PRÓLOGO
Este libro se compone de 125 trabajos de Martí no recogidos en sus Obras Completas. Hasta el lector menos familiarizado con la bibliografía martiana habría puesto en duda que, a pesar de los muchos esfuerzos para ofrecer cuanto produjo, aún faltaran tantas páginas valiosas a las colecciones de sus escritos. Todo lo de Martí merece salvación. Aunque sólo sea por el origen logra jerarquía hasta su más modesto apunte; pero los artículos aquí reunidos no se amparan en linajes para acreditar su publicación: son joyas que vienen a engrandecer el riquísimo tesoro, y semilla, para la cosecha generosa.
Todos estos escritos los publico Martí en el periódico Patria entre 1892 y 1895; guardan por eso, a pesar de su diversidad, la íntima correspondencia de cuanto hizo en sus últimos años. En Patria se precipitan el guía, el hombre de letras y el político. Fundado poco después de 1891, su año, decisivo, allí confluyen el amoroso designio -la independencia de Cuba- y el arte probado y triunfante del escritor: es una síntesis de Martí, el pequeño universo donde se encuentra la esencia del apóstol y del artista. Si a los títulos de Patria ya recogidos en sus obras sumamos éstos, se logra una imagen total del hombre; y corno lo nuevo que aquí aparece no es de una sola ladera, surge la inmensa figura y se perfilan los contornos del genio. No es éste un muestrario de actos disperso por el azar, ni fragmentos de antología, sino, aunque a escala menor, todo el gigante.
Cualquier clasificación de trabajos como los de este libro ha de pecar de arbitrariedad: si se alejan en el accidente del asunto, no se arrancan del mismo proyecto ni del único aliento: son como ríos de una sola querencia que se extienden para darse y ser recibidos. Sin embargo, para facilitar la lectura, se han agrupado en ocho secciones: en cada una se ordenan por fechas los que tratan con preferencia un tema o acusan un particular propósito. Van en "Política" aquéllos donde es más evidente la propaganda revolucionaria: se originan por un aniversario o un acto patriótico, las elecciones de un club, una reflexión, un viaje. A "Emigrados" y "Emigraciones" llegan los ecos de los cubanos y puertorriqueños que encontraron precario refugio en el extranjero: de sus luchas, de sus triunfos y sus penas. En las "Semblanzas" parece más viva la generosidad de Martí: debe formar ejércitos hombre a hombre, y para cada uno tiene la expresión amable, el estímulo o el consuelo; y también para agradecer el juicio acertado y valiente, corno en los trabajos de "Crítica," sobre autores y publicaciones, en los que la gratitud para el justo anda tan despierta como la réplica para la maldad y el error. En "Noticias de Cuba" comenta sucesos de la época: descubre el engaño del autonomismo, avisa de un alzamiento falso, advierte sobre los malos españoles y gana a los buenos para la causa. Todo en lo que es sujeto el mismo periódico está reunido bajo el epígrafe "Patria": son breves comunicaciones y notas de la administración que cuentan, con la palabra necesaria, algo de su trayectoria. El último, "Los Estados Unidos," lo forman cuatro trabajos en los que aparece vigorosa la prevención martiana contra los peligros del Norte.
Pero como en toda obra suya, el mayor fruto no le viene a estas páginas solo del interés e incansable penetración en tantos aspectos de la vida y del pensamiento, sino de aquella sorpresa gratísima con que Martí nos asombra, lo mismo en la reseña volandera que en sus momentos de reflexión grave o cuando oficia el magisterio: son adivinaciones, relámpagos de intuición, apuntamientos, sentencias: está hablando el político y salta el poeta que esgrime el verso; en el pasaje lírico horada la raíz el estadista; saca, demiurgo, una arenga del gesto de un niño, y de la contemplación de la naturaleza los preceptos de la virtud. Y siempre al abrigo de una prosa espléndida, llena de hechicerías y regalos, que escapa de toda inmanencia para cumplir su misión de evangelio. Véanse algunos ejemplos, casi tomados al azar, de estos Escritos Desconocidos:
En consejos y apotegmas sobre lo que podía creerse agotada su expresión:
¡Ámese la verdad, y dígase sin temor y sin ira!.
