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José Martí

Carlos Ripoll

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CENTENARIO DE POETAS EN NUEVA YORK

LOS VIAJEROS
EL "NARCISO" Y EL "MISIONERO"
DARÍO EN "EL CORAZÓN DEL MONSTRUO"

TELÓN

El 24 de mayo de 1893 se encontraron en las orillas del Hudson los dos más grandes escritores de nuestras tierras: José Martí y Rubén Darío. Las biografías de los dos ilustres americanos mencionan el encuentro, pero no dan detalles del mismo porque no son conocidos. El propósito de estas páginas es el de iluminar el escenario en que se produjo, y asomarnos al alma de los actores, también como homenaje a esos dos seres únicos a los que en disfrute, lección y orgullo tanto debemos en la América nuestra.

LOS VIAJEROS

Con los últimos versos de "Lo fatal", la conocida composición de Darío en sus Cantos de vida y esperanza, conviene recordar adónde iban y de dónde venían los poetas, en qué estaban, qué saber tenían uno del otro, y verlos luego, juntos, unas horas de aquella noche del 24 de mayo de 1893, y separarse, ya para siempre, y seguir cada uno por su lado a completar la obra que el destino les tenía asignada.

El más valioso testimonio del encuentro es el del propio Rubén, escrito en 1912, en su Autobiografía, dijo:

Me hospedé en un hotel español, llamado Hotel América, y de allí se esparció en la colonia hispanoamericana de la imperial ciudad la noticia de mi llegada. Fue el primero en visitarme un joven cubano, verboso y cordial, de tupidos cabellos negros, ojos vivos y penetrantes, y trato caballeroso y comunicativo. Se llamaba Gonzalo de Quesada. Me dijo que la colonia cubana me preparaba un banquete que se verificaría en casa del famoso restaurateur Martín, y que el "Maestro" deseaba verme cuanto antes. El Maestro era José Martí, que se encontraba en esos momentos en lo más arduo de su labor revolucionaria. Agregó asimismo Gonzalo que Martí me esperaba esa noche en el Hardman Hall, en donde tenía que pronunciar un discurso ante una asamblea de cubanos, para que fuéramos a verle juntos...

El Hotel América, donde se hospedó Darío, era el preferido de los cubanos, y se anunciaba regularmente en Patria, con aquí se ve.

Darío había embarcado en Panamá y llegaba a Nueva York en tránsito a Buenos Aires, a donde iba, después de una escala en París como representante consular de Colombia. Tenía nada más que 26 años y ya era bien conocido en el mundo de las letras. La segunda edición de Azul, en 1890, con el elogio del crítico español Juan Valera, lo consagró como el abanderado de un modo nuevo en la literatura de lengua castellana. Así contaba el poeta nicaragüense con el aplauso y la admiración de renombrados escritores y políticos, y con la amistad de cuantos había conocido en sus anteriores viajes: en Centroamérica (Enrique Gómez Carrillo, Francisco Gavidia, José Joaquín Palma), en Chile (José Victorino Lastarria, Pedro Balmaseda Toro, Eduardo de la Barra), en Colombia (los presidentes Rafael Núñez y Miguel Antonio Caro), en España (Menéndez Pelayo, Castelar y Emilia Pardo Bazán), en Cuba (Julián del Casal, Hernández Miyares y Manuel Serafín Pichardo), y tantos otros. Y aún más amplio horizonte le habían proporcionado sus correspondencias a La Nación, de Buenos Aires que le empezaron a publicar a principios de 1889, y que se leían en todas las capitales de Hispanoamérica y en todas las provincias de España.

También estaba en viajes Martí en los días de su encuentro con Darío. Acababa de llegar de Tampa y Cayo Hueso, donde tuvo que explicar un levantamiento en Cuba, provocado por los españoles, que ponía en peligro los planes del Partido Revolucionario Cubano; y, por el mismo motivo, seguía hacia Montecristi, en Santo Domingo, y Puerto Limón, en Costa Rica, para entrevistarse con los generales Máximo Gómez y Antonio Maceo. El mes anterior, entre Holguín y Tunas, en la provincia de Oriente, se habían alzado en armas los hermanos Manuel y Ricardo Sartorius, ricos terratenientes de la zona, al parecer instigados por la Guardia Civil; la idea de las autoridades era confundir a los patriotas cubanos en la isla y provocar divisiones entre los emigrados. Antes de saberse toda la verdad, Martí se encontraba en difícil situación: algunos contactos habían tenido los Sartorius con los conspiradores de Cayo Hueso, pero el Partido de Martí no había autorizado, ni tenía noticia, del alzamiento. Vivieron los cubanos en el extranjero días de extrema felicidad: parecía haber comenzado la guerra. Luego, al saberse el fracaso de la intentona revolucionaria, cundió el pesimismo, y la mayoría de los emigrados empezó a dudar en la capacidad de Martí para dirigir el esfuerzo separatista. Es por eso que al mitin de Hardman Hall, más que como jefe de las emigraciones, iba como acusado para que ellas lo juzgaran. Darío siguió así su evocación del encuentro:

Fui puntual a la cita, y en los comienzos de la noche entraba en compañía de Gonzalo de Quesada por una de las puertas laterales del edificio en donde debía hablar el gran combatiente. Pasamos por un pasadizo sombrío y, de pronto, en un cuarto lleno de luz, me encontré entre los brazos de un hombre pequeño de cuerpo, rostro de iluminado, voz dulce y dominadora al mismo tiempo, y que me decía esta única palabra: "¡Hijo!" Era la hora ya de aparecer ante el público, y me dijo que yo debía acompañarle en la mesa directiva, y cuando me di cuenta, después de una rápida presentación a algunas personas, me encontré entre ellas y con Martí en un estrado, frente al numeroso público que me saludaba con aplauso simpático. ¡Y yo pensaba en lo que diría el gobierno colombiano de su cónsul general, sentado en público en una mesa directiva revolucionaria antiespañola! Martí tenía que defenderse esa noche. Había sido acusado, no tengo presente ya si de negligencia o precipitación en no sé cuál movimiento de invasión a Cuba. Es el caso que el núcleo de la colonia le era en aquellos momentos contrario; mas aquel orador sorprendente tenía recursos extraordinarios, y aprovechando mi presencia, simpática para los cubanos que conocían al poeta, hizo una presentación ornada de las mejores galas de su estilo. Los aplausos vinieron entusiásticos, y él, aprovechando el instante para sincerarse y defenderse de las sabidas acusaciones, y como ya tenía ganado al público, y como pronunció en aquella ocasión uno de los más hermosos discursos de su vida, el éxito fue completo, y aquel auditorio, antes hostil, le aclamó vibrante y prolongadamente...

Es una lástima que el periódico Patria, como con frecuencia lo hacía, no haya recogido esa oración que Darío consideraba "uno de los más hermosos discursos de su vida". Y es de tener en cuenta esa opinión suya toda vez que, cuando la publicó, Gonzalo de Quesada ya tenía impresos los 10 primeros tomos de las Obras de Martí, en los que aparece una buena selección de sus discursos políticos, por el 10 de octubre, y los que pronunció en la Sociedad Literaria Hispanoamericana, de Nueva York. Y Darío, al tanto de los libros de Cuba, y de todo lo de Martí, debía de conocerlos. Pero es que con el apuro de sus viajes por lo de Cuba no tuvo tiempo de recogerlo. Además de Tampa y Cayo Hueso, en un mes acababa de visitar las emigraciones de Filadelfia, Atlanta y Nueva Orleans, y se sentía cansado y enfermo: al día siguiente de conocer a Darío, el 25 de mayo, dictó varias cartas en las que les decía a Nicolás Domínguez Cowan: "La enfermedad me obliga a escribirle por mano ajena..."; a Antonio Maceo: "... ni por mano de este amigo querido le escribiría, sino por la mía propia, a no ser que estoy en cama sin moverme más que para las obligaciones... ", y a Flor Crombet: "...por mi enfermedad no le escribo con mi mano, sino por la de un amigo que lo es de Ud., Gonzalo de Quesada..."

Es por eso que, para saber algo del discurso, hay que recurrir a una reseña que publicó Patria el 27 de mayo con el título de "Otra vez en el Hardman Hall", sin firma, de la cual, siendo lo único de que se dispone, y porque nunca se ha reproducido, se transcriben aquí las partes que más interesan; dijo el cronista anónimo:

