful and industrious people?" Ve las dificultades y otra vez censura lo que más le repugna de España, después de la absurda monarquía: las corridas de toros.
Poco más de tres meses después de publicar en The Sun "The Spanish Volcano", apareció en The Hour el otro periódico de Nueva York para el que escribió Martí en inglés el artículo que antes se citó, "Artistas españoles" ("Spanish Artists"), que aún no han recogido sus Obras Completas pero que forma parte del folleto "Seis trabajos desconocidos de Martí en The Hour", citado en la "Cronología", en el que repite las ideas y los juicios con los que empieza la siguiente crónica; allí dijo: "Hay mucho de los antiguos galos en los más modernos franceses, pero aún hay más de los godos en los españoles de todas las edades... Como cualquier otra capital, Madrid reserva la mejor acogida para los hombres y las cosas que tienen la virtud de ser extranjeros..."
En el discurso sobre Echegaray que pronunció Martí en el Liceo Artístico y Literario de Guanabacoa el 21 de junio de 1879, poco antes de que lo desterraran de Cuba, hizo mención preferente de las dos obras que aquí recuerda, "La esposa del vengador" y "En el puño de la espada", y de ésta hizo, como se verá, una descripción muy cercana a la de aquí: "... Un hijo se clava en el pecho cruel puñal que a mantenerse al aire, fuera padrón de ignominia y sentencia de muerte para su madre" (15, 99).
Habla de Cristino Martos como ejemplo de los políticos "prejudiced and weak" que pierden el tiempo en conciliar asuntos inconciliables; dice: "They make themselves conciliators in matters irreconcilable", palabras que repite casi verbatim et literatim, en situación semejante, al referirse a los liberales ante el nombramiento para gobernador de Madrid del general Ignacio María del Castillo: en ese escrito, publicado el 23 de febrero de 1882, en La Opinión Nacional, dijo de ellos: "... son vanas su humillación y mansedumbre, y pierden tiempo valioso en conciliar lo inconciliable" (14, 375).
Como se verá, Martí habla en "The Spanish Volcano" de los "winged albums" que tienen algunas mujeres con "autographs of illustrious persons, with vague lines written by poets, and sketches drawn by famous artists", lo que también aparece en uno de sus "Fragmentos" al decir: "En España, las mesas de los poetas estaban cubiertas de abanicos-álbumes [para los que] el ingenio de los poetas, no siempre fresco ni brillante [tenía que] crear aéreos madrigales" (22, 164). En esta crónica asimismo afirma que el mariscal Serrano, "at his estates in Andalusia... dreams of becoming a MacMahon... Sagasta dreams of becoming a Thiers; Canovas dreams of being a Bismarck; Pi Margall of being a Proudhon, and everybody dreams of being a Gambetta", ideas que están en el artículo antes mencionado sobre "Sagasta", donde afirma: "Il y a toujours une ressemblance entre les hommes de la politique espagnole et les hommes de la politique française. Castelar, par exemple, rève [sic] Gambetta. Le maréchal Serrano rève [sic] le maréchal MacMahon... Sagasta rève [sic] M. Thiers..." (14, 28) Por otra parte afirma aquí: "There are no more fraternal adversaries than Spaniards. Their discussions are violent, but friendly. Bad passions never warp good characters", opinión que repite dos años más tarde, el 4 de abril de 1882 en La Opinión Nacional: "Dice bien de España este odio al odio. Los cabecillas de los bandos se pondrán a punto de morir; pero una vez a este punto, darán su vida por salvar del riesgo a que los han expuesto sus rivales" (14, 441).