Lo perfecto se ha de celebrar, aunque sea propio, y habría malignidad y rareza, y forma punible de necedad, en no celebrar lo perfecto porque es propio.
El detalle es de todos y de pocos el conjunto. Son raras, las cosas completas. Todo es ensayo y tentativa.
Con el desinterés se vence al interés. Con la abnegación se vence al egoísmo. Con la cautela se vence a la intriga.
Lo que se tiene en el alma y la posee ha de echarse de ella o el alma se ahoga. El que vive contra sí, no vive.
Se tiene un fin, y se va a él. Sin fin, no hay estilo. Escribir es sentir.
Para que nuestra América sea libre, y toda la América feliz, Cuba ha de ser libre
Vibra lo que sale del alma y con el alma se paga
En la exaltación de la profecía y ungido por el cumplimiento del deber: "El júbilo inunda el corazón honrado, el corazón que no engaña, y que no miente: oímos firmes las voces que ayer aún oíamos débiles; oímos pegadas al pecho, las voces que no habíamos oído aún; oímos, y ni una menos, las voces todas que necesitábamos. Una brazada más, y el cielo empieza". Al definir un concepto: "La ciencia verdadera de la política está en regir a los pueblos y ayudarlos a regirse, conforme a la naturaleza humana inevitable al grado de desarrollo de ella en el país y época en que se ha de resolver el conflicto, y a las semejanzas y antecedentes y condiciones peculiares del país"
Cuando describe para engalanar el mérito, dice de los emigrados en Ocala:
Allí el médico frustrado trabaja, en la mesa diaria, junto al esclavo de ayer, y con él se indigna contra la opresión, y ama y practica el derecho: allí el obrero de ciudad, parcial y levantisco, se codea, hermano con el hijo sereno y astuto del campo y de la guerra: -allí ara uno, y otro cría, y el que hace versos pone un horno de pan, y la esposa delicada le lleva los libros al ágil tendero, -y las casas, por menudas que sean, tienen bruñido el piano, pulcros los muebles y elegantes, y en el muro blanco, -presidiendo, la adorada bandera.
Si mira el ojo preciosista, ve así el conservatorio de Emilio Agramonte:
Ya la casa convida al arte fino, en sus salas de recibo que son como de hogar, con la literatura toda de la música alta, y aquel ambiente de belleza que predispone a expresarla y sentirla; con el salón privado e íntimo, de un piano que es como aire y luz, donde los regaños del maestro no han de parecer mal, porque nadie los oye; con su sala de ejercicios públicos, sin más adornos que los retratos, en buenas planchas alemanas, de los creadores del alto arte. . . . En cosas de arte todo ha de hablar de arte: la alfombra, los cuadros, el programa, cuanto se vea y respire. Y esa fue la beldad del concierto: linda casa, rica luz, música ferviente, discípulos elegantes, mujeres bellas.
En el panegírico de la mujer buena, dice de la hermana de Betances, "Sólo la virtud sabía el camino de su casa. Ella, que no supo nunca donde vive la pompa, sabía siempre dónde habitaba la desdicha. Ella no quiso vivir en su tierra esclava, ni en tierra alguna que padeciese de tirano, aunque tuviera nombre de libre" ; y en el elogio de Francisco Gonzalo Marín, de sus poesías: "De un revés, como un castillo de barajas,.pueden echarse por tierra muchas de las que tiene él, en su ardiente juventud, por penas graves. Lo que no puede crearse de un revés es su forma, atildada y alada, su verso fuerte y firme, su modo propio de poner el suceso llano y personal en poesía dramática. Lo que de él enamora es la piedad en que todas las penas se consumen; la piedad, aristocracia del alma". Al hablar por América, advierte de España: "Una cosa es ver con gusto a la abuela desdentada en la casa propia, y otra perdonarla, cuando con brazo brutal, ahoga a una hermana a nuestras puertas"; y de los Estados Unidos: "Salvarse es prever: el que deja abierto el camino, y no le pone barras de antemano, hallará que el mejor día se le aparece a la cabecera Scott, con su mundo de rubios".
