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Jos� Mart�

Carlos Ripoll

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EN "LAS ENTRA�AS DEL MONSTRUO"

"Estoy, al fin, en un pa�s donde cada uno parece ser su propio due�o", dije aqu� a los 27 a�os, cuando por segunda vez llegu� a Nueva York. Ven�a de una Espa�a trabada en su historia, y de mi patria, v�ctima de ella, y me propuse estudiar este pueblo original que ahora encuentro de anfitri�n satisfecho, en la mesa del porvenir, leccionando al mundo.

"Y �qu� no podr�a a�adir ahora sobre esta ciudad gigante, rugida de gentes durante el d�a, y luego, como en sue�o de rey asirio, escena de estrellas asomadas a sus millones de ventanas?"

Fue entonces su tama�o mi primer asombro. Recuerdo haber dicho que "la medida y el n�mero" eran "los elementos de su grandeza". Y �qu� no podr�a a�adir ahora sobre esta ciudad gigante, rugida de gentes durante el d�a, y luego, como en sue�o de rey asirio, escena de estrellas asomadas a sus millones de ventanas? La Estatua de la Libertad, el Puente de Brooklyn, el Ferrocarril A�reo, Coney Island, la Quinta Avenida, y cuanto hace un siglo abr�a en pasmo los ojos al reci�n llegado, son juguetes ante lo que ahora brota de aquellos amagos de opulencia. Parecen lanzas de colosos en busca de cielo los edificios que sirven de refugio y despacho a esta multitud afanosa y apurada. Vivir en Nueva York se ha hecho adentrarse en la lucha de los polos de la existencia: el movimiento detenido, que ha de ser el espacio, y su distensi�n, que ser�a el tiempo: uno corta ac�, y el otro larga, y sufre el hombre en la recia contienda. "Monstruo" llam� a esta tierra por su porte magn�fico, y por su rareza; y le viv� la "entra�a" como a la mar el pescador de perlas: con el pu�al al diente para ahuyentar la alima�a, y la cesta en la mano para el regalo de las conchas. Abrumadas de calentura andaban entonces nuestras tierras de Am�rica, con los ojos clavados en el Norte como modelo. Se oy� as� un aplauso imprudente y pens� que urg�a darles a conocer a este pueblo "para no tropezar como �l", y advert� que no se deb�an de "ver s�lo las cifras de afuera, sino levantarlas y ver sin deslumbrarse, a las entra�as de ellas". Pec�bamos en aquellos d�as por temor de ser originales, y se pec� despu�s, y donde m�s me duele, por un deslumbramiento candoroso ante f�rmulas ineficientes y b�rbaras, ya desacreditadas hasta en su lugar de origen.

Andan ahora en galas los Estados Unidos por la inauguraci�n de un presidente. "Jam�s monarqu�a alguna celebr� fiesta de reyes con m�s brillo". Es que all� no se corona s�lo a un hombre sino que entra en trono y gobierno todo el pueblo, o buena parte de �l. Al terminar la campa�a, siempre ruin y cruel, se ven los bandos: unos cuentan los aciertos del elegido, otros la pena de la derrota. Tiempo despu�s, asentado el lodo del fondo del lago, en la toma de posesi�n, ya son todos el soberano. As� estuvieron llenas de triunfadores las calles de Washington, y fue como d�a de fiesta en los hogares. Parec�an todas las mujeres primeras damas, y los hombres todos hijos del presidente, por las sonrisas y saludos, y los besos y apretones de manos. No hubo p�gina de peri�dico, altavoz o pantalla en toda la Uni�n ajena al acto: el juramento breve, la Biblia arrugada, la multitud atenta, los discursos bru�idos, el orgullo de los magistrados y congresistas, y el gozo inquieto de sus familias; un abuelo explica el suceso al o�do de un ni�o; un pastor negro mira a la esposa como si fuera aquello su regalo de bodas; una rubia de ojos de primavera reza en silencio de mano de la madre que tambi�n pide a Dios por el presidente nuevo. Y luego, al terminar la fiesta, la procesi�n de la concurrencia: los desconocidos dejan de serlo y se hablan como cuando vuelven a casa en domingo de la iglesia. No importa cu�ntas veces se haya estado en la ceremonia, "se busca uno sobre las sienes la corona, y se siente que la tierra est� m�s firme bajo sus plantas".

