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José Martí

Carlos Ripoll

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MARTÍ EN CAYO HUESO

Las fuerzas de la emigración se veían siempre reducidas por las pugnas entre los grupos en que estaba fraccionada. Era un mal que heredó de los levantamientos en la isla, con frecuencia amenazados por los regionalismos, los celos de mando y los prejuicios sociales. En Cayo Hueso los veteranos de la Guerra Grande defendían la idea de un alzamiento en la isla; otros emigrados, más impacientes, estaban a favor de expediciones aisladas a pesar de los fracasos de Limbano Sánchez y Ramón Leocadio Bonachea. Y en esas disensiones medraba el autonomismo con sus campañas para convencer al exilio de que lo inteligente era entrar en diálogos y arreglos con los españoles. Así todo esfuerzo por la independencia se convertía en un fracaso y, con pocas excepciones, el fervor patriótico se reducía a recordar fechas gloriosas en actos que más servían para disimular la impotencia del destierro que para acendrar el espíritu revolucionario. Poco antes del primer viaje de Martí a la Florida, en el mes de octubre de 1891, el cónsul de España en Cayo Hueso envió un Despacho a su embajador, en Washington, en el que le decía: "Siguiendo la costumbre establecida por los emigrados cubanos residentes en ésta, y haciendo alarde de sus ideas separatistas, conmemoraron el 10 del corriente mes el 23 aniversario del levantamiento de Yara. Congregados todos en el lugar señalado por la Comisión de festejos, se pusieron en marcha a las 7 de la mañana dirigiéndose al cementerio, en donde, y ante su obelisco, levantado al efecto, pronunciaron varios discursos y leyeron no escaso número de poesías alusivas al acto, predominando en éstas y en aquéllos los para ellos imprescindibles insultos a España... Por la noche tuvieron una velada cómico-literaria en el teatro de San Carlos, en donde se repitieron iguales desahogos. El resto de la población permanece indiferente..." Y en la carta del embajador español al Ministro de Estado, en Madrid, que fue con ese escrito, se lee: "Tengo la honra de acompañar copia del Despacho del Cónsul de la nación en Cayo Hueso, relativo a la conmemoración del alzamiento de Yara por los insurrectos cubanos. Por la lectura de dicho documento se convencerá Vuestra Excelencia de la ninguna importancia de semejante manifestación, la cual no entraña más consecuencias que el anual desahogo de los manifestantes..."

Comité organizador del primer viaje de Martí a Cayo Hueso. De pie, desde la izquierda, Genaro F. Hernández, Serafín Bello (secretario del club "Patria y Libertad"), Aurelio G. Rodríguez, José G. Pompez, Frank E. Bolio y Francisco María González (taquígrafo que recogió los discursos de Martí en Tampa). Sentados, en la misma dirección, Gualterio García, Martí y Ángel Peláez (autor del folleto La primera jornada de José Martí en Cayo Hueso, publicado en Nueva York en 1896).

Así llegaron los ecos de las fiestas patrióticas de Tampa a un Cayo Hueso dividido, pesimista y desorientado. Llevó la noticia del gran acontecimiento Francisco María González, el taquígrafo que allá había ido para recoger los discursos de Martí. Habló con entusiasmo de la buena nueva, y en las tabaquerías se leyeron esos discursos que pocos días más tarde llegaron impresos por la emigración de Tampa. También allí resonó insistente en la conciencia de los cubanos la frase "Con todos y para el bien de todos". Pero ¿quién podría lograr la unión que garantizara el bien "para todos"? ¿Era posible ese milagro? Muy pocos creían en aquel orador que había estado ajeno a las armas durante la Guerra Grande. Sólo la juventud supo adivinar claro el futuro Martí había hablado en promesa de "los pinos nuevos" y un grupo de jóvenes se propuso llevarlo al Cayo para que también allí hiciera el prodigio. Angel Peláez, un obrero de la tabaquería de Eduardo H. Gato, con cinco amigos, se pusieron a recaudar el dinero necesario para invitarlo, y lo lograron, y ya el 25 de diciembre llegaba Martí al famoso peñón acompañado de los dirigentes del club Ignacio Agramonte y de la Liga Cubana, de Tampa, y de la banda de música de Ibor City. Angel Peláez describió así, en 1896, el día memorable:

A las cuatro de la tarde la sirena del Olivette resonó en todos los ámbitos de la pequeña isla floridana, llamada justamente por los sicarios del despotismo español "nido de mambises", (madriguera de insurrectos). Atraca el vapor y se adelanta a la borda a recibir a los comisionados, sonriente y radioso, con el alma saturada de bellísimos ideales, José Martí, el elegido por el destino de los pueblos a sacar a Cuba del abyecto abatimiento en que la tenía sumida el impenitente autonomismo, el astro alrededor del cual iban a girar los patriotas cubanos, el que iba ser llamado alucinado, soñador, loco, por su inquebrantable empeño de independizar a Cuba...