Hasta las figuras menores que se mencionan en "The Spanish Volcano" aparecen en crónicas posteriores de Martí: en ésta habla de la actriz francesa Ghinazzi, la cual "threw herself into a cage of lions to draw attention to her pretty Chinese face", anécdota curiosa que repite el 17 de octubre del año siguiente, en el periódico de Caracas, donde dijo, sin mencionarla por su nombre: "Una comedianta francesa, criaturilla encantadora, por ganar notoriedad, entró en un circo en una jaula de leones: cual si en ansia de brillante vida, la muerte le fuera preferible a una existencia oscura..." (14, 128)
Además de cuanto se ha dicho, se confirma la presencia de Martí en esta crónica al leer sus juicios sobre la mujer española, en particular la madrileña, sabiendo de sus amores con una de ellas en sus días de estudiante: tal parece que con su recuerdo aquí la describe: como hizo luego en "El centenario de Calderón" al hablar de "las modistillas hambrientas y elegantes" (15, 120) y de las "criadillas" de la "plaza de Oriente" (15, 124); o en el escrito antes citado, del 23 de febrero de 1882 en el que las recuerda como aquí: "... de tanto coser en las buhardillas frías, mueren, como a viento que segase todas las flores del prado, frágiles mujeres, monadas de almas amantes, que se van de la tierra sin empleo, [y] cruzan como parvadas de mariposas a quienes se están cayendo ya las alas, [o] andan de vuelta ya al hogar que vive del jornal de la pobre hija, por aquellas estrechas baldosas de las callejas de los barrios ruines, que alegran con su ingenuo regocijo, la flor humilde con que sujetan al pecho la mantilla, y el taconeo sonante de sus pies pequeños y veloces..." (14, 378) Y en "The Spanish Volcano": "The women of Spain, born for love, are not made for vice. Ennui, the great tempter, poverty, and the desire for sight-seeing which devours Spanish women may throw them into vice; but when they fall, they fall into the arms of lovers really loved. The world is blotted out. The glorious sun shuts his eyes and covers them with his great blue cloak. Sometimes they awake to reality and weep, but they are so thoroughly enmeshed that they again return to dreamland. Although they give themselves entirely to love, they are chaste and proud toward those whom they do not love. Vice is really repugnant to them... In Madrid, those poor birds of the street, though famishing with hunger, are seated upon their work benches, in love with their poor students..."

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"Rejoneando a la antigua usanza". Corrida de toros con motivo de la boda real, dibujo de Perea en La Ilustración Española y Americana. "¿Puede verse con tanta frecuencia la sangre sin que se le entre a uno por los ojos? Esa sociedad de toros, ¿no hace toros a los hombres?"
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EL VOLCÁN ESPAÑOL
La lava y la escoria dentro del cráter. El ruido que anuncia la tormenta.
Madrid: ciudad acogedora. El carácter español. El influjo de París. La mujer. Los chulillos. Las calles, los teatros y los cafés. Nobles y toreros. El poeta Echegaray y el mariscal Serrano. Cristino Martos y otros políticos: Sagasta y Salmerón; Pi Margall y Castelar. La república futura. El daño de las corridas de toros.
Nada es más grato que una amable acogida en tierra extranjera. El más pequeño favor parece el más grande regalo. Un sentimiento de gratitud nace hacia quien nos muestra aprecio sin conocernos. En todas partes se encuentran almas buenas. En las grandes ciudades hay gente que recibe al recién llegado con sonrisas cordiales y un cálido apretón de manos, pero ninguna es más acogedora que el noble y viejo Madrid. No importa de dónde vengan, para la inteligencia, la elegancia y la belleza siempre tiene Madrid los brazos abiertos. Si uno sabe ser amable y agradecer la mano que ayuda, se es bien recibido. Como flor calentada por el sol, el carácter de España se abre a la luz de la amistad, allí donde son buenas las mujeres y honorables los hombres. Los defectos del español nacen de la fermentación del país: de la pobreza, del desempleo, del exceso de imaginación, de las necesidades del vivir y del exagerado amor al lujo; pero sobrevive la esencia de su espíritu: una mezcla del rudo vigor gótico y del afeminamiento moro. El buen carácter es muy de España. En todos los hogares reciben con cariño al desconocido, lo invitan a comer y, si acepta, verá que a nadie en la casa le estorba su presencia. En algún momento todo español se siente un caballero de la Edad Media.
