Páginas sobre
José Martí

Carlos Ripoll

  Índice general
  Índice particular
  Búsqueda

fondob.gif (357 bytes)

 

ARTE

LA PLAYA DE "LOS ZAPATICOS DE ROSA"

MARTÍ Y BATH BEACH
LA ABEJA DE BATH BEACH
EL COTTAGE EN LA PLAYA

EL OTRO BATH BEACH

Era Bath Beach, a fines del siglo pasado, de los mejores refugios para huir de los calores de Nueva York. Aparte de sus atractivos naturales, la playa de Gravesend Bay tenía fácil comunicación con Manhattan: en poco más de media hora se iba en tren hasta la calle 39 de Brooklyn, donde se tomaba un ferry para cruzar la bahía de Nueva York y desembarcar cerca de Wall Street. Se podía también ir en barco, pues en Bath Beach había buenos muelles para los yates de los clubs que allí tenían lujosos edificios, y para las embarcaciones que llevaban pasajeros a los hoteles, villas y residencias del elegante balneario.

En esta foto de 1888 aparece una parte de Bath Beach, "La playa de los 
zapaticos de rosa".

Tren del Bath Beach & West End Railroad en el que se iba a "La playa de los zapaticos de rosa".

Fue en esa playa donde Martí halló tema y motivo para una de sus más conocidas composiciones, "Los zapaticos de rosa", aquellos versos en los que se encuentran dos niñas y dos madres, una familia rica y una familia pobre, y en los que se exalta el triunfo de la caridad.

MARTÍ Y BATH BEACH

Carmita Mantilla, la fiel amiga de Martí, se dedicaba al negocio de casa de huéspedes: en una de ellas, en el número 51 de la calle 29, entre las avenidas Park y Madison, se hospedó Martí en 1880, al llegar por segunda vez a Nueva York. Viuda desde 1885, en una casa de Bath Beach en la que subarrendaba habitaciones, pasó algunos veranos en compañía de sus cuatro hijos, y por supuesto, de Martí, para quien fueron los Mantilla su verdadera familia.

El Grand View Hotel, en una foto de 1890, una de las lujosas construcciones que había en la costa de Gravesand Bay.

En unos "Recuerdos" que publicó el pintor Federico Edelman en 1927, en el Diario de la Marina, contaba cómo había conocido a Martí: "Nunca podré olvidar", dijo, "aquella tarde de fines de julio de 1889 en que tuve la inefable satisfacción de conocerlo en su histórico despacho de 120 Front Street. Le fui presentado el mismo día que desembarqué, por su íntimo amigo de la infancia, y tío político mío, Antonio Carrillo y O'Farrill... Salimos al poco rato Martí, Carrillo y yo para dirigirnos a Bath Beach, Long Island, lugar de temporada en donde había de pasar el verano en casa de mi tía Irene Pintó de Carrillo, lugar donde también veraneaba Martí, circunstancia ésta que me proporcionó la oportunidad de verlo a diario desde que lo conocí, durante todo aquel verano".

Algunas veces no encontraba Martí la tranquilidad necesaria para su descanso en aquella casa de larga familia y frecuentes visitas. En una carta al uruguayo Enrique Estrázulas, le escribe desde Nueva York, en el verano de 1888: "Yo vine ayer de Bath Beach, que ya sabe que está de Coney Island poco más lejos que Sheepshead Bay. Pero tanta gente extraña afluyó a la casa, so pretexto de enfermedad o de parentesco con Carmita, que la agarofobia se me enconó, y he vivido sin gusto para admirar a mis anchas los árboles".

"Bien sabe la madre hermosa / Por qué le cuesta el andar. ¿Y los zapatos, Pilar, / Los zapaticos de rosa? (Foto de 1890)

Los versos de "Los zapaticos de rosa" aparecieron en La Edad de Oro a fines del verano de 1889, que por el testimonio de Edelman sabemos Martí pasó en Bath Beach. Entre los exclusivos balnearios de la playa había uno para los niños pobres: allí tenía la New York Children's Aid Society una residencia en la que pasaban algunos días centenares de desamparados: un periódico de 1893 da la noticia de que el millonario John J. Astor había pagado los gastos para llevar de vacaciones, en grupos de a trescientos, hasta cinco mil niños en aquel verano.