A un simple aviso del Delegado del Partido Revolucionario Cubano, que circuló escasamente por la premura del tiempo, se reunió el miércoles último en el elegante y ya histórico Hardman Hall, una distinguida y ávida concurrencia. No venía esta vez el delegado del Partido a despertar entusiasmos por lógica deducción de sucesos futuros; no venía tampoco, fiel y cumplidor de los preceptos porque se rigen los centros revolucionarios, a dar cuenta de los servicios prestados, sino que venía solemne y replegado a tratar los sucesos recientes de Holguín, y de la situación en que actualmente se encuentra la isla de Cuba. El público comprendió la grandeza sin aparato de aquel momento; se penetró de que iba a ser juez imparcial y no parte interesada de aquella revisión de los hechos, y supo revestirse de desusada gravedad e imponente silencio cuando los miembros del Consejo de Nueva York, seguidos del delegado, se presentaron en el palco escénico a recibir el veredicto inapelable de la emigración neoyorquina. El aplauso de bienvenida, la frase alentadora con que siempre han recibido los patriotas revolucionarios al vocero elocuente de sus aspiraciones, por esta vez no resonaron en el amplio salón, las sugestiones, el arranque simpático fueron relegados a lo más íntimo del alma para dejar a la razón serena que juzgase sin apasionamiento. Pero cuando el delegado, irguiendo el cuerpo que contra los mandatos imperativos de sus voluntad, que quiere rendirse a las presiones de tenaz dolencia, avanzó hasta el primer término, y con voz que arrancaba del fondo del alma, saludó a los que quieren ser dignos y libres en el concierto de la América republicana, y presentó como ejemplo noble del vigor intelectual de la raza ya redimida al huésped distinguido que se sentaba en el proscenio como augurando con su presencia las simpatías de su patria centroamericana; cuando con apóstrofe varonil y vehemente saludó en Rubén Darío al artista, al literato, al poeta de vuelo original y de lozana imaginación que marcha de los primeros entre los representantes de la genial y colorida literatura latinoamericana, y lo envidió porque podía levantar su frente sin el rubor del esclavo, la concurrencia no pudo sostenerse y el aplauso sonó tanto más estrepitoso cuanto más reprimido se había querido tener. Y entrando en el fondo de su discurso, juzgó el alzamiento de los hermanos Sartorius con las reservas propias de un acontecimiento cuyas causas originales no son aún bien conocidas, y que pudo ser una celada en la cual cayera el Partido Revolucionario Cubano. Las conmovedoras frases finales del Delegado, que vuelve a emprender enfermo y solo, pero infatigable y animoso, la peregrinación admirable de la abnegación patriótica, fueron de un efecto indescriptible: los aplausos se prolongaron y ni una sola exclamación: era que el alma de la patria flotaba en el salón, y los patriotas se reconcentraban en sí mismos, meditaban y jurábanse silenciosamente cumplir desde luego como buenos y como dignos.

Por lo que se adivina en ese recuento del mitin, es evidente que Martí, con habilidad política, se aprovechó de la presencia de Darío para evitarse mayores explicaciones por el imprudente levantamiento en Cuba, y para reafirmar las esperanzas de todos en el movimiento que dirigía. Si fue cierto lo que cuenta el cronista (y no hay razón para creer lo contrario), que el estar Darío en la tribuna del acto se interpretó como un apoyo de "su patria centroamericana" para la causa de Cuba, es una deuda de gratitud que tiene el pueblo cubano con el de Nicaragua, y con su insigne representante de entonces. A pesar de la situación desagradable y comprometida en que lo puso Martí, de la cual, como se ha visto, Darío se dio cuenta, no aparece en su recuerdo la menor queja.

Del Hardman Hall, que estaba en la Quinta Avenida y la calle 19, fueron a casa de Carmita Mantilla, en el número 108, Oeste, de la calle 61; y así concluye la evocación de Darío de aquella noche memorable:

Luego fuimos a tomar el té a casa de una amiga suya, dama inteligente y afectuosa, que le ayudaba mucho en sus trabajos revolucionarios. Allí escuché por largo tiempo su conversación. Nunca he encontrado, ni en Castelar mismo, un conversador tan admirable. Era armonioso y familiar, dotado de una prodigiosa memoria, y ágil y pronto para la cita, para la reminiscencia, para el dato, para la imagen. Pasé con él momentos inolvidables, luego me despedí. Él tenía que partir esa misma noche para Tampa con objeto de arreglar no sé qué preciosas disposiciones de organización. No lo volví a ver más.

Martí quería mantener en secreto su próximo viaje y no le dijo la verdad a Darío: ni se iba esa noche ni iba a Tampa. Como se ha visto, el día 25 estuvo escribiendo cartas, posiblemente desde su oficina en 120 Front Street, cerca del muelle por el que saldría hacia la República Dominicana. En el mismo número de Patria en que apareció la reseña del mitin en Hardman Hall, se daba esta noticia: "En la tarde del jueves último, y aún no repuesto de la dolencia que lo aqueja, volvió a emprender viaje el Delegado del Partido Revolucionario Cubano, José Martí. Era su deseo dirigir una circular a las emigraciones admirando sus últimos y patrióticos esfuerzos, pero el despacho de importantísimos trabajos que ocuparon todas las horas de su permanencia en New York le hizo imposible cumplir con ese propósito que tenía en el corazón..." Es que Martí tenía que protegerse del espionaje español, aunque no siempre lo lograba: el día 28 de mayo el cónsul de España en Santo Domingo recibía este despacho de La Habana: "Martí va a tratar con Máximo Gómez en ésa. Es conveniente vigilarlos mucho en donde se hallen. Averigüe si puede sus proyectos, comunicándome sin demora su salida de cualquier punto que sea, y su dirección".

Rubén Darío.