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París es una Circe que ha manchado la tradicional franqueza y los buenos modales de España. Por imitar lo francés, se ha perdido originalidad sin llegar a poseer la gracia inimitable y el exquisito refinamiento de la vida parisién. Como en tiempos de Boileau, sólo lo auténtico es hermoso. La invasión extranjera se ha consumado: para ser modista hay que ponerse un nombre francés, y uno italiano para ser cantante; se va de compras a la tienda extranjera, y los balnearios de moda son aquéllos donde no se habla el castellano. Pero la española está hecha para el amor y no para el vicio. El tedio gran seductor, la pobreza y el deseo de viajar que devora en España a la mujer, pueden llevarlas al pecado, pero la caída es en brazos de amantes a los que en realidad quieren. Se les acaba entonces el mundo: el sol desaparece y las deja sólo cubiertas con el manto azul del cielo, y cuando salen del sueño y ven la tragedia de su vida, sollozan, pero tan acostumbradas están a ese sueño que vuelven a él como por arte de magia. Se entregan por completo al amor, pero no dejan de ser castas y orgullosas con aquellos a quienes no aman, y ante el vicio sienten repugnancia. Pero la vida de
París es contagiosa. La española que regresa de la capital francesa vuelve frívola.
Mlle Ghinazzi entró en una jaula de leones para llamar la atención y para que la gente viera su cara achinada y bonita. Su ejemplo es bien elocuente. Hay mujeres en España, como las hay en París, que emplean hombres como doncellas y sirvientas. Esto, sin embargo, aún no está de moda. En las calles de Madrid se ven letreros en francés. Las empleadas en las tiendas tratan de hablar la lengua de Racine, y algunas compradoras que sólo tienen una idea vaga del idioma, a veces piden encaje cuando en verdad quieren terciopelo, y prefieren comprarlo antes de que se descubra su ignorancia. Los señoritos españoles encargan sus trajes a los bulevares de París, y en los bailes hablan un gracioso patois. Los temas más delicados se discuten en el lenguaje más incorrecto. En vano los académicos han escrito un libro sobre la ausencia de la mesa del rey del plato nacional, la olla podrida. La olla está desapareciendo como desaparecen las viejas lámparas de aceite, los monjes gordos y risueños y la misma monarquía.
Madrid se ha convertido en una ciudad francesa. Es triste, pero el influjo de la gran ciudad gala está perturbando y corrompiendo a las mujeres del pueblo esas criaturas débiles que guardan en su pecho el secreto de la felicidad de las naciones. En un país donde las esposas y las hijas de los trabajadores no son virtuosas, todo está perdido, y perdido para siempre. En Madrid esas infortunadas aves de la calle, aunque muriéndose de hambre, permanecen en los bancos del trabajo enamoradas de estudiantes pobres y soñando con pasear en coche durante el invierno y en carruajes abiertos durante el verano. Cuando el vivir es caro y los sueldos bajos, no siempre ignoran la voz que las invita a unir el atrevimiento de París con el fuego de España. Aunque saben que les mienten, se entregan preparadas a engañar a su vez a los que las han engañado. Un bajo nivel de moralidad daña la virtud de las mujeres pobres de la misma manera que una falsa idea del socialismo daña la virtud de los hombres. "¡Si no podemos mantenernos de pie", dicen, "caemos, pero tenemos que vivir". Es un grito de desesperación en un país donde no se saben apreciar las abundantes riquezas naturales. Así mueren el honor y la grandeza de los pueblos.
Esa influencia perjudicial, y la visible angustia que causa la imitación de usos y costumbres sólo entendidos en la superficie, han creado inquietud en las clases altas. Pero, a pesar de todo, la gente conserva la franqueza de Andalucía, la espontaneidad y la confianza en la honradez de los que acaban de conocer, rasgos que siempre han sido los encantos de la sociedad española. Su virtud no es falsa, y hasta sus vicios no carecen de cierto pudor. La española compensa su falta de educación con el encanto de sus ojos lúcidos, su donaire y su hábil empleo del abanico. Por lo general los abanicos están llenos de autógrafos de personajes ilustres, de versos de poetas y bocetos de artistas famosos. Son como álbumes alados. Se entra en un salón, y una dama le ofrece al visitante la mano y el abanico, y la etiqueta exige escribir en él un renglón amigo o una copla elegante. Una vendedora de cerillas, descalza y con una capa rota, y con la cara escondida en uno de esos singulares pañuelos que usan los chulillos especie de niños desgraciados que ejercen todos los oficios es dueña de uno de los más curiosos abanicos de Madrid. Los poetas y pintores que visitan el Café Suizo se lo han adornado con artísticas obras maestras.
