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José Martí

Carlos Ripoll

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MARTÍ EN TAMPA

TAMPA
DEL HARDMAN HALL AL LICEO DE TAMPA

LOS PINOS NUEVOS

Cuba y la Florida se unen por debajo del mar, y también en la historia. De Cuba salieron los españoles a poner la península en el mapa del mundo civilizado, y, aun antes del descubrimiento, cuando los empujaron hacia occidente los más antiguos salvajes de nuestra historia, algunos indios cubanos encontraron refugio en la Florida. Así parecen esas tierras desde lo alto un brazo que se extiende amoroso sobre el mar. No quiso un obispo rebelde, Morell de Santa Cruz, someter su fervor a una doctrina extranjera, y se convirtió en el primer exiliado político que llegó de Cuba a la Florida, cuando la toma de La Habana por los ingleses, en 1762. Siguieron luego los que habían luchado en la isla contra España, y los que por el abuso no quisieron permanecer en su patria: cuando Narciso López, después de desembarcar en Cárdenas, en 1850, se refugió en Cayo Hueso, ya había allí cubanos que dieron albergue a los expedicionarios. Pero el éxodo mayor empezó a partir de la Guerra Grande, y a aquellas emigraciones que se establecieron en la Florida "el ala del ejército mambí" debe Cuba buena parte de su independencia. En Tampa, Cayo Hueso, Jacksonville, Ocala, San Agustín y Gainesville encontró Martí el mejor escenario para su gestión revolucionaria, que no fue otra, en su esencia, que la unificación del exilio.

Cuba y la Florida desde un satélite a 540 millas de altura, en una foto propiedad del señor Rafael Llerena, quien autorizó su reproducción para este trabajo.

De algunos de sus recorridos por esas ciudades de la Florida tratan las páginas que siguen, y de las colonias de emigrados que allí encontró. Y también se habla en este trabajo de la fundación del primer municipio cubano en este continente, en el centro de la Florida, Martí City, especie de ciudad santa, hoy olvidada, en la que se ensayó una especie de socialismo utópico donde debía de triunfar la virtud sobre la coerción, y la armonía de las clases sobre su lucha; y que fue algo como un modelo de la República que hubiera querido Martí, la que iba a tener "a la derecha la chabeta del trabajador, y a la izquierda el rifle de la libertad".

TAMPA

El primer viaje de Martí a la Florida se produjo en noviembre de 1892. Lo invitó el Club Ignacio Agramonte, de Tampa, para que hablara en los actos patrióticos que allí habían organizado los cubanos. Una serie de acontecimientos culminaron en esta visita que dio inicio a la etapa decisiva en la preparación de la guerra.

Desde hacía algún tiempo Tampa competía con Cayo Hueso como centro productor de tabacos. Ya en 1885 el industrial valenciano Vicente Martínez Ibor, que había tenido que huir de los voluntarios de La Habana a principios de la Guerra de los Diez Años, estudiaba con su socio, el camagüeyano Enrique Manrara, la conveniencia de abrir una sucursal de su fábrica del Cayo en donde los jornales resultaran menores y no se produjeran tantos conflictos obreros. Tampa resultó el lugar indicado. Coincidió este proyecto de Martínez Ibor con el de un compatriota suyo, pero éste radicado en Nueva York, en el mismo negocio, también aprendido en Cuba, Ignacio Haya, quien por igual motivo quería trasladar su fábrica, aunque asimismo buscando clima menos riguroso. Un incendio en 1886, en Cayo Hueso, precipitó el traslado de "El Príncipe de Gales", la fábrica de Martínez Ibor, que había quedado destruida con una veintena más de manufacturas y 600 casas. El 30 de marzo de ese año, a las once de la noche, empezó el incendio en un café situado junto al club San Carlos donde, por curiosa coincidencia, una compañía de bufos acababa de estrenar un sainete titulado "No hay humo sin fuego", en beneficio de la señora Sara Tizón...