EL "NARCISO" Y EL "MISIONERO"

Darío siempre sintió verdadera admiración por Martí, y nunca fue remiso al elogiarlo; en una ocasión dijo de él: "Es lo que he visto que más se aproxima al genio". Cuando publicó la primera edición de Azul, en 1888, se lamentaba con estas palabras en una carta: "¡Si yo pudiera poner en verso la grandeza luminosa de José Martí! o ¡si José Martí pudiera escribir su prosa en verso!" Y en un banquete de 1912, en Buenos Aires, recordando su primeros años, confesó: "Lleno de juventud y animado de poesía, mi dorada ilusión era figurar en aquella estupenda sábana de antaño [el periódico La Nación, de Buenos Aires] donde Emilio Castelar, Edmundo de Amicis y José Martí hacían flamear, a los aires de la gloria, las más hermosas prosas del mundo..." "Apostólico héroe", lo llamó, y "santo de la libertad". Y al año de la muerte de Martí, en su libro Los raros, junto a Edgar Allan Poe, Verlaine y Moréas, entre otros grandes escritores, puso a José Martí, y allí dijo: "Quien murió allá en Cuba era de lo mejor, de lo poco que tenemos nosotros los pobres; era millonario y dadivoso: vaciaba su riqueza a cada instante, y como por la magia del cuento, siempre quedaba rico. Antes que nadie, Martí hizo admirar el secreto de las fuentes luminosas. Nunca la lengua nuestra tuvo mejores tintas, caprichos y bizarrías. Sobre el Niágara castelarino, milagroso iris de América..." Y por lo que recordaba de Martí en Nueva York, en 1893, añadió: "Allá, a aquella ciclópea ciudad, fue aquel caballero del pensamiento a trabajar y a bregar más que nunca. Desalentado él, tan grande y tan fuerte, ¡Dios mío!, desalentado, en su ensueños de Arte, remachó con triples clavos dentro de su cráneo la imagen de su estrella solitaria, y, dando tiempo al tiempo, se puso a forjar armas para la guerra, a golpe de palabra y a fuego de idea..." Y Darío concluía lamentándose: "Y ahora, maestro y autor y amigo, perdona que te guardemos rencor los que te amábamos y admirábamos, por haber ido a exponer y a perder el tesoro de tu talento. Ya sabrá el mundo lo que tú eras, pues la justicia de Dios es infinita y señala a cada cual su legítima gloria. La juventud americana te saluda y te llora; pero ¡oh! Maestro, qué has hecho...!"

En 1913 Gonzalo de Quesada publicó en La Habana el tomo XI de las Obras del Maestro, de las que antes se habló, con las poesías de Martí. Enseguida Darío se puso a elogiarlas. En su artículo de La Nación, "José Martí, poeta", dijo: "Yo no conocía sino muy escasos trabajos poéticos de Martí... Pero fue también poeta, buen poeta, en verso..." Y recoge una selección de pensamientos de Martí que le parecen su Arte Poética, y luego comenta, generoso, Ismaelillo, los Versos Sencillos y los Versos Libres que forman la colección, y concluye:

Cuando he visto en La Habana a Martí en mármol [se refería a la estatua del Parque Central] en monumento indigno del inmenso para quien la isla entera sería todavía pequeño zócalo he recordado esos versos, y he pensado que ellos parecerían escritos por un hombre de mármol por aquél que sabía o presentía su relativa inmortalidad. Y al finalizar sus "versos sencillos", escritos con la más difícil de las sencilleces, como que en la innata lengua genial, exclama: "Verso, nos hablan de un Dios/A donde van los difuntos:/Verso, o nos condenan juntos/O nos salvamos los dos". Los dos se salvaron... y a aquel arcángel de coraza de acero, se le vieron en ese tiempo, en Nueva York y en Washington, alas de cisne.