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Los chulillos son interesantes criaturas. Como el Gravoche de Víctor Hugo, son héroes en harapos. Esos pilluelos en las calles de Madrid venden periódicos, flores y cerillas. Viven a base de pan, uvas y cerezas sin carne, porque es muy cara. No conocen ni el calor ni el frío porque tienen la fuerza que nace de la alegría del vivir. En una helada noche de diciembre un niño con periódicos bajo el brazo, frente al café Suizo, vendía La Correspondencia ese diario favorito de Madrid que contiene las noticias del día, reseñas de duelos frustrados, dramas de amor, chismes elegantes, elogios a tanto por línea e insultos a precio fijo. Todo lo personal, aunque sea pueril, encuentra lugar en sus páginas. Es un servil lacayo del gobierno. Su dueño, un judío, ha logrado todo tipo de honores y condecoraciones, inclusive un escaño en el Senado, con el que no sabe qué hacer. Era ése el periódico que el niño estaba pregonando. Un viento frío casi le congelaba las palabras en los labios. Salió del café un caballero, y le dijo: "Debes tener frío, muchacho". Entonces lo envolvió en su capa y lo llevó a su casa, le dio una buena cena y lo vistió con ropas de su hijo pequeño. A la noche siguiente otra vez el viento helado silbaba por las calles. El café estaba lleno, y el mismo chiquillo en la puerta vestía sus viejos harapos. Al salir del lugar el generoso caballero lo vio otra vez medio desnudo. "¿Dónde está la ropa que te di?", le preguntó. "Tuve que venderla, caballero, para comprarle una manta a mi madre". "¿Y no sientes tú frío también?" "Señor, ¿siente usted frío en la cara?" "No", contestó, y el chulillo le ripostó: "Pues yo soy todo cara", y se fue gritando "¡La Correspondencia!" Había dicho la verdad: su madre estaría con la manta nueva. De las filas de niños como ése salen los obreros, los vagos, los toreros y los bandidos.
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Los cafés españoles son únicos. Allí se estrenan los oradores. Allí se discute la esencia del amor, la teoría de Darwin, las aventuras de una marquesa y la política. Allí se leen poesías y se analizan las mejores obras de teatro. Allí los pintores esbozan cuadros, muestran sus diseños y cubren las mesas de mármol con sus creaciones. Los nombres de Schelling y de Hegel, del matador Frascuelo y de Calderón, el picador, están a la misma altura y se mencionan al mismo tiempo que el de Miguel Ángel y el de una descarada bailarina Roteña, y se compara a Sagasta con Homero. Y a pesar de alguna de esas maldiciones o juramentos que tanto gustan a los españoles, cuanto allí se dice se dice bien. Cada mesa tiene su orador, y con frecuencia una mesa está rodeada de oradores.
A las tres, cuando da el sol su calor más suave, si uno mira desde el ventanal de uno de esos cafés de Madrid, se sorprenderá del lujo que pasa por la calle. Todos, ricos y pobres, se pasean y van bien vestidos. Mujeres de tez fresca y niños traviesos forman grupos de pureza y de hermosura. Allá va el coche de la Marquesa de Santa Cruz, una noble y simpática anciana; por allí viene la carroza de la condesa de Superunda, una favorita de palacio; por otro lado cruza en su volanta la adorable condesa de Guaquí, o la de Zenobia ODonnell, la hija orgullosa del gran mariscal, casada con el marqués de la Vega Armijo; allí están los lacayos de la marquesa de Santiago, que fue antes bailarina, y está también el cochero de la duquesa de Santoña, una mujer del pueblo casada ahora con un duque que hacía sombreros. En El Retiro todas las damas saludan a la marquesa de Portugalete, orgullosa de su gran castillo, quien mira con desprecio a todos desde su balcón de piedra. Allá van los coches de los petimetres, los cuales, aunque necios, se siente pena por ellos ya que no tienen fuerzas para dominar a un toro por el rabo, como el Cid, ni dinero que perder en los caballos, como Lorillard. La gente que sufre el desprecio de los nobles sonríe cuando ve el coche de una marquesa que se rumora tiene amores con Frascuelo: cuando lo hirieron en la plaza, la multitud llenó las calles de Madrid, ansiosa por saber cómo estaba el torero. La escena hacía recordar el dolor de París cuando el gran Mirabeau estaba en su lecho de muerte. El rey mandó sus ministros a ver a Frascuelo, pero fue la marquesa la primera en escribir su nombre en el registro de visitas. Frascuelo había sido un chulillo, y después carnicero, pero ahora se presenta en la plaza de toros en un magnífico caballo negro que le regaló la marquesa. El encaje de su chaquetilla de seda azul es un recuerdo de esos amores. Cuando el toro cae herido a los pies de ese hombre fuerte y vulgar, un pañuelo, un abanico, un anillo o una bufanda de la marquesa vuela por el aire y cae al lado del animal que se va en sangre.
