Escritos Desconocidos de
José Martí

Carlos Ripoll

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LOS ESTADOS UNIDOS

  PUEBLOS NUEVOS
  LA REUNIÓN DE FILADELFIA
  LA "PRINCESA NICOTINA"
  LA HUELGA EN EL NORTE


PUEBLOS NUEVOS*

Por nuestra América abundan, de pura flojera de carácter, de puro carácter inepto y segundón, de pura impaciencia y carácter imitativo, los iberófilos, los galófilos, los yankófilos, los que no conocen el placer profundo de amasar la grandeza con las propias manos, los que no le tienen fe a la semilla del país, y se mandan a hacer el alma fuera, corno los trajes, y como los zapatos. De memoria debieran aprenderse todos, aplicándola a nuestra América, esta justicia del abogado norteamericano Coudert, cuando habló de Francia en el banquete que dio la Cámara de Comercio de New York a Whitelaw Reid. Dijo Coudert

"El experimento del gobierno libre se está allá haciendo por una nación bajo cuyo suelo duermen cincuenta generaciones de hombres, nacidos y criados en un sistema que hacía a un ser humano, por el accidente del nacimiento, superior a todos los demás: ¿a quién ha de maravillar, sino a la gente ligera y miope, que no haya entrado la nación de un salto en las excelencias del sistema en que no fue criada? Los hábitos de cincuenta generaciones no se sacuden en un día. Y hay que advertir que democracia y república no son términos equivalentes."

(14 de Mayo de 1892)

*Uno de los más importantes trabajos de Martí sobre el tema de esta sección se titula "La verdad sobre los Estados Unidos." Fue publicado en el número 104 de Patria, el 23 de marzo de 1894, y reproducida su última parte, con el título de "Apuntes sobre los Estados Unidos," en el número 107, el 10 de abril del mismo año. Ese artículo es quizás el que contiene los juicios más severos de Martí sobre los Estados Unidos, y el mejor ejemplo de sus temores y advertencias por la que entonces calificó de "república autoritaria y codiciosa." Al igual que en este breve escrito, "Pueblos nuevos," donde censura entre otros extrañamientos -vicio que siempre repugnó a Martí- el de los "yankófilos," en "La verdad sobre los Estados Unidos" censura la "yanquimanía." Por razones que no sabemos explicar, este último, de crítica para los que prefieren en sus países doctrinas extranjeras -de los que dice aquí con metáfora incisiva que "se mandan a hacer el alma fuera, como los trajes, y como los zapatos" se ha omitido en la última colección de sus Obras Completas, de la Editorial Nacional de Cuba (1963-1966), realizada, como dice el prólogo, "por el esfuerzo unido del Consejo Nacional de Cultura, la Editorial Nacional y el Consejo Nacional de Universidades." No se incluye en este libro  dicho artículo pues no es, ni mucho menos, desconocido: por su importancia se ha publicado varias veces en revistas, periódicos y antologías desde su primera reproducción en 1912, incluso en las Obras Completas de la Editorial Lex, en la edición de 1946, la de 1953 y en reproducción que hizo de ellas en Venezuela, en 1964, Jorge Quintana.

LA REUNIÓN DE FILADELFIA

Que los cubanos, ordenados al fin para el esfuerzo decisivo de su libertad, lo celebren y proclamen, es más natural, sin duda, que el entusiasmo, nunca tan bien dirigido corno se pudo, de los norteamericanos por la independencia de Cuba. Y ése fue el servicio y la significación especial, de la reunión última de Filadelfia, el 3 de octubre; servicio grande, porque las guerras no están sólo en empezarlas, sino en seguirlas, y esta vez se ha de mover cuanta entraña noble tenga el mundo. Abréviese el sacrificio, ya que no se le puede evitar. Inspírese respeto y afecto a los que pudieran volver a vernos con los brazos cruzados en la gran lucha. Muestren, sobre todo, virilidad a un pueblo viril. El desdén temible, y ciertamente peligroso, del Norte por nuestros pueblos, viene, más que de raza o agresión nativa, del desconocimiento en que esta el Norte de nuestros sacrificios y méritos reales, así como la ciega y extemporánea afición a todo lo de Norte América, y la desconfianza de lo propio nuestro que suele acompañarla, viene del desconocimiento, total o poco menos entre los cubanos, de aquellas mismas pasiones, odios y rivalidades que en la guerra y primeros acomodos de los Estados Unidos, amenazaran, tenaces y sórdidos, la existencia de las trece colonias, como pudieran mañana amenazar la de nuestra república.