¿Y Martí? ¿Qué dijo Martí de Rubén Darío? En un apunte sin fecha se ve que tenía el proyecto de escribir un estudio sobre "los poetas jóvenes de América"; y quiso incluir, además de a Rubén, a tres cubanos (José Joaquín Palma, Francisco Sellén y Diego Vicente Tejera), dos argentinos (Rafael Obligado y Olegario Andrade) y siete mexicanos (Manuel Gutiérrez Nájera, Salvador Díaz Mirón, Justo Sierra, Juan de Dios Peza, Manuel Acuña, Agustín Cuenca y Manuel Puga). Excepto dos de los mexicanos (Díaz Mirón y Puga), a quienes sólo menciona en sus cartas, de todos los demás publicó juicios: algunos breves, otros extensos... ¿Y de Darío? De Darío Martí jamás escribió una palabra. Y bien le conocía la obra. Las colaboraciones de Darío se publicaban en La Nación desde 1888, y Martí escribió en el periódico argentino desde 1882 hasta 1891, y es imposible suponer que Martí no se hubiera enterado de las dos ediciones de Azul puesto que, en particular la última, había recorrido todo el mundo de habla española. Ni siquiera en las tres cartas antes mencionadas, al día siguiente del mitin en el Hardman Hall, Martí habla de Darío, y le hubiera convenido, a los ojos de Maceo y de Flor Crombet, decirles que el bardo nicaragüense estuvo a su lado en aquellos momentos difíciles. ¿Cómo explicar el silencio de Martí? Si hay sola una frase que explique su extensa obra escrita, y sus juicios sobre la literatura, es ésta que aparece en una de sus crónicas de 1884: "Narciso no se ha de ser en las letras, sino misionero". Y Darío era todo "Narciso" y nada "misionero". De su libro Azul dijo, y con el mayor fundamento, que había sido "una producción de arte puro" sin "nada de docente ni de propósito moralizador"; y en su homenaje a Pedro Balmaceda, "A. de Gilbert", publicado en El Salvador, en 1890 suscribía los ideales de su compañero en la bohemia de Chile, que eran, según él "la trinidad de cosas que gustaba Gautier": beber sin tener sed, activar el fuego en el corazón de las mujeres y hacer el amor en todo momento ("boire sans avoir soif, battre le briquet et faire l'amour en toutes saisons"). Nunca se preocupó Darío de esconder su carácter y su conducta; en una ocasión confesó: "Vivo de poesía. Amo la hermosura, el poder, la gracia, el dinero, el lujo, los besos y la música. No soy más que un hombre de arte. No sirvo para otra cosa. Tengo, sí, un epicurismo a mi manera: gocen todo lo posible el alma y el cuerpo sobre la tierra, y hágase lo posible para seguir gozando en la otra vida..." ¿Puede imaginarse actitud más repugnante a los ojos de Martí? No lo censuró en público por aquello que le dijo en una carta a José Joaquín Palma: "Cuando tengo que decir bien, hablo. Cuando mal, callo. Este es mi modo de censurar"; y ese juicio se completa con el que aparece en una de sus cartas a Manuel Mercado; "Creo que la censura más eficaz es la general, donde se señala el defecto en sí, y no en la persona que lo comete, con lo cual queda el defecto tan corregido como del otro modo, sin dar lugar a que el censurado lo tome a mala parte, o encone el defecto, creyendo la crítica maligna y envidiosa..." Y si no "la persona" de Darío, numerosas veces aparece en la obra de Martí la censura del "defecto" que debía encontrar en él.

No pudo el arte magnífico de Rubén hacer que Martí le disculpara su indiferencia ante la realidad social y política de Hispanoamérica, ni su posición extranjerizante, egoísta, aristocrática y gozadora. "Estos tiempos no son de vagar, sino de obrar", predicaba Martí, "no se tiene frente a tanta angustia derecho a soñar"; y en otra ocasión: "La poesía es un dolor, desgarra el pensamiento, las entrañas del poeta, como desgarra el hijo las entrañas de la madre"; y aludiendo al modo preciosista que empezaba a inundar a Hispanoamérica, advirtió: "Poesía es poesía, y no olla podrida, ni ensayo de flautas, ni rosario de cuentas azules, ni manta loca hecha de retazos de todas las sedas, cosidos con hilo pesimista, para que vea el mundo que se es persona de moda, que acaba de recibir la novedad de Alemania o de Francia"; y en 1890, el año de Azul, escribió en El Partido Liberal, de México, elogiando la poesía de Francisco Sellén: "No es su helenismo de ese segundón que traspone a las lenguas de ahora los idilios de flauta y pezuña, y echa a andar a los sátiros de chistera y casaca... En América se padece de esto más que en pueblo alguno... ahora, con el apetito de lo contemporáneo..." ¿Quién no ve en juicios como ésos una alusión a lo que debió ver como el "defecto" de Darío?

En la Revista Ilustrada, de Nueva York, donde Martí había escrito a principios de 1891 una crónica sobre la Conferencia Internacional Americana que se celebraba en Washington, angustiado por el pujo imperialista de los Estados Unidos, meses después hizo Darío publicar un trabajo que tituló "La risa", y que iba dedicado "A José Martí". ¿No sería ese acto una respuesta a las críticas del cubano, una queja respetuosa del nicaragüense a Martí por su postura grave y su seriedad? En esas páginas de Darío, un canto entusiasta a la alegría, se lee: "¡Bendigamos la risa! Bendigamos la risa porque ella libra el mundo de la noche... Bendigámosla, porque ella está en el ala de la mariposa, en el cáliz del clavel lleno de rocío, en el aderezo de los rubíes. Bendigámosla porque ella es la salvación, la lanza y el escudo..." No hay, en lo que se conoce de Martí, ni en sus escritos, refugio para la alegría, tal como la entendió Darío, y menos para la risa, acaso, alguna vez, muy pocas, se le adivina una sonrisa. ¿No sería el escrito de Darío un reproche dirigido a Martí? ¡Tantas otras cosas le podía haber dedicado! Junto a su vertiente amorosa, las fuerzas mayores de Martí se encuentran al lado del dolor y del deber. Sólo cuando desembarca en Cuba para morir en la guerra le confiesa a la hija de Carmen Mantilla, y a sus hermanos: "Puedo decirte que llegué al fin a mi plena naturaleza, y que el honor que en mis paisanos veo, en la naturaleza de nuestro valor nos da derecho, me embriaga la dicha con dulce embriaguez..." Y días más tarde, a los mismos corresponsales: "Me siento puro y leve, y siento en mí algo como la paz de un niño..." Son las palabras y el sentimiento de un "misionero" que ve el fruto de su siembra: él ya no conocía otra felicidad. Pero ésa es la que jamás pudo entender Darío en su hedonismo esteticista: la felicidad del deber cumplido. Por eso al enterarse de la tragedia de Dos Ríos se lamentaba, como antes se vio, de que Martí hubiera ido "a exponer y a perder el tesoro" de su "talento" para lograr la libertad de su patria y quejarse: "¡Oh, Maestro, que has hecho...!"