A tiempo de su periódico fue Martí preparando la independencia. Cuando sintió firmes las bases para el futuro y supo que el ejercicio de la virtud podría garantizarlas, llevó a Cuba la guerra: "Entraremos en el país redimido, con la costumbre y el albedrío de la república. No estamos evocando un basilisco: sino alzando un país, a hombros de ciudadanos". Para aquel momento tuvo listo el polvorín; pero antes, con los recursos de su talento y de su voluntad, había logrado "que los rifles se cargasen de pensamiento".
Como en otras oportunidades, en Patria no aparece con nombre casi ninguna de las colaboraciones de Martí. Excepto cartas y circulares que allí se reprodujeron, nada de lo suyo lleva firma. Todo, sin embargo, denuncia sus escritos: el giro de la frase, la estructura del párrafo, la agilidad sintáctica, el gusto siempre empinado y señoril. Tiene Martí, además, un repertorio de propósitos e ideas, presentes también en este libro, que se repiten con mayor insistencia desde 1891: lograr la independencia de las Antillas como cuestión de honor y conveniencia práctica para cubanos y puertorriqueños; establecer los fundamentos de libertad y justicia que habrían de ser la base y objetivo de la república futura; unir los grupos de emigrados en el empeño de liberación y asegurar el concurso de los viejos jefes militares; exaltar las virtudes y méritos de cubanos y puertorriqueños como prueba de su capacidad para gobernarse en una patria libre de tutela extranjera; advertir los peligros por la permanencia de España en las Antillas y por el interés en ellas de los Estados Unidos; vigilar los preparativos de la guerra evitando demoras o precipitaciones que podrían diferir el triunfo o enconar la lucha; mantener despierto el entusiasmo por la independencia y confundir al enemigo sobre los planes del levantamiento.
Con la astucia del más hábil propagandista, Martí aparece en los trabajos de Patria en iluminación de su ideario, mientras fomenta el espíritu de lucha y hace amable el sacrificio. Es su etapa de místico, cuando ya ha roto en el ascetismo y la renuncia las ataduras que pudieran impedir el ascenso a Dos Ríos. Por eso no es extraño su lenguaje, en calidad lírica, al de aquel perfeccionamiento espiritual: allí está la comunicación por medio de la alegoría para hacer sensible el objeto de la gracia; la metáfora, las imágenes y los recursos del idioma en empleo maestro; allí la radical confianza en la caridad y en el amor, y los prodigios del "Amado," la patria, a cuya presencia y conjuro se vuelve hermosa la vida y buenos los hombres: entonces irradia luz hasta el dolor; el gesto anónimo es de héroe; se hace fuerte el pusilánime, prudente y liberal el ambicioso; y la naturaleza, y cuanto participa del misterio soberano, se muda y le consagra el ámbito puro que merece. Pero como poeta integral, místico de la mejor tradición, Martí saca de esos deliquios del raciocinio los motivos para el acto, y corren parejos la fantasía y el hacimiento, el delirio y la creación.
Si no por el estilo, o por el talante con que revuelve su asunto hasta la forma decidora y cabal, facilita la identificación de todo lo de Martí, en Patria, la distancia inmensa que lo separa de sus otros redactores. Plumas no menos modestas que honradas vinieron, con mayor o menor frecuencia, siempre por generosidad, a asistir a aquel espíritu de privilegio.
