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THE NEW YORK TIMES
Cultural Life in Cuba
Washington (IA). Official State Department sources deny the Cuban government's accusation that Benjamín Castillo has had any connection with the CIA. Castillo is the author of "Julián Pérez," the short story awarded one of the annual literary prizes of the Cuban cultural center, the Casa de las Américas. This work, recently published, has been widely acclaimed for its narrative techniques and its bold ideological interpretations. Critics familiar with the latest developments in the cultural life in Cuba have expressed great surprise at the outcome of the competition won by Castillo's story and see in it a sign of relaxation in the revolutionary government's restrictions on the intellectuals.
GRANMA
La literatura de ficción
Después de un largo debate el jurado internacional del cuento adjudicó el primer premio de este año a una narración titulada "Julián Pérez", escrita por el cuentista cubano Benjamín Castillo. El hecho de que esta obra ya haya sido leída y comentada fuera de Cuba, lo que la descalificaba para concursar, ha disgustado a algunos compañeros responsables de dicho evento literario. Aunque todavía no conocemos exactamente su contenido, esta redacción ha sido informada de que ciertos pasajes del cuento reflejan actitudes que son completamente incompatibles con el espíritu revolucionario de nuestro pueblo.
ABC
DONDE SE CUENTA LA HISTORIA DE JULIAN PEREZ
La Habana. 27. Acaba de publicarse en Cuba el cuento premiado en un concurso en el que actuaron de jurado importantes figuras del mundo literario. La obra de Benjamín Castillo cuenta la historia de Julián Pérez, un personaje que se enfrenta con Castro y propone la más original revolución. Este cuento que ya ha recibido favorables comentarios de la crítica mereció severos juicios de algunos miembros del gobierno cubano que ven en él veladas denuncias contra el sistema político que rige la isla y cierta irrespetuosidad contra sus dirigentes. Julián Pérez es sin duda una obra polémica que puede lastimar a los más sensibles en cualquier bando, porque su autor fuerza las peripecias de sus personajes hasta muy difíciles situaciones.
L'OSSERVATORE ROMANO
NOSTRE INFORMAZIONI
L'alta gerarchia della Chiesa è molto preoccupata per el destino del giovane cubano che scrisse un libro diffamatorio contro il governo di Cuba. Il Nunzio Apostolico informò a Sua Santitá dall'Habana che, come al solito, l'accusato riceverá tutta la protezione della legge.
LE MONDE
Point de vue
Une mise à nu
Nouveaux problèmes de Castro avec les intellectuels. L'auteur de "Julián Párez", le conte que a crée les plus grandes difficultés au gouvernement cubain, a été accusé comme traître. Bien que le livre de Benjamín Castillo reçut un prix dans un concours à la Havane, il a contrarié les auto-...
THE TIMES LITERARY SUPPLEMENT
Literature
CUBAN SUSPENSION
London. It is rumored in British intellectual circles that the prize winning story, Julián Pérez, whose literary novelty and political intention have been the topic of heated discussions, was written during its author's stay in London. The young Cuban, Benjamín Castillo, is alleged to have been directly influenced in the creation of his work by Czechoslovak exile living in this capital. Although the names of the contacts have not been divulged, it is known that Castillo met with the celebrated Czech novelist, author of The Frightened Beast. In view of these circumstances, the publication of Castillo's story, already in progress, has been suspended by Cuban government order; further developments are expected in the near future.
