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Dotado de inteligencia y sensibilidad extraordinarias, Martí formó su carácter hasta convertirse en un admirable ejemplar humano. De ahí su vigencia, pero también de ahí cierta vulgar intención de escrutinio para descubrirle la mancha que lo reduzca. La virtud de un ser superior redime al humilde, es su lección de conducta; el mediocre se siente rebajado por la evidencia de su parvedad. Cierta impremeditación puede creer espíritu liviano, y hasta calificar de mujeriego, al hombre que rinde culto al amor, sin percatarse que el dado a mujeres busca sólo el deleite, mientras que el verdadero amante acepta con gusto la inquietud y la pena que traen aparejadas su afición. Un mujeriego es siempre un ser egoísta: quien sabe amar ha de tener un alma generosa. Ambos hacen igual pesquisa, pero aquél se conforma, usando palabras de Martí, con la "copa de carne", mientras que el otro no descansa hasta encontrar su "mujer estrella":
Un esposo fidelísimo no es más que un enamorado, pero no deja de serlo quien, como a Martí, no lo premió la vida, ni en el hogar de sus padres ni en el compartió con su esposa, con el necesario refugio, y fue, por la misma lealtad amorosa, en su anhelante busca. Dejó Martí precisa esa distinción entre el amor y la frivolidad. "No es amor," dijo, "ese zumbido estúpido con que revolotean tantos necios alrededor de las mujeres. No es amor ese deseo de los ojos que queman con su ardor la pureza del alma que incautamente los mira. No es amor la necedad de los presuntuosos. Amor es que dos espíritus se conozcan, se acaricien, se confundan, se ayuden a levantarse de la tierra, se eleven de ella en un solo y único ser". Todavía muy joven, Martí deja ver su concepción del amor. Recién llegado a México se enamoró de la mujer más admirada por los artistas y escritores de la época desde el ya viejo filósofo Gabino Barreda hasta sus discípulos Porfirio Parra y Justo Sierra; y, junto a éstos, las cumbres literarias del romanticismo mexicano: Ignacio Ramírez, Guillermo Prieto, Ignacio Altamirano, Juan de Dios Peza, Agustín F. Cuenca, Vicente Riva Palacio... : era Rosario de la Peña Llerena, por quien poco antes se había suicidado el poeta Manuel Acuña. Le dejó dicho a la amada en su famoso "Nocturno" de despedida:
Como las cartas y los versos que le escribió Martí a Rosario de la Peña son los únicos documentos que se conservan en los que se le puede ver en el ejercicio amoroso, se reproducen a continuación los pasajes que más lo ilustran: entra en este episodio de su vida al amparo de la poesía, y con fecha 27 de marzo de 1875 le escribió en el álbum de Rosario:
Dos días después le dedicó, ya con más familiaridad, estos cuartetos:
En cartas de aquellos días, como en las que siguen, deja ver su casi enfermiza necesidad de amar; véase ésta:
O ésta:
Y en una breve nota se queja por haberse visto actuar como amante de ventana, junto a Rosario, sin la privacidad que requerían sus sentimientos, y se pregunta:
Prudente, Rosario de la Peña, quizás también con el recuerdo del final trágico de Acuña por su incontrolada pasión, parece que quiso frenar a Martí, y en un recado le habló del asunto, según se deduce de la carta que sigue; pero él, en su empicinamiento, no entendía la advertencia y de nuevo hizo por rendirla, y en el empeño dejó un resumen de su programa amoroso; le responde:
Y le agrega:
Y le implora ayuda, como desesperado romántico, al concluir su carta:
Fue otro poeta, sin embargo, el que rindió a la solicitada mexicana: fue el autor de Pasionarias, Manuel María Flores, quien muy poco tuvo que envidarle, en entrega y esperanza, al amor que por ella sintieron Manuel Acuña y José Martí; le dijo a Rosario en uno de sus versos:
Y así, como quiso, murió Flores, en 1885, "en brazos de su musa", según lo describió mucho después su compañero de la bohemia mexicana, el también poeta Luis G. Urbina. Mucho después, ya separado de su esposa, Martí le confió a Manuel Mercado: "Me voy acabando de hambre de ternura. Es enfermedad en mí ese anhelar que me quieran. ¿Me regañará por esta flaqueza, que tal vez la única cierta de mi vida sea la de anhelar que me tengan afecto?" La angustia de amor en Martí nace de su soledad, y en ella la pasión amenazaba la moral: prefirió entonces lo que veía como falta menor para no empañar la vida. Luego, en la ascensión al martirio, iba a encontrar en la patria apoyo a su deliquio, pero hasta entonces quiso conservar viva la pureza. Por eso escribió en el secreto de su Cuaderno de Apuntes:
Además de "Místico del deber" como lo llamó Félix Lizaso, fue Martí un místico del amor. Con razón entendía el deber y el amor como fuerzas complementarias de que precisa toda honrada existencia. ¿Y de qué otra manera podía haber ido por el mundo haciendo su obra hacia el heroísmo, frente a la ingratitud segura, sin el consuelo de un afecto? "En la tierra", afirmaba, "el único placer es el cumplimiento del deber: la única fuerza enérgica, el amor, pero ni el amor basta, ni el cumplimiento del deber basta". Así participa de la vida en la forma que considera más pura, porque es en la comunión amorosa donde adquiere fuerza su espíritu.
