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José Martí

Carlos Ripoll

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ARTE

LA PINTURA Y EL PINTOR EN JOSÉ MARTÍ

LA REVISTA ARTÍSTICA
EL DIBUJANTE

EL ILUSTRADOR

LA TRANSPOSICIÓN

CONCLUSIÓN

Se ha dicho que en todo poeta hay un crítico y en todo crítico un poeta; y es cierto: el acto creativo esta acompañado de una valoración, más o menos consciente, que aprecia la obra; y el ejercicio de la crítica, a su vez, exige un saber mínimo del oficio del artista. No quiere esto decir, desde luego, que pongan en práctica el quehacer del otro, que el poeta se ejercite de crítico y, al revés, que el crítico haga poesías, ni aun que sepan manejar el arte que no es suyo: basta la potencialidad del oficio, o su simple adivinación. Pero en Martí se dan cabales los dos, en el justo significado de esos términos: crítico, por sus orígenes, el que califica y estima; y poeta, también por su etimología, el que crea. Y no solamente en la letra impresa el autor de valoraciones y de poemarios sino en el arte de la pintura. Como juez, en la apreciación de las artes visuales, es más conocido; el pintor con sentido prestado, el que "pinta" con la palabra y el que profesa el arte de la pintura el pintor, ya no se le conoce tanto.

LA REVISTA ARTÍSTICA

De una manera o de otra, en la biografía de Martí, siempre está presente la pintura. A los 14 años se matriculó en la Academia de San Alejandro, en la clase de Dibujo Elemental que comprendía, según programas de la época, "geometría de dibujantes, estudio de la figura humana y el ornamento". En ese año 1867 Martí vivía en Peñalver número 53, entre Manrique y Campanario, a pocas cuadras de San Alejandro, en Dragones 62, entre Rayo y San Nicolás, pero, aun tan cerca, a poco de iniciarse el curso, se dio de baja, quizás obligado por los apremios del hogar y los estudios en el colegio de San Pablo y el Instituto de La Habana. El dato, sin embargo, sirve para confirmar su temprana vocación por la pintura.

Vienen luego los viajes: Madrid, Zaragoza, París, México, Guatemala, y allí, siempre, los museos, las academias, las tertulias y los talleres de pintores amigos. Ya se había ejercitado en la crítica de arte en la Revista Universal, de México, cuando logra, en ese mismo campo, su primer trabajo en Nueva York. Tuvo la suerte de conocer, recién llegado, al pintor santiaguero Guillermo Collazo, otro emigrado político; escribió Martí en su Cuaderno de Apuntes:

De manera que sé de pintura. Ha comenzado a publicarse en N. York un periódico de artes y salones, The Hour, y sus redactores principales habían encargado a un cubano artista, maestro afamado del creyón, a Collazo, un crítico de arte. Collazo habló de mí. Y heme, con dos papeletas para ver museos, camino de la colección de Mr. Stebbins y de Wolfes, y obligado a hacer de ellos una revista crítica en inglés. Yo pasé una tarde valiosísima en compañía espiritual con los más afamados maestros.

Y aclara sobre esa experiencia: "Yo escribí temblando mi revista artística. Yo sabía que escribía en español con palabras inglesas". Es evidente su falta de dominio del idioma: su primera crónica, sobre el pintor español Raimundo de Madrazo, empieza así: "He is a delightful fellow but it is especially on canvas that he shows what he is: gay, brilliant and radiant..." Pero en el mismo apunte en que habló de sus comienzos en The Hour, hay un testimonio de su aprecio artístico: allí confiesa:

Yo amo tenazmente el arte. Hoy tenía un peso y lo he gastado en tazas de Japón. He penetrado los misterios del color, he sorprendido en la obra de mármol los secretos del cincel; una obra bella es para mí una hermana; un golpe de color, para mí revelación clarísima de los pensamientos e ideas que agitaban el alma del pintor. He sentido dentro de mi alma frotarme algo, en el Louvre, ante los medios tintes de Murillo. Las lágrimas agradecidas, por el bien que de la contemplación de la obra recibía, se me han saltado de los ojos ante el boceto de "La batalla de Wad-Ras", de Fortuny. He hundido tímidamente el dedo en un lienzo del mexicano Rebull para convencerme de si aquel acerado azul era lienzo o nube. He hablado a solas con "La Maja" de Goya. He tenido largas pláticas con las Venus del Ticiano. Me he traído una a casa, y vivimos castamente en deleitosa compañía.

