MARTI: SU ÚLTIMO CUMPLEAÑOS
El mes de enero de 1895 empezó para Martí lleno de esperanzas. Las expediciones que había preparado para desembarcar en Cuba navegaban con éxito hacia Fernandina, el pequeño puerto de la Florida. El día 6 le escribe a un amigo: "Bailo de contento con la alegría de ver triunfante nuestra grandeza. Esto sí es Año Nuevo". Poco después, sin embargo, vino el desastre, "la inicua entrega". El plan había fracasado por "la cobardía y acaso la maldad" de un cubano. Al hotel Travellers, donde se hospedaba en Jacksonville, lo fueron a ver Mayía Rodríguez y Enrique Collazo: "¡Yo no tuve la culpa! les repitía arrojándose en sus brazos. Pero había mucha obra que hacer y pronto se repuso: "Tallo en la roca y en el mar mi caballo nuevo, cuando me desensillan de una puñalada el caballo". Pidió más dinero a sus amigos. A los pobres: al anciano Pedro Gómez le escribe: "¡ Qué grave no será mi deber, y el caso, cuando le pido al santo viejo que empeñe para su patria el techo que lo cubre!" Y a los Pedroso, el matrimonio negro de Tampa: "Si es preciso, háganlo todo, den la casa. No me pregunten. Un hombre como yo no habla sin razón este lenguaje".
De regreso a Nueva York, para burlar los espías de España, se hospedó en casa de su médico, el Dr. Ramón Luis Miranda . Años más tarde éste recordaba: ''Imposible me es bosquejar el estado de excitación nerviosa en que se encontraba Martí; se paseaba incesantemente de un lado a otro de la sala, intranquilo, lamentando lo que acababa de suceder, meditando lo que debia hacerse, no desmayando en su empresa".
Allí los ricos acudieron en su ayuda; dijo el propio Miranda: "Tan pronto como algunos amigos supieron lo que necesitaba con urgencia, contribuyeron enseguida; las señoras Rita [Tamayo] de Portuondo, mi esposa Luciana Govín, Emilio Núñez, Gonzalo de Quesada, y el que suscribe estas líneas reunimos dinero suficiente para que pudiese realizar sus deseos..."
En medio de cartas, entrevistas y esperas llegó el 28 de enero, el día de su cumpleaños. Debió explicarle el doctor la necesidad de un descanso, y conociendo los gustos de Martí, le organizó una comida en el restaurante Delmónico. Además de su médico, fueron con él aquella noche Gonzalo de Quesada, Gustavo Govín y el joven Luis Rodolfo Miranda, quien habló de ese episodio en una conferencia en La Habana, en 1947.

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El último cumpleaños de Martí.. Invitado por su amigo y médico Ramón Luis Miranda (a su izquierda), aparecen en este dibujo de Juan E. Hernández Giró, Luis Rodolfo Miranda (a su derecha) y frente a él Gustavo Govín y Gonzalo de Quesada.
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Según el testimonio de sus contemporáneos, Martí era parco en el comer, pero esa peculiaridad no lo hacía un desconocedor de los placeres de la mesa. De él dijo su amiga Blanca Z. Baralt: "Como verdadero artista, Martí tenía una gran agudeza de los sentidos, y el paladar estaba en él desarrollado en extremo. Era gourmet a lo Brillat Savarin [se refería al polifacético francés, autor del libro Physiologie du gout, cuyos 8 tomos lograron muchas ediciones en el siglo pasado], y sabía combinar el menú de una comida que haría honor a la pericia de un embajador.
Debieron ir Martí y sus amigos aquel 28 de enero al Delmónico que estaba en la calle 26 esquina a la Quinta Avenida, no lejos de donde vivía el Dr. Miranda. Lorenzo Delmónico, el principal propietario de la cadena de restaurantes, era un personaje que Martí había admirado: su triunfo se produjo a fuerza de trabajo y esfuerzo, y se le consideraba uno de los mejores cocineros del mundo. Nacido en Suiza, casi en la frontera de Italia, en una región católica de habla francesa, vino a Nueva York a los 19 años, donde estaban sus tíos John y Peter Del-Monico (que así se escribía su apellido originalmente). El primero había hecho un pequeño capital comprando vinos en Francia y en España y vendiéndolos en los Estados Unidos y Cuba; y quería tanto al padre Félix Varela que cuando éste perdió la Christ Church, de la calle Ann, le consiguió el local de la calle Chambers, cerca de Broadway, donde el ilustre cubano estableció en 1836 su iglesia de la Transfiguración. El otro Delmónico, Peter, era un excelente repostero. Instigados por el joven Lorenzo, los Delmónico entraron en el nuevo negocio. El propósito era acostumbrar a los norteamericanos a comer como en Europa, sacarlos de su régimen alimenticio insípido y monótono. La carne la preparaban en este país de muy pocas maneras, casi sin condimentos, igual que el pollo y el pescado. y rara vez comían vegetales o ensaladas; y la ignorancia en materia de vinos era ofensiva para los europeos. En una ocasión, al regresar de Europa, dijo el novelista James Fenimore Cooper que los norteamericanos eran "los más ordinarios en el comer entre todas las naciones civilizadas del mundo", y que sus comidas eran siempre "pesadas, rústicas e indigestas, con la preparación más elemental que permite la cocina". En un Menú de Delmónico, de 1838, se podían contar 28 platos de carne (Boeuf au naturel, aux épinards, à l'Iatlienne, aux pomme de terre, à la Montigny, au vin de Madero...) y otros tantos de ternera (Veau à l'Impératrice, aux champignons, à la sauce Robert, à la Perigueux, à la financiêre...), y unos 40 postres e igual cantidad de vinos... Los Delmónico tenían en Brooklyn su propia cría de ganado, y en sus mataderos se inventó el famoso corte que lleva su nombre, el "Delmonico Steak", que contribuyó a la fama de los restaurantes.