A veces se ve una encantadora criolla entre los paseantes. Aunque ya tiene casi cincuenta años, es famosa por su gracia y por su hermosura la marquesa de Serrano. Sus pequeñas hijas siempre la acompañan. En la boda del rey Alfonso con Cristina, la marquesa de Serrano estaba rodeada de los más ingeniosos admiradores. Su rival era una húngara, famosa en la corte de Viena, la soberbia y perfecta Diana, cuyo vestido nacional enseña más de lo que esconde: es Irma Andrassy, una estatua viva. Su belleza fascina a los elegantes invitados que se reúnen en el salón del mariscal Martínez Campos, muy considerado por los reyes, que así rinden tributo al pueblo triunfador. Como fue la Andrassy de dama de honor de la reina, se dijo que era más bella que rica. Las mujeres que ha desplazado la odian y dicen que había ido a España "a buscar marido".¡Ah, las mujeres de la Corte!
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Dos hombres en Madrid son conocidos tanto por la belleza de sus mujeres como por el papel que juegan en la historia de España. Son el general Serrano, un militar de gabinete, y el poeta Echegaray. Cuando sus mujeres aparecen en los palcos del Teatro Español atraen todas las miradas. La del poeta es una estatua griega con pelo de india. ¡Qué diferentes son los esposos! El mariscal está cargado de honores y se supone que es el padre del rey. Todavía es mujeriego, pulcro, cortés, discreto y hábil para halagar. Tiene una voz dulce y una sonrisa agradable. Con impaciencia espera el día en que de nuevo será el árbitro de los destinos de España. En su hacienda de Andalucía sueña con ser otro MacMahon.
Don José Echegaray es un genio fogoso que clama en los palacios por reformas. "Necesitamos aire nuevo", insiste, "y no podemos esperar". Su voz es terrible y profética. Echegaray es un orador atrevido. No aspira a ser ministro. Tiene demasiado amor propio e independencia para aceptar el poder cuando hay que comprarlo al precio de humillantes concesiones. En tiempos del rey Amadeo sacudió el trono desde la tribuna. En prudente silencio espera la caída de Alfonso. Los filósofos que no creen en los poetas están asombrados de la profundidad de su mente, y los inquietos poetas que no creen en los filósofos se encantan con su espléndida inteligencia. Echegaray quiere reformar el teatro y que circule sangre joven por las perezosas venas de los españoles. Le disgustan los dramas fastidiosos y las miserables imitaciones del teatro francés que rebajan la escena nacional. Como hombre de su época, en la que nada es seguro ni estable, Echegaray no sabe dónde encontrar temas para nuevas y vigorosas inspiraciones. Sus ojos están fijos en las grandezas del pasado. Al esforzarse en ser hombre de la época que desprecia, y que ha tratado con honradez de mejorar, Echegaray quiere escribir de las penas y vicisitudes del presente con la lengua de Calderón y la profundidad de Shakespeare. Le molesta que haya sido un francés quien inmortalizó los rasgos mejores del honor castellano. Después que Víctor Hugo escribió Hernani, Echegaray presentó En el puño de la espada, un drama en que el hijo se suicida con un puñal para que no se descubra la deshonra de su madre. Cuando se decía que la lengua de Lope de Vega había desaparecido, escribió La esposa del vengador, en que la vieja daga de España brilla como un diamante. Ante su conciencia muestra con brutal esplendor las verdades y los encantos de los más terribles conflictos. Nadie ha analizado con tanta habilidad como Echegaray los compromisos que llegan a hacer los hombres al amparo de recriminaciones mutuas, y nadie les ha dicho con mayor franqueza lo que deben hacer.