Ya al año siguiente, en un edificio construido para ese efecto, en la calle 14 entre las avenidas Octava y Novena de lo que iba ser Ibor City, en Tampa, operaba "El Príncipe de Gales", y poco después, en la Séptima y calle 15 se instaló la fábrica de Nueva York, "La flor de Sánchez y Haya". Desde varias ciudades de los Estados Unidos llegaron a Tampa obreros que prometían mejor fortuna para sus familias; poco después Lozano, Pendás y Compañía, también de Nueva York, abrían allí un taller, y enseguida apareció otro, de inversionistas locales, el de Emilio Pons. Los obreros organizaron entonces un gremio, filial de The Knights of Labor, para defender sus intereses, y a principios de 1887 se produjo una huelga en la fábrica de Martínez Ibor por lo que hubo disturbios que dejaron como saldo un muerto y varios heridos. En los años siguientes se formaron nuevas organizaciones: La Federación Obrera Cubana, la Liga Patriótica Cubana y, como "sociedad artística y literaria", El Liceo Cubano.

En sus demandas frente a las empresas, los obreros se mantenían unidos, pero en cuanto a sus ideas políticas estaban divididos: por una parte había españoles enemigos de la independencia de Cuba, y por otra cubanos que se empeñaban en mantener vivo el espíritu de la Protesta de Baraguá; había radicales y anarquistas que entendían que el movimiento laboral debía mantenerse ajeno a las luchas políticas, y contra ellos estaban los patriotas que aspiraban a derrotar a España y a establecer un régimen democrático y republicano en la isla. En El Productor, el periódico anarcosindicalista, que enviado desde Cuba circulaba en Cayo Hueso y Tampa, escribió el 25 de octubre de 1888 Enrique Roig, su principal animador: "Ajenos a toda idea política, lejos de perder sus fuerzas en inútiles luchas, que al fin y al cabo sólo habían servido para dividirlos, los trabajadores no deben ocuparse de otra cosa que de sí propios, sin preocuparles poco ni mucho la república o la monarquía, la democracia o el absolutismo..."

El enfrentamiento mayor de estos grupos se produjo el 1? de mayo de 1891, al cumplirse otro aniversario del conflicto obrero de Chicago que culminó en la muerte de varios anarquistas. José Rivero Muñiz, en su historia de "Los Cubanos en Tampa", describe así el hecho:

Con motivo de la celebración del Día del Trabajo, recién instituido... los grupos ácratas de Ibor City decidieron celebrar una manifestación pública, la que el primero de mayo de 1891 recorrió las calles de dicho barrio portando banderas rojas y cartelones con letreros alusivos al acto de referencia. La mayor parte de los manifestantes eran españoles y aunque a decir verdad los anarquistas de esa nacionalidad, residentes en Tampa, nunca se mostraron hostiles a la causa defendida por los cubanos, lo cierto es que durante el paso de la manifestación se dejaron escuchar, en distintas ocasiones, y muy especialmente cuando la misma cruzaba frente a la residencia de algún cubano de antecedentes revolucionarios, estentóreos gritos de "¡Viva España!" lanzados sin duda por gente despechada y deseosa de buscar a toda costa trifulcas entre emigrados e hispanos.

Esta provocación, sin embargo, tuvo resultados positivos para la causa de Cuba ya que se avivaron por ella, de manera sana y útil, los ánimos de los patriotas. Se formó un comité entre los que estaban Marcos Gutiérrez, de El Liceo, Esteban Candau, de La Liga, y Vicente Triana, que pronto estaría entre los fundadores del club Ignacio Agramonte, y decidieron hacer una manifestación para protestar contra la anterior. Por los mismos lugares donde los otros pasearon sus banderas rojas llevaron los obreros cubanos la bandera de Narciso López al tiempo que cantaban a coro, con el pueblo que los aplaudía, el Himno de Bayamo. Tuvieron tanto éxito en su protesta que decidieron fundar un nuevo club revolucionario, Los Independientes; y el día 10, recordando la muerte de Ignacio Agramonte, que había caído en Jimaguayú el 11 de mayo de 1873, con el nombre del héroe, fundaron otro, que vino a ser la puerta por la que entró triunfal Martí en la Florida.

El Hotel Cherokee, donde Martí pasó su primera noche en Tampa, en la calle 14 y Novena Avenida, muy cerca de la fábrica "El Príncipe de Gales".