Hermosa fue, en verdad, la reunión filadelfiana. El Club Silverio del Prado tenía invitado al Delegado, su Presidente Honorario, a una recepción de cariño. Y el Delegado no hallo solo al club, sino a los demás de Filadelfia, y al de las Hermanas generosas, presididas por anciana nobilísima, y con ellos a gente mucha y granada de habla inglesa; a nombres ilustres de la guerra de independencia del Norte; a héroes vivos de la guerra del Sur, necesaria por la inhumanidad y transacción inútil de la primera república. En la sala de los veteranos, prestada por el Puesto No. 35 a Cuba, fue la reunión, y aquellas manos amigas habían puesto, de guardas de la tribuna, el pabellón cubano al lado del Norte al lado del que su escuadrón sacó vencedor de la pelea, y del negro y amarillo de la caballería yankee: flotaban, suntuosas, las cuatro banderas. Detrás de los asientos de la presidencia, el caballo embalsamado de Sheridan, el busto de Washington, y el retrato de John Brown. Y aquí Patria ha de callar, ya por falta de espacio, porque, con no decir más que la verdad, pudiese parecer lisonjera. Apenas se hablo en español en la noche memorable. El abogado Scott habló, y el general Lieper, y el coronel Rudolph. Con el arranque de su abundante corazón, habló en inglés, ante entusiasmo visible, el útil e impetuoso Marcos Morales. Lo que el Delegado dijo, sobre la composición y capacidad de gobierno de su pueblo, y naturaleza de las relaciones posibles y duraderas entre él y el Norte, sobre la caballería del Norte y la de Cuba, sobre Henry Reeve, vibró por largo tiempo en la sala de la reuni6n, y en el banquete que siguió en seguida, y fue hora que no olvidarán jamás los que en ella vieron palpitar juntos corazones del Norte y del trópico, cuya amistad es posible y necesaria. jamás olvidarán, por lo elocuentes y sustanciosas, y sus magníficas imágenes, las palabras de Laforest Perry; jamas las de un anciano, curtido por las guerras, que anunció a Cuba la paz que veía garantizada en el pensamiento republicano y la virtud diaria y patente de sus hijos; jamás el elogio conmovido del comandante Paul, ni la ayuda briosa del coronel Elliot: jamás, o raras veces, se unieron tan bien, como en la noche feliz de Silverio del Prado, los cubanos libres, y los que deben conocerlos y amarlos.

(10 de Octubre de 1893)

LA "PRINCESA NICOTINA"

En el Casino de New York, cargado de oros, vermellones y verdes, y con columnas de palmero como las del teatro de Apolo en Madrid, están poniendo, ahora en escena una opereta con el nombre de "Princesa Nicotina." La escena pasa en Cuba, en una vega, aunque la ópera no sea más que la leyenda deformada de "El Sombrero de Tres Picos," donde el Tío Lucas se llama Chico, y la lozana Francisca responde por Rosa. Pero no vale la pena de malgastar renglones alzándole los puntos a una opereja ruin, sin más sentido que el de la hermosura verdadera y famosa de la actriz que se hace bautizar en ella, de manos de un obispo de teja negra, con el nombre extravagante y vicioso de "Princesa Nicotina." De seguro que para poder encajar en la opereta el singular bautizo, e imponer en público la dignidad de princesa a la rubia Lillian Russell, mudaron los autores remendones la escena del "Sombrero" a una vega de Cuba, que por color único tiene un bailucho de chicuelos del Sur, que acá llaman "pickaninies": bailan descalzos, vociferando, descolgándose de las caderas, dando vueltas de carnero. Y eso es cuanto hay allí de vega cubana.