DIARIO LAS AMERICAS
Miami, Fla. Martes 10
México (IPA) Procedente de La Habana y en tránsito de su regreso a París, el conocido editor y traductor Jean P. Saugrin declaró en el aeropuerto que su viaje a Cuba había terminado en una seria discrepancia con varios miembros del jurado que habían de otorgar los premios literarios de este año. Indicó M. Saugrin que seguirá brindando todo apoyo a la revolución a pesar de la intolerancia y arbitrariedad de algunas autoridades del gobierno cubano que censuraron públicamente su decisión en favor del cuento ganador que se titula "Julián Pérez". Desde nuestra embajada en La Habana se ha recibido la noticia de que muy pronto será publicada esta obra que ha provocado tan interesantes discusiones. |
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JURADO
José Luis Arroyo
(México)
Jean P. Saugrin
(Francia)
Ernesto Urquiza García
(Uruguay)
Luisa María Menéndez
(Cuba)
Jaime Loriet
(Cuba)
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PRÓLOGO
Benjamín Castillo es un ejemplo de la nueva generación de cuentistas cubanos. Nacido en Guamacaro, Matanzas, en 1943, lo sorprende el triunfo de la Revolución sin haber cumplido diez y seis años. En 1958 casi ni sabía leer porque la situación económica de su familia le obligaba a vivir lejos de la escuela rural. “Enseguida me di cuenta de que con Fidel mi suerte iba a cambiar,” nos decía hace poco, al contarnos su vida. Fue becado a una escuela de Cárdenas donde se graduó años después con notas excelentes, a pesar de su participación como machetero en movilizaciones populares de la UJC, a las que se ofrecía como voluntario. Quiso siempre ser escritor y el tiempo libre lo gastaba en lecturas. Después de algunos ensayos en poesía, se decidió por la prosa de ficción. En un certamen de 1968 ganó el premio “Romualdo Soto” con su novela corta Varadero; ya allí el joven Castillo dejaba ver sus facultades de escritor. Los lectores de Bohemia y El caimán barbudo conocen sus cuentos: La Lechuza, Ombligo, Confesiones de un muerto de hambre, La mocha, Trabajadores y fantasmas, etc. El año pasado presentó a concurso en esta Casa su interesante narración El manigüero, donde mostraba las dudas de un viejo guajiro ante el socialismo, y la superación de sus conflictos a través del trabajo y del razonamiento de las consignas revolucionarias. Aunque El manigüero no fue premiado, se le consideró entre los diez mejores cuentos cubanos de 1969.
Acabado de regresar de un viaje por la Unión Soviética y varios países del bloque socialista, Benjamín Castillo escribió “Julián Pérez,” primer premio del cuento en el Concurso de este año. “Lo estuve pensando durante los tres meses que duró mi viaje,” dijo el autor a los periodistas que lo entrevistaron el día de su triunfo. “Vi muchas cosas, añadió, “pero pensé muchas más, y no quité los ojos, ni el recuerdo de Cuba.” Este cuento representa, sin duda, un cambio en la temática y las técnicas narrativas de Benjamín Castillo. Aquí se nos aparece preocupado más que por el acto o el gesto revolucionario por la misma esencia de la Revolución, y por eso se obliga a explorar nuevos caminos que llevan al lector su particular visión de la realidad. “Julián Pérez” es un cuento polémico, puede hasta parecer la obra de un contrarrevolucionario. Sólo el que no tenga vivo en su ser el espíritu de la Revolución verá en el cuento de Benjamín Castillo otra cosa que una defensa de sus verdaderos fundamentos, de lo que él descubre en las raíces del proceso.
En “Julián Pérez” presenciamos el enfrentamiento de dos ideologías, dos personalidades de nuestra historia forzadas por la imaginación del escritor al más original encuentro. Cada personaje habla su idioma. El choque de las dos fuerzas inmensas ilumina la realidad nacional; diría más, en este cuento se plantea la problemática del mundo moderno: la idea tradicional del ser humano ante la del hombre nuevo empeñado en un cambio de valoraciones éticas y sociales.
En un escenario muy nuestro sucumben los agonistas y quedan las ideologías y los conflictos que en ellas se generan. El lector inteligente sabe quién triunfa: los enemigos de la verdad se refugian en un empeño imposible mientras la mejor aspiración de los hombres se corona victoriosa.
