La vida íntima y secreta de
José Martí

Carlos Ripoll

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MARTÍ, EL AMOR Y LA MUJER

El "hambre de ternura"

Dotado de inteligencia y sensibilidad extraordinarias, Martí formó su carácter hasta convertirse en un admirable ejemplar humano. De ahí su vigencia, pero también de ahí cierta vulgar intención de escrutinio para descubrirle la mancha que lo reduzca. La virtud de un ser superior redime al humilde, es su lección de conducta; el mediocre se siente rebajado por la evidencia de su parvedad.

Cierta impremeditación puede creer espíritu liviano, y hasta calificar de mujeriego, al hombre que rinde culto al amor, sin percatarse que el dado a mujeres busca sólo el deleite, mientras que el verdadero amante acepta con gusto la inquietud y la pena que traen aparejadas su afición. Un mujeriego es siempre un ser egoísta: quien sabe amar ha de tener un alma generosa. Ambos hacen igual pesquisa, pero aquél se conforma, usando palabras de Martí, con la "copa de carne", mientras que el otro no descansa hasta encontrar su "mujer estrella":

Oh verso amigo,
Muero de soledad, de amor me muero!
No de amores vulgares; estos amores
Envenenan y ofuscan.
No es hermosa la fruta en la mujer,
Sino la estrella.

Un esposo fidelísimo no es más que un enamorado, pero no deja de serlo quien, como a Martí, no lo premió la vida, ni en el hogar de sus padres ni en el compartió con su esposa, con el necesario refugio, y fue, por la misma lealtad amorosa, en su anhelante busca. Dejó Martí precisa esa distinción entre el amor y la frivolidad. "No es amor," dijo, "ese zumbido estúpido con que revolotean tantos necios alrededor de las mujeres. No es amor ese deseo de los ojos que queman con su ardor la pureza del alma que incautamente los mira. No es amor la necedad de los presuntuosos. Amor es que dos espíritus se conozcan, se acaricien, se confundan, se ayuden a levantarse de la tierra, se eleven de ella en un solo y único ser".

Todavía muy joven, Martí deja ver su concepción del amor. Recién llegado a México se enamoró de la mujer más admirada por los artistas y escritores de la época desde el ya viejo filósofo Gabino Barreda hasta sus discípulos Porfirio Parra y Justo Sierra; y, junto a éstos, las cumbres literarias del romanticismo mexicano: Ignacio Ramírez, Guillermo Prieto, Ignacio Altamirano, Juan de Dios Peza, Agustín F. Cuenca, Vicente Riva Palacio... : era Rosario de la Peña Llerena, por quien poco antes se había suicidado el poeta Manuel Acuña. Le dejó dicho a la amada en su famoso "Nocturno" de despedida:

Comprendo que tus besos
Jamás han de ser míos;
Comprendo que en tus ojos
No me he de ver jamás;
Y te amo, y en mis locos
Y ardientes desvaríos
Bendigo tus desdenes,
Adoro tus desvíos,
Y en vez de amarte menos,
Te quiero mucho más. [...]

Ésa era mi esperanza...
Mas ya que a sus fulgores
Se opone el hondo abismo
Que existe entre los dos,
¡Adiós por la vez última,
Amor de mis amores;
La luz de mis tienieblas,
La esencia de mis flores;
Mi lira de poeta,
Mi juventud, adiós!

Como las cartas y los versos que le escribió Martí a Rosario de la Peña son los únicos documentos que se conservan en los que se le puede ver en el ejercicio amoroso, se reproducen a continuación los pasajes que más lo ilustran: entra en este episodio de su vida al amparo de la poesía, y con fecha 27 de marzo de 1875 le escribió en el álbum de Rosario:

... Ni la enamoro yo para esta vida:
Es que a unas horas por la senda andamos,
Y entre besos y lágrimas hablamos
Del instante común de la partida.

Nos iremos los dos: no sé de cierto
Quien primero ha de ser el vivo muerto;
Pero, allá en los umbrales,
Si yo, yo espero; si ella, ella me aguarda
Y, así, más fuerte hará nuestros rivales
Amores, el amor a lo que tarda. [...]