Lo que un hombre de habla española ha de notar en la opereta, es una frase donde rebosan el desdén e ignorancia de la masa del Norte, y en la masa el frac y él chaquetón, por los países que desde lo de Texas a acá les parecen muy fáciles de vencer, sin tener en cuenta nuestras luchas sublimes, sin conocer las leyendas de valor y sacrificios de nuestras tierras más míseras, sin saber de la guerra de la nueva Troya cuando el sitio de Montevideo, ni de la guerra contra Maximiliano, ni de nuestra guerra de Cuba. Y en México mismo, cuando lo de Texas, ¿acaso se hubiera entrado Scott tan fácil por el país a no entrarse por la división entre el general Victoria y el general Santa Anna? La rivalidad entre los dos generales dio el rápido triunfo al yankee: los mexicanos de veras ¡ésos murieron, héroes de dieciséis años, sobre la lava que debió revivir del cerro de Chapultepec! Pero queda la leyenda, que nuestros pueblos perezosos no cuidan de desvanecer, nuestros pueblos que debieran, donde la viese todo el mundo, tener alzada aquí, en la lengua del país, tribuna de dignidad y de defensa. Salvarse es prever, y el que deja abierto el camino, y no le pone barras de antemano, hallará que el mejor día se le aparece a la cabecera Scott, con su mundo de rubios. Téngase siempre ante los ojos la novela Niñita, de una mano que se debió caer al escribir: "Niñita" es la india enamorada, la india linda que da su flor y vida a un maquinista vermontés; y las cosas suceden de manera que el yankee herido, caballero en su locomotora, entra vencedor en tierra mexicana; y pasa sobre el cuerpo de "Niñita," que se echa sollozando sobre los rieles; y que lo amó en hora infeliz.

Lo de la "Princesa" es esto. Un alguacil, un alguacil de Cuba con chaquetilla de seda verde y sombrero de lentejuelas, le dice a su compañero, aludiendo a miedo:

Un caballero español sabe siempre retirarse a punto.

Y esa f rase es la única que arranca, corno frase, un murmullo de aprobación satisfecha al público: y una noche arrancó aplausos. Se siente en la concurrencia, de frac y chaquetón, como cuando un pavo se infla. Es un rumor regocijado, contra el que hay que alzar tribuna. ¡La mejor, para nosotros los cubanos, es mostrar que sabemos aprovechar la libertad extranjera en constituir, por el valor independiente de nuestro brazo, un pueblo culto y trabajador a las puertas mismas de los que nos desdeñan!

(28 de Noviembre de 1893)

LA HUELGA EN EL NORTE

A ningún observador que busque la fruta debajo de la corteza, causará asombro la energía con que ha estallado por el Oeste el descontento, que es ya cólera, contra la política de compra y venta que tiene ya en el Norte sin vías de satisfacción a las libertades ahogadas. La huelga de los obreros de Pullman fue el mero pretexto, acogido con tanta más prisa cuanto que la sedosa tiranía del inventor de ayer, que surte bibliotecas y aplasta hombres, viene siendo de atrás el tipo del rico irrespetuoso que, en pago de un poco de bienestar físico, de unas cuantas calles sin polvo y unas yardas de alfombra para el comedor, exige a sus semejantes que se le aflojen y rindan en la defensa de sus derechos. Las muchedumbres incultas y dolorosas que trajo de las tierras europeas, al país sin mercados suficientes, el proteccionismo imprevisor, hallaron en la huelga modo de exhalar la sorda ira con que ven año sobre año coligarse frente a ellas, con la política venal a los pies, a la riqueza que da en las elecciones, expresión aquí de la esperanza y la justicia, los caudales que compran los votos, y para luego el partido electo con leyes favorables a los intereses que lo trajeron al poder. Más descompuestas de lo usual hallo hoy la huelga a las masas, miserables en el ocio forzoso, porque el año todo ha sido de indignación justa y creciente contra el partido que fue electo para reducir el costo de la producción y de la vida a términos que permitiesen el empleo de los millones de brazos desocupados, y la venta a precios viables de los artículos que a más costo no pueden competir con sus rivales más baratos en los mercados del mundo; y el partido que debió su elección a esta esperanza aguda del país, y azorado y hambriento, mantiene en su tarifa nueva, sordo a la marea nacional, los derechos de entrada que producen al fabricante aislado un beneficio pasajero, tan tentador como engañoso, e impiden la rebaja indispensable de los artículos de vida, y la manufactura de objetos vendibles, en el mundo ya ahíto, a precios que permitan el empleo de los brazos desesperados. Además, de ley en ley, y por la descarada connivencia de los legisladores pagados o interesados y las empresas y monopolios que los mantienen en sus puestos y pueden echarlos de ellos, o compran y logran la elección de sus representantes, han venido los ferrocarriles, que son ahora a modo de feudalismo de la república, y entraban al presidente que no les obedece, como los señores entrababan al rey a ser objeto de odio, a fuerza de descarada tiranía, de los que, ricos o pobres, los alimentan con el producto primario de su trabajo.

La huelga, pues, de los obreros de Pullman no es un suceso aislado, que haya de verse secamente como un hecho sin raíces, sino la manifestación violenta y lógica de la actual condición revolucionaria de los Estados Unidos, provocada por la organización monárquica, venal, egoísta, que velozmente han dado a la república.

(14 de julio de 1894)

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