¿Qué dirán ahora, con la publicación de este cuento, los que niegan la libertad de los escritores cubanos? ‘‘Dentro de la Revolución todo; contra la Revolución nada,” dijo Fidel Castro en sus Palabras a los intelectuales, y ésta es una obra revolucionaria en cuanto que anuncia la etapa que ha de superar todo desvío del mejor porvenir cubano. Benjamín Castillo no decide en la contienda: él sitúa los personajes y los deja actuar libremente en su fantasía. En los momentos más difíciles la narración logra el relieve necesario para que el lector capte todo detalle dramático. Si a veces parece irreverente es sólo porque así los símbolos se concretan en una realidad sensible que podemos identificar. Una actitud ante la vida y el pensamiento que la explica hacen crisis: vemos llegar situaciones que suponemos insuperables; el escritor no detiene la narración ante los más peligrosos extremos y empuja sin disimulo ni temores la trama y al lector hasta el abismo. Descubre así el banderín vencedor y le rinde el mejor homenaje, al someterlo sin compasión a la más dura prueba para luego verlo ondear sin estridencia sobre el cadáver de los mártires. Es gesta de ideas y no contamos las víctimas; sería un error distraemos en el accidente de lo plástico y de lo sensible sin penetrar en el mundo de alegorías de la obra. Desnudas de su significación oculta, las palabras y los actos se nos hacen repugnantes, pero en su verdadera función de hacer inteligible el asunto pierden su condición de mero expediente provisional y se nos releva del ingrato embarazo.
Con verdadera maestría se mezclan en “Julián Pérez” la dislocación temporal, el monólogo interior y ese realismo mágico de la nueva narrativa latinoamericana, todo para situamos en el mismo centro del conflicto. Mientras leemos el cuento participamos en la lucha que se describe: nos molesta el adversario y admiramos al héroe, nos lastima el razonamiento que pretende disfrazar el error y la verdad a medias, pero entendemos los puntos de vista. “Julián Pérez” es una obra de arte, según la idea del arte que debe reinar en nuestro país: un arte que trasciende, que mueve al hombre y lo compromete en su más alta ocupación.
Para los miembros del jurado que adjudicaron el premio de este concurso va el agradecimiento de Casa de las Américas, muy en especial para los amigos que desde el extranjero nos ayudaron con su valiosa opinión a decidir el premio.
Pedro Gávez Estrada
La Habana
Casa de las Américas
Febrero del 1971
A Harold B. Bradshaw y Ludek Svoboda
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JULIÁN PÉREZ
Con bastante retraso llegaba un grupo de estudiantes al mitin en la Universidad de La Habana. A la cabeza iba Julián Pérez. Miles de asistentes oían al segundo orador de la noche que repetía las consignas oficiales: “¡Hay que destruir al imperialismo! ¡Tenemos que acabar con los reaccionarios y las ideas burguesas! ¡ Haremos la zafra más rica de la historia! ” Minutos después, cuando empezaba a leer un informe sobre la producción del país, una buena parte del público notó la presencia de Julián Pérez: sus amigos lo habían acomodado en lugar visible de la tribuna. El que hablaba se sorprendió de los aplausos y, con el asombro tartamudeándole las palabras, siguió la lectura de sus cifras; pero en los vítores descubrió la causa del entusiasmo. Julián Pérez saludó con las dos manos e hizo un gesto para imponer silencio hasta que terminara el orador. Éste, molesto por la interrupción, trató de mantener el hilo de su discurso hasta recortarlo de manera ostensible. En cuanto acabó, muchas voces empezaron a gritar: “¡Que hable Julián Pérez! ¡Viva la revolución!” Pero él se mantuvo en su asiento y los gritos cayeron en ritmo que decía: “¡Ju-lián! ¡Ju-lián! ¡Ju-lián!” Los que estaban más alejados, sin saber lo que ocurría ni entender el nombre, repitieron el canto frecuente: “¡Fi-del! ¡Fi-del! ¡Fi-del!” Aquellos dos nombres, sin armonía, volaron buen rato sobre la multitud.