Más para mostrar su digna estatura de hombres que para medir su desproporción con el genio, están ahí los trabajos, esos sí, casi siempre firmados, de Gonzalo de Quesada, Sotero Figueroa, Benjamín Guerra, Juan Bonilla, Rafael de Castro Palomino, Francisco Gonzalo Marín, Jesús Lantigua, Juan Fraga, Rafael Serra, Manuel F. Barranco, Antonio Vélez Alvarado, Ramón L. Miranda, Fernando Figueredo, Serafín Sánchez, Néstor L. Carbonell, Enrique Loynaz del Castillo, Fermín Valdés Domínguez, Enrique Collazo, Federico Giraudi. Los que andan más cerca y le llaman "Maestro," alguna vez ensayan la doctrina que aprendieron del labio fundador: son los discípulos: mueven los brazos nobles sin que les llegue el vuelo; andan mejor cuando se conforman a su aliento y renuncian el estilo inimitable; todo se ve, pero les tienta el rapto, y la voraz claridad.
Martí se descubre en la construcción anafórica, los epítetos subjetivos que animan lo inerte, la pluralidad adjetival, la geminación, los paralelismos, el anacoluto, la economía conceptista junto al esplendor barroco, en la forma tan suya de manejar esos recursos, siempre por la incidencia de ciertos expedientes verbales. Hay en este libro preciosos ejemplos de los tropos y figuras más frecuentes de su prosa: "El Diez de Octubre," "En triunfo," "En Filadelfia, en honor de Valdés Domínguez," "El conservatorio de Agramonte," "El himno de Figueredo," "Los sucesos del Cayo," "Adiós a una hermana," "El Yara" "Patriotismo , libro nuevo de Gonzalo de Quesada," "El alzamiento en Cuba," "Cuba a Duarte," "La huelga en el Norte"; todos, corno otros de sus escritos conocidos, modelos del idioma y campo utilísimo para el ejercicio lingüístico.
Además de la biografía inmediata que se revela en estas paginas, algunas aluden a sus años de juventud: en "La Verdad" lo vemos en 1868 entre aquellos "niños trémulos, que mañana alzarían del polvo la idea que los cansados o flojos dejasen caer," cuando iban "como a un templo, a ver salir de la prensa el papel húmedo, allá en la accesoria sobre donde se imprimía" el periódico que describe (191); en "Notas y Noticias" aparece, a principios de 1877, mientras José Antonio Cortina exhibe airado los efectos de la censura "a un redactor de Patria, entonces viajero incógnito en la Isla"; y cuenta en "Hilario Cisneros": "Un día, poco después del Zanjón, iba al vapor del destierro el primer cubano a quien prendió España en la Habana por aquella época, el que es hoy Delegado del Partido Revolucionario," y luego dice como lo honró el "criollo tenaz" para quien tiene un recuerdo agradecido. Habla de Ramón Betances, en "La sesión del Club Borinquen", y evoca pasajes del Lalla Rookh, que él tradujo y cuyo manuscrito no se ha encontrado; y otra vez en "Los sucesos del Cayo," cuando compara la unión y la fuerza de las emigraciones a las de "aquellas fortalezas, talladas en el monte vivo, donde se refugiaron los últimos persas que defendían su tierra adorada, y la religión del sol, de los caballos hambrientos de Mahoma". En "Expediciones" se describe con estas palabras: "Martí no es nada en sí, sino alfombra de su tierra, a que su tierra lo use y lo pise", que es la misma expresión que de él recuerda Manuel González, alumno de La Liga, en su artículo "El Maestro," y Sotero Figueroa, en "José Martí," y es la de su "Oración de Tampa y Cayo Hueso," a principios de 1892, y la que escribe a Quesada en carta del 6 de febrero de 1895. Al hacer la crítica de Patriotismo, libro nuevo de Gonzalo de Quesada," repite las palabras de San Martín -"O serás lo que has de ser, o sí no, no serás nada", que habla usado en la carta-prólogo de Mi primera ofrenda, obra también de Quesada, de hacía algunos años. Preocupado por los hábitos adquiridos en la guerra, al redactar "Los jefes cubanos y el Partido Revolucionario" recuerda los errores que el describió en su artículo "Páez y un Cubano" y les hace repetir, sin mencionar la fuente, aquello de no envainar la espada hasta que no se lograra el triunfo, también de la proclama que escribió para Calixto García ("Al Ejército Cubano") en 1880. Cuando habla en uno de estos escritos desconocidos de la publicación de Los poetas de la guerra, adelanta, con la brevedad que le permite el anuncio, algunas de las ideas de su conocido prólogo al libro; dijo en este, reproducido también en Patria, el 10 de Octubre de 1893:
Una noche de poca luz, después del día útil, en el rincón de un portal viejo de las cercanías de New York, recordaba un general cubano, rodeado de ávidos oyentes, los versos de la guerra. Los árboles afuera, árboles fuertes y nervudos, recortaban el cielo, y parecían caricia a los muertos, al bajarse una rama rumorosa, o revés, al erguirse de súbito, o hilera de guardianes gigantescos, con el fusil en la funerala, al bordo de nuestra gran tumba. El robusto recitador, sentado como estaba, decía como de lejos, o como de arriba, o como si estuviese en pie.