DEL HARDMAN HALL AL LICEO DE TAMPA

Lo que resultó para la emigración de Tampa el enfrentamiento de los que eran indiferentes, u hostiles, a la independencia, y los que la querían, lo fue para Martí enfrentarse con el plan de los Estados Unidos para la anexión de Cuba, en el que eran cómplices algunas repúblicas americanas y hasta algunos de sus compatriotas: "los viles", dijo después, "son tan necesarios como los buenos para indignarlos, y levantarlos y sacarles las chispas". La Conferencia Internacional Americana, y la Conferencia Monetaria Internacional, a la que Martí asistió como representante del Uruguay, confirmaron sus sospechas de que los empujes expansionistas de los Estados Unidos ponían en peligro el destino de Cuba, y aun el de otros países de la América española. Era necesario estar alerta, y escribió en La Nación: "El que muestra rodillas flacas ya está en tierra. No hay que traer sobre sí un enemigo a quien no se puede derribar, ni hay que invitarlo a que se eche encima, con lo flojo de la oposición. No es cuestión de razas, sino de independencia o servidumbre". Y en una carta de aquellos días concretaba el juicio: "Cambiar de dueño no es ser libre".

Aunque Martí creyó que en las Conferencias se había frustrado "la sumisión humillante y definitiva de una familia de repúblicas libres, más o menos desenvueltas, a un poder temible e indiferente, de apetitos gigantescos", de aquella experiencia salió convencido de la necesidad de acelerar la independencia de Cuba y Puerto Rico. La emigración de Nueva York, con pocas excepciones, parecía dormida: en todo el año 1891, hasta que llegó el 10 de octubre, no hubo fiestas patrióticas. La última reunión de la Conferencia Monetaria tuvo efecto el día 4 de abril, y los cargos diplomáticos de Martí lo habían mantenido menos activo en la agitación revolucionaria, pero ese 10 de Octubre decidió que debía actuar. La invitación para el acto que se celebraría en el Hardman Hall, de la Quinta Avenida y la calle 19, decía: "Ni a lamentar, ni a hablar sin objeto nos convidamos unos a otros para nuestro 10, sino a enseñar que estamos aquí, en pie todos, amando y aprendiendo. Aquí no somos desterrados, sino fundadores". España movilizó entonces su red de espionaje: a los "desterrados" no los temía, sí a los que se consideraban "fundadores". Martí dijo en su discurso: "Venimos a caballo como el año pasado, a anunciar que al caballo le ha ido bien; que las jornadas que se andan en la sombra son también jornadas; que con las orejas caídas y los belfos al pesebre no se fundan pueblos; que no es la hora todavía de soltarle el freno a la cabalgadura, pero que la cincha se la hemos puesto ya, y la venda se la hemos quitado ya, y la silla se la vamos a poner..." Y aludiendo a los anexionistas dijo que había algunos cubanos que buscaban "en un poder extraño la salvación que no saben sacar de su voluntad"; y llamó a los que defendían un acomodo con España, a los autonomistas, "liberales de aguamiel", y les preguntaba: " ¿Para qué somos hombres, sino para mirar cara a cara la verdad? El que a ser hombre tenga miedo, póngase de alquiler, con el ambicioso que lo use y lo pague, y le defienda la casta o la mala propiedad..." Y al terminar su discurso habló de un coronel a quien le cercenó una bala de cañón la cabeza y no detuvo su ataque: "Ni el jinete cayó de su montura, ni bajó el brazo el sable: ¡y se entró por los enemigos en espanto y en fuga el coronel descabezado! Pues así somos nosotros amigos de la humildad y del sacrificio. ¡Éntrese nuestro caballo por el invasor y espántelo y derrótelo, aunque no se les vean a los jefes las cabezas!"

Paulina Pedroso y su casa, en Tampa. Cuando atentaron contra Martí se refugió en este lugar donde ella y su marido Ruperto lo cuidaban.

El agente secreto que España envió al acto rindió un curioso informe que se encuentra en el archivo del antiguo Ministerio de Ultramar, en Madrid, y que fue publicado por vez primera, con otros documentos de la época, en 1976, en el libro José Martí: letras y huellas desconocidas; en él se lee lo siguiente: "El meeting tenido anoche en el Hardman Hall, Calle 16a [sic] y 5a. Avenida estuvo de bote en bote, al extremo que muchas señoras y señoritas estuvieron detrás y de pie, y otras, por falta de lugar, tuvieron que marcharse". Luego comentaba los discursos de los demás oradores, Gonzalo de Quesada, Rafael Serra, Ricardo G. Garófalo, Rafael de Castro Palomino y el peruano Alberto Falcón; y termina glosando de manera caprichosa las palabras de Martí: "'Aquel potro del año pasado, caballo padre este año, no sólo conservó la silla, sino que ahora se le apretó la cincha, se le quitó la rienda y lleva un jinete sin cabeza que se entrará a pechos, espada en mano, por entre las filas enemigas y las derrotará poniéndolas, azoradas, en completa dispersión. Dijo de los autonomistas que si tenían miedo se alquilasen para servir de figurón en las orgías palaciegas; y concluyó, después de mil retruécanos, cerrando la sesión, 'por todos, con todos y para todos', en nombre de la patria".