Amplía luego el crítico su radio de acción en otros periódicos en Nueva York y en la América española, y en ellos deja huella creciente de su "tenaz amor" por el arte. Y aun a las puertas de la guerra, y de su muerte, cuando instruye a Gonzalo de Quesada sobre cómo ordenar sus escritos, no olvida las revistas artísticas que pide se recojan en un volumen; escribió en su testamento literario: "...El Dorador pudiera ser uno de sus artículos, y otro Vereshagin y una reseña de los pintores Impresionistas, y el Cristo de Munkacsy..." La primera nunca se ha podido encontrar; las otras tres son pilares del crítico de arte, pero olvidó varias que también merecen lugar preferente. Félix Lizaso recomendó su publicación: "Todas ellas han de juntarse", dijo, "para que permitan apreciar la profundidad del juicio artístico de Martí y su increíble dominio en esa difícil materia". Y tan valiosa antología debiera ir ilustrada, y a color, por la experiencia de encontrar en la reproducción la sorpresa, el develamiento y el dictamen del árbitro artista.

EL DIBUJANTE

Más que otros de sus principios, el romanticismo defendió la dualidad humana, la materia y el espíritu, por lo que era necesario romper los límites y las reglas que los separaban para encontrar la verdad. Al rebelarse contra los convencionalismos de la época anterior, el hombre romántico defendía la mezcla de los contrarios, la fusión de los géneros y la unidad de las artes: juntas la religión, la ciencia y la filosofía; ni tragedias o comedias puras, sino el drama, con su contenido de lo sublime y de lo vulgar; y las artes temporales y espaciales en sola un alma: la música, la literatura, la pintura y la escultura. Con mayor frecuencia que antes hay préstamos e intercambios en los artistas: los músicos crean poemas sinfónicos; hay cuadros en prosa y se esculpe el verso; y hay canciones y serenatas en poesía.

Frontispicio de L'Artiste; proclamaba la unión de las artes: pintores, músicos, escultores y poetas con un solo ideal de vida.

En esa vertiente, la publicación más típica del romanticismo francés fue L'Artiste, fundada en 1831 por Achile Ricourt, amante de las letras y de la pintura. La revista, que duró hasta 1904, escogió el título con el valor de la palabra en latín medieval, del maestro en artes, el que rompía los amarres de la vida común y dedicaba su talento al culto de la belleza. El frontispicio de L'Artiste presentaba su programa: las letras, la pintura, la escultura y la música en una cofradía. La Habana, siempre alerta a los modos del mundo, tuvo en 1848 una imitación de la revista parisiense, El Artista, fundada por José Quintín Suzarte, quien luego sería el primer crítico de Ismaelillo, y Rafael María de Mendive, el maestro de Martí. También con láminas, retratos, música y literatura, debió ser recreo de Martí en sus años de colegio. Quizás en aquellas páginas germinó el gusto por la pintura que lo llevó a San Alejandro; además del ejemplo de su maestro, "aquel enamorado de la belleza", al decir de Martí, "que la quería en las letras como en las cosas de la vida". Más tarde dirá el discípulo, muy metido en su época y resumiendo las influencias que sobre él actuaron: "En todo gran escritor hay un gran pintor, un gran escultor y un gran músico".

Al igual que otros literatos del siglo XIX, Martí se dedicó a poner ideas en dibujos. Resulta curioso que uno de los mejores ejemplos aparezca en un elogio al instrumento de su oficio, "A la palabra"; es ahí donde se le escapa más insistente a la pintura la pluma: pinta un león y dice en sus versos:

León, león rugiente
De la Montaña,
Que como alud de oro
Al valle baja,
Y en el villano impuro
La garra clava,
Y en el dormido alumbra
El sol del alma.