¡Qué placer es pensar! Y ¡qué ventura
Soñar de una mujer la sombra pura!
Y ¡cuántas, cuantas horas
Cuyos males con sombra llevo impresos,
¡Cuántas me han sorprendido las auroras,
Soñando labios y esperando besos!

¡Oh, deja que me acuerde! Vete y deja
Que ame más que a tu amor, a tu memoria,
Que un bien probable, cierto se refleja
Y una gloria en el aire es también gloria!...

Dos días después le dedicó, ya con más familiaridad, estos cuartetos:

Rosario, en ti pensaba, en tus cabellos
Que el mundo de la sombra envidiaría,
Y puse un punto de mi vida en ellos
Y quise yo soñar que tú eras mía.

Ando yo por la tierra con los ojos
Alzados¡oh, mi afán!a tanta altura
Que en ira altiva o míseros sonrojos
Encendiólos la humana criatura.

Vivir: Saber morir; así me aqueja
Este infausto buscar, este bien fiero,
Y todo el Ser en mi alma se refleja,
Y buscando sin fe, de fe me muero!

En cartas de aquellos días, como en las que siguen, deja ver su casi enfermiza necesidad de amar; véase ésta:

...Yo no sé con cuánta alegría repito yo muchas veces este dulce nombre de Rosario. Un amor tempestuoso, quema. Un amor impresionable, pasa. ¡Qué firme, qué duradero, qué hermoso amor sería éste que empezase con la confusión de dos espíritus, y la necesidad común de verse, y el creciente regocijo de hablarle, y fuese luego natural y gravemente mezcla tan sólida de espíritus, y costumbre de mirarse de los cuerpos, que fuera ya locura pensar en desunión y apartamiento! Las almas se avecinan, los oídos se habitúan, los ojos se prenden, las bocas se enamoran, los dolores se olvidan, las escaseces se distraen, las manos se aprietan, las dudas se mueren, y dos no son ya dos, y dos se aman.

Anhelo yo esto, con esta brusca decisión y esta altiva energía que amo yo como a la parte más noble de mi ser. Que amé, no ha sido. Que quise amar, fue cierto. Que amo hoy, lo espero. Que me aman, es verdad.

O ésta:

...Rosario, me parece que están despertándose en mí muy inefables ternuras; me parece que podré yo amar sin arrepentiemiento y sin vergüenza; me parece que voy a hallar un alma clara, pudorosa, entusiasta, leal, con todas las ternuras de mujer y toda la alteza de mujer mía. Mía, Rosario. Mujer mía es más, mucho más que mujer común.

Y en una breve nota se queja por haberse visto actuar como amante de ventana, junto a Rosario, sin la privacidad que requerían sus sentimientos, y se pregunta:

¿Por qué no tuve yo la libertad de hablar mucho con Ud. ayer, no en la puerta y ante todos y ante la misma luz que amo tanto y que me incomodaba ayer? Vivía yo ayer un instante al lado de Ud. Muy dulces alegrías tuve, y muy íntimos e inolvidables agradecimientos que mis labios hubieran querido concluir en las manos de Ud.

Prudente, Rosario de la Peña, quizás también con el recuerdo del final trágico de Acuña por su incontrolada pasión, parece que quiso frenar a Martí, y en un recado le habló del asunto, según se deduce de la carta que sigue; pero él, en su empicinamiento, no entendía la advertencia y de nuevo hizo por rendirla, y en el empeño dejó un resumen de su programa amoroso; le responde:

Parece que debía yo contestar a Ud. ahora sus letras de Ud. De tal manera estoy yo ahora envuelto en pena que, aun creyéndolo yo verdad, sería mentira cuanto dijese a Ud. de esto. Una vez más ha querido Ud. contener su corazón enfrente de mí: más me hubiera dicho Ud. que lo que en sus letras me dice; pero yo sé que las amo como son, y las amo más cada vez que las veo, y pocas y cortas, todavía perdono a Ud. a despecho de mi exigente voluntad, y en estas letras pudorosas y calculadamente frías, gozo y leo y amo al fin...