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El restaurante Delmónico en la Quinta Avenida esquina a la calle 26.
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El primer Delmónico estuvo en la calle William, y, cuando éste se quemó, en 1833, abrieron otro en Broad Street. Más tarde aparecieron las sucursales de las calles Beaver, Morris y Chambers, en la parte baja de la ciudad; y luego, el más famoso de todos, el de la Quinta Avenida y la Calle 14. El más moderno, sin embargo, en 1895, era al que Martí fue con sus amigos, ya dirigido por los herederos de Lorenzo Delmónico, pero en la misma tradición de comidas y refinamiento que duró hasta principios de este siglo. Los dos que en la actualidad hay en Nueva York (en Park Avenue y en la calle Beaver, y el que está en la avenida de l'Opéra en París, nada tienen que ver con los originales Delmónico: retirada la familia del negocio de restaurantes, un juez determinó que el apellido ya era una palabra del dominio público, sinónimo de buen comer: el mejor homenaje póstumo a un cocinero...
La nómina de figuras que visitaba los Delmónico es interminable: todos los presidentes, desde Jackson hasta Garfield; los escritores William Cullen Bryant, Ralph Waldo Emerson, Longfellow, Charles Dickens; los millonarios Astor, Vanderbilt, Morgan, Stewart... Martí le rindió homenaje a Lorenzo Delmonico. Con motivo de su muerte, en 1881, escribió en La Opinión Nacional, de Caracas:
A la par que la tierra de Michigan abría su seno para dar sepultura a pobres héroes y a bravos y a infelices ignorados, en Nueva York moría un anciano cuyo apellido goza ya universal fama, más que por especiales títulos suyos a la celebridad, porque de citarlo o recitarlo cobran renombre de elegantes o ricos los hombres de moda. Delmónico ha muerto. ¿Quién que haya venido a Nueva York no ha tenido citas, no ha saboreado café, no ha mordido una fina galleta, no ha gustado espumoso champaña, o Tokay puro, en uno de los restaurantes de Delmónico? Allí las comidas son solemnes; de allí, los refrescos de bodas. En aquella casa, como en la venta en que ganó el Quijote el título de caballero antiguo, se gana desde hace treinta años título de caballero moderno.
En estos tiempos prodigar es vencer; deslumbrar es mandar; y aquélla es la casa natural de los deslumbradores y de los pródigos; en ricas servilletas las botellas húmedas; en fuentes elegantes manjares selectos; en leves cristales perfumados vinos; en platos argentados panecillos suaves: todo es servido y preparado allí con distinción suprema. El creador de esta obra ha muerto: un italiano [Martí no sabía que era suizo] modesto, tenaz y honrado, que comenzó en un rinconcillo de la ciudad baja vendiendo pasteles y anunciando refrescos, ha desaparecido respetado y amado, después de medio siglo de faena. dejando a sus parientes dos millones de pesos... Fábulas parecen las ganancias de Delmónico, y cosas de fábula parecían a los neoyorquinos las maraviilas y delicadezas culinarias que él les había enseñado a saborear: salsas, ornamentos y aderezos que eran cosas desconocidas para los norteamericanos, que en sus periódicos se confiesan deudores a Delmónico del buen gusto y elegante modo que ha reemplazado, con los actuales hoteles, al burdo tamaño y tono áspero de los manjares y su preparación y servicio, en otros tiempos... Una corona singular yacía a los pies del muerto, que decía en grandes letras de flores: La Sociedad Culinaria Filantrópica. Y muchos hombres ilustres, que lo fueron más por este tributo varonil y honrado, asistieron a los funerales del virtuoso y extraordinario cocinero, ya por esa singular afinidad que atrae a los hombres hacia los que satisfacen sus placeres, ya por espontánea admiración de las dotes notables de energía, pertinacia, inteligencia, y modestia que adornaron a aque] rico humilde, que no abjuró jamás de su delantal de dril ni de su servilleta blanca...

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Los Delmónico: John, el protector del padre Varela, atrás, con una bandeja; Peter, con un tabaco en la mano; y Lorenzo, sentado, al que tanto admiró Martí.
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Con estos juicios, y por los gustos de Martí, no es difícil imaginar cuán grata le resultó aquella comida de su cumpleaños. Pero sobre él pesaban tan grandes responsabilidades que le debieron limitar el disfrute. Era inminente el inicio de la guerra: al día siguiente iba a firmar en casa del doctor la Orden de Alzamiento para enviarla a La Habana, y el 31 se embarcaría hacia Santo Domingo para encontrarse con Máximo Gómez y seguir hacia Cuba. Dijo Luis Rodolfo Miranda: "Como es de imaginarse, el ambiente de aquella comida no era de esa alegría que generalmente se experimenta cuando se reúnen personas para divertirse o pasar el tiempo lo mejor posible; todo lo contrario: había algo que presagiaba la tragedia que se avecinaba. La comida se terminó, si no con alegría, dejándonos a todos complacidos. Martí jaraneaba, conversaba entusiasmado con el éxito de sus proyectos, y a todos nos parecía que de ese ser tan admirable brotaba una estrella radiante de luz para Cuba, la liberación de nuestra patria... Y levantando nuestras copas brindamos con el Maestro por nuestro ideal de justicia y felicidad".
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