En una de sus crónicas para La Nación, de Buenos Aires, fechada el 3 de agosto de 1888, Martí hablaba de una de aquellas "excursiones de caridad, en vapor de ruedas", donde también él iba, pasajero a Bath Beach, donde se lee: "No es el estío de Nueva York odioso por lo que arde, que mientras dura el león por el cielo es mucho, sino por lo que atormenta a la gente infeliz que no tiene más parque que el techo de las casas, o el fresco de las baldosas que con la luz de la luna parecen menos quebradas y miserables. De los techos de las casas de vecindad, que son las más en los barrios pobres, cuelgan racimos de piernas". Y Martí, siempre listo a reducir la peligrosa admiración que sentían en las tierras del sur por todo lo yanqui, agregaba:

También eso se ha de venir a ver aquí, no sólo Saratogas y Long Branches, y los Tuxedos, donde los mozalbetes sin quehacer, que rechupan el puño del bastón en el invierno, imitan, de casaquín y calzón de punto, la caza de la zorra en Inglaterra... Muy hermosas son estas playas, y las de Atlantic City, donde va lo mejor de Filadelfia, y tantas más, pero ha de conocerse también lo triste. El hombre acaba por envilecerse, y la mujer por afearse, cuando no templa de vez en cuando el amor exclusivo a su bienestar con el espectáculo de la desdicha ajena. Sólo es feliz el bueno.

"Yo tengo una niña enferma / Que llora en el cuarto obscuro, / Y la traigo al aire puro / A ver el sol y a que duerma" (Foto de 1890).

Pero, por su espíritu de justicia, Martí siempre tuvo también el cuidado de señalar junto a sus defectos lo que veía positivo en la sociedad norteamericana; y añadió enseguida: "Suele haber compasión entre los pudientes, y es justo decir que hay muchas sociedades, de señoras sobre todo, que cuidan de enviar por días, y aun por semanas, a los niños pobres a la orilla del mar, donde les tienen campo libre, baños salados, tíovivos y columpios". Y al llegar a esta parte de su crónica, sueña con darle todo a aquellos niños menesterosos, igual que hará luego la señora rica de "Los zapaticos de rosa", cuando descubra la miseria de la otra madre y de su hija enferma; entonces escribe:

Se quisiera ser lluvia de oro, y sol, y aire puro, y tienda de ropa, y zapatería, cuando se les ve llegar en fila, encogidos y medrosos a los muelles de donde los llevan a las costas vecinas los vapores del río. Vienen a cientos, con un orden que aflige. Se hablan cuchicheando, como si estuvieran en la iglesia. Algunos, los más cuidadosos, traen un bulto, donde la madre puso juntos bajo una toalla desflecada, un pastel de ruibarbo y una muda de ropa. Pero pocos cargan bultos, casi ninguno lleva sombrero. De diez, uno tiene zapatos. Color, lo ostenta apenas, más como mancha de fiebre que como flor de la piel, algún hijo de italianos o de griegos. Las orejitas de las niñas no tienen gota de sangre...

No cabe duda de que una de aquellas niñas, descalzas y pálidas por la enfermedad y la miseria, fue la que recibió de Pilar, compadecida, sus zapatos. La niña rica la encontró al alejarse de su mamá, hacia el lugar que describe Marti en sus versos:

Lo alegre es allá, al doblar,
En la barranca de todos...
Dicen que suenan las olas
Mejor allá en la barranca
Y que la arena es muy blanca
Donde están las niñas solas.

Pilar se fue hacia ellas, "... allá, donde muy lejos,/Las aguas son más salobres, /Donde se sientan los pobres,/Donde se sientan los viejos". Debió producirse el encuentro en los alrededores de la Summer Home, de la Children's Aid Society; y cuando "Pasó el tiempo, y pasó/Un águila por el mar", se supo del gesto que conmovió a cuantos en la imaginación poética de Martí estaban presentes, y luego a todo el que ha leído la tierna descripción. Pilar había regalado a la niña pobre sus zapatos. He aquí el encuentro de las dos madres:

...Yo tengo una niña enferma
Que llora en el cuarto oscuro,
Y la traigo al aire puro,
A ver el sol, y a que duerma...

Me llegó al cuerpo la espuma,
Alcé los ojos y vi
Esta niña frente a mí
Con su sombrero de pluma...