Y le agrega:

Amar en mí, y vierto aquí toda la creencia de mi espíritu es cosa tan vigorosa, y tan absoluta, y tan extra-terrena, y tan hermosa, y tan alta, que en cuanto en la tierra estrechísima se mueve no ha hallado en donde ponerse todavía. Probablemente ¡amarguísimo dolor! se habrá ido de la tierra sin completarse y sin ponerse. Angustia esto de sentirse vivísimo y repleto de ternuras y delicadezas inmortales, y de gemir horas enteras, sin que mi alma severa me permita el derecho de exhalar gemidos, en esta atmósfera tibia, en esta pequeñez insoportable, en esta igualdad monótona, en esta vida medida, en este vacío de mis amores que sobre el cuerpo me pesa, y que a él lo abruma, y a mí dentro de él me sofoca perennemente y me oprime. Enfermedad de vivir: de esta enfermedad se murió Acuña.

Y le implora ayuda, como desesperado romántico, al concluir su carta:

...Despiérteme Ud. a la agitación, a la exaltación a las actividades, a las esperanzas, a todo cuanto pudiera hacerme posible la excusa y el olvido de la vida. No hay inmodestia en las supremas angustias de un espíritu. Rosario, vivo en ellas, y cuando yo hubiera vencido todas las miserias vitales que me agobian, sufriría yo mucho, Rosario, sufriría yo más, sufriría yo siempre de estos mis nobles dolores de no hallar vida y de vivir. Esfuércese Ud.excédase Ud., vénzame Ud. Yo necesito encontrar ante mi alma una explicación, un deseo; un motivo justo, una disculpa noble de mi vida. De cuantas vi, nadie más que Ud. podría. Y hace cuatro o seis días que tengo frío.

Fue otro poeta, sin embargo, el que rindió a la solicitada mexicana: fue el autor de Pasionarias, Manuel María Flores, quien muy poco tuvo que envidarle, en entrega y esperanza, al amor que por ella sintieron Manuel Acuña y José Martí; le dijo a Rosario en uno de sus versos:

¡Háblame! Que tu voz, eco del cielo,
Sobre la tierra por doquier me siga.
Con tal de oír tu voz nada me importa
Que el desdén de tu labio me maldiga

¡Mírame! Tus miradas me quemaron,
Y tengo sed de ese mirar eterno.
Por ver tus ojos, que se abrase mi alma
De esa mirada en el celeste infierno.

¡Ámame, nada soy, pero tu diestra
Sobre mi frente pálida un instante,
Puede hacer del esclavo arrodillado
El hombre rey de corazón gigante. [...]

Y quisiera morir, ¡pero en tus brazos,
Con la embriaguez de la pasión más loca,
Y que mi ardiente vida se apagara
Al soplo de los besos de tu boca!

Y así, como quiso, murió Flores, en 1885, "en brazos de su musa", según lo describió mucho después su compañero de la bohemia mexicana, el también poeta Luis G. Urbina.

El "hambre de ternura"

Mucho después, ya separado de su esposa, Martí le confió a Manuel Mercado: "Me voy acabando de hambre de ternura. Es enfermedad en mí ese anhelar que me quieran. ¿Me regañará por esta flaqueza, que tal vez la única cierta de mi vida sea la de anhelar que me tengan afecto?" La angustia de amor en Martí nace de su soledad, y en ella la pasión amenazaba la moral: prefirió entonces lo que veía como falta menor para no empañar la vida. Luego, en la ascensión al martirio, iba a encontrar en la patria apoyo a su deliquio, pero hasta entonces quiso conservar viva la pureza. Por eso escribió en el secreto de su Cuaderno de Apuntes:

Lo que se tiene por lujuria no es muchas veces más que el horror a la soledad, la necesidad de la belleza. De lo feo del mundo se busca alivio en la mujer, que es en el mundo la forma más concreta y amable de lo hermoso. Y el pensamiento desolado, por conservar su dignidad y justicia, acude a una distracción nueva y violenta que le cambie el rumbo y lo salve del encono. Y he aquí una inmoralidad relativa que ayuda a la moral suprema.

Además de "Místico del deber" como lo llamó Félix Lizaso, fue Martí un místico del amor. Con razón entendía el deber y el amor como fuerzas complementarias de que precisa toda honrada existencia. ¿Y de qué otra manera podía haber ido por el mundo haciendo su obra hacia el heroísmo, frente a la ingratitud segura, sin el consuelo de un afecto? "En la tierra", afirmaba, "el único placer es el cumplimiento del deber: la única fuerza enérgica, el amor, pero ni el amor basta, ni el cumplimiento del deber basta". Así participa de la vida en la forma que considera más pura, porque es en la comunión amorosa donde adquiere fuerza su espíritu.