Una sola composición de Darío aparece fechada durante ésa, su primera estancia en Nueva York. Tiene por título "El país del sol", que luego formó parte de sus Prosas Profanas, y lleva esta dedicatoria: "Para una artista cubana". Darío no dijo su nombre, pero la recordó algunas veces explicando que se trataba de "una señorita cubana que era prodigiosa en el arpa", la cual le había pedido "algo que en aquella dura y colosal Babel le hiciese recordar nuestras bellas y adientes tierras tropicales"; y en la Historia de mis libros dijo Darío que esa composición concretaba "la nostalgia de una niña de las islas del trópico, animada de arte, en el medio frígido y duro de Manhattan, en la imperial Nueva York". Se reducen esos "aconsonantados ritmos", como los llamó, a preguntarle con la mayor ingenuidad el porqué vivía lejos de su isla; le dice:

Junto al negro palacio del rey de la isla de Hierro ¡oh cruel, horrible destierro! ¿cómo es que tú, hermana armoniosa, haces cantar al cielo gris de tu pajarera de ruiseñores, tu formidable caja musical? ¿No te entristece recordar la primavera en que oíste a un pájaro divino y tornasol, en el país del sol?

Y en otras dos estrofas le insiste con semejantes preguntas para recomendarle en la última, sin entender la razón y el sentido patriótico del destierro, y como si la nostalgia de la patria fuera un remediable capricho, que regresara a Cuba; le dice;

Vuelve, pues, a tu barca, que tiene lista la vela resuena lira; Céfiro, vuela y parte, armoniosa hermana, a donde un príncipe bello, a la orilla del mar pide liras y versos y rosas, y acaricia sus rizos de oro bajo el regio y azul parasol, ¡en el país del sol!

DARÍO EN "EL CORAZÓN DEL MONSTRUO"

Broadway en 1893, a la izquierda, en la intersección con la Sexta Avenida (con tren elevado) y la calle 34. Darío describió el lugar como "un río caudaloso, confuso, de comerciantes, corredores, caballos, tranvías, ómnibus y mujeres bellísimas".

Otro episodio completa el paso del poeta nicaragüense por Nueva York en 1893: el banquete de los cubanos que le anunció Gonzalo de Quesada al invitarlo al mitin de Hardman Hall. Darío mencionó brevemente el acto en sus memorias, y se supo más de él cuando la Academia Venezolana de la Lengua recogió en 1963 los trabajos de Nicanor Bolet Peraza, quien había escrito en el periódico Las Tres Américas una nota sobre la visita de Darío; allí dijo aquel "hombre de armas y letras", como lo llamó su amigo Martí:

La noticia de la llegada de Rubén Darío a esta metrópoli se trascendió a la colonia hispanoamericana como jubilosa nueva, y muy especialmente en los círculos que viven en la comunión de las letras. La Sociedad Literaria Hispanoamericana que tenemos la honra de presidir, no pudo hacer ninguna demostración al eminente huésped por estar cerrada la temporada y dispersos por los sitios veraniegos muchos de sus miembros; pero alguno de éstos, con otras personas distinguidas, le agasajaron con un banquete en el Hotel Martín en la noche del primero de los corrientes [junio]. Noche deliciosa fue aquella noche de fraternales expansiones... Rubén Darío habló para dar las gracias por aquel obsequio de hermanos y para decir que no tenía dotes de orador. En cambio nos leyó una bella, robusta, magistral composición a América. Terminado el banquete, tuvimos el gusto de acompañar a Rubén Darío a su hotel, en donde nos hizo la personal distinción de leernos algunas páginas del libro de impresiones que actualmente escribe en Nueva York y que titulará "Polilogía Yankee". Una de esas bellísimas páginas es un recuerdo triste, que por la mente del poeta atraviesa, haciéndole brotar del pecho una nota lúgubre, un canto de amor nostálgico. Esa página es la Elegía a Stella, a la dulce esposa que se fue a los cielos...