No sé bien, señora hermosa,
Lo que sucedió después,
Le vi a mi hijita en los pies
Los zapaticos de rosa...

Y como la generosidad, al igual que la alegría, se contagia, la mamá rica quiso darlo todo a la pobre:

...Abrió la madre los brazos:
Se echó a Pilar en su pecho,
Y sacó el traje deshecho,
Sin adornos y sin lazos.

Todo lo quiere saber
De la enferma la señora:
¡No quiere saber que llora
de pobreza una mujer!

"¡Si, Pilar, dáselo! ¡Y eso
También! ¡Tu manta! ¡Tu anillo!
Y ella le dio su bolsillo:
Le dio el clavel, le dio un beso.

En "la barraca de todos", de que hablan los versos de Martí, estuvo el primer balneario para niños pobres de este país; aquí se ve un grupo de ellos en el "tiovivo" de Bath Beach (Foto de 1895).

Fue por la lección de caridad que esta poesía apareció dedicada "A mademoiselle Marie", a María Mantilla, la niña preferida de Martí, la hija menor de Carmita.

LA ABEJA DE BATH BEACH

Cuando María Mantilla fue a La Habana, en 1953, con motivo del centenario de Martí, la entrevistó mi maestro Félix Lizaso. Luego publicó en la revista Bohemia los recuerdos de aquella señora de setenta y tres años que había sido la "Mademoiselle Marie" de "Los zapaticos de rosa"; contó Lizaso:

Con frecuencia salían a caminar juntos, y de esos paseos conservaba algunas fotografías. Entre ellas hablamos de aquélla hecha en Bath Beach, en que están sentados en un banco, cerca de un árbol. Martí le había dicho que se estuviera inmóvil, pues una abeja la rondaba. Ella lo hizo así, pero de todos modos la abeja la picó en la frente... Y agregaba que esa tarde, como casi siempre, Martí estaba escribiendo, y aprovechó el incidente de la abeja para recogerlo ese día en sus Versos Sencillos. Y estando juntos esa tarde, había pasado cerca un fotógrafo ambulante; el que les hizo aquella fotografía que ella guardaba como uno de sus tesoros, y que a pesar de ser un daguerrotipo ha conservado bastante nítida la imagen.

El episodio de la abeja está recogido en una cuarteta de la composición inicial de aquel libro, donde hay como una autobiografía lírica: su carácter, sus gustos, sus experiencias, sus penas y afectos; y los momentos supremos de su vida: cuando fue condenado en La Habana, cuando murió su padre, cuando lo abandonaron la esposa y el hijo. Y entre ellos incluyó el dolor de ver sufrir a María:

Temblé una vez, en la reja,
A la entrada de la viña,
Cuando la bárbara abeja
Picó en la frente a mi niña.

El temblor se entiende por el cariño que siempre sintió por María Mantilla, que él vio nacer, y de la qué fue padrino. Blanca Zacharie de Baralt ha contado cosas valiosas, aunque no siempre exactas, de los años de Martí en Nueva York. Nadie sobre él ha escrito con tanta autoridad: aquella culta francesa conoció a Martí en 1883, aún soltera, cuando tenía 18 años; fue confidente de Carmita Mantilla, de quien era primo su esposo, Luis Baralt, también íntimo de Martí, con quien se casó en 1886. En su libro El Martí que yo conocí asegura que María "fue el ser que más amó en el mundo Martí", y todo lo confirma: desde Baracoa, un mes antes de su muerte, le escribió:

Ah, María, si me vieras por esos caminos, contento y pensando en ti, con un cariño más suave que nunca, queriendo coger para ti, sin correo con que mandártelas, estas flores de estrella, moradas y blancas, que crecen aquí en el monte. Voy bien cargado, mi María, con mi rifle al hombro, mi machete y revólver a la cintura, a un hombro una cartera de cien cápsulas, al otro en un tubo, los mapas de Cuba, y a la espalda mi mochila, con sus dos arrobas de medicina y ropa y hamaca y frazada y libros. Y al pecho tu retrato.

Martí y María en Bath Beach, la playa de "los zapaticos de rosa".

La foto de que habló la que fue después señora de Romero, madre del artista de cine César Romero, es bien conocida. La niña, mohína y seria, como que aún padece el recuerdo de la abeja. La mano derecha de Martí, abierta y protectora, con la que atrae a María, dice mucho de su amor por ella; y en la izquierda el sombrero, sobre la pierna cruzada.