La "Venus de Urbino", del Tiziano (1477-1576). La diosa del amor, Venus, de la raíz latina ven, que origina el verbo veneraris (venerar) y el sustantivo venenum (veneno), que por igual significaba lo que se admira y lo que envenena. Después de una visita al museo escribió Martí: "He tenido largas pláticas con la Venus del Tiziano. Me he traído una a casa, y vivimos castamente en deliciosa compañía".

Martí repugnaba la actividad sexual que no estuviera amparada por el comercio de afectos o de la que pudiera derivarse un mal. Quiere extrañar de su vida a la mujer pública, a la ajena y a la virgen. No se libró de la primera, pero siempre la llevó como un recuerdo culpable; dijo en sus versos: "Yo sé el avergonzar, yo sé el momento/En que, en las ondas férvidas de una alma,/El cieno del placer manchó la palma,/Y un beso se trocó en remordimiento". Y en una nota dejó escrito:

Lo primero que el hombre ve en una mujer es una presa. Ni siquiera es lobo, sino serpiente y zorra. Es una copa de bordes dulces, llena de veneno. Todo hombre se juzga poseedor natural del derecho de pernada. Va por las calles como león hambriento, jamás saciado, porque el hambre del estómago se aplaca; la de la vanidad nunca. Algunas veces, pocas, el león queda prendido entre los vellones de la oveja. Generalmente sólo queda en el lugar del sacrificio un hueso roído, y un charco de sangre. El deseo sube al cerebro como el vino. Ciega y afiera...

Sobre la adúltera y el honor ultrajado hizo juicios de acento calderoniano: "Hasta el aire es enemigo de la honra perdida, que una vez dada al aire la mancha del honor, no hay poder ya que la redima y recoja". Y sobre tres inocentes, cuya identidad no quiso revelar ni al papel, escribió, sólo con sus iniciales: "Si yo quisiera, yo troncharía esos liriosC., V., A.pero luego de troncharlos dirían de mí lo que las flores dicen del huracán; y las gentes al ver el inútil estrago me maldecirían, como el huracán es maldecido".

Con tan alto caudal de afecto, Martí derivaba del amor ricos pensamientos y sensaciones. Su imaginación fertilísima se echaba a andar con esparcimiento milagrero. En nada fue Martí un hombre común y no puede esperarse que aquí lo fuera. Por eso al describir los efectos del amor se ve obligado a inventar palabras: "Nadie sabe el secreto misterioso/De un beso de mujer: yo lo he sabido,/Es un arrobamiento luminoso:/Extratierra, extrahumano, extravivido".

Sólo así, acompañado de un amor, se le posibilita toda vivencia: es junto a un ser querido que se descubre la auténtica dimensión de la vida: "Por el amor se ve, con el amor se ve. El amor es quien ve. Espíritu sin amor, no puede ver. El amante solo, asiste a la hermosura sordo y ciego. Eva no está allí. Todo será hermoso, y querrá decir algo, cuando venga Eva". Entendía por eso que "sin pan se vive; sin amor, no"; y recomendaba": "Que haya siempre una perla en la hoja verde, una palabra en el oído, una mirada naciente en nuestros ojos, en nuestra frente un beso húmedo". Y en otra ocasión observó: "Vagabundo y como sin objeto anda el ser vivo por la tierra si no tiene, en cada encuentro rudo, para su frente sudorosa y herida, asilo en algún seno de mujer". Y habla del amor como de un remedio: "Yo que vivo, aunque me he muerto,/Soy un gran descubridor,/Porque anoche he descubierto/La medicina de amor"; y también como de una droga: "¡Oh beso de mujer, llama a mi puerta!/Haschisch de mi dolor, ven a mi boca!"

Podría pensarse ante su intensidad amorosa en un Martí brutal y libidinoso, pero su particular visión del amor y de la mujer le permite, hasta sin contacto físico, disfrutar del objeto de su pasión. Junto a una mujer dormida escribió estos versos de delicada ternura:

Más que en los libros amargos
El estudio de la vida,
Pláceme en dulces letargos
Verla dormida. [...]