Lo que le leyó Darío aquella noche a Bolet Peraza formó parte, tres años más tarde, de su estudio sobre Edgar Allan Poe. Son sus impresiones sobre Nueva York, las que, curiosamente, lo acercan a Martí con el uso de la palabra "monstruo" para indicar lo extraordinario y gigantesco de la ciudad, y no con el sentido peyorativo que cierta crítica interesada le quiere dar siempre al vocablo (y no se puede pensar en que hubo copia, pues lo de Darío se publicó después de la muerte de Martí, y lo de Martí se dio a conocer después de la muerte de Darío). Se reproducen a continuación algunos pasajes de esas páginas porque completan lo dicho hasta ahora sobre la visita que aquí interesa:

En una mañana fría y húmeda llegué por primera vez al inmenso país de los Estados Unidos. Iba el steamer despacio, y la sirena aullaba roncamente, por temor a un choque. En los Narrows se alcanza a ver en la tierra pintoresca y florida, las fortalezas. Luego, levantando sobre su cabeza la antorcha simbólica, queda a un lado la gigantesca Madona de la Libertad, que tiene por peana un islote. De mi alma brota entonces la salutación: "A ti, prolífica, enorme, dominadora. A ti, Nuestra Señora de la Libertad, yo te saludo al paso de mi steamer, postrándome delante de tu majestad..." Hecha mi salutación, mi vista contempla la masa enorme que está al frente, aquella tierra coronada de torres, aquella región de donde casi sentís que viene un soplo subyugador y terrible: Manhattan, la isla de hierro; Nueva York, la sanguínea, la ciclópea, la monstruosa, la tormentosa, la irresistible capital del cheque... Antes de entrar al corazón del monstruo, recuerdo la ciudad que vio en el poema bárbaro el vidente Thogorma... En la fabulosa Babel, gritan, mugen, resuenan, braman, conmueven la Bolsa, la locomotora, la fragua, el banco, la imprenta, el dock y la urna electoral... He allí Broadway. Se experimenta casi una impresión dolorosa: sentís el dominio del vértigo. Por un gran canal cuyos lados los forman casas monumentales que ostentan sus cien ojos de vidrios y sus tatuajes de rótulos, pasa un río caudaloso, confuso, de comerciantes, corredores, caballos, tranvías, ómnibus, hombres-sandwichs vestidos de anuncios y mujeres bellísimas. Temeríase a cada momento un choque, un fracaso, si no se conociese que este inmenso río que corre con una fuerza de alud, lleva en sus ondas la exactitud de una máquina... ¿Por qué vino tu imagen a mi memoria, Stella, Alma, dulce reina mía, tan presto ida para siempre, el día en que, después de recorrer el hirviente Broadway, me puse a leer los versos de Poe...? En medio de los martirios de la vida me refrescas y alientas con el aire de tus alas, porque si partiste en tu forma humana al viaje sin retorno, siento la venida de tu ser inmortal cuando las fuerzas me faltan o cuando el dolor tiende hacia mí el negro arco...

El último documento que se emplea aquí es el más olvidado. Se publicó en Patria el 10 de junio, a los pocos días de embarcar Darío hacia París, y da detalles del banquete al tiempo que muestra la admiración, el cariño y la gratitud que sentían por él los cubanos y los puertorriqueños. Conocedores del "galicismo mental" del invitado, que le señaló Juan Valera, es lógico que pensaran que también en el comer habría de preferir lo francés, y por eso lo llevaron al restaurante del famoso Hotel Martin, situado en Unniversity Place esquina a la calle 9, cerca de New York University, muy elegante zona entonces. Sin que nadie se atreviera a disputarle su afirmación, se anunciaba como el único hotel francés de primera categoría en Nueva York ("Seul Hotel français de premier ordre à New York"). Mejor escrita que la reseña del mitin en Hardman Hall, dice ésta que intencionalmente titularon "Por el literato y por el patriota":

El elegante Hotel Martin, en cuyo comedor le dieron los cubanos un banquete al afrancesado Darío. Como aquí se ve, se anunciaba de esta manera: "Seul Hôtel Français de 1er  ordre à New York. J. B. Martin, Proprietaire".

