Seis crónicas inéditas de
José Martí

Carlos Ripoll
Manuel A. Tellechea

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V ) LA FIESTA NACIONAL DE FRANCIA REPUBLICANA

NOTA
En el último párrafo del Manifiesto de Montecristi, el 25 de marzo de 1895, Martí censuró a los que trataban de mantener a Cuba atada a "la monarquía podrida y aldeana de España, y a su miseria inerte y viciosa". Esa visión negativa de la monarquía, tan presente en las crónicas de este libro, al igual que en toda su obra, encuentra lo opuesto al hablar de la Francia republicana. Acabada su estancia en Madrid, y camino a Nueva York, Martí pasó unos días en París a fines de 1879. Ya había estado en la ciudad, también en un mes de diciembre y por pocos días, en 1874, cuando visitó con su amigo Fermín Valdés Domínguez la Bastilla: terminados sus estudios iba entonces en viaje a México, donde se reuniría con sus padres y hermanas.

Muy poco se sabe de esta última visita de Martí a París. Por cartas y apuntes, y por los artículos que escribió después para diversos periódicos se sabe, por ejemplo, que en "la fête de Paris-Murcie" para recaudar fondos que ayudarían a los damnificados por una inundación en España, conoció a Sarah Bernhardt; que asistió a varios teatros, en los que vio obras de tema y espíritu republicanos que irritaban a los conservadores ("au grand mécontentement des conservateurs" (15, 220), dice en un Apunte) y que lograban enfebrecidos aplausos , y que Martí elogió porque mostraban una voluntad generosa, de parte de los autores, para reivindicar en la escena, como debía hacerse en todas partes, los derechos de los infelices ("ce généreux besoin de revendiquer sur la scène, comme partout, les droits des malheureux" [Ibid]). Y de esa breve estancia en París se llevó notas sobre los museos e información sobre escritores y políticos, igual que hizo en Madrid.

Como se habrá visto en la "Cronología" de este libro, el primer trabajo de Martí en The Sun apareció el 27 de junio de 1880, y es "The Court of Spain". Lo próximo suyo en ese periódico fue sobre una obra de Flaubert, el 6 de julio, pero se acercaba la fecha de la recién declarada fiesta nacional de Francia, y el director del periódico debió encargarle un trabajo sobre el acontecimiento. Al día siguiente de aparecer su artículo el Extremely aggressive cpa affiliate network New York Times daba así la noticia: "Yesterday was duly observed in Paris as the national holiday which it has been decreed to be... The day was the anniversary of the storming of the Bastille in 1789 and of the swearing fealty of the first Republic in 1790..."

Como vio Martí la monarquía española de Alfonso XII, al subir al trono Luis XVI, la francesa se tambaleaba. Y el rey fue tan torpe que no se dio cuenta de la situación del país: en su diario, el mismo 14 de julio de 1789, escribió sola una palabra: "Rien": según él, nada importante había sucedido. Pero el mundo se venía abajo: "el día que, con la Bastilla, vino a tierra, cual cáscara roída que da paso al águila naciente, el tenebroso mundo viejo", como escribió Martí el 23 de enero de 1882 en un trabajo de La Opinión Nacional; o como recordó en La Edad de Oro al celebrarse el centenario de la Bastilla: "Fue como si se acabase un mundo, y empezara otro" (18, 408). Y cuenta el proceso ahora en esta crónica desconocida: "The people were dying of hunger the hunger for bread, the hunger for liberty". Y tomaron la Bastilla, y para explicar lo que iba a suceder después, concluye: "The people, so many times bathed in their own blood, had at last learned the way to kill".

Dijo Martí en una ocasión: "Cuando tengo que decir bien, hablo. Cuando mal, callo. Éste es mi modo de censurar" (5, 95). Lo notable de la crónica que sigue es la de ser el único trabajo suyo dedicado a la Revolución Francesa, la cual, por sus excesos, nunca pudo admirar. No así la de Washington a quien cita, con frecuencia en elogio, en más de un centenar de páginas de sus Obras Completas y, juntándolos a todos, casi igual número de veces a los líderes de la emancipación americana Bolívar, Hidalgo, San Martín, Juárez. A Robespierre, sin embargo, lo menciona en sólo una página; a Danton, en dos; a Desmoulins, en cuatro; y a Marat, en diez, pero la mitad de ellas son por un óleo del mexicano Santiago Rebull,"Muerte de Marat", del que habló en 1876 en la Revista Universal, para censurar al sangriento Diputado que fue "siempre cruel [y] quiso ser monstruoso" (6, 396), mientras que Carlota Corday, quien lo asesinó, hizo, según Martí, un acto,"heroico: lo enérgico y sublime" (6, 395). Y da en ese estudio del cuadro su visión del acontecimiento revolucionario: "No murió Marat con morir, porque la tiranía de muchos produjo en la explosión muchos tiranos. Cada odio era un despotismo... El odio de la plebe le trajo [a Francia] una reacción de desgracias..." (6, 394-395)