Ahora que entra en su tercera centuria la jura de un presidente, podr�a repetir algunas de las impresiones que me sac� la de Benjam�n Harrison cuando se cumpl�a exacto un siglo de la inauguraci�n de George Washington. Pero �qui�n recuerda hoy a aquel soldado de sangre fundadora que hab�a elogiado Abe Lincoln ("el mejor de todos"), que lo hizo general por su valor en la batalla de Peach Tree Creck, y fue despu�s abogado de influencia y senador por Indiana ? �Qui�n recuerda a Carolina, la esposa de Harrison, la maestra en la iglesia presbiteriana de Indian�polis, que sembr� fresas en el jard�n de la Casa Blanca y que, de tanto pintar tapices y acuarelas, se le muri� al presidente, y luego, ya triste, no supo �ste ganar la reelecci�n? �Ni qui�n recuerda el gobierno deslucido de aquel republicano que reuni� en Washington, en la Primera Conferencia Internacional Americana, "bajo el �guila temible", a los pueblos de nuestra Am�rica, con "el plan insensato" de alejar a Cuba de la libertad y de convertirla en presa de "un nuevo amo"? El hombre y el pol�tico s�lo est�n en las p�ginas menores de la historia y en la letan�a de presidentes que ense�an en las escuelas. Pero lo que nunca se ha de comer el tiempo, porque estas ceremonias lo mantienen en el recuerdo, es que con regularidad impresionante cambian aqu� los gobiernos y que, a fuerza de ensayos y empujones, cobra vigor el sistema en el que se siente el ciudadano due�o de su destino. Por su uso terco y frecuente, el voto sigue siendo "el instrumento m�s eficaz y piadoso que han imaginado para su conducci�n los hombres", ya que logra imponer, sobre el vano augurio de unos pocos, el remedio soberbio de la mayor�a.

Al escribir mis "Escenas Norteamericanas" sostuve que "el deber de remediar la miseria innecesaria era un deber del Estado". Vi entonces, prometedor, "al pie de cada llaga erguido un sacerdote", y hoy encuentro llagas curadas; he podido ver exclusos de ayer en la tribuna y en los puestos de mando, y a algunos hasta del lado del privilegio, y suele estar el gobierno a la puerta de la escuela con la llave para todos, y la del hospital y la casa de ancianos; y no deja el tesoro p�blico que quede sin pan la mesa del hu�rfano o del obrero sin trabajo. Pero a�n por razas se reparte la suerte y toca m�s a algunas la pobreza, y todav�a hay quienes llevan en los ojos el color de su piel y no han aprendido a descubrir el pr�jimo en todos los hombres. Otras llagas siguen con pus, y duelen a quien las tiene, y repugnan a las almas sensibles. La redenci�n ha de ser completa, y llegar tambi�n hasta esas tierras desafortunadas y con hambre que son a�n la verg�enza del mundo. Ser� a costa de esas riquezas insolentes, m�s hijas de la estirpe y de la usura que del trabajo, y de extravagancias de guerra que sirven mejor la vanidad del militar y el bolsillo de la industria que a la defensa de la naci�n. Pues �c�mo se han podido mudar en tanta maravilla las fuerzas de la naturaleza y anda el desamparo por estas mismas calles de Nueva York a la distancia de un aliento del exceso y de la hartura ? Llega un disparo a la luna pero queda el pobre sin cobija y la cama al suelo, o en habitaci�n sin lumbre o infesta, y siempre con el asedio de la violencia y del vicio. Sin que caiga en manos del demagogo que la deslustra y trastorna, hay que echar a andar la piedad social, pero tambi�n sin miedo a equilibrar entre los hombres la posesi�n de la fortuna; "hay que poner brazos largos a los que los traen cortos", como se da bast�n al tullido y gu�a al ciego, que tambi�n hay inv�lidos de la mente y del �nimo. "Los d�biles deben ser como los locos eran para los griegos: sagrados". Hay siempre, s�, que cultivar el comerciante, aunque no es lo mejor del hombre, por lo que produce y reparte, pero tambi�n hay que cultivar el misionero para que no viva el esp�ritu como la paloma en el fondo de una cueva.

"Pero a�n por razas se reparte la suerte, y toca m�s a algunas la pobreza".

No fue un acierto el juicio que mereci� a mis ojos la mujer americana. La raza po�tica de la que yo ven�a me las hizo ver varoniles en sus oficios y aspiraciones. Tanto traj�n de calle y c�tedra pens� que iba a "disminuir la salud de la casa". Andaba yo entonces con los suspiros melanc�licos de B�cquer atraves�ndome el pecho, y les censur� "su frialdad estudiada, su desd�n por las pasiones y sus secas y pr�cticas nociones de la vida". Recuerdo haber dicho en un peri�dico de Venezuela que el hombre del Norte no ve�a en la mujer "aquella fr�gil copa de n�car" que en los pa�ses c�lidos buscamos nosotros, "aquella criatura purificadora a quien recibimos como a nuestras hijas, ni aquel lirio elegante que perfuma los balcones y las almas": el hombre del Norte quiere en la mujer "brazos rudos para batallar". Siempre sent� admiraci�n, sin embargo, por la firmeza de la mujer aqu�, super�ndose en la labor y en el estudio, y por su deseo de vivir a la par del hombre como su compa�era, y no a sus pies como un juguete hermoso", y no fue remiso mi aplauso al ver j�venes capaces y triunfantes en las aulas de Harvard, Cornell y Vassar College. Por su participaci�n en la vida ha ganado la sociedad y sirven de ejemplo al mundo, aunque a�n no se le tasa el m�rito como merece. Hoy una es ejecutivo de empresa o juez, otra obrera o m�dico, otra agente del orden o atleta; luego, al cumplir la jornada, saltan sobre el accidente de la ocupaci�n, se tocan el labio con una pincelada de carm�n, y un punto de sombra los ojos, y reinan sobre el impulso del hombre o van a posar su ternura sobre las cabezas de sus hijos. �"Flores de piedra" las llam� un d�a!