Y dibuja también las liras, una en la montaña, y otra en la tierra:

Lira, lira imponente
En la más alta
Cúspide de la tierra
Serena, alzada.
En dos troncos de robles
Corvos las blandas
Cuerdas mordiendo, y trenzas
De rosas blancas.

Y en forma muy rudimentaria puede adivinarse el esbozo de la "cinta de fuego, la pastorcilla y el árabe fiero" de que también habla la composición.

Dibujos de Martí, "A la palabra": "León, león rugiente / De la montaña / Que como alud de oro / Al valle baja, / Y en el villano impuro / La garra clava".

En un cuento aún no recogido en sus Obras Completas, en que él mismo aparece como protagonista, Martí se describe siguiendo la autocaricatura de esa época madrileña; dice en ese cuento (su primer paso en la literatura de ficción) exagerando los rasgos del personaje: "Era un hombre soberbiamente feo. De cabello rebelde, de cabeza erguida... de mirar altivo, de barba osada... Ni había en aquellos labios vestigio de sonrisa. Miraba, y parecía que gemía. Hablaba, y hacía daño su tristeza, y miradas y palabras brotaban de aquella fisonomía como escondido dolor y como lágrimas".

No es extraño que en la descripción de algunos de los personajes inventados Martí incluya características propias (en el Juan Jerez y el pianista Keleffy, de Amistad funesta), ni en los históricos, puesto que los admiraba (Luz y Caballero, Cecilio Acosta, Víctor Hugo), pero es notable la coincidencia de rasgos, al escribir y al dibujar, cuando el tema es Bolívar; así lo describe: "... la frente noblemente inflada, se alza en cúpula; al fuego de aquella alma se ha encogido; surcan la hondas arrugas. En arco se alzan las cejas, como cobijando mundos. Las mejillas enjutas echan fuera el labio inferior, blando y grueso, como amigo de amores, y el superior contraído, como de hombre perpetuamente triste". Y en otra ocasión, en un discurso, lo ve como "hombre de frente montuosa, de mirada que le ha comido el rostro". Y en la página del Cuaderno de Apuntes donde aparece el dibujo de El Libertador, Martí escribió "Mirada desvastadora como hecha para penetrar hombres y montes; enjuto como espíritu puro: triste como hombre alto; de labios gruesos y casi belfudos, como hombre hecho a dominar palabras hervidoras, de frente que ofrecía ancha plaza a la luz..." De esta manera, sobre todo otro rasgo de la fisonomía, destaca la frente exagerada que, como se sabe, está más cerca del autorretrato que del retrato de Bolívar...

"Era un hombre soberbiamente feo. De cabello rebelde, de cabeza erguida, de mirar altivo, de barba osada…

Además de por el pintor escondido (se ha dicho que dejó un "croquis al óleo", en México), el dibujar en Martí era como una catálisis del poeta. Así se entienden los dibujos, aún no publicados, que se conservan en su papelería, siempre junto a pasajes del mismo asunto: un Pegaso sobre un abismo, un león acariciando el hombro de una mujer, instrumentos musicales, objetos arqueológicos, paisajes, insectos, aves, figuras humanas... Y el sortilegio del pintor se entiende en parte al leer una carta a su amigo Manuel Mercado: "... y yo", le dice, "que a veces estoy, con toda mi abundancia, dando media hora vueltas a la pluma y haciendo dibujos y puntos alrededor del vocablo que no viene, como atrayéndolo con conjuros y hechicerías, hasta que al fin surge la palabra decidora y precisa".

Bolívar en un dibujo de Martí, y autorretrato.