El mariscal Serrano es un epicúreo; Echegaray, un orador, un poeta, un ingeniero práctico y un espadachín: es un reformador único que trabaja por renovar las glorias del pasado con la quieta autoridad de la razón y no con el entusiasmo pueril del fanático. Serrano sueña con suceder al rey. Todos conocen la importancia de su ilustre nombre y de sus bigotes blancos, como conocen también su pequeñez. Es el hombre indicado para ser presidente de una república de aristócratas y de ricos. Echegaray, cuyos ojos le brillan tras las gafas, aspira a ser el rey del drama español, preludio de la caída del rey burgués de España.
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Otra famosa figura en Madrid esconde su ardiente mirada tras los lentes. Algunos hombres encarnan las ideas que profesan sin temer sus consecuencias: son los mártires. Otros sólo hacen las cosas a medias, y por débiles y sectarios pierden tiempo valioso en conciliar lo inconciliable: son los ministros en tiempos transitorios y de revolución. Cristino Martos es uno de esos hombres, hijo de su talento y producto de su voluntad y de su fuerza. Orador poderoso, fue el Mefistófeles del rey Amadeo. Martos es un gran oportunista quien con una palabra en las Cortes destruyó la fama de su amo y señor, don Nicolás Rivero. Martos es casi un ignorante. Por lo general sus conocimientos están basados en la intuición. Desprecia el estudio de los enigmas cuyo desenlace en un momento determinado podrá adivinar. Es perezoso como un napolitano, y sus ojos siguen el movimiento universal hacia el progreso. Con una poderosa inteligencia resuelve los problemas del porvenir, y con un lenguaje claro y enérgico expone el resultado de su pensamiento. Los buenos políticos deben poseer un talento: el de la inercia, que es a veces la acción. Martos posee ese talento y confía en el futuro, en lo inevitable. Su instinto lo ha preparado para lo que viene, y no perdería una hora de sueño por adelantar lo que de todas maneras ha de llegar. Ama sus ideas y jamás las traiciona. Sabe cómo dividir a sus enemigos y cómo entrampar a sus adversarios más astutos, pero, consciente de su poder, alguna vez ha permitido que su orgullo abra un abismo entre sus propios amigos después de que abrió otro para sus enemigos. Sin la actividad de Gambetta, tiene, sin embargo, su puntería, pero no el arte de aquél para hacerse popular. Es dócil, suave, elocuente y terrible, pero no es fuerte. Tiene talento político para destruir, aunque su buen gusto y su sentido artístico lo han salvado de convertirse en un demagogo. Pero le falta la voluntad, la grandeza y la resistencia necesarias para organizar un pueblo. El problema es igual en todas partes: el viejo mundo ha caído, y todos nacimos sobre sus ruinas. ¿Quién será el primero en unir, y en mantener unidos los elementos que se necesitan para formar de nuevo las naciones?
Martos tiene el juicio y la elocuencia de don Salustiano Olózaga, el orador que primero estremeció el trono de la reina Isabel con su frase memorable: "¡Dios salve a la reina!" Martos ha conseguido triunfos espléndidos como abogado: su inteligencia y su genio para la improvisación esconden sus escasos conocimientos. En defensa de delincuentes políticos ha demostrado su maravilloso tacto, usando un lenguaje tan convincente que no se le notaban los defectos. Él será el político más prominente de la revolución cuyo reflejo se ve ya en la transitoria monarquía de Alfonso. Hoy está asociado con demócratas de varias clases para combatir al enemigo común; mañana, cuando caiga el trono, cuando los teóricos se disputen el poder, cuando la gran cuestión que hoy mueve a Francia toque a España, Martos estará a la cabeza de los oportunistas, que son los vecinos más cercanos del radicalismo. ¡Sólo Dios sabe cuántos partidos habrá entonces en España! Cada uno tendrá su líder ilustre: las fuerzas sociales nacen de diversos intereses y de diversos prejuicios, los cuales, junto a los de cada persona, deciden de antemano la lucha de los partidos.