EL COTTAGE EN LA PLAYA

No era fácil averiguar dónde estuvo la casa donde vivió Martí en Bath Beach. La única referencia que se conserva del lugar aparece en una carta de Martí a Teodoro Pérez, el rico tabaquero de Cayo Hueso que tanto ayudó a la revolución cubana. En junio de 1893 fue a Nueva York para ver a Martí, quien le escribió desde la playa:

Teodoro querido: Por supuesto que quiero abrazarlo enseguida. Ayer bajé a verlo y volví deshecho. Lo espero con ansia para contarle cosas buenas; no salgo, no puedo salir de este rincón donde a toda hora lo espero. He aquí las señas: The Bloom Stead Cottage de Birmeng, South Bath Beach, casa de Mrs. C. Mantilla. Toma al pie de Battery Park el vapor amarillo de South Brooklyn, y del otro lado toma el ferrocarril a Bath, sigue tres cuadras a la vuelta derecha, a mitad de la cuadra, está la casa blanca. Venga enseguida a ver a su agradecido José Martí.

Hace unos muchos años recorrí la zona donde supuse estaría la estación, con la esperanza de hallar, no ya la casa, que era improbable existiera, sino, al menos, el lugar donde se encontraba. Me acompañó en aquella pesquisa César García Pons, el ilustre escritor y fervoroso martiano. Con información tan magra resultó un empeño imposible. Ya no existían ni el ferrocarril ni su paradero, y sólo nos pudo orientar algo un viejo sacerdote de la Saint Dumbar Church, en la calle 17 y Benson Avenue, donde en tiempos de Martí hubo otra iglesia, nos dijo, que se llamaba Saint Finnibar's Church. Nos habló el amable anciano de algunas familias que recordaba, de sus primeros años allí, pero nada sabía de aquel cottage con el poético nombre de Bloom Stead, pues no había lugar en Bath Beach donde brotaran flores... Caminamos en varias direcciones, casi sin punto de referencia, pero sólo encontrábamos edificios recientes y calles que nada decían del pasado. Ante el espectáculo tan distinto de como imaginamos aquellos lugares, mi acompañante repetía a cada rato los melancólicos versos de François Villon: "¡Ou sont les neiges d'antan!" Aquello no podía ser el Bath Beach de Martí. Nos habríamos equivocado. Y renunciamos al empeño convencidos de que nunca se podría descubrir lo que nos interesaba.

Años más tarde, ya muerto el inolvidable compañero de mi visita a Bath Beach, la casualidad me puso frente a un dato curioso que podría resolver el misterio. Revisando el número de 1921 de la Revista Martiniana, encontré una explicación del sombrero de Martí que se conserva en el Museo Nacional de Cuba. Allí había llegado por donación de Carlos Carbonell, quien a su vez lo había recibido, en Santiago de Cuba, de un tal William A. Zell, quien decía haber sido vecino de Martí en la playa. La revista reproducía traducida, la carta con que Zell acompañó el regalo; daba esta información:

Cuando el señor Martí se embarcó para Cuba, vivía en el piso de una casa que está situada en la calle 18 Bay, entonces Avenida 18, en Bath Beach. Mi casa se encuentra al fondo de la misma, en la calle 17 Bay, en donde yo vivo desde el año 1881. Una vez mudado el inquilino que ocupaba el piso en cuestión, los dueños de la casa se encontraban barriendo y limpiando los suelos, y como mi esposa era amiga de ellos, estaba presente por casualidad. Entre otras cosas dejadas por esos inquilinos se encontraba el sombrero que el dueño de la casa, ignorando la personalidad política de Martí, se disponía a tirarlo a la calle. Pero mi esposa, sabiendo quién era, pues yo le había dicho que era el jefe y el alma de la revolución cubana, lo conservó como un recuerdo del inmortal Martí.