Fidel Castro no estaba en la tribuna. Había calculado el tiempo para que hablaran los primeros oradores y llegar cuando le llegara su turno. Él debía ser el tercero y cerrar el acto, pero el anterior terminó muy pronto dejando un vacío en el programa. Era la oportunidad que buscaban los amigos de Julián Pérez: uno de ellos consultó al oído del profesor que ocupaba el estrado, y apoderándose del micrófono gritó: “¡Compañeros, hasta que llegue Fidel, vamos a escuchar la palabra del compañero Julián Pérez!” Un fuerte aplauso respondió en aprobación la propuesta. Julián Pérez agradeció de nuevo el entusiasmo y calmó a la multitud. Era un hombre de pequeña estatura y frente muy ancha. Unos ojos dulcísimos y profundos daban vida a su rostro de blanco excesivo. Las manos querían ser anónimas pero su forma las hacía adorno, como el bigote oscuro y el corbatín del cuello. Dio unos pasos hasta donde iba a hablar. Miró las caras de los que estaban más cerca, luego hacia las últimas filas, a ambos lados. Los abarcó a todos y sembró silencio. Entonces dijo:
Cubanos:
Se dice cubano, y una dulzura como de suave hermandad se esparce por nuestras entrañas, y se abre sola la caja de nuestros ahorros, y nos apretamos para hacer un puesto más a la mesa, y echa alas el corazón enamorado para amparar al que nació en la misma tierra que nosotros, aunque el pecado lo trastorne, o la ignominia lo extravíe, o la ira lo enfurezca, o lo ensangriente el crimen.
Yo amo con pasión la dignidad humana. Yo muero del afán de ver a mi tierra en pie. Yo sufro, como de un crimen, de cada día que tardamos en enseñarnos todos juntos a ella. Yo conozco la pujanza que necesitamos para echar al mar nuestra esclavitud, y sé dónde está la pujanza. Un pueblo en el exceso de odio ha hecho más viva que en pueblo alguno la necesidad del amor, y entiende y proclama que por el amor, sincero y continuo, han de resolverse, y si no, no se han de resolver los problemas que ha anudado el odio. El alma cubana, preparada por su propia naturaleza y por la guerra y por el destierro para su libre ejercicio, creía reconocerse, y ansía la ocasión de publicarse, en quien no quiere para su tierra remedos de tierra ajena, ni república de antifaz, sino el orden seguro y la paz equitativa, por el pleno respeto al ejercicio legítimo de toda el alma cubana.
Los altos personajes del gobierno se removían en sus asientos, pero ninguno se atrevió a otra cosa. En voz baja uno dijo a su compañero: “Ese hombre es un loco.” “Sí,” contestó el otro, “pero es un loco peligroso…” Julián Pérez siguió hablando. Explicó el verdadero sentido de la revolución, el motivo único de su existencia: lograr una patria libre de extraños y propios. Condenó con palabras muy duras a los que se aprovechaban del odio para entronizarse en el poder, a los que confundían al pueblo, a los que vestían el abuso con ropas de justicia.
Asesino alevoso, ingrato a Dios y enemigo de los hombres, es el que, so pretexto de dirigir a las generaciones nuevas, les enseña un cúmulo aislado y absoluto de doctrinas, y les predica al oído, antes que la dulce plática de amor, el evangelio bárbaro del odio.
Fidel Castro llegó en ese momento. Julián Pérez le dirigió una mirada y en seguida continuó su discurso. El máximo líder saludó a los que se levantaron y se sentó sin fijarse en el orador. Cuando se dio cuenta de que el programa había sido alterado, preguntó al que presidía: “¿Quién es ése, chico?” Con timidez mal disimulada aquél le contestó: “Es Julián Pérez, Comandante… los estudiantes le pidieron que hablara...” No esperaba aquella respuesta, y el disgusto y la sorpresa le cambiaron el rostro. Empezó a averiguar por qué habían autorizado que se dirigiera al público, quién era el responsable. Todas fueron disculpas y evasivas. Es verdad