EL ILUSTRADOR

No le era extraño a Martí el mundo de la palabra impresa: fue desde corrector de pruebas hasta director de revistas y periódicos. "De todos los oficios", dijo, "prefiero el de la imprenta", y era por el bien que le había hecho a la humanidad. Por la unión de las artes fue moda de la época ilustrar la literatura, no sólo como adorno sino también como parte del mensaje. En el primer número de su revista para los niños, Martí escribió:

Los artículos de La Edad de Oro irán acompañados de láminas de verdadero mérito, bien originales, bien reproducidas por los mejores métodos de entre las que se escojan de las obras de buenos dibujantes, para completar la materia escrita y hacer su enseñanza más fácil... El número constará de 32 páginas de dos columnas de fina tipografía y papel excelente, con numerosas láminas y viñetas de los mejores artistas, reproduciendo escenas de costumbres, de juegos y de viajes, cuadros famosos, retratos de mujeres y hombres célebres, tipos notables de máquinas y aparatos de los que se usan en las industrias y en las ciencias.

Viñetas de Ismaelillo en: 1) "Hijo del alma", 2) "Musa traviesa", 3) Tábanos fieros", 4) "Príncipe enano", 5) "Brazos fragantes" y "Mi caballero", 6) Valle lozano", 7) "Amor errante",  8) Tórtola blanca".

Y como prueba de su cuidado por los detalles visuales hizo que la cubierta de La Edad de Oro se imprimiera en papel de tenue color azul. Solamente las ilustraciones de "Los zapaticos de rosa" y de los cuentos "Nené traviesa" y "La muñeca negra" son originales, pero aunque siguen el texto, la ejecución del dibujo es pobre, y no parecen de Martí.

Es en Ismaelillo donde se descubre bien al ilustrador, esa vertiente de su vocación de artista. Martí se esmeró en ese poemario que fue a la imprenta por la ayuda del venezolano Juan A. Pérez Bonalde quizás en gratitud por el "Prólogo" que le escribió Martí a su Poema del Niágara. De su interés en este libro dijo Gonzalo de Quesada: "Y tanto amor pone en este tierno breviario que cuando va a publicarlo fija cada detalle de la impresión a la casa Thompson & Moreau, escoge el formato, pequeño y fino como en consonancia con la menudez de su hijo, y de la propia mano esbozará los dibujos simbólicos que luego, en acabadas láminas artísticas ornarán el librito". Por eso resulta tan revelador comparar las viñetas del Ismaelillo con la poesía que las acompaña, como en los ejemplos siguientes:

1) Niño sobre una hoja:

Un niño que me llama
Flotando siempre veo! [...]
Tú flotas sobre todo,
Hijo del alma.

2) Paisaje árabe:

Hala acá el travesuelo
Mi paño árabe [...]
¡Oh, Jacob, mariposa,
Ismaelillo árabe! [...]
Y por los anchos pliegues
Del paño árabe
En rota vergonzosa
Mis libros lance [...]
La risa, como en taza
De ónice árabe

3) Un pantano:

Venid, tábanos fieros
Venid, chacales [...]
Parezca que la tierra,
Rota en el trance
Cubrió su dorso verde
De áureos gigantes [...]
Su diente en lodo afilen
Pardos chacales:
Lime el tábano terco
Su aspa volante.

4) Un pájaro y una madriguera:

Sus dos ojos parecen
estrellas negras:
Vuelan, brillan, palpitan
Relampaguean [...]
¡Venga mi caballero
Por esta senda!
¡Entrese mi tirano
Por esta cueva!

5) Una mujer en reposo, otra trabajando y una esfinge:

Sé de brazos robustos
Blandos fragantes:
Y sé que cuando envuelven
El cuello frágil,
Mi cuerpo, como rosa
Besada se abre [...]
¡Lejos de mí por siempre,
Brazos fragantes!

6) Mariposas:

Sobre la piel, curtida
De humanos aires,
Mariposas inquietas
Sus alas baten [...]
Cual si de mariposas
Tras gran combate
Volaran alas de oro
Por tierra y aire.

7) Un lago:

Hijo, en tu busca
Cruzo los mares:
Las olas buenas
A ti me traen:
Los aires frescos
Limpian mis carnes

8) Niño con alas y una fecha en la mano:

¡Venga mi caballero,
Caballero del aire!
¡Véngase mi desnudo
Guerrero de alas de ave! [...]
¡Caballeruelo mío
Batallador volante!