"De Marsella vienen en Francia las tormentas", dijo en el trabajo antes citado de La Opinión Nacional, "de Marsella tomó nombre el himno de la libertad batalladora (14, 317)"; y en un fragmento dejó, en su pobre inglés, un germen de esta crónica sobre "La fiesta nacional de Francia republicana"; escribió: "Swept through the world the war song of Marseilles" (22, 39), y aquí, en el primer párrafo de esta crónica se lee: "The air is vibrating with the strains of the Maseillaise... Paris chants a war song..." ("En el aire vibran los acordes de La Marsellesa... París canta un himno de guerra...")

Toma de la Bastilla, el 14 de julio de 1789. "Fue el amanecer de una nueva era. Al salir el sol encontró a los franceses junto a la cárcel sombría dando gritos salvajes y amenazando con los puños. Rompieron las cadenas del puente y derribaron las puertas, y entró la tempestad en el abismo. El pueblo, tantas veces bañado en su propia sangre, había al fin aprendido a matar".

LA FIESTA NACIONAL DE FRANCIA REPUBLICANA

París está hoy en pleno festival. Truenan los cañones, las banderas ondean y vibran en el aire los acordes de La Marsellesa. Hay multitudes en los lugares públicos. Desde hace años nunca había estado tan alegre París. A la estación del Ferrocarril del Sur y a la de Saint Lazare llegan continuos trenes cargados de gente. Todos se mueven identificados con las esperanzas y los temores de 1789. Con ojos airados contemplan las hermosas casas de los bonapartistas, ahora de luto por la muerte del joven príncipe que reposa en silencio ¡el pobre! en una tumba solitaria de Zululandia. Aún no se sienten seguros de su victoria. En estas fiestas celebran aquellos momentos primeros del país el cual, aún no dueño de su destino, tuvo conciencia de su poder y de su fuerza. En aparente reposo París canta un himno de guerra. Los de las provincias responden al llamado. De esa manera Francia le dice al mundo que quiere seguir siendo una república. Los aspirantes a rey o a emperador están en el destierro, o son ciudadanos comunes, pero el pueblo, desconfiado, jura que no se dejará extraviar por esos destellos imperiales y feudales que aún como fantasmas se ven en la oscuridad.

Para este 14 de julio se ha levantado en la Place du Chateau dEau un altar en el que está entronizada la estatua de la Francia libre. Por la noche la luz eléctrica ha de iluminar la ciudad, pero el día tiene cargados de electricidad los espíritus. Todavía están frescas las viejas pasiones de la revolución. El antiguo Hôtel de Ville, que se hizo famoso el 13 de julio de 1789, ha sido reemplazado por uno nuevo cuyos ocupantes, inquietos y escandalosos, remedan ingenuos el papel de Desmoulins, Marat y Danton, lo que disgusta al magnífico Gambetta, opulento de voz y de carnes, de energía y de pensamientos.

Un hecho claro y simple, con el germen de las tormentas civiles, merece atención: si el gobierno no lo impide, una losa se ha de colocar sobre la tumba de Desmoulins y otra sobre la de Danton. ¿Será la próxima de Marat? Es probable que las autoridades no vean con agrado ni siquiera el homenaje a Desmoulins. En la sesión del 23 de junio pasado el Consejo Municipal le pidió al gobierno que sancionara ese tributo de respeto a los dos revolucionarios, y el ciudadano Jules Roche ha escrito lo que aparecerá en la losa del fogoso amante de Lucie y en la del orgulloso libertino, colosal hasta en sus vicios. Éstas son las inscripciones: "A Camille Desmoulins, el primero que llamó al pueblo a las armas el 12 de julio de 1789, y que así contribuyó, de manera decisiva a la toma de la Bastilla. París, agradecido, le rinde este homenaje. 14 de julio de 1880". La otra dice: "A Danton, uno de los principales organizadores del 10 de agosto de 1792. Al más poderoso inspirador de la defensa nacional. París, agradecido, le rinde este homenaje. 14 de julio de 1880".

Estas fiestas son una estrofa en la epopeya de la revolución, una revolución, según el juicio de Hippolyte Taine, aún no acabada ni historiada. Es verdad que creó una nación, pero la derrota de siglos de monarquía y feudalismo es tarea más

difícil, y todavía no se ha logrado. En París Le Gaulois, Le Figaro, LUnivers y LOrdre siguen defendiendo el viejo régimen: siembran pasiones que pretenden reemplazar la razón. Los periódicos republicanos, violentos pero honrados, hablan en un lenguaje solemne y sincero. En las gacetillas monárquicas vemos las pequeñas pasiones de los reyes, en los periódicos republicanos las útiles pasiones de los hombres.

