EL DÍA DE HONRAS EN NUEVA YORK
Ayer fue día de honras. Durante horas desfilaron legiones de hombres por la Avenida de las Américas: sabios, soldados y héroes; gente de todos lo tiempos, tierras y razas del Continente. Vinieron aztecas de pluma y bronce, al día de honras, y parecían fantasmas al lado de llaneros, gauchos y guajiros sobre sus caballos orgullosos. Los negros, viejos y en silencio, andaban calzados de hierro para decirlo todo; los jóvenes rezaban moviendo el aire con sus banderas de color. Es impresionante ver tantos hermanos juntos que se llevan siglos: el chaquetón prudente al lado de la levita romántica; el hongo junto al fieltro; faldas, enaguas y cintas enlazadas en una misma dirección, con las vestiduras de todas las edades. Había espadas —sólo las que se esgrimen para que no vse usen más; y pechos con medallas: allí la condecoración del justo, del que no quiere favor que cueste pena al semejante; allá la del mártir, del que pone su fatiga al servicio del débil. Y muchas cabezas orladas de laurel: todo linaje de sabiduría: el poeta, el que calcula el futuro, el que construye un templo para la vida vinieron al desfile de la Sexta Avenida, aquí en Nueva York, ayer, el 19 de Mayo, en día de honras.
En la procesión había un militar que sin gesto de mando lo tenía todo: llevaba de la brida el caballo en señal de humildad, y en la mano el sombrero. Iba al centro de aquella muchedumbre, y a su lado, con uniforme de brillo, grande como el otro, quien nunca hizo sombra para que no la tuviera su fama. No menos notable andaba a distancia un cura rodeado de indios, tan alto que parecía prestado del cielo el azul de sus ojos, y entre ellos, como discípulo, pensando en su pueblo, uno, enjuto y abrazado de banda verde, blanca y roja en señal de jerarquía. Un señor de breve perilla y aires de presidente llevaba, hacia donde todos iban, un manojo de flores y de hijos que lo miraban con respeto: era de esos que, cuando pasan, los dedos señalan y juntan las cabezas para que murmuren sus voces la admiración. Iba al frente de aquella tropa que el silencio y la lluvia hacía de espectros, y el gigante al lado del decano parecía más negro y daba más luz cuando alzaba la vista. Atrás, cerrando el cortejo, como para resumirlo, iba el carro tirado de leones: en él las liras y todo linaje de ángeles, ojos tristes y melenas de esperanza, y cantos, cantos como los que se oyen cuando resucitan las águilas.
Y no todos los que vinieron en el día de honras, ayer, a la Sexta Avenida, eran de la misma América. A la solemnidad acudieron también norteamericanos ilustres haciendo justicia al lugar de la cita: el filósofo de la naturaleza, el que hizo los tiempos del futuro y el que por ellos habló: el predicador austero, el millonario generoso, el obrero rey. Faltaron sólo los que viven en cuevas y llevan, donde no debe llegarles el capricho, el buitre en que cabalga la ambición. Los demás vinieron, los príncipes sin nombre, con sus mujeres y sus niños, y la mirra en sus bolsas humildes.
Apretada en un solo fervor vino la América toda a rendir la rodilla ante el mejor americano, ante la estatua de José Martí, al cumplirse los setenta y cinco años de su muerte. Muchos neoyorquinos cruzaron la Avenida sin descubrir el desfile que se hundió en las tinieblas del Central Park. De un salto volvieron a sus pedestales los caballos con alas de Bolívar y San Martín, y cuantos viven en bronce o mármol a ellos volvieron más puros y eternos; y los versos con los poetas a sus libros de versos; y las razas a las glorias de sus puestos; mientras, revoloteaban en el cielo mil palomas.
Al rendirse la tarde cansada de prisas, a nombre de todos lo que sufren por la patria del Apóstol, de sus mártires, de los que no saben de otra pena ni afrenta que la de Cuba, ni quieren otra gloria que verla libre de toda servidumbre, al pie de la mole negra, una mano piadosa tejió un lirio a un cesto de basura; y allí quedó, toda la noche en vela, aquel blanco, triste y diminuto, también como testimonio de la ingratitud de miles de cubanos.
|