A Tampa, inquieta y revolucionaria, llegó el discurso de Martí. Llamó la atención, en particular, su insistencia en la unidad, allí, donde imperaba el sectarismo: "¡Nosotros no somos aquí más que el corazón de Cuba, en donde caben todos los cubanos!" "Aquí recogemos, para el bien de todos, el alma que se desmigajaba en el país!" "Los de allá y los de acá no tenemos más que hacer que juntar con prudencia nuestros corazones..." "Labramos aquí, sin alarde, un porvenir en que quepamos todos..." Nació entonces la idea de invitarlo: así brillaría más la causa de Cuba, que aún se sentía lastimada por las imprudentes banderas rojas de los enemigos de la independencia. Néstor Leonelo Carbonell, presidente del club Ignacio Agramonte, le hizo la invitación a través de su amigo de Nueva York, Enrique Trujillo. Martí aceptó. Tiempo después dijo Trujillo, y con razón, que aquella visita había sido "nada menos que la primera piedra para una reorganización general de los cubanos en el extranjero". Y no fueron sólo las ideas de Martí, y las palabras, las que le ganaron el crédito, fue también el acto: decidido a entregarse a las tareas revolucionarias, y por la protesta de España, renunció sus cargos diplomáticos, que le producían buenas entradas... Con los 50 pesos que le giraron para el pasaje, Martí salió de Nueva York, y ya estaba en Tampa en la madrugada del 26 de noviembre. Entre lluvias y aplausos lo llevaron al Hotel Cherokee, donde pasó su primera noche en la Florida.

Al día siguiente visitó las tabaquerías, acompañado de los dirigentes de la emigración tampeña, Carbonell y su hijo, Ramón Rivero, Cornelio Brito, Ramón E. Cabrera... Por la noche fue la velada en el Liceo Cubano. El discurso de Martí encerraba todo su saber, su amor y su previsión, y su arte: "Para Cuba que sufre la primera palabra... Yo traigo la estrella y traigo la paloma en mi corazón... Se dice cubano y una dulzura como de suave hermandad se esparce por nuestras entrañas... Las palmas son novias que esperan y hemos de poner la justicia tan alta como las palmas..." Y terminó con la fórmula que había ensayado en su discurso del Hardman Hall, "con todos, y para el bien de todos", que iba a resumir su labor revolucionaria en un pasaje que no se conocía, de su carta a Serafín Bello, del 12 de octubre de 1889, y que publicó hace poco la revista Patria, en La Habana, Martí le dijo sobre las palabras "con todos y para el bien de todos": "ése es el lema de mi vida". Y en el medio de la oración esbozó el mejor programa, aclarando enseguida su exacto significado y su alcance: "Yo quiero que la ley primera de nuestra república sea el culto de los cubanos a la dignidad plena del hombre... O la república tiene por base el carácter entero de cada uno de sus hijos, el hábito de trabajar con sus manos y pensar por sí propio, el ejercicio íntegro de los demás, la pasión, en fin, por el decoro del hombre, o la república no vale una lágrima de nuestras mujeres ni una sola gota de sangre de nuestros bravos".

LOS PINOS NUEVOS

Volvió al día siguiente a sus trabajos de organización y proselitismo, y, por la noche, otro discurso, éste para la Convención Cubana, más breve que el anterior, en memoria de los estudiantes muertos en el 71: "No siento hoy como ayer romper coléricas al pie de esta tribuna, coléricas y dolorosas, las olas del mar que trae de nuestra tierra la agonía y la ira..." Fueron así sus palabras de reflexión y de luto, pero no de derrota. "¡Cantemos hoy, ante la tumba inolvidable, el himno de la vida!" Y terminó con la imagen que dio título a este discurso: desde el tren había contemplado esos inmensos pinares que sorprenden al viajero que cruza por vez primera el norte de la Florida "el paisaje húmedo y negruzco... el arroyo cenagoso... las cañas ásperas e hirsutas... la yerba amarillenta..."; y como señal de esperanza vio "en torno al tronco negro de los pinos caídos, los racimos gozosos de los pinos nuevos"; y eso eran, dijo, los cubanos que allí se levantaban sobre la inacción y el personalismo: "¡Eso somos nosotros: pinos nuevos!"