Sagasta está a la cabeza de un partido moderado e inteligente que se pliega a los dictados del poder. Esa postura no asusta a los que se adhieren a una monarquía con el espinazo roto, todavía con la esperanza de conservar sus riquezas en peligro. Todas las clases sociales tienen sus estadistas: los militares, que ayer fueron cadetes y que hoy presumen de sus éxitos, y del miedo mismo que inspiran al pueblo, los militares que no quieren perder su autoridad en un gobierno republicano y civil, tienen al mariscal Serrano. Para el simple y glorioso partido que purificó a Europa con aires de libertad en 1812, para los liberales intuitivos que aman la libertad mejor que la comprenden, para los niños pues son niños, sin que importe cuántos años tienen que fueron derrotados en su inicio infantil y heroico, a quien hoy siguen los campesinos y los tenderos que aún permanecen en el umbral del siglo XIX, para esos liberales hay un Ruiz Zorrilla. Para la república espartana, filosófica y monumental está Salmerón, el hombre de acero. Para la república imposible, tremenda, destructiva, renovadora y socialista, está el hombre de mármol, Pi y Margall. Y para la república literaria, elegante, coqueta, tranquila, brillante y conservadora, está el hombre de cera: Castelar. En su momento, Castelar puede conseguir el equilibrio de los elementos opuestos y apoyar sólo lo que por sí mismo haya logrado establecerse, pero su caballerosidad literaria y su gracia casi femenina han de suavizar la cólera y disminuir o evitar muchas catástrofes. Castelar es el Serrano de la mente. Como confía en el futuro poder, espera la hora propicia, y oculta su impaciencia con la excusa de un pensamiento conservador. Martos, su formidable adversario, no tiene la imaginación de Castelar, pero es más hábil que él; es menos elocuente, pero tiene más tacto. Castelar y Martos formarán una alianza conveniente en la contienda venidera. Castelar ha de compartir su triunfo con Sagasta, pero Martos sería más útil para la libertad.
Los hijos de las clases pobres llegarán inevitablemente al poder. Esos oradores y líderes de partido, como los de la monarquía reinante, son hombres del pueblo. Entre ellos sólo hay dos que puedan ser ministros y mártires: Salmerón y Pi y Margall. Las miradas de algunas mujeres llegan hasta el alma: los ojos de Salmerón la conmueven. La mente tiene sus Napoleones: Salmerón es uno de ellos. Como mano de médico sus ojos analizan, separan y examinan todo lo que está a su alcance. Con una sola mirada descubre el contenido y la profundidad de cualquier hombre. Para ser imponente sólo necesita hablar. El primer Cánovas sintió la presencia de Castelar en las Cortes, pero hubiera sido aplastado por la cuidada elocuencia de Salmerón. Es el trueno del Sinaí. Hay que haberlo visto en su cátedra en la Universidad, una cátedra que no abandonó ni en los días en que era jefe de la nación. Aunque es honrado y famoso, nunca tiene más de una docena de alumnos en su clase. Entra en el aula erguido y severo, con ojos de iluminado. Las palabras de este profesor de filosofía caen al principio lentas, dolorosas y pesadas, como fluyen las aguas de un arroyuelo, pero luego crece la corriente bajo la fuerza de su pensamiento hasta que corre amplia, libre y vigorosa como el agua de un potente río. Aunque pegado al estilo oratorio de la universidad, sus ideas tienen tanto peso, y su concepto de lo humano es tan comprensivo y amplio, que su estilo, afectado y molesto en otros, llega a parecer en este gran pensador sincero y natural. Como es de hierro, no se dobla. Al igual que él, su republicanismo es limpio y austero. Cuando no quiso firmar la pena de muerte de tres ciudadanos, abandonó el poder en medio de la crítica de los envidiosos y del aplauso de los fuertes. Castelar vive tranquilo en un barrio elegante de Madrid; Salmerón vive exiliado y pobre en París. Es un hombre que merece la gloria. Sin duda es el más vigoroso de los españoles. Alemán en la filosofía, es sajón en su método expositivo; en su sobriedad y su madurez, y en la elocuencia y el entusiasmo es un latino.
Pi Margall es otro apóstol de España. Es un buen viejo de barba poblada y ancha cabeza. Usa un lenguaje simple y profundo. Todas las tormentas de la época se esconden tras su aparente calma. No se le puede convencer de nada: él es un gran convencido. Seguro conocedor de la historia, la escribe de manera admirable. Es un perito en los sentimientos, y en la filosofía un sabio. De lo único que se siente orgulloso es de su modestia. Es un apasionado de la reforma social: con apuro clama por lograr la dicha de los infelices, y no oculta su opinión de que eso sólo se ha de lograr poniendo las manos de la destrucción y la violencia en los sistemas políticos imperantes. Cree que cuando el pueblo mata en lo político debe matar de manera completa. Su república es una virgen con un libro en la mano y una pica en la otra. Una república así inspira más respeto para su apóstol que para el programa.