Martí llegó enfermo: una broncolaringitis casi le impedía hablar. Lo hospedaron en el Hotel Duval, en la calle del mismo nombre, cuya propietaria era Madame Bolio, madre de Frank E. Bolio, uno de los amigos de Angel Peláez. Hasta el 1? de enero el médico lo mantuvo recluido en el hotel, pero Martí siguió trabajando: con la ayuda de sus amigos de Tampa, y de los jóvenes que lo habían invitado, fue estableciendo contacto con las principales figuras del lugar. Más por curiosidad que por fe algunos fueron a conocerlo. La Convención Cubana, la organización de mayor prestigio revolucionario, se mantenía recelosa, pero Martí se reunió el día 3 con su presidente, el anciano patriota José Francisco Lamadriz, ya en sus últimos días, pues murió el 3 de febrero; con José Dolores Poyo, director del periódico El Yara, de la mejor tradición separatista; y con Fernando Figueredo, respetado militar, secretario de Antonio Maceo, y uno de los protestantes de Baraguá. Martí les propuso la creación de un partido de mayor alcance que el que ellos tenían, en donde se pudieran integrar todas las asociaciones de emigrados. Un testigo de la visita contó que, ya en la calle los tres cubanos, Poyo dijo: "Vamos a ayudar a este hombre, ofrezcámosle nuestra ayuda patriótica y nuestro concurso." A lo que Figueredo añadió: "Y que no se diga, si fracasa, que ha sido por culpa de la Convención." Ninguno de los veteranos en Cayo Hueso se resistió más que el patriota Juan Arnao, testigo de la polémica de Máximo Gómez y Maceo con Martí, en 1884: ambos habían enjuiciado en carta a Arnao, con severidad a Martí: Gómez lo acusó de cobarde y dijo que era de "esos átomos que nada influyen en los destinos de los pueblos"; y Maceo, también por la negativa de Martí de ayudarlos en un levantamiento que él consideraba insano para el país, le achacó "retrógadas tendencias", y "doblez y falsía" como parte de "maquiavélicos planes que se basan en la infamia y la calumnia..." Pero la conducta y la doctrina de Martí lograron vencer la resistencia de Arnao, quien tenía en su haber cuarenta años de labor separatista: luego fue uno de los fundadores del Partido Revolucionario Cubano.

Las figuras más destacadas de Cayo Hueso cuando llegó Martí, los que lo ayudaron de manera decisiva en sus campañas revolucionarias. Arriba, a la izquierda, Fernando Figueredo (1846-1929), fue elegido alcalde de West Tampa al mes de la muerte de Martí;  junto a él Serafín Sánchez (1846-1896), veterano de las guerras cubanas por la independencia, murió en campaña en Las Villas, su provincia natal; abajo, José Dolores Poyo (1837-1911). Lector de tabaquería y director del periódico El Yara; por último, Eduardo Hidalgo Gato (1847-1926), rico industrial que ayudó con su fortuna a lograr la independencia de Cuba.

En la noche del mismo día 3 se celebró la gran velada en San Carlos. Cinco mil personas en las calles probaron el interés que despertaba el invitado. Habló por una hora. Un cronista del acto dijo de Martí: "En la tribuna tiene algo de evangélico, y la palabra mucho de la que los cristianos ponen en boca del mártir del Gólgota". Al día siguiente volvió por las fábricas de tabaco la de Gato, con 700 obreros; "La Rosa Española", de Seidemberg y Compañía, con 600; la del español Domingo Villamil, con 400; la de Teodoro Pérez, con 200 y los talleres menores. Y a todas partes llevó el plan de las Bases del Partido Revolucionario Cubano, aprobadas el día 5 por las organizaciones locales: "El Partido Revolucionario Cubano tiene por propósitos concretos: I) Unir en un esfuerzo común la acción de todos los cubanos residentes en el extranjero. II) Fomentar relaciones sinceras entre los factores históricos y políticos de dentro y fuera de la Isla que puedan contribuir al triunfo rápido de la guerra y a la mayor fuerza y eficacia de las instituciones que después de ella se funden y deben ir en germen en ella...."

Aún con mayor entusiasmo se celebró otra velada ese día 5, también en San Carlos: fue noche de música, representaciones y versos, y de nuevo, un discurso de Martí. El 6 de enero embarcó de regreso hacia Nueva York. Se había hecho el milagro. Dijo Angel Peláez en su recuento de "La primera jornada de Martí en Cayo Hueso": "...fue conducido en marcha triunfal hasta el muelle. Al zarpar el vapor pobló el espacio una formidable explosión de vivas a Cuba y al héroe de tantos extraordinarios festejos... Al llegar a esta isla floridana halló separados por distintos proyectos de emancipación a los grupos separatistas. Al partir dejólos a todos unidos estrechamente por el lazo de la mancomunidad de idénticos esfuerzos..."

Al pasar por Tampa fueron aprobadas allí, también unánimes, las Bases y los Estatutos Secretos del Partido Revolucionario Cubano. Y en Nueva York, después de días de enfermedad por el exceso de trabajo, Martí habló a los emigrados de su gestión en la Florida: en el discurso del 14 de febrero de 1892 se preguntaba: "¿Hubo en Tampa disensiones algún día, o modos diversos de pensar sobre la urgencia de levantarse al fin, con un espíritu y un brazo, todos los que quieren ordenar con tiempo la salvación del país?" Y se contestó enseguida: "¡Lo que sé es que en tres días de belleza moral inmaculada no se vio mano encogida, ni reserva enconosa, ni celos de capitaneo, ni aquellos comercios abominables que suele ofrecer al patriotismo puro el anhelo de autoridad, sino fiesta increíble donde se fundían los hombres". Y dijo haber visto la misma voluntad de unión en Cayo Hueso, porque todos querían suscribir las Bases del Partido: a su lado estuvieron el millonario Hidalgo Gato y el líder obrero anarquista Carlos Baliño; el militar Fernando Figueredo y el escritor José Dolores Poyo; el negro Carlos Borrego y su amigo blanco Serafín Bello... Y Martí dijo en el mismo discurso, al hablar del Cayo: "...Y el pobre y el rico, el cubano de padres africanos y el cubano de padres europeos, y el militar diputado de la guerra y el periodista incansable de la emigración, y el que no cree bien las sociedades como están y cree que de otro modo estarían mejor, como a honra pedían poner la firma al programa de unión de los cubanos de afuera y de adentro..."

Cayo Hueso en tiempos de Martí. Vista general de la ciudad, la calle Duval y el puerto.

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