LA TRANSPOSICIÓN

Anuladas las fronteras entre los artistas, algunos escritores del siglo pasado, en particular dentro del simbolismo, se propusieron crear una lengua que llegase al lector por todos los sentidos. Los caminos nuevos se habrían de lograr por medio de ritmos y cadencias, la musicalidad de la frase, la alteración de la sintaxis y la búsqueda de vocablos poco usados, y por la elegancia y novedad de los temas, reduciendo a un mínimo, para alcanzar esos objetivos, la lógica y los sentimientos en el mensaje. Se huía, en el verso y en la prosa, de los lugares comunes que impuso la primera emotividad romántica, y siempre, por medio de la palabra, tras los efectos más propios de la música y la pintura que de las letras. En Francia uno recomendaba trabajar el verso como si fuera un "camafeo"; otro, al igual que el escultor, el "mármol", se proponía como dogma "la música ante todo", porque con la música se descubrían "los esplendores situados más allá de la muerte"; y se hablaba de los colores en los "sonidos" y hasta en "las vocales". Triunfó la sinestesia, el libre comercio de sensaciones, para sorprender, como en las otras artes, en la literatura, "el temblor furtivo de la impresión".

La moda de esta "escritura artista", como la llamaron los franceses, era lo nuevo, no el recomendar la técnica del pintor al arte de escribir; el propio Martí anotó en uno de sus Cuadernos de Apuntes (en una página en la que también hay dibujos) el consejo de Horacio: "Ut pictura poesis" la poesía, como pintura. Pero durante la segunda mitad del siglo XIX la recomendación del poeta latino se amplió e hizo fortuna, y, en la prosa de Martí, el castellano, en buena parte por ese camino, alcanzó una de sus más altas cumbres. ¿Y qué tenía que aprender del pintor el literato? En primer lugar el cuidado y el trabajo sobre la obra creada: en palabras de Martí: "Quizás una superioridad de la pintura sobre las letras es que aquélla obliga a la reflexión, al estudio, al mejoramiento y a los cambios. La pluma tiene alas y anda demasiado aprisa; el pincel pesa y no vuela tan ligero". Por eso dice en otra ocasión: "Es fuerza que se abra paso esta verdad acerca del estilo: el escritor ha de pintar como el pintor." ¿Por qué? Lo explica en uno de sus Apuntes: "El estilo tiene su plasticidad, y después de producirlo como poeta, se le debe juzgar y retocar como pintor: componer las distancias y valores, agrupar con concierto, concentrar los colores esenciales, desvanecer los que dañan la energía central. El estilo tiene sus leyes de dibujo y perspectiva..."

Se trataba, pues, en Martí, de algo como de un cambio de instrumentos. En muchos de los pasajes mejores del escritor no hay recuento, sino impresiones; no se discurre, sino que se pinta. Si no por los aciertos del crítico merecen la antología sus revistas artísticas por su condición de cuadros, recreaciones, sin abandonar del todo el mundo del color y de la línea; más que libro sería museo, exposición viva. La transposición artística logra fijar en palabras las impresiones visuales, y las palabras vuelven a producir, a su vez, la impresión que tuvo el contemplador. Es, en su esencia, la técnica de los pintores impresionistas, que Martí explica con un mínimo de referencias concretas y buen número de recursos de la prosa de la misma escuela: "Quieren reproducir los objetos con el ropaje flotante y tornasolado con que la luz fugaz los enciende y revista. Quieren copiar las cosas no como son en sí por su constitución y se las ve en la mente, sino como en una hora transitoria las pone con efectos caprichosos la caricia de la luz. Quieren por la implacable sed del alma, lo nuevo y lo imposible. Quieren pintar como el sol pinta".

Tres ejemplos de distintas escuelas, muestran el manejo de las palabras con la intención de crear igual experiencia estética que la producida por el cuadro: "La lista de la lotería", de José Joaquín Tejada; "El Cristo", de Munkacsy; y "Los remadores del Sena", de Renoir. Dijo de su compatriota: "Pocas dichas hay como la de hallar mérito superior en un hombre que ha nacido en nuestra tierra, porque el placer de amar el mérito es más vivo cuando nos viene de quien padece de nuestra misma humillación, y con su valer nos levanta y redime. Es como si de súbito creciese la fuerza de nuestro derecho..." Y entonces pasa a describir la obra:

"La lista de la lotería", de José Joaquín Tejada.

