A LOS 99 AÑOS DE DOS RÍOS
EL CENTENARIO DEL NATALICIO
EL CONGRESO DE ESCRITORES MARTIANOS
LA MUERTE DE MARTÍ
LOS ENTIERROS DE MARTÍ
CONCLUSIÓN
Ya preparan en Cuba los actos por el centenario de la muerte de Martí. Después de falsificarlo sobre su parentesco con el marxismo-leninismo, ahora en crisis, y objeto de burla de todo pensador serio y político avisado, le buscan un nuevo disfraz que lo haga aparecer con el mismo que usa la tiranía para ocultar su fracaso. "El vino, de plátano; y si sale agrio, ¡es nuestro vino!" dijo Martí, y como el régimen de Castro, al perder la ayuda soviética, no puede darle al pueblo otro vino que el de odre podrida, le viste de "vino de plátano" la miseria y el hambre mientras reserva para el turista que le deja la muleta del dólar la riqueza natural de su tierra cubana. Bien pudo el socialismo criollo acudir al programa americanista de Martí que recomendaba buscar en lo propio la solución de los problemas, pero Castro y los suyos, con probada mentalidad colonial, y para asegurarse el poder, importaron el catecismo marxista-leninista, y con él sembraron en la isla lo más ajeno a nuestra tradición y nuestra cultura. Lo que produce la Cuba de hoy, pedigüeña y deshonrada no es "nuestro vino", sino el producto de la imprevisión y la incapacidad de sus gobernantes. Y el centenario de Dos Ríos les ha de ofrecer una oportunidad para aprovecharse de Martí y presentarlo de nuevo como aliado de los apóstatas. Por eso, junto a la evocación de la tragedia del 19 de Mayo de 1895, conviene recordar cómo se usó el centenario de su natalicio, en 1953, también para disimular otra apostasía, con actividades que daban la impresión de acatamiento de su doctrina por parte de los mismos que con su conducta la negaban.

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Del libro de 1953, Cuba: país de las maravillas: 1) Batista en uno de sus discursos por el centenario del natalicio de Martí; 2) desfile militar en el Prado; 3) Hotel Internacional de Veradero; 4) desfile obrero de solidaridad con Batista; 5) sin aclarar que fue durante el gobierno de Grau San Martín, aparece Wiston Churchill en su visita a La Habana; 6) alegres jóvenes campesinos en labores agrícolas en un Instituto Cívico Militar; 7) el teatro Auditórium donde se celebró un acto en honor de los que asistieron al Congreso de Escritores Martianos; y, 8) las muchachas del cabaret Tropicana.
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EL CENTENARIO DEL NATALICIO
Como en tantas otras actividades relacionadas con Martí, fue Félix Lizaso quien primero concibió la idea de celebrar con grandes actos el 28 de enero de 1953. En el periódico El Mundo ya decía a mediados de 1949: "El centenario del nacimiento de Martí no es una fecha cualquiera. Es un acontecimiento de la humanidad [en el que] deberá celebrarse un congreso martiano, es decir, de escritores y artistas, que, en alguna forma, han plasmado pensamientos inspirados en aspectos de su vida o de su obra". Y a principios del siguiente año, desde la misma columna del periódico, volvía sobre el tema con estas palabras: "En una conversación con Jorge Mañach, hace pocas semanas, me hablaba de la conveniencia de que comenzáramos a pensar en la proximidad del centenario de Martí a fin de influir y trabajar, en cuanto fuera posible, para que ese acontecimiento revistiera toda la significación que tiene... Hemos pensado en un congreso martiano. Hay en toda la América, norte y sur, escritores y profesores muy entregados al conocimiento de la obra de Martí. ¿No sería adecuada oportunidad para que los martianos de todas las latitudes se juntaran y rindieran testimonio de reconocimiento al gran creador de una ideología de superación americana?"