Castelar tiene solamente que esperar y prever. Convencido de que andará sobre las ruinas, espera el paso de la tormenta. El país, ya de tendencia republicana, será república de nuevo; y su primer presidente debería serlo el buen mariscal Serrano, que ha sido casi rey, que es amigo e hijo de nobles y que tiene una infusión de sangre real en las venas. Un gobierno militar y conservador podría calmar los temores de la nobleza y de los ricos, controlar las impaciencias del pueblo y acostumbrar a los militares a los modos republicanos. Cuando se establezca sobre esas bases el gobierno, cuando los monstruos sean vencidos y se desprecie a los antiguos domadores, Castelar avanzará orgulloso, magnífico y sereno, con el apoyo del partido conservador y de la Europa republicana que lo adora, para tomar las riendas del poder. Es posible que eso sea sólo un sueño glorioso, ya que no se debe subestimar la fuerza de los monstruos.
Es interesante observar a Sagasta. Sus frases son látigos. Cuando habla en la Cámara nadie se siente seguro, pues pocos escapan de sus azotes. Su lengua desgarra como si fuera una fusta de Rusia. Aunque nacido del pueblo, sirve a los reyes, o parece que los sirve, aunque en realidad solamente sirve al pueblo. Él ayudó a poner en el trono a Alfonso, pero ayudará también a destronarlo. Se ríe de todo, hasta de sí mismo. Es buen orador aunque el sarcasmo le quita brillo a su palabra. Después de volver locos a muchos, morirá con la irónica pregunta del emperador Augusto en sus labios: "¿Habré actuado bien en la comedia?" Actúa bien, sí, pero se le ha descubierto el artificio. Los reyes ya no confían en él. Como navega con dos velas, es posible que un día llegue al poder, lo que sería ventajoso para el país. Es un mago de la astucia, y un digno adversario de Cánovas del Castillo. Sagasta sueña son ser Thiers; Cánovas con ser Bismarck; Pi Margall con ser Proudhon; y todos sueñan con ser Gambetta.
No hay adversarios más fraternos que los españoles. Sus polémicas, aunque violentas, son amistosas. Se hacen los más terribles reproches pero éstos no estorban sus relaciones personales. Las bajas pasiones jamás deforman sus caracteres nobles. Casi todos tienen una madre común, la pobreza, y un vínculo que los une, la inteligencia. Como verdaderos españoles se sienten orgullosos del talento de sus adversarios. Es raro que en sus discusiones asome la despreciable cabeza del odio.
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Pero, ¿puede un pueblo que ama la sangre de la corrida de toros, que lleva a la esposa y a la hija a ese espectáculo cruel de arena roja, que llena el aire de gritos por la agonía del toro moribundo, puede un pueblo así convertirse en un pueblo industrioso y pacífico? ¿Puede verse con tanta frecuencia la sangre sin que se le entre a uno por los ojos? Esa sociedad de toros, ¿no hace toros a los hombres? ¡Ay, alegres damas, nobles y ociosos jóvenes, pobres obreras deshonradas, toreros salvajes, autores imitativos, oradores brillantes, gitanos de ojos negros y labios que queman, mujeres que mueren de tedio, hombres inteligentes y perezosos, quiera el cielo cerrar para siempre las plazas de toros y callar a los cantantes borrachos y vulgares! ¡Quiera el cielo que el hambre de lujo les sea reducido a los españoles a fuerza de amor al trabajo, que las obras científicas sean tan valiosas como su encantadora poesía, que usen la inteligencia de acuerdo con los dones que recibieron de la Naturaleza! ¡Ojalá que pronto alumbre el día en que ninguno de sus hombres independientes y orgullosos llegue al hogar en busca del reposo del vivir, y oiga las palabras de una mujer que hace poco exclamó al ver en la plaza a un toro partir en dos un caballo muerto: "¡Jesú, qué toro tan divino!"
Un republicano español
The Sun, 19 de septiembre de 1880
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