Y en el número anterior del periódico, del día 6, en el que recogemos ahora:
Un hombre de los diez años, pronto a volver a empezar, estaba una noche del verano último, en un portal de pobre, recordando, bajo el cielo sin luna, los muertos de la guerra, y las batallas y los cantos. El que blandió centelleante acero, recordaba con piedad nuestros versos tristes: se escribió aquello y se hizo un tomo, el primero de la colección de los poetas de la guerra. Allí están nuestros gemidos, y nuestra altivez, y nuestros albores.
Como las que acaban de relacionarse surgieron, mediante fuentes complementarias, respaldando el análisis textual, nuevas pruebas de la paternidad martiana de estas páginas: en su misma obra, en particular el epistolario; en el testimonio de sus contemporáneos. Por considerarlas innecesarias ahora, y no abrumar la lectura, sólo se ofrecen en tres casos, en las notas al pie, donde se explica el motivo de la excepción: en 'Los jefes cubanos y el Partido Revolucionario," "El adiós del General" y "El alzamiento en Cuba."
Con el mismo afán que en las otras investigaciones, se procedió a comprobar que ninguno de estos 125 artículos formaba parte de las Obras Completas o de otras colecciones de los escritos de Martí. No resultó tarea fácil por la manera poco ordenada en que reproducen el material de Patria, pero el examen fue revelando que, aunque coincidían algunos epígrafes y temas, estos trabajos, menos dos que no van en la cuenta y se indican en las notas, nunca se habían recogido. Por eso en el título del libro se repite el adjetivo que empleó Félix Lizaso con los que descubrió en La América (Artículos desconocidos de José Martí [La Habana, 1930] y Néstor Carbonell en La Nación (De la vida norteamericana. Páginas desconocidas [Buenos Aires, 1930]).
Toda ocasión es propicia para la palabra de Martí, pero hoy se acrecienta la avidez por su mensaje siempre en apremio del ideal. Hombres y pueblos podrían hallar en él pauta y camino. No conforme con el abatimiento del error, propuso el cambio radical en el manejo de la vida; es así, la que procura, verdadera revolución, en cuanto que no transige con el turno de abusos y exige su rendición a la dignidad. Del tanteo saldrá un día en victoria la doctrina. Es fácil comprender nuestra satisfacción al publicar estas páginas olvidadas de Martí, y oír otra vez, desde donde lo llevó la historia, y con el prestigio de su discurso, la prédica por la redención del hombre en la justicia y en la libertad. Encontrarlas fue como presenciar una resurrección, privilegio superior a la parvedad del testigo, ver, nueva, la mano sembradora, como si en la urgencia de los tiempos aún anduviese apurada en el rescate de la virtud.
La preparación de este volumen se ha facilitado por el auxilio económico de la National Endowment for the Humanities a quien el autor agradece su interés y ayuda.
C. R.
Nueva York,
10 de Octubre de 1970.
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