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José Martí

Carlos Ripoll

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MARTÍ Y LA MÚSICA

Si se compara el número de páginas que Martí dedicó a la música con las que escribió sobre las artes visuales y, por supuesto, sobre literatura, podría pensarse en cierta falta de interés en ella. Pero, si sobre la cantidad buscamos su aprecio de las artes, tendremos que concluir que prefirió la música. Martí sabía que cuanto no puede alcanzar el lenguaje, el color o las formas, lo expresa la música, y lo que dice un acorde o una línea melódica se esfuma en los expedientes concretos de que se valen las demás artes. Un poema o un cuadro pueden sugerir, por el genio del artífice, una realidad más allá de los símbolos que la forman, pero la música es toda ella ese mundo de lo inefable: nada tiene que sugerir porque ella misma es ya sugerencia.

Al comparar las letras con la pintura, Martí destacaba la limitación del lenguaje: "El color tiene más cambiantes que la palabra", decía, pero "el sonido tiene más variantes que el color". Y razonaba así sobre los tres:

Como la belleza es la conformidad del espíritu con todo lo indescifrable, lo exquisito, lo inmedible y lo vago, lo bello se expresa mejor en tanto que tiene más extensión en que expresarse, menos trabas para producirse, más medios con qué reflejar la abstracta necesidad, la mórbida concepción, las combinaciones tempestuosas o apacibles de esta presunción de lo venidero, religión de la soledad, propio hogar del hombre, que llaman caprichosa fantasía. El alma gusta más de la música que de la pintura, y tal vez más de la pintura que de la poesía.

Sólo en la muerte y en el amor vio Martí posibilidad de escapar de lo grosero de la vida, de romper las cadenas que impiden el vuelo del espíritu. De ahí las ansias de morir y amar que siempre lo movieron, no la muerte inútil del suicida, ni el amor egoísta de la carne sola, sino aquélla cumplido ya un deber, y el amor en el renunciamiento y en la entrega. La música tenía para Martí semejante efecto, y se explica, porque hay en ella como un deshacimiento de la materia y, como en el amor verdadero, presencia de encantos y deliquios, ausentes en el quehacer cotidiano. Por eso decía:

La música es la más bella forma de lo bello: arrullar, adormecer, exaltar, gemir, llorar; el alma se pliega a un arco, el oído que se subyuga, se extasía, se encadena, este pobre ser, germen dormido, de súbito sacudido y despertado; esta revelación de lo más puro entre las lobregueces de la vida, esta garantía de lo eterno prometido al espíritu ansioso es el nombre augusto de lo bello, tanto es esa lengua arrobadora, madre de bellezas, seno de ternuras, vaga como los sueños de las almas, gratísima y suave como un murmullo de libertad y redención. La música es el hombre escapado de sí mismo: es el ansia de lo ilímite surgida de lo limitado y de lo estrecho: es la armonía necesaria, anuncio de la armonía constante y venidera.

Sabía Martí del desajuste que en sí lleva el hombre entre el ángel y el animal: ésa es la agonía. Un ser superior reduce el interés de la bestia, o la lleva embridada, para que no dañe el ala la aspiración más pura: ése es el triunfo. La música contribuye al triunfo. Martí exclama: "¡Oh, la música! ¡Ésa es la hora grande! ¡Es lo divino del mundo, entrar en combate con música!" Y se pregunta enseguida sobre el efecto misterioso: "¿Será que junta la música, a la hora en que se destruye, que levanta, a la hora en que se cae? ¿Será entrada triunfal en el mundo venidero, luego de haber subido, con la virtud al hombro, el peldaño de éste?" La teología prueba la existencia de Dios por la necesidad de él que experimenta el hombre, lo mismo que prueba la existencia de una eternidad por los momentos que la anuncian. Martí sintió la música como el mayor grado de las perfecciones que Santo Tomás empleaba para demostrar la necesidad de una causa primera y de una absoluta perfección: si la música anuncia el cielo, el cielo existe. Martí razona de esta manera:

Todos los hombres tienen la idea de la eternidad, y si por la conciencia de mí mismo no creyera, creería en ella por esa belleza prometida, en la tierra inlograble, en la música anunciada e informe, venidera puesto que se anuncia, purísima puesto que en ella olvidamos las miserias, cierta porque en ella encuentro realización de estas necesidades de lo vago, esparcimiento ilimitado de mis fuerzas, lenguaje que no necesita labios para hablarse, vida sin hierros como en todos los instantes me la pide este hombre, sueño dormido en el fondo de mí mismo, ante esta pura belleza conmovido y despertado.

Por igual vía argumentaba Santo Tomás que si en el pórtico de una casa se siente calor, y éste aumenta mientras nos adentramos en ella, no es necesario verlo para afirmar que hay fuego. Los grados de perfección proclaman la perfección absoluta, y el alma la adivina al conjuro de la música. Al escuchar extasiado al famoso violinista cubano José White, en México, escribió Martí: "De nosotros mismos se alzaba conmovido ese ser bello que en nosotros duerme, que al contacto de bellezas se sacude, que se desenvuelve y esparce por todo nuestro ser y que, tan grande para que nuestro pecho lo contenga, brota en dulces miradas por los ojos".