Gobernaba en aquellos años Carlos Prío Socarrás. Durante su gobierno se había declarado Monumento Nacional la casa donde nació Martí, además del Rincón Martiano; se reorganizó la Comisión Pro-Monumento a Martí y se dispuso la expropiación de los terrenos en los que se iba a erigir; y con la asistencia del presidente y de su gabinete, de dignatarios cubanos y extranjeros, y de numeroso público, tuvo lugar el traslado de los restos de Martí al mausoleo que se llamó "Una tumba digna del Apóstol". Pero Carlos Prío no iba a estar en el poder el 28 de enero de 1953, y mostró menos interés en los actos del centenario: los fondos del Tesoro de la República estaban exhaustos. Vino entonces el golpe de Estado del 10 de marzo de 1952, y los usurpadores vieron la oportunidad de disimular su maldad activando cuanto tenía que ver con los festejos. El 6 de agosto de 1952 Fulgencio Batista firmó un decreto declarando "Año del centenario de José Martí" al comprendido entre el 28 de enero de 1953 y la misma fecha en 1954, y creó una Comisión Nacional Organizadora de los Actos y Ediciones del Centenario y del Monumento a José Martí; en setiembre aprobó una ley-decreto por la que se dispuso descontar un día de haber a todos los empleados públicos, y a los de empresas privadas y comercios, y fijar un impuesto nuevo sobre la carne, el café y el tabaco, para sufragar los gastos del centenario; y con otra disposición similar, publicada en la Gaceta Oficial el 19 de diciembre de 1952, Batista y su consejo de ministros determinaron llamar al 28 de enero de 1953 "Día de júbilo nacional"; pero trece días antes de que llegara esa fecha, el 15 de enero, al dispersar la policía una manifestación cerca de la Universidad de La Habana, cayó abatido a balazos la primera víctima de la lucha contra el régimen: el estudiante Rubén Batista.
El propósito mayor del gobierno con los actos del centenario de Martí fue refugiarse en su culto para confundir la opinión internacional, y aprovecharse de la reverencia del cubano por su más alta figura y así disimular la injustificable interrupción del ritmo constitucional del país. Uno de los actos más sonados por la fecha habría de ser el Congreso de Escritores Martianos, en el cual, con toda prudencia, para no lastimar los intereses de los que ocupaban el poder, no se iban a tratar aspectos fundamentales del pensamiento martiano: su antiimperialismo, su sentido de justicia social, su antimilitarismo, su anticlericalismo, su antirracismo, su pasión democrática y su apasionada defensa de los derechos humanos. Se cursaron invitaciones, y sin darse cuenta del daño que le hacían a Cuba, o indiferentes a él, asistieron ciento veinticuatro escritores procedentes de veintitrés países. Entre otros de los que con su presencia apoyaron la opresión que sufría el país, y por citar ahora sólo a algunos de los más conocidos, se pueden recordar aquí: de la Argentina, Enrique Anderson Imbert y Dardo Cúneo; de Bolivia, Guillermo Francovich; del Brasil, Silvio Julio; de Chile, Gabriela Mistral; de Colombia, Baldomero Sanín Cano; de Santo Domingo, Max Henríquez Ureña y Emilio Rodríguez Demorizi; españoles, Federico de Onís, Guillermo Díaz Plaja y Manuel Pedro González; de los Estados Unidos, Willis Knapp Jones, Howard Cline y Sturgis E. Levit; de Francia, Francis Miomandre; de Guatemala, Manuel Galich y David Vela; de México, José Vasconcelos, Francisco Monterde, Mauricio Magdaleno y José de J. Núñez y Domínguez; del Perú, Ciro Alegría; de Puerto Rico, Concha Meléndez y José Agustín Balseiro; del Uruguay, Juana de Ibarbourou y Carlos Sabat Ercasty; y de Venezuela, Mariano Picón Salas... Fue muy triste, por otra parte, que, ignorando el mal que le hacían a su patria, también algunos cubanos participaran en el Congreso: muchos de ellos, más tarde, habrían de lamentar su imperdonable ligereza.