En la noche del 29, Martí salió para Nueva York. Dejaba a Tampa sumida en el entusiasmo de un proyecto común, y se llevó unos pliegos que aprobaron los dirigentes de las organizaciones locales: las Resoluciones que anunciaban el Partido Revolucionario Cubano, y que había hecho públicas en El Liceo, el día anterior, Ramón Rivero, el líder obrero anarquista y director del periódico Cuba; decían:

...Los emigrados de Tampa, unidos en el calor de su corazón y en la independencia de su pensamiento, proclaman las siguientes Resoluciones: Es urgente la necesidad de reunir en acción común, republicana y libre, todos los elementos revolucionarios honrados... La organización revolucionaria no ha de desconocer las necesidades prácticas derivadas de la constitución e historia del país, ni ha de trabajar directamente por el predominio actual o venidero de clase alguna, sino por la agrupación, conforme a métodos democráticos, de todas las fuerzas vivas de la patria; por la hermandad y acción común de los cubanos residentes en el extranjero; por el respeto y auxilio de las repúblicas del mundo, y por la creación de una República justa y abierta, una en el territorio, en el derecho, en el trabajo y en la cordialidad, levantada con todos y para bien de todos...

En la fábrica de tabacos de Vicente Martínez Ybor, en Tampa, acompañado del general Serafín Sánchez y de José Dolores Poyo (director de El Yara), éstos de Cayo Hueso; y de Eligio Carbonell (presidente de la "Sociedad Política Cubana Ignacio Agramonte", quien lo había invitado a fines del año anterior a Tampa), ambos de esa ciudad, y un grupo de tabaqueros que apoyaban el Partido Revolucionario Cubano.

Tiempo después los emigrados de Tampa, que tantos ejemplos de entereza moral y patriotismo dieron durante los últimos 10 años de la dominación española en la isla, suscribieron otras Resoluciones, hoy menos recordadas que las anteriores, pero que merecen lugar especial en la historia de Cuba. A mediados de 1893 los Estados Unidos sufrieron una crisis económica que afectó la industria tabacalera; así quedaron muchos obreros sin trabajo. España se aprovechó de esa situación ofreciéndoles a los desempleados la oportunidad de regresar a Cuba con sus familias: esos viajes de la comunidad cubana en el extranjero desacreditaban al exilio y daban la impresión ante el mundo de que los emigrados, al ver fracasada su oposición a España, habían decidido volver a su patria. Martí vio el peligro y se lo explicó a los cubanos de Tampa, y éstos acordaron hacer públicas esas Resoluciones en que decían:

Considerando que los emigrados cubanos están en el deber de hacer pública, cuantas veces lo estimen necesario, su irrevocable aversión al gobierno de España y su inextinguible aspiración de ver a Cuba libre e independiente... Considerando que para alcanzar tan nobles propósitos se hace necesaria la guerra inevitable, para hacer de un pueblo esclavo un Estado libre y soberano donde quepan por igual todos los hombres de buena voluntad... Considerando que la mala situación del país y el mal estado económico de esta localidad ha obligado a ir a Cuba, por socorro del gobierno español, a muchas personas, cubanos y españoles, motivo por el cual el gobierno de España y sus satélites pretenden hacer aparecer ante el mundo a los cubanos revolucionarios como rendidos a la tiranía española y desertores de la causa de la independencia de Cuba..., resuelve que la emigración cubana separatista de Tampa declara ante el mundo que, por ningún concepto, sean cuales fueren las circunstancias porque atraviesen sus componentes, aceptará concesión alguna del gobierno de España, y que por nada de este mundo dejará de trabajar porque la nación española reconozca la Independencia de Cuba, merced a la revolución separatista, por la cual se aceptan los horrores del destierro a las dulzuras de la tierra natal...

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