 

 

 

 

 

"La bondad del trabajo rebosa, y el alma madraza de la española pobre, en la cuarentona de pañuelo y cesta que oye al vejete parlanchín".

El grupo curioso ve los billetes en la lista de la pared. El mozo de cordel, con las cuerdas por los muslos, nervudos y caídos del trabajo, y el chaleco alón, y la barretina por la espalda, tiene el dedo rígido sobre su número feliz; a la modista se le ve la lozanía por las ropas dóciles, y la salud del cabello, enroscado a la nuca; el estudiante es lampiño y de cepa catalana, que desea y arriba; el empleado pálido empina el triste hongo; a la cadera del blusón tiene la mano el aprendiz irreverente; conversan las arrugas hondas del viejo de la blusa azul; cuelga el cesante, de capa y chistera, al mocetón de espaldas, se le adivina la mano viril que rebusca por el bolsillo el billete; la bondad del trabajo rebosa, y el alma madraza de la española pobre, en la cuarentona de pañuelo y cesta que oye al vejete parlanchín; un porfiado valenciano, de alpargata y montera, se lleva indiferente, a la otra parte del cuadro, su carro de lechero... Y dice el lienzo todo que el trabajo da salud, que la mujer es hermosa y consuela, que la humanidad codicia y hierve... En la tentación del color pudo caer, que es siempre excesivo, en letra y pintura, durante la juventud; pero él tiene ya la suave tristeza del hombre pensador, que ve a la vida sus velos y nubes, y a la ciudad ese vaho turbio que atenúa el escándalo de los matices vivos.

Del gigantesco óleo de Munkacsy el pintor húngaro cuya patria, en tiempo de la ocupación rusa "parecía una copa de colores quebrada por el casco de un caballo" dijo Martí:

"Cristo ante Pilatos", de Mihaly Munkacsy.

 

 

"Un magnífico soldado echa atrás con su pica a un gañán que vocifera con sus brazos en alto; ¡figura soberana! ¡todos los pueblos tienen a ese hombre bestial, lampiño, boca grande, nariz chata, mucho pómulo, ojo chico y viscoso, frente baja!"

El no ve a Cristo como la caridad que vence, como la resignación que cautiva, como el perdón inmaculado y absoluto que no cabe, no cabe, en la naturaleza humana. El ve a Jesús como la encarnación más acabada del poder invencible de la idea. La idea consagra, enciende, adelgaza, sublima y purifica: da una estatura que no se ve y se siente: limpia el espíritu de escoria, como consume el fuego la maleza... Ahí está con su sayón flaco, huesudo; trae las manos atadas, estirado el cuello, la boca comprimida y entreabierta, como para dar paso a las últimas hieles... A su lado se revuelve la cólera, se atreve la insolencia, se discute la ley, se pide a gritos la muerte. Un magnífico soldado echa atrás con su pica a un gañán que vocifera con sus brazos en alto; ¡figura soberana! ¡todos los pueblos tienen ese hombre bestial, lampiño, boca grande, nariz chata, mucho pómulo, ojo chico y viscoso, frente baja!... Algo más hay en ese cuadro que el placer que produce una composición armónica y la simpatía a que mueve el que emprende con ímpetu y corona con esplendor una obra osada. Es el hombre en el cuadro lo que entusiasma y ata el juicio. Es la visión de nuestra fuerza propia, en la arrogancia y claridad de la virtud. Es la victoria de la nueva idea, que sabe que de su luz puede sacarse el alma, sin comercio extravagante y sobrenatural con la creación, ese amor sediento y desdén de sí que llevaron al Nazareno a su martirio. Es el Jesús sin halo, el hombre que se doma, el Cristo vivo, el Cristo humano, racional y fiero.