Son interesantes los periódicos de hoy: se reviven los grandes episodios de la revolución. De nuevo se han de oír los Estados Generales, y se ha de comparar a Mirabeau con el trueno, y con el rayo a Desmoulins; y se recordará también al rey vacilante, a la reina infortunada, al sabio Bailly, el Hôtel de Ville, donde se forjó la descarga que destruyó la Bastilla. Los héroes de los Tres Días marcharán de nuevo. Con la mejor disposición, como siempre se alzan los pueblos, se alzó el pueblo. Los labios que sólo pedían que se respetaran sus derechos, besaron la mano del príncipe. Tanto preocupaba a Luis XVI el miedo de la corte de Austria que lo llevó al borde de la locura. El rey, honrado por naturaleza, fue tan débil que dejó de ser honrado. Se convocaron los Estados Generales: los franceses se morían de hambre hambre de pan y hambre de libertad. El clero, solemne, y la nobleza, con sus trajes espléndidos como lacayos de librea, siguieron el 4 de mayo de 1789 al rey a París. El día 5, en la reunión de los Estados Generales, rabiosos por el desaire, sentaron al Tercer Estado en un extremo del lugar mientras que el clero sonreía y con la mano en la espada los nobles rodeaban al rey. Al día siguiente, ya despiertas las pasiones, como serpientes empezaron a sisear. La nobleza no quiso unirse en las deliberaciones con el Tercer Estado, y éste, ignorando lo que se le había ordenado, formó la Asamblea Nacional. El rey dispuso su clausura, y el 20 de junio los diputados juraron no cejar hasta que la Constitución tuviera una sólida base. Espléndido y sereno Bailly la juró. Al aire se tiraban los sombreros, y como una tempestad resonaron las aclamaciones en todo el edificio. Los gendarmes se declararon en favor del pueblo, y a algunos los encarcelaron en la Abadía. El pueblo se congregó frente al Palacio Real, luego destinado a ver días terribles, y se lanzaron sobre él gritando "¡A la Abadía!" Las puertas cedieron y los soldados, ya libres, fueron cargados en triunfo. El rey despidió a Necker, la última esperanza del pueblo hambriento, y se le entregó el gobierno a los más arrogantes nobles. Las casas quedaron vacías. Apretado en las calles se veía al pueblo con los puños cerrados y la cara pálida, y a la cabeza del Regimiento Real el príncipe Lambese: bajo las patas de su caballo, masacró sin piedad al pueblo indefenso.

Se produjo entonces el levantamiento. París tomó las armas. Los trabajadores, con sus sombreros galos y sus ya famosos picos, llenaron las calles: tenían 12,000 armas de fuego y 50,000 picos. Se amenazó a los diputados, el rey estaba para huir; la misma Asamblea se encontraba en peligro de caer en las manos impías de los ejércitos extranjeros. La reina, cuya digna muerte oscureció las faltas de su vida, se paseaba en el jardín del palacio prodigando refrescos y sonrisas a los que iban a matar al pueblo, dándole ánimo a los oficiales con palabras dulces y halagos. El pueblo en avalancha se movía hacia adelante como lava saliendo de la entraña de un volcán en erupción. Y ya sonaban los disparos cerca de la Bastilla, el 13 de julio.

Fue una hermosa mañana la del siguiente día: el amanecer de una nueva era. Al salir, el sol encontró a los franceses junto a la cárcel sombría dando gritos salvajes y amenazando con los puños. Los treinta y dos soldados suizos y los ochenta y dos de los Invalides allí estacionados prometieron no disparar contra la multitud, que se dispersó para volver media hora después. Entonces brillaron los picos, y los gritos ensordecían. Rompieron las cadenas del puente y derribaron las puertas, y entró la tempestad en el abismo. Loca de entusiasmo, la muchedumbre llenó los largos pasillos tocando las paredes húmedas y registrando aquellos parajes donde habían asesinado y enterrado vivas a las víctimas. Llegó la artillería de los guardias. Se rindió De Launay. Los suizos huyeron. Los guardias protegieron a los Invalides. Y cayó la cabeza de De Launay, y por poco también su hija pierde allí la vida. En la punta de un pico aparecieron las llaves de la Bastilla. El pueblo tantas veces bañado en su sangre, había al fin aprendido a matar.

Un año más tarde, en el lugar de la vieja Bastilla, se puso un letrero que decía: "Baile aquí", y se bailó con alegría en 1790. Han pasado noventa años, y aún allí baila la gente, y siempre bailarán: pase lo que pase, jamás volverá a existir la Bastilla.

The Sun, 14 de julio de 1880

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