"Ver grandezas hace grande" dije hace tiempo al hablar de la ciencia, y hoy, que en sus ganas de paz tienden a ser m�s grandes los hombres, cabe preguntarse si no ser� la ciencia quien le ha quitado presunci�n al profeta y obliga a preferir lo que junta y no lo que separa a los pueblos. M�s que el temor une la sorpresa, y parece como si en presencia de lo maravilloso, en el di�logo de las naciones, cupieran menos el recelo y la ira. Al igual que la invenci�n de Scheherezade supo quietar la venganza del rey de Sass�n, los prodigios de la F�sica han logrado entretener algunos conflictos del mundo. Las torres de Babel las construye la soberbia: ver grandezas tambi�n ense�a humildad, pues �de qu� sirve el m�s sabio programa de la tierra cuando la puede destruir un solo rayo de la misma fuerza que la ata?

Manejaba Edison en mi tiempo sus primeros artefactos para encerrar la luz en un vaso de vidrio y o�r a distancia por un cord�n de cobre, la estufa de Lantensach y Biltner hab�an logrado transformar sin dinamo, en electricidad, el calor, e iba en seis d�as fogosos y humeantes de M�xico a Boston el tren de la Atchison, Topeka y Santa Fe, y cre�amos aquellos d�as de maravilla. Hoy canta un tenor en Viena y lo escuchan— �y lo ven!— los p�blicos de Roma y de Los �ngeles, y por el mismo camino de nubes le env�an su aplauso por el lied brilloso y voladero; hablan dos gobernantes y les vigilan sus pueblos los ojos para saber cu�l es m�s pr�digo en el concurso de armon�a. �Cu�nto puede servir a la historia, desconfiada y con miedo por su �ltimo siglo de ca�ones y cad�veres, ese poder instant�neo y completo de correspondencia! "Los hombres son como los tiempos en que viven": ahora que son m�s grandes los tiempos, sean m�s grandes los hombres.

"�Oh todo, todo podr� inventarse, menos las alas!". En el desfile del progreso humano a�n tiene asegurado su pedestal la poes�a. �poca de magia es �sta en que una quimera se convierte, con la prisa del lucro, en librea del ama de casa o en anuncio de nuevo milagro. De la edad teol�gica se pas� a la cient�fica, y ahora se anda en �sta, de prodigio en prodigio, como en tiempos de hadas. Todo el saber de Galileo cabe ya en el pu�o de un ni�o; un remedio feliz dobla al hombre su tiempo de vida, y otro podr�a haberle curado en un soplo todos los achaques a Carlos V; en un t�nel enorme le pega el l�tigo al tiempo para sentarlo, como el domador a la fiera, en el taburete de un circo; hay m�quinas que leen y m�quinas que dictan, y otras, s�, que calculan por millones de cerebros...; pero antes saldr� un buitre del huevo de un colibr�, que de todo el saber de la ciencia un soneto de Shakespeare.

Arriba, vista, desde el puente de Brooklyn, de la parte baja de Manhattan en tiempos de Mart�, y, a la derecha, vista actual desde el mismo lugar. Abajo, la Grand Central Station, antes y despu�s en su entrada de la calle 42.

Los Estados Unidos siguen siendo la admiraci�n y el susto del mundo. El milagro de su vitalidad y su talento para la reforma son a�n motivo de aclamo y de temor. A veces parec�a que iban a caer pero, sin el riesgo de un corcovo mayor, supieron desmontar al jinete que les erraba el camino. Enferma de dinerismo y no sobrada de refinamientos del esp�ritu, esta Cartago moderna ha logrado, sin embargo, temperar discreta su poder y su arrogancia. �Ah, la libertad! �La libertad, fragua de todos los bienes ! Aunque algunas veces s�lo en promesa, tambi�n la vi entonces como "la expansi�n y expresi�n de las cualidades m�s nobles del hombre, y m�s necesaria para la grandeza y la paz de los Estados".

Ah�tos de pena, y en su c�lera por la injusticia, algunos pensadores desahuciaron en otras tierras al hombre libre, e impusieron de fuerza el mando de los antiguos siervos. Bajo su dictado, de amos ya, se convirti� el gobierno en convite de funcionarios y polic�as. Y ahora buscan en esos pa�ses entumidos, sobre excesos de sangre, sus dirigentes nuevos, la f�rmula del esfuerzo natural y franco para que d� m�s trigo la cosecha, mueva con br�o sus aspas el molino, y crezca altivo y luminoso el pensamiento. Pero el pan no es s�lo la medida de harina, de agua y levadura, es tambi�n el horno y el hornero que lo cuecen...

JOSE MARTI, tal como se lo dijo a Carlos Ripoll.

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