Como crítico literario y de las artes visuales Martí hizo valiosísimas apreciaciones : no era para él un secreto el manejo de la poesía y del color. No así con la música. Él, que amplió con juicios acertados la comprensión de cuanta obra de arte lo puso a reflexionar, muy poco añadió en su trato con compositores y con sus obras. Habló de Bach "arrebatado", de Haendel "imponente", de Beethoven "místico"; y la música de Mozart le parecía "una especie de lamentos de ángeles". También en sus preferencias musicales se manifiesta el gusto romántico de Martí: Chopin, Wagner, Berlioz. Lo entusiasmaba la ópera: fue dos veces en Madrid a ver una de Meyerbeer, y escribió en su Cuaderno de Apuntes, con notable exageración: "Tengo a Meyerbeer por Miguel Angel y Shakespeare en la música. Genio de la fuerza, en la riña, en el odio, en la ternura. ¿No es tal vez el 4 acto de 'La Africana' el trozo más imponente y perfecto de música que se conoce?" El encarecimiento se explica en la misma página en que aparece, por la pena que lo embarga: en esos días acaba de llegar a España, en su segundo destierro, y empiezan a manifestarse las desavenencias con su mujer; escribe: "Cuando se es presa de un gran dolor, se recuerdan luego mal las impresiones que se recibieron ajenas a él. Cien puñales clavados en mi pecho no me causarían el dolor que ésta primera carta me ha causado. ¡Ciega, ciega para mí!"

Puede parecer exagerado el juicio de Martí sobre el alemán Jacobo Meyerbeer, de que era el "Miguel Ángel y Shakespeare de la música", pero en su tiempo fue muy admirado, hasta por Ricardo Wagner, por su manejo de la orquestación y la grandiosidad de sus óperas.

La formación musical de Martí fue escasa, sólo la imprescindible en un hombre de su cultura. Pero el desconocimiento nada quita a su gusto por el arte: no siempre la ilustración y la sensibilidad corren parejas. Gusta Martí más de la música, como era de esperar, cuando la asociaba a Cuba. Con especial cariño y deferencia miraba a los profesores cubanos que enseñaban en la emigración, y a los compositores e intérpretes que honraban la patria con el ejercicio de su arte. Así dedicó hermosa palabras a los maestros de piano Emilio Agramonte y Miguel Castellanos, y a las obras y a los conciertos de Albertini y Cervantes.

Cabe preguntarse cómo hubiera sido Martí músico, él, que supo sacarle música a la prosa y al verso. Tienen algunos de sus discursos la estructura de una sinfonía, con las gradaciones de esa forma musical: la exposición de temas, las variaciones, la modulación, la coda. Y muchas de sus crónicas recuerdan las descripciones impresionistas de Debussy, desasidas del plan que obliga al poema sinfónico, sugeridoras y vagas como los cuadros de Monet, la poesía de Verlaine y, sobre todo como las melodías de Mussorgsky. Y ¿quién no escucha música al recitar los Versos Sencillos? Unos son lieder, como "El Alfiler de Eva loca"; "La bailarina española" es una tonadilla; una romanza, "Por donde abunda la malva".

Es curioso que Martí, cuando llegó por vez primera a los Estados Unidos, en 1875, se hiciera pasar como "músico italiano". En otra ocasión creyó conveniente ocultar su identidad, al llegar a la Habana, de México, y dijo llamarse Julián Pérez, su segundo nombre y segundo apellido. A un amigo le explicó que así era "lo menos hipócrita posible". ¿Sería aquello de "músico italiano" también una parte de su ser, como una segunda faz escondida tras el licenciado en leyes y el escritor? Martí reflejó parte de su carácter y de su vida en uno de los personajes de su única novela, Amistad Funesta. Era un músico húngaro que, al igual que Martí, "viajaba porque estaba lleno de águilas que le comían el cuerpo", y se había casado "con una mujer a quien creyó amar, y la halló luego como una copa sorda, en que las armonías de su alma no encontraban eco". Se llamaba Keleffy, era pianista, y sentía, como Martí, "aquel dolor de vivir sin cariño, y sin derecho para inspirarlo ni aceptarlo, puesto que estaba ligado a una mujer a quien no amaba". Y como le sucedía a él con los "endecasílabos hirsutos" de sus Versos libres, al personaje de ficción "aquel dolor que no dormía, ni tenía paces, ni le quería salir del pecho, y le tenía la fantasía como apretada por serpientes, daba a toda su música un aire de combate y tortura que solía privarla del equilibrio y proporción armoniosa que las obras durables de arte necesitan". Keleffy encontró también, en aquel país inventado que tanto recuerda a la Guatemala, su "niña muy bella". Como María García Granados, la Sol del Valle de la novela tocaba el piano. Se enamoró enseguida de aquella singular criatura el "apasionado húngaro", aún más cuando la oyó interpretar una de sus composiciones. Keleffy la miraba con ojos "desesperados y avarientos", y, cuando se levantó del piano, la siguió con la vista "como si con ella se fuese una parte de él". Y Martí comenta sobre ese amor ideal: "Sólo los que persiguen en vano la pureza, saben lo que regocija y exalta el hallarla". Pero en la novela, como a veces en la vida, apareció quien conspiraba contra el bello espectáculo humano: nada molesta más a quien no las posee que la felicidad y la virtud de otro, y una amiga envidiosa, al final, asesina a Sol.

Martí tenía más que el pedazo de músico que, según el refrán, todos llevamos con el de poesía y locura. El vio en la música "la más bella forma de lo bello", y como artista admiró su condición superior. Como creyente en "la vida futura", Martí encontró en ella la confirmación de su fe, el anuncio del perfeccionamiento a que aspiraba su espíritu. Como hombre, enamorado incorregible del amor, Martí descubrió en la música ese lenguaje único que también es el del beso de una madre, del ejemplo del héroe y de la caricia del amor.

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