EL CONGRESO DE ESCRITORES MARTIANOS
La reunión de los escritores tuvo lugar en la última semana de febrero de 1953, y como hacen siempre con los turistas los regímenes despóticos, llevaron a los invitados a aquellos lugares que más favorable impresión les producirían. Los actos oficiales se iniciaron con una ofrenda de flores en el monumento a Martí del Parque Central; luego se celebró la sesión primera del Congreso en el Hemiciclo de la Cámara de Representantes, en el Capitolio; en ese mismo día 20 visitaron el Instituto Cívico Militar de Ceiba del Agua, donde les habían preparado un almuerzo; y por la noche, desde una glorieta en la calle Prado, vieron el desfile del Carnaval y las Comparsas. En los días siguientes se leyeron los trabajos en la Casa Continental de la Cultura, hoy Casa de las Américas, y asistieron a banquetes en el Ingenio Gómez Mena, la Cervecería La Tropical y el restaurante París; a un concierto de la Orquesta Filarmónica de La Habana, en el teatro Auditorium; y a una recepción en el Palacio Presidencial, a donde fueron a saludar a Batista...
Como parte de sus actividades, los congresistas tomaron diversos acuerdos: se declaró a Martí "Maestro de América", se hizo una petición a los gobiernos del Continente para que crearan el "Día de Martí" y, en las universidades y otros centros de enseñanza, cátedras dedicadas al estudio de su vida y su obra. A la luz del momento en que se tomaron, y todavía más con lo que sucedió después, adquieren singular relieve algunos de los acuerdos de aquel Congreso: uno tenía que ver con "Las libertades individuales del hombre" y con la "soberanía" de los países, y el otro con los "Presos Políticos"; se lee en el primero: "Considerando que la obra y vida de Martí se consagraron a predicar y luchar por la realización plena, en América Hispana, de los más altos valores humanos, entre los cuales tienen jerarquía superior el de la libertad y el bienestar del hombre... el Congreso de Escritores Martianos expresa su ferviente anhelo porque el imperio de las libertades fundamentales del hombre y la convivencia entre las repúblicas americanas, fundada en el respeto pleno a la soberanía política y económica de cada una de ellas por parte de las otras, cobren pronta y total vigencia, como la forma más adecuada de rendir culto permanente a la figura del Apóstol de la democracia". Y el otro dice: "Considerando que el Apóstol José Martí fue uno de los grandes paladines de la libertad y la dignidad humana, el Congreso de Escritores Martianos recomienda a los gobiernos de todos los países a que pertenecen los miembros de este Congreso, en que hubiera presos políticos, liberen a dichos presos como un homenaje a la memoria de Martí en su Centenario..". Cabe preguntarse qué pensarían esos escritores, ya de vuelta en sus patria, cuando, poco después, llegaron a tener conocimiento de los muertos y desaparecidos entre los que se oponían al régimen, de las continuas violaciones de los derechos humanos y del crecimiento de la población penal en la isla.
Otro acuerdo del Congreso tiene especial relieve para lo que interesa destacar aquí. Como el fin de aquella farsa era presentar a Cuba en pleno progreso social y económico, a pesar del Golpe de Estado, y al pueblo, feliz, y en apoyo de sus gobernantes, como si no hubiera pasado nada, aprovechando los fondos que se habían recaudado para los actos del centenario, se dispuso la publicación de un "Libro-Panorama", el cual habría de destacar, en español, francés e inglés, los adelantos en todas las actividades del país. El resultado fue un curioso libro publicado por el Ministerio de Información, del que se hicieron varias ediciones de lujo, que llevaba el significativo título de Cuba: Isla de las Maravillas. En su primera página aparece, reproducida en facsímil, una recomendación manuscrita en la que se lee: "This is an excellent book. It is well written and the illustrations are good. It should be read by every visitor to Cuba", y está firmado por "Ernest Hemingway. Finca La Vigía, San Francisco de Paula". La siguiente página es una lámina a colores que representa el desembarco de Colón en Cuba, y, la próxima, después del título, también a colores, la ocupa una fotografía del "Mayor General Fulgencio Batista y Zaldívar; Honorable señor presidente de la República". El lector recibe así el intencionado mensaje: las dos columnas del país eran: Colón, que lo descubrió, y Batista en quien se resumía su historia: casi todo cuanto allí se recoge en descripciones y fotografías, de alguna manera parece deberse al régimen del 10 de marzo: las industrias, los centros de educación, los edificios públicos, los hoteles, los hospitales, los centros de diversión, los monumentos, las carreteras... El texto lo forman las impresiones de un extranjero que visita a Cuba. Dice al comenzar su relato: "La primera impresión es agradabilísima; aquí se siente uno libre, verdaderamente libre, en medio de una multitud anónima y sonriente que le acoge y recibe como a un miembro de la familia..". Siguen luego casi cuatrocientas ilustraciones que muestran el progreso material que había logrado la República, y también muestran, aun con mayor elocuencia, la torpeza del 10 de marzo, pues Cuba, a pesar de sus errores, había logrado un adelanto notable si se compara con el de otros países de la América Latina. Cuba: Isla de las Maravillas, termina con una visita de su autor, Ernesto T. Brivio, a Batista, y dice de él: "Batista es el prototipo del hombre de Nietzsche [el Superhombre] que, como otras grandes figuras, escapa al juicio de sus contemporáneos... Cuando Batista habla de Cuba se enardece; se ilumina su mirada con el fuego de la pasión que le consume y por la que ni un solo instante vacilaría en jugarse la vida. Raramente he visto a un hombre de gobierno amar tanto su tierra más allá de las ambiciones personales y los intereses de partido..".
