LA RIQUEZA Y LA JUSTICIA SOCIAL
97. Es el vicio de la riqueza, contra el que han de pelear los pueblos prósperos. Ríndasele menor culto. Póngase por sobre ella el culto de las virtudes que la atenúan.
98. Esa esperanza perpetua en una fortuna posible, perturba al hombre como un tósigo, y lo envilece, porque le deshabitúa al ejercicio metódico de sí, y a la conformidad con sus recursos naturales, de cuya conformidad y ejercicio viene a los hombres verdadera y durable ventura.
99. El dinero es anónimo: no hay rastro en él de las lágrimas que ha hecho derramar ni de la sangre que ha costado.
100. Una hora de virtud da a los hombres más fama y alegría que la posesión costosa, y casi siempre culpable, de la riqueza.
101. Preocupar a los pueblos exclusivamente en su ventura y fines terrestres, es corromperlos, con la mejor intención de sanarlos. Los pueblos que no creen en la perpetuación y universal sentido, en el sacerdocio y glorioso ascenso de la vida humana, se desmigajan como un mendrugo roído de ratones.
102. Crean en el hombre los años apego a las holguras materiales, y viene a ser la riqueza como regocijo y amor a la vejez.
103. Así como los jueces debieran vivir un mes como penados en los presidios y cárceles para conocer las causas reales y hondas del crimen y dictar sentencias justas, así los que deseen hablar con juicio sobre la condición de los obreros deben apearse a ellos, y conocer de cerca su miseria.
104. La riqueza exclusiva es injusta. Sea de muchos; no de los advenedizos, nuevas manos muertas, sino de los que honrada y laboriosamente la merezcan. No es rico el pueblo donde hay algunos hombres ricos, sino aquél donde cada uno tiene un poco de riqueza. En economía política y buen gobierno, distribuir es hacer venturosos.
105. El afán desmedido por las riquezas materiales, el desprecio de quien no las posee, el culto indigno a los que las logran, sea a costa de la honra, sea con el crimen, brutaliza y corrompe a las repúblicas; debiera sin duda negarse consideración social, y mirarse como a solapados enemigos del país, como a la roña y como a Yagos, a los que practican o favorecen el culto a la riqueza. Debieran los ricos, como los caballos de raza, tener donde todo el mundo pudiese verlo, el abolengo de su fortuna.
106. Hay hombres y hay grajos: los hombres son los que a codo honrado se abren paso por sí propios en el mundo, y sazonan su pan con la levadura de la vida: los que viven, sin vergüenza y sin remordimiento, del dinero o de la gloria ganada por su padres, son los grajos.
107. A esto vienen la piedad social y el interés social: a reformar la misma naturaleza, que tanto puede el hombre; a poner brazos largos a los que los traen cortos; a igualar las probabilidades de esfuerzo de los hombres escasamente dotados; a suplir el genio con la educación.
108. El deber de remediar la miseria innecesaria es un deber del Estado.
109. Nada es tan repulsivo como un hombre acaudalado que se repliega en sí y descuida los dolores de los hombres. Es un criminal, sin duda: un criminal por omisión. Sólo hay algo tan repulsivo como él: el envidioso disfrazado de filántropo, el denunciador sistemático de todo el que posee alguna riqueza.
110. La libertad política, considerada erróneamente, aun en nuestros días, como remate de las aspiraciones de los pueblos y condición única para su felicidad, no es más que el medio indispensable para procurar sin convulsiones el bienestar social, y siendo tal que sin ella no es apreciable la vida, para asegurar la dicha pública, no basta. La libertad política que cría sin duda y asegura la dignidad del hombre, no trajo a su establecimiento ni crió en su desarrollo, un sistema económico que garantizase a lo menos una forma de distribución equitativa de la riqueza.
111. En vez de un estado social donde unos cuantos hombres excepcionales se levanten por sobre turbas cada día más infelices, ¿no es lícito procurar, conservando en su plenitud los estímulos y el arbitrio propio del hombre, un estado donde, distribuyendo equitativamente los productos naturales de la asociación, puedan los hombres que trabajen vivir con descanso y decoro de su labor?
112. Por la posesión, so capa de creencias y de doctrinas, son todas las batallas del hombre. . . Unos luchan, con la complicidad de todos los fuertes, por retener en sus manos, en una forma u otra, los dominios públicos; y el hombre no ha de parar hasta poner a los sistemas y a los credos en nombre verdadero de disfraces, y equilibrar las posesiones de naturaleza nacional, de modo que no haya causa para vivir en zozobra y acecho, como fieras, arremetiendo los unos con la rabia del desheredado, y escudando los otros con nombres complacientes, y en la red de las clases, la propiedad mal hallada.
113. Mientras haya un hombre que duerma en el fango, ¿cómo debe haber otro que duerma en cama de oro?
114. La miseria no es una desgracia personal, es un delito público.
115. Donde los hombres no tienen un seguro modo honesto de ganarse el pan, no hay esperanzas de que se afirmen las libertades públicas, porque la necesidad de vivir proporcionará siempre auxiliares de sobra a los que quieran conculcarlas, y la falta de intereses que defender dará séquito a los turbulentos o ambiciosos.
116. Dése lo justo y no se nos pedirá lo injusto.
117. ¿Cómo el que hereda una fortuna ha de ser más noble que el que la fomenta? ¿Cómo el que vive a espaldas de los suyos, o al amparo de castas favorecidas, ha de merecer más respeto que el que forcejea por abrirse paso en la tierra difícil, con la pesadumbre del desdén humano encima, abandonado a sus esfuerzos propios? Gusanos me parecen todos esos despreciadores de los pobres: si se les levantan los músculos del pecho, y se mira debajo, de seguro que se ve el gusano.
118. Al anarquista, que es la hoja del árbol, no hay que extirparlo, porque las hojas vuelven a salir, sino a la raíz del anarquismo, que es el abuso insoportable de los privilegios injustos.
119. Ni merecen perdón los que, incapaces de domar el odio y la antipatía que el crimen inspira, juzgan los delitos sociales sin conocer y pesar las causas históricas de que nacieron, ni los impulsos de generosidad que los producen.
120. Donde falta el trabajo, nace el crimen. Donde la miseria es el único premio de la sumisión, el patriotismo airado se ciega y aloca.
121. La igualdad social no es más que el reconocimiento de la equidad visible de la naturaleza.
122. Hay siempre en las clases desheredadas del pueblo que no tiene fuerzas para salir de su miseria, voces que secundan bien la injuria a los que no viven en la misma miseria que les oprime, criaturas henchidas de un odio secreto, que lo alivian en clamores airados con el que la fortuna hizo menos miserable que ellos: con pueblos así conformados, son muy fáciles los triunfos populares.
123. Hay enfermedades sociales que el buen médico no ha de irritar, si les busca la cura, sino conllevar, y tratar con sabio engaño, como a locos.
124. La piedad hacia los infortunados, hacia los ignorantes y desposeídos, no puede ir tan lejos que encabece o fomente sus errores. El reconocimiento de las fuerzas sordas y malignas de la sociedad, que con el nombre de orden encubren la rabia de ver erguirse a los que ayer tuvieron a sus pies, no puede ir hasta juntar manos con la soberbia impotente, para provocar la ira segura de la libertad poderosa.
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