Cuando la ropa ligera
Sobre su cutis rosado
Ondula como el alado
Pabellón de primavera,

Siento que puede el amor,
Dormida y desnuda al verla,
Dejar perla a la que es perla,
Dejar flor a la que es flor.

Sobre sus labios podría
Los labios míos posar,
Y en su seno reclinar
La pobre cabeza mía. [...]

Pero la imaginación poética de Martí le hace creer que, durante el sueño, la mujer vuela hasta la eternidad, y decide no despertarla:

Y ¿a mí que tanto te quiero,
Delicada peregrina,
Turbar la marcha divina
De tu espíritu viajero?

Duerme entre tus blancas galas,
Duerme, mariposa mía!
Vuela bien: ¡mi mano impía
No irá a cortarte las alas.

Siguiendo la antigua leyenda en la que el amante busca en el amado lo que falta a su ser incompleto, dijo Martí en otros versos:

El alma universal dos hijos tuvo:
Cada ser en mitad viene a la tierra:
¡Así es toda la vida del humano,
Buscar, siempre buscar, su ser hermano!

Tarea difícil para Martí encontrar "su ser hermano", no por el talento y la cultura porque la hermandad buscada no necesita la equiparación intelectual, sino resonancias semejantes ante los desacuerdos y armonías del universoaunque sí por la forma en que entiende el amor: "¿Cómo me has de querer?" se pregunta, y responde:

Como el animal
Que lleva en sí a sus hijos
Como al santo en el ara
Envuelven lenguas de humo.
Mi mujer estrella
Hacia mí tenderá las ramas pías.

Y la asociación con el desposorio divino vuelve en otra de sus poesías:

¿Amar? Es un voto, es un espíritu
Que a otro se libra
Como una monja que en las aras jura
Bodas divinas.
Como Jesús, la generosa novia,
Serena a la cruz mira
Y al novio ofrece, si en la cruz lo clavan
Las fieras de la vida,
Colgarse a él y calentar su cuerpo,
Y si en la cruz expira,
Morir con él, los nobles labios puestos
Sobre su frente fría.

Pero llegó la hora del renunciamiento. Martí había escrito: "Lo primero que ha de hacer el hombre público en las épocas de creación o reforma, es renunciar a sí, sin valerse de su persona sino en lo que valga ella a la patria". Se apartó entonces del amor a la mujer: en los comienzos de la faena revolucionaria le escribe a Fernando Figueredo:

Siento que las pasiones se han desprendido de mí, como se desprenden al desnudarse las ropas. No hay en mí ni un átomo de satisfacción ni de impureza. Yo abriré un cauce amoroso, y los que vengan detrás de mí tendrán que entrar por el cauce.

Martí hizo como una sublimación de su sentimiento amoroso en el ideal de la patria: no es el altruismo más que una variante del amor. Ya "las palmas son novias que esperan", y con su antigua fe declara ante los cubanos: "Yo abrazo a todos los que saben amar. Yo traigo la estrella, y traigo la paloma, en mi corazón". Nos preguntamos a veces si fue el genio político o su palabra, lo que hizo el prodigio, pero ninguno, solo, lo explica. Nacido de su pasión, fue el amor lo que le ganó crédito, el dibujo del objeto amado que lo empujaba al sacrificio. Cuando llega a Cuba le escribe a su amante, en Nueva York: "Es muy grande, Carmita, mi felicidad, sin ilusión alguna de mis sentidos, ni pensamiento excesivo de mí propio, ni alegría egoísta y pueril, puedo decirte que llegué al fin a mi plena naturaleza".

No se puede despojar la figura humana de una parte que la integra y explica, ir con bisturí caprichoso para salvar el pedazo que creemos de virtud: sería como perseguir en el rosal la raíz de la flor sobre la que nutre la espina. Otros preferirán un Martí caído del cielo, sin flaquezas, sorteando a golpes de ala las trampas del vivir, medido de fuego, y sacando de una fragua que no existe la fuerza que pedía su obra. Aquí se le prefiere salido de la tierra, en el mismo circo de pasiones y miserias que a todos nos acecha, y verlo subir, de entre las ruinas, ejemplar y lleno de luz.

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