LA MUERTE DE MARTÍ
Martí y el general Máximo Gómez llegaron, con unos cuarenta hombres, a la finca La Jatía, en Dos Ríos, el 12 de mayo de 1895. Desde que desembarcaron en Playitas con sus cuatro compañeros, en la costa sur de Baracoa, el día 11 de abril, habían recorrido unos 375 kilómetros y levantado veintitrés campamentos. Esa zona está enmarcada al norte por el río Cauto, al oeste por el Contramaestre, y al sur y al este por montes de jatías. Su terreno llano, cruzado por un camino real, estaba así bien protegido por los jatiales y los ríos. Venían Martí y Gómez con el disgusto de que algunos insurrectos, alegando razones humanitarias, permitían la entrada de alimentos en los poblados de aquella región, y enseguida se dieron a la tarea de dictar órdenes precisas para impedir dicha práctica: en unas "Instrucciones Generales a los Jefes y Oficiales" les advertían:
... Hay que fatigar y tener en ejercicio las fuerzas del enemigo, y privarle de recursos, a él, y a las ciudades y poblados donde se asila... cualquier descuido que dé al enemigo lo que se le puede quitar, o le permita recibir lo que no debió llegar a él, es delito de traición a la patria... El miramiento por las familias de las ciudades, que son los mejores campamentos del enemigo, no puede ser razón, en revolucionarios honrados, para herir de muerte a la revolución, abasteciendo en las ciudades a los campamentos enemigos... Deben destruirse las propiedades donde se albergue o provea, o pueda albergarse o proveerse, el enemigo, y cuanto le valga como posición o ayuda...
Al día siguiente Martí le escribe al general Bartolomé Masó, a quien desde hace una semana esperan, y le dice: "Ni la labor que hemos venido sembrando y juntando me parecerá bien adelantada hasta dar con usted..". El 16 resume en su Diario las actividades del día: "Lluvia, escribir, leer". El 17 Gómez sale a hostigar la tropa española que iba de Palma Soriano con alimentos para Remanganaguas y las Ventas de Casanova; Martí permanece en el campamento, y el 18 le escribe la conocida carta a Manuel Mercado: "...estoy todos los días en peligro de dar mi vida por mi país y por mi deber puesto que lo entiendo y tengo ánimos con que realizarlo de impedir a tiempo con la independencia de Cuba que se extiendan por las Antillas los Estados Unidos y caigan, con esa fuerza más, sobre nuestras tierras de América... Sé desaparecer. Pero no desaparecería mi pensamiento, ni me agriaría mi oscuridad..". No pudo terminar la carta porque esa noche había llegado Masó. El 19, ya desde una finca cercana, Vuelta Grande, su último campamento, le da a Gómez la noticia en una esquela a lápiz, su último escrito, en la que le decía: "Como a las cuatro [a.m.] salimos, para llegar a tiempo a la Vuelta, a donde pasó desde las diez [p.m.] la fuerza de Masó, a acampar y reponer su muy cansada caballería: desde anoche llegaron. No estaré tranquilo hasta no verlo llegar a usted..".