Con estos datos ya sabía que el cottage estuvo en 18 Bay, pero esa calle se extiende por muchas cuadras, y Zell no aclaró cuál era la suya. Decidí entonces continuar la investigación que ya parecía labor de detective. Fui al Registro de la Propiedad, esta vez en compañia de mi muy valiosa ayudante Linda B. Klein, pero no conservaban noticia de tan antiguas inscripciones; y en los viejos directorios de la Biblioteca Pública de Brooklyn no aparecía mencionado el supuesto vecino de Martí. Llegué a dudar de su veracidad, pues ya tenía sospechas por aquella afirmación, que sabía errónea, de que Martí vivía en Bath Beach cuando embarcó para Cuba. Antes de salir hacia Santo Domingo, en el invierno de 1894 a 1895, Martí estuvo de viajes, a Tampa, Cayo Hueso, Jacksonville, con las angustias de la guerra inminente, con la pena del fracaso en Fernandina. ¿Cómo podía haber estado en Bath Beach en pleno invierno, antes de embarcar el 31 de enero de1895, perseguido por los espías de España, y con tantos asuntos que atender? Y la Revista Martiana aclaraba que la carta que reprodujeron era lo único que se sabía de aquel norteamericano.

La Long Island Historical Society, en la calle Pierrepoint número 128, de Brooklyn, donde se encontraron los documentos y los mapas con los que se pudo determinar dónde estuvo el Bloom Stead Cottage en el que vivió Martí.

Por fin, con la ayuda eficiente de mi alumna, pude encontrar un antiguo plano de Bath Beach, en la biblioteca de la Long Island Historical Society. Allí estaban los nombres de los propietarios de las casas y terrenos, y las fechas en que los habían adquirido. Allí aparecía William A. Zell como dueño de la situada en la parcela 14 de la calle Bay 17, entre Bath Avenue y Rutherford Place. En eso no había mentido, según lo probaba aquel Atlas, publicado en 1898. La casa del fondo, que sería la que alquilaba Carmita Mantilla durante los veranos, ocupaba la parcela 4 del mismo lote, y sus propietarios habían sido Daniel W. Morris, hasta 1890, y después John Koester, quien debió regalar al buen americano Zell el sombrero de Martí. Ante aquellos mapas no fue difícil determinar que el famoso Bloom Stead Cottage debió encontrarse en un terreno de 100 pies de frente, al cruzar de un establo, a 225 pies de la esquina de Bath Avenue y la calle 18. Y allí también estaba indicado lo que fue el ámbito de la poesía: los hoteles, los clubs de lujo, la orilla de la playa, la barranca de los pobres...

EL OTRO BATH BEACH

Con esta precisa información fui otra vez a la playa de "Los zapaticos de rosa". Estuve en el sitio del cottage, y cuadraron las señas de la carta a Teodoro Pérez, y en el lugar de la estación de los trenes, en el del Hotel Lowery, en el del Brooklyn Yacht Club, en el de la barranca de los niños pobres, en el del establo de Stern, al cruzar la calle. Ya no podía dudar: aquél era el escenario, muy cerca de donde antes estuve. Pero otra vez allí no había más que gentes y fachadas grises, y calles de sombras. De playa sólo le quedaban a Bath Beach las olas, que ahora contiene un muro de piedra, y un recuerdo de arena en el nombre. Me tuve que acordar de Villon: "¿A dónde van las nieves de antaño?" ¿cuál sería "la calle del laurel" donde "la madre cogió un clavel/ y Pilar cogió un jazmín?" ¿A dónde habrían ido a dar "el aya de la francesa", y aquella anónima "inglesa" y aun "Alberto, el militar"?

Me sentí defraudado. Pero cuando me iba, me puse a pensar si la ilusión de lo real no me habría escondido la realidad verdadera, y descubrí el engaño. Bath Beach no era aquello, quizás nunca lo había sido del todo. Bath Beach estaba en el refugio que le construyó Martí, con sus señoras de sombrilla y sus caballeros de bastón, con su aire puro y sus flores, y las niñas de balde violeta y las niñas descalzas. Recordé los prodigios de la poesía, su milagro de salvación: en ella estaba cuanto había buscado. En verdad las señas no eran las de la carta, eran otras, quizás las de la estrofa última de aquellos versos de playa, las de "...la mariposa/Que vio desde su rosal/Guardados en un cristal/Los zapaticos de rosa". Y también pensé, antes de irme, en el encuentro de las dos madres, no allí donde me hallaba, sino en el otro Bath Beach, con su cottage ya para siempre florido, el de la urna que vio la mariposa, donde se entiende cabal el gesto de aquel día de "sol bueno y mar de espuma", cuando la niña Pilar quiso "salir a estrenar / su sombrerito de pluma".

Subir