Martí repugnaba la actividad sexual que no estuviera amparada por el comercio de afectos o de la que pudiera derivarse un mal. Quiere extrañar de su vida a la mujer pública, a la ajena y a la virgen. No se libró de la primera, pero siempre la llevó como un recuerdo culpable; dijo en sus versos: "Yo sé el avergonzar, yo sé el momento/En que, en las ondas férvidas de una alma,/El cieno del placer manchó la palma,/Y un beso se trocó en remordimiento". Y en una nota dejó escrito:
Sobre la adúltera y el honor ultrajado hizo juicios de acento calderoniano: "Hasta el aire es enemigo de la honra perdida, que una vez dada al aire la mancha del honor, no hay poder ya que la redima y recoja". Y sobre tres inocentes, cuya identidad no quiso revelar ni al papel, escribió, sólo con sus iniciales: "Si yo quisiera, yo troncharía esos liriosC., V., A.pero luego de troncharlos dirían de mí lo que las flores dicen del huracán; y las gentes al ver el inútil estrago me maldecirían, como el huracán es maldecido". Con tan alto caudal de afecto, Martí derivaba del amor ricos pensamientos y sensaciones. Su imaginación fertilísima se echaba a andar con esparcimiento milagrero. En nada fue Martí un hombre común y no puede esperarse que aquí lo fuera. Por eso al describir los efectos del amor se ve obligado a inventar palabras: "Nadie sabe el secreto misterioso/De un beso de mujer: yo lo he sabido,/Es un arrobamiento luminoso:/Extratierra, extrahumano, extravivido". Sólo así, acompañado de un amor, se le posibilita toda vivencia: es junto a un ser querido que se descubre la auténtica dimensión de la vida: "Por el amor se ve, con el amor se ve. El amor es quien ve. Espíritu sin amor, no puede ver. El amante solo, asiste a la hermosura sordo y ciego. Eva no está allí. Todo será hermoso, y querrá decir algo, cuando venga Eva". Entendía por eso que "sin pan se vive; sin amor, no"; y recomendaba": "Que haya siempre una perla en la hoja verde, una palabra en el oído, una mirada naciente en nuestros ojos, en nuestra frente un beso húmedo". Y en otra ocasión observó: "Vagabundo y como sin objeto anda el ser vivo por la tierra si no tiene, en cada encuentro rudo, para su frente sudorosa y herida, asilo en algún seno de mujer". Y habla del amor como de un remedio: "Yo que vivo, aunque me he muerto,/Soy un gran descubridor,/Porque anoche he descubierto/La medicina de amor"; y también como de una droga: "¡Oh beso de mujer, llama a mi puerta!/Haschisch de mi dolor, ven a mi boca!" Podría pensarse ante su intensidad amorosa en un Martí brutal y libidinoso, pero su particular visión del amor y de la mujer le permite, hasta sin contacto físico, disfrutar del objeto de su pasión. Junto a una mujer dormida escribió estos versos de delicada ternura:
Pero la imaginación poética de Martí le hace creer que, durante el sueño, la mujer vuela hasta la eternidad, y decide no despertarla:
Siguiendo la antigua leyenda en la que el amante busca en el amado lo que falta a su ser incompleto, dijo Martí en otros versos:
Tarea difícil para Martí encontrar "su ser hermano", no por el talento y la cultura porque la hermandad buscada no necesita la equiparación intelectual, sino resonancias semejantes ante los desacuerdos y armonías del universoaunque sí por la forma en que entiende el amor: "¿Cómo me has de querer?" se pregunta, y responde:
Y la asociación con el desposorio divino vuelve en otra de sus poesías:
Pero llegó la hora del renunciamiento. Martí había escrito: "Lo primero que ha de hacer el hombre público en las épocas de creación o reforma, es renunciar a sí, sin valerse de su persona sino en lo que valga ella a la patria". Se apartó entonces del amor a la mujer: en los comienzos de la faena revolucionaria le escribe a Fernando Figueredo:
Martí hizo como una sublimación de su sentimiento amoroso en el ideal de la patria: no es el altruismo más que una variante del amor. Ya "las palmas son novias que esperan", y con su antigua fe declara ante los cubanos: "Yo abrazo a todos los que saben amar. Yo traigo la estrella, y traigo la paloma, en mi corazón". Nos preguntamos a veces si fue el genio político o su palabra, lo que hizo el prodigio, pero ninguno, solo, lo explica. Nacido de su pasión, fue el amor lo que le ganó crédito, el dibujo del objeto amado que lo empujaba al sacrificio. Cuando llega a Cuba le escribe a su amante, en Nueva York: "Es muy grande, Carmita, mi felicidad, sin ilusión alguna de mis sentidos, ni pensamiento excesivo de mí propio, ni alegría egoísta y pueril, puedo decirte que llegué al fin a mi plena naturaleza". No se puede despojar la figura humana de una parte que la integra y explica, ir con bisturí caprichoso para salvar el pedazo que creemos de virtud: sería como perseguir en el rosal la raíz de la flor sobre la que nutre la espina. Otros preferirán un Martí caído del cielo, sin flaquezas, sorteando a golpes de ala las trampas del vivir, medido de fuego, y sacando de una fragua que no existe la fuerza que pedía su obra. Aquí se le prefiere salido de la tierra, en el mismo circo de pasiones y miserias que a todos nos acecha, y verlo subir, de entre las ruinas, ejemplar y lleno de luz. |
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