De paso para la República Argentina, se encuentra en esta ciudad Rubén Darío. El nombre solo, sin aditamento de ninguna clase, es sobrado conocido de los pueblos hispanoamericanos, y, por ende, de los que aquí, lejos de la patria, rinden tributo de admiración a las glorias legítimas de nuestra raza. Era de justicia que se le tributara un obsequio particular al poeta y escritor nicaragüense que anida como un águila, en las altas cumbres, y en el Hotel Martin un grupo de amigos que cultivan y se solazan con las bellas letras le brindó una comida no tan apetitosa por los manjares que en ella se sirvieron como por las efusiones de cariño y sentimientos de confraternidad política que en ella reinara. Los brindis fueron de esos que dejan huella en la memoria, porque los inspira el corazón y los hace elocuentes la sinceridad. Los inició Bolet Peraza, cuyos prestigios literarios le daban derecho a presidir la mesa, y después, y por su turno, lo siguieron Rubén Darío, Gonzalo de Quesada, Ramón Natter, Sotero Figueroa, José Pérez del Castillo, Enrique Trujillo, Benjamín Guerra, Félix Fuentes, Arístides Agramonte, N. de Mola, Juan F. Portuondo, el Dr. Miranda y Rafael de C. Palomino. Cuatro horas agradabilísimas duró la fiesta, y al despedirse los comensales todos lamentaban que las horas hubiesen corrido tan veloces, y todos hubieran prolongado el concierto de glorificación a nuestra América y la independencia de Cuba, si la labor imperiosa del día siguiente no hubiese exigido reposo para el cuerpo, que no es tan infatigable como el espíritu. Y ahora repitamos para cerrar estas líneas lo que ya en otra ocasión hemos dicho de Darío. El encarna en sí el espíritu nuevo de la moderna literatura hispanoamericana. Peregrino del ideal artístico, va por los pueblos de América vaciando en el molde helénico el pensamiento trascendente... Nosotros que no sabemos inclinarnos ante otra grandeza que la del genio, saludamos en Rubén Darío el porvenir intelectual de nuestra América, y si bien los cubanos y puertorriqueños no podemos brindarle hoy con nuestra admiración una patria redimida de toda usurpación extraña, podemos saludarlo como al hermano que ha llegado a su mayor edad, y está en posesión de sus derechos y, libre de inquietudes por el porvenir, puede dedicarse a dignificar su raza y a cantar sus grandes destinos. Que alcance nuevos triunfos el poeta nicaragüense en la República del Plata, y no olvide que por acá, en el Norte frío, nuestros aplausos se unirán a los que les prodiguen los hijos de la tierra de Mitre y Olegario Andrade.

Al día siguiente del banquete en el Hotel Martin fue Darío a las cataratas del Niágara en compañía de Gonzalo de Quesada. Más propias para el gusto del pasado romanticismo, no le impresionaron muy favorablemente al poeta modernista, pero tuvo allí ocasión de recordar a su cantor cubano, José María Heredia. Regresaron y enseguida se embarcó hacia Francia.

TELÓN

Ya había empezado la Primera Guerra Mundial cuando Darío volvió a Nueva York, a fines de 1914. Pensaba iniciar una gira por el continente para hacer propaganda en favor de la paz. Esa estancia suya en "el corazón del monstruo" sí es bien conocida, entre otros testimonios, por el estudio del profesor Theodore S. Beardsley, actual director de la Hispanic Society of America, fundada por Archer M. Huntington, quien protegió a Darío durante su visita. A principios del siguiente año, en el Havemeyer Hall, de la Universidad de Columbia, leyó su poema "Pax":

...¡Oh pueblos nuestros!
¡Oh pueblos nuestros! ¡Juntaos!
En la esperanza y en el trabajo y la paz
No busquéis las tinieblas, no persigáis el caos,
Y no reguéis con sangre nuestra tierra feraz...

Escritores y millonarios lo agasajaron, y le tradujeron sus versos, pero él no pudo reconciliarse con la ciudad, la que encontraba tan ajena a sus gustos al mismo tiempo que injusta y cruel. Y escribió en "La gran cosmópolis":

¡Sé que hay placer y que hay gloria
Allí en el Waldorf Astoria,
En donde dan su victoria
La riqueza y el amor;
Pero en la orilla del río
Sé quienes mueren de frío,
Y lo que es triste, Dios mío,
De dolor, dolor, dolor...!

Luego contrajo pulmonía: Nueva York lo había herido de muerte. Debió recordar en aquellos tristes meses de invierno los días de primavera que allí pasó en 1893: el Hotel América, el mitin de Hardman Hall, el banquete, el viejo Broadway, y a Martí, sobre todo a Martí: su sacrificio y su ejemplo. Aún convaleciente Darío se fue a Centroamérica, para morir en su patria, a principios de 1916.

En este "Centenario de poetas en Nueva York" se ha recordado el encuentro, hace un siglo, de Martí y Darío, pero, en realidad, jamás se encontraron: iban por distintos caminos y llegaron a distintas cumbres; y aún hoy se hallan muy lejos uno del otro. Hay astros que se cruzan en el firmamento y nos parece que se tocan, pero no lo hacen porque van por diferentes órbitas. Hizo falta otro poeta, nuestro Agustín Acosta, para descubrir exacto el lugar de Darío, al contar "Los últimos instantes de la marquesa Eulalia":

...En su blando sillón de terciopelo
Ella escuchaba la canción querida.
Alguien dijo: "¡Rubén está en el cielo!"
Y ella afirmó: "¡Rubén está en la vida!"

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