Al mediodía ya estaba con Martí y Masó el general Gómez, quien más tarde iba a escribir: "Mi llegada al campamento, que sería a la una, próximamente, fue causa de gran alborozo. Se forman las fuerzas; el general Masó y Martí estuvieron elocuentísimos. Yo también dije algunas palabras, y cuando me preparaba a acampar y descansar avisan de la avanzada del camino por donde entré que se habían oído tiros, y a poco un ranchero con el cual habían sido los tiros avisó de enemigo por mi rastro. ¡A caballo! grité yo, y dije al general Masó: ¡Siga con toda la gente detrás de mí!" En total eran unos 300 hombres. La fuerza española, más numerosa y mejor armada, que supieron de los cubanos por un mensajero que habían mandado Martí y Gómez a comprar café y comestibles, estaba a las órdenes del coronel José Ximenez de Sandoval; éste situó convenientemente a sus soldados en la orilla derecha del Contramaestre, que en ese lugar tenía barrancas de 6 metros de altura. El general Gómez, imprudente, sin conocer bien la posición ni la fuerza del enemigo, impulsado quizás por las arengas de Martí y Masó, se hizo seguir de la tropa, vadeó el Contramaestre por el Paso de Santa Úrsula, y ordenándole al general Francisco Borrero que atacara por la derecha él cargó por la izquierda. El nutrido fuego de los españoles, escondidos en la maleza, los hizo retorceder, habiendo recibido el coronel Bellito las heridas por las que poco después falleció. Mientras esto sucedía Martí, también imprudente, a quien habían dejado en el campamento con reducida escolta, con la vergüenza natural de verse lejos del peligro, montó en el caballo de crin rubia que le había regalado José Maceo, cruza el río y se lanza a galope sobre los españoles, en medio de un aguacero, seguido por Ángel de la Guardia. Y por una descarga de la fusilería enemiga cayó muerto entre un dagame y un fustete, a 100 metros de la entrada de la finca y a 20 de la orilla del río. Identificado el cadáver, lo pusieron en una hamaca en el portal de la casa de Rosalío Pacheco, y luego lo amarraron sobre un caballo para emprender camino, hostigados por los mambises, hacia Remanganaguas. Los cogió la noche, pusieron el cuerpo al pie de un jobo, y a la mañana siguiente llegaron al poblado donde Sandoval, mientras su tropa se bebía en la cantina los 500 pesos que le robaron a Martí, mandó enterrarlo en una fosa común, sin ataúd, para luego echar sobre él el cadáver de un soldado español.
LOS ENTIERROS DE MARTÍ
No hubiera sido fácil convencer a los cubanos, y a la opinión pública mundial, de que Martí había muerto, y las autoridades españolas decidieron trasladar el cadáver a Santiago de Cuba para exhibirlo, en extraña profanación, aunque con la excusa de darle cristiana sepultura, como trofeo de caza mayor y así amedrentar a los insurrectos. Todavía a principios de junio la viuda y el hijo de Martí tuvieron que viajar a Nueva York "para convencerse de la realidad"; y el día 6 de ese mes daba el Tampa Weekly Tribune esta noticia: "The report that Martí, the Cuban patriot, is alive, is confirmed by his arrival in New York... Col. [Fernando] Figueredo has authorize the Tribune to state that the famous leader of Cuban liberty will address an audience in this city during the latter part of this week. Elaborate preparations are being made for his reception..".; y no fue hasta el 17 de junio que Patria, en Nueva York, el periódico del Partido Revolucionario Cubano, publicó lo siguiente en un aviso de "Ultima hora": "Al entrar en prensa el presente número recibimos la cruel certidumbre de que no existe el Apóstol ejemplar, el maestro querido, el abnegado José Martí..".