Y de su visita a la "Exhibición de los pintores impresionistas", en contagio con lo que ve, y de nuevo por el camino donde fueron los pinceles, añade a lo que antes dijo:

Ninguno de ellos ha vencido todavía. La luz los vence, que es gran vencedora. Ellos la asen por las alas impalpables, la arrinconan brutalmente, la aprietan entre sus brazos, le piden sus favores; pero la enorme coqueta se escapa de sus asaltos y sus ruegos, y sólo quedan de la magnífica batalla sobre los lienzos impresionistas esos regueros de color ardiente que parecen la sangre viva que echa por sus heridas la luz rota...

Y describe las pinturas como "ríos de verde, llanos de rojo, cerros de amarillo, nubes vestidas de domingo: unas, todas azules; otras, todas violetas; hay mares cremas; hay hombres morados; hay una familia verde..." Y el crítico, que conoce del arte y de su historia, agrega este comentario sobre los artistas nuevos:

De Velázquez y Goya vienen todos, esos dos españoles gigantescos: Velázquez creó de nuevo los hombres olvidados; Goya, que dibujaba cuando niño con toda la dulcedumbre de Rafael, bajó envuelto en una capa oscura a las entrañas del ser humano, y con los colores de ellas contó el viaje a su vuelta. Velázquez fue naturalista; Goya fue el impresionista

Y termina la reseña con el cuadro de Renoir:

"Los remadores del Sena", de Auguste Renoir.

 

 

 

 

"El vigoroso remador, de pie tras ellas, oscurecido el rostro viril por un ancho sombrero de paja con una cinta azul, levanta sobre el conjunto su atlético torso, alto el pelo, desnudos los brazos, realzado el cuerpo por una camisilla de franela, a un sol abrasante".

Pero de esos extravíos y fugas de color, de ese uso convencional de los efectos transitorios de la naturaleza como si fueran permanentes, de esa ausencia de sombras graduadas que hace caer la perspectiva, de esos árboles azules, campos encarnados, ríos verdes, montes lilas, surge de los ojos, que salen de allí tristes como de una enfermedad, la figura potente del remador de Renoir, en su cuadro atrevido, 'Remadores del Sena'. Las mozas, abestiadas, contratan favores a un extremo de la mesa improvisada bajo el toldo, o desgranan uvas moradas sobre el mantel en que se apilan, con luces de piedras preciosas, los restos del almuerzo. El vigoroso remador, de pie tras ellas, oscurecido el rostro viril por un ancho sombrero de paja con una cinta azul, levanta sobre el conjunto su atlético torso, alto el pelo, desnudos los brazos, realzado el cuerpo por una camisilla de franela, a un sol abrasante.

CONCLUSIÓN

El impulso que llevó a Martí a la Academia de San Alejandro no lo abandonó jamás. ¿Qué son, si no cuadros riquísimos de sus últimos días, los Diarios hasta Cabo Haitiano y hasta Dos Ríos? ¡Qué mural podría hacerse, entonces en dirección contraria, con las situaciones y los personajes que allí aparecen!: con la hija de Jesús Domínguez ("de ojos verdes, con cejas de arco fino, el traje de percal carmesí, y al pelo una flor"); con la Joaquina de Dajabón, que rebosa de sus dieciocho años; con la "tienda azul" de Fort Liberté ("una sala embarrada de verde, con la cenefa de blando amarillo y una lista rosada por el borde"); con "los flamencos de alas negras" de Cabo Haitiano y el "David de las islas Turcas"...; y luego, ya en Cuba, con Máximo Gómez y César Salas "lomeando" junto a él; y con el bohío donde vio "una paloma y una estrella" la víspera de cuando lo hicieron Mayor General; y con José Maceo, "formidable", y con Antonio, en el "caballo dorado, en traje de holanda gris y con plata en la silla"; y con la "mesa opulenta y premiosa, de gallina y lechón", de La Mejorana; y con la lluvia y los ranchos de sus últimas jornadas del mes de mayo... Y con "el agua muy turbia y crecida del Contramaestre", del día 19... ¡Qué mural!

No, nunca murió, en Martí, el poeta, el pintor.

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