El día 21 de mayo despacharon los españoles a un médico para que le hiciera la autopsia y embalsamara el cadáver. Lo desenterraron el día 23, y el médico determinó que el cuerpo, en avanzado estado de descomposición, presentaba una herida en el pecho, otra en el cuello, y una tercera en el muslo. Lo metieron en un ataúd que costó ocho pesos, y en parihuelas amarradas a dos acémilas, siempre junto a fuerte escolta, lo trasladaron a Palma Soriano. De allí fue llevado a San Luis desde donde fue conducido en un vagón de ferrocarril hasta la capital de la provincia. Llegó a las 6 de la tarde del día 26 y enseguida lo llevaron al cementerio de Santa Ifigenia. En sus Crónicas de Santiago de Cuba, Emilio Bacardí cuenta lo que después sucedió: "Día 27. Desde temprano afluye bastante gente al Cementerio General para ver el cadáver de Martí...El ataúd, destapado, permite ver el cadáver, que se halla completamente putrefacto y que despide un hedor intolerable... Poco antes de las ocho de la mañana el féretro fue llevado por los sepultureros hasta la galería sur, y cuando se iba a introducir en el nicho 134, el coronel Sandoval mandó que aguardaran, y dirigiéndose al público preguntó: ¿No hay aquí ningún pariente o amigo del finado? Silencio profundo..". Y a continuación Bacardí transcribe las palabras improvisadas de Sandoval, tal como se publicaron la tarde de ese mismo día en el periódico La Bandera Española. Era el primer paso del coronel en su carrera para ganarse la simpatía de los cubanos, más buscada, por supuesto, después de la independencia. Con ese acto, y antes de que se conociera su comportamiento a raíz de lo sucedido en Dos Ríos, confundió a muchos hasta Máximo Gómez en 1897, recordando la muerte del hijo junto a Maceo, habla en su Diario de "la figura alta del Coronel Jiménez de Sandoval..". Pero era el mismo Sandoval que permitió a su soldadesca despojar a Martí de los papeles y el dinero que llevaba al caer en Dos Ríos; era el mismo que lo amarró a un caballo, como si fuera un fardo, por lo que sus pies y manos tropezaban con los obstáculos del camino; era el mismo que lo tiró sobre el fango junto al jobo, antes de llegar a Remanganaguas; y el mismo que lo echó sin ataúd en una fosa común del cementerio de este lugar mientras sus soldados, según él mismo le confesó en carta al comandante Enrique Ubieta, gastaban en aguardiente y tabaco el dinero que le robaron a Martí. "Nadie puede ver en tal desprecio", como observó Gerardo Castellanos, "nobleza ni caballerosidad de militar peninsular. Más correcto estuvo con Flor Crombet el vil guerrillero de Yateras, Enrique Lescailles, que lo mató y sepultó a su costa en caja". Y tuvo tan poco pudor Sandoval, que en un alarde de hipocresía, ya siendo gobernador de Valencia, en carta a Gonzalo de Quesada y Aróstegui, en 1908, cuando éste era Ministro de Cuba en Washington, le dijo: "Yo mandaba en Dos Ríos la columna que dio muerte al hijo cariñoso, padre modelo, ciudadano sin tacha y talento colosal; y crea usted, mi buen amigo, y recuerde mis hechos y dichos inmediatos a su muerte, que si con sangre de mis venas le hubiera podido dar nuevamente vida y aliento, gustoso la habría cedido no mirando en él al enemigo de España, y sí al genio eminente, modesto entre los modestos, cultísimo como pocos y amante tenaz de una idea en él siempre fija..". Pero las mentiras de Sandoval encontraron eco entre los malos españoles que se quedaron en Cuba después de la independencia, muchos ingenuos, y no menos "cubanos coloniales" todos los que adulaban a esa España imperial y resentida que de nuevo hoy puja, con zalamerías e inversiones, por controlar los destinos del país puesto que se les enseñó a los cubanos a recordar a Sandoval como ejemplo de "hidalguía española", y a compararlo con Federico Capdevila, el noble capitán español que defendió a los estudiantes de medicina en 1871, quien se negó a firmar la injusta sentencia por la que fueron fusilados.
Dos veces enterraron los españoles a Martí: en Remanganaguas y en Santiago de Cuba; y dos veces lo enterrarían los cubanos. La primera fue en 1907. El día 7 de enero de ese año le escribió desde Santiago de Cuba a Carmen Zayas Bazán el gobernador de la provincia de Oriente, Federico Pérez Carbó, quien había conocido a Martí en la emigración: "Muy señora mía y distinguida amiga: el Ayuntamiento de esta ciudad tomó el acuerdo de destruir los nichos del Cementerio General. Como en uno de ellos están los restos del que fue su ilustre esposo y es una de las grandes glorias de Cuba, concebí la idea de que se respetase su sepulcro... Al efecto, y de acuerdo con el Ayuntamiento y el Consejo Provincial, vestiremos con arte, aunque modestamente, el trozo de la Galería Sur, que ha de quedar en pie para conservar el frontis del nicho que guarda los restos del Maestro..". Así se construyó un sencillo "templete de estilo jónico", diseñado por José Bofill, y el 24 de febrero, a las 10 de la mañana, mientras la banda municipal tocaba la "Marcha Fúnebre" de Chopin, se exhumaron los restos y se colocaron en una "urna de plomo", en la cual también se puso según testimonio del notario y de todos los presentes —el hijo de Martí, el gobernador de Oriente, el Jefe de la Guardia Rural, entre otras personalidades— "una copia del acta, escrita en pergamino en un tubo de cristal gravada en él la palabra ‘Martí’ [la cual urna] fue herméticamente soldada... y colocada dentro de otra de caoba, siendo depositada en el mismo nicho número ciento treinta y cuatro..".
Desde la década de los treinta se había hablado de la posibilidad de trasladar los restos de Martí a La Habana, al Capitolio Nacional, pero hubo protestas, y años más tarde, durante el gobierno de Grau San Martín, en octubre de 1945, se aprobó un crédito de 100 mil pesos para construir un panteón que fue diseñado y construido por el escultor Mario Santí García, en el propio cementerio de Santa Ifigenia. Dos años más tarde, el 30 de setiembre de 1947, al iniciarse las obras, los restos fueron colocados provisionalmente en el Retablo de los Héroes, en el mismo cementerio, hasta que el 30 de junio de 1951 se trasladaron al nuevo mausoleo. Contó Rafael Lubián y Arias, en su Ruta de Martí: "El día anterior a la inauguración, los restos del Apóstol fueron llevados al Gobierno Provincial de Oriente, en Santiago de Cuba, donde fueron velados durante ese día y esa noche. Las calles de la ciudad fueron adornadas, así como las casas y balcones, y al día siguiente, 30 de junio de 1951, el pueblo se desbordó de admiración y respeto al ser trasladados los restos al cementerio de Santa Ifigenia, dejando caer desde los balcones, adornados con miles de banderas cubanas, y desde las azoteas, pétalos de rosas, casi todos blancos, sobre el armón que conducía los restos, demostración evidente al que dedicó y dio su vida, en el campo de batalla, peleando por la libertad e independencia de su muy amada patria, el 19 de Mayo de 1895". Coinciden los comentaristas de la época en considerar aquel acto como el acontecimiento más conmovedor y significativo en la historia de Santiago de Cuba: "Mientras desfilaba por las calles de la ciudad", dijo en su crónica Waldo Medina, "y el pueblo en marcha rítmica lo seguía, desde los balcones, desde las aceras, desde las azoteas arrojábanle una verdadera lluvia de pétalos de rosa... Yo iba al lado de un buen cubano y buen oriental, Nemesio Lavié, y vi a este hombre entero y viril levantar los ojos húmedos de lágrimas. Todo el pueblo tenía los ojos así..".

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Mausoleo en el mismo cementerio de Santiago de Cuba, a donde se trasladaron los restos de Martí el 24 de Febrero de 1907.
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CONCLUSIÓN
La muerte de Martí y la forma en que se celebró en Cuba el centenario de su natalicio hacen pensar en el 19 de Mayo del año próximo, cuando se cumple el centenario de su muerte. El gobierno, y sus esbirros disfrazados de intelectuales, invitarán a escritores en todo el mundo para celebrar el acontecimiento, y otra vez, con su presencia en la isla, los que vayan, olvidando las palabras de Martí de que "visitar la casa del opresor es sancionar la opresión" le harán un buen servicio a la tiranía; y también habrá cubanos dispuestos a sumarse a la farsa volviéndole las espaldas al severo juicio de Martí de que "es criminal quien sonríe al crimen, quien lo ve y no lo ataca; quien se sienta a su mesa; quien se sienta a la mesa de los que se codean con él o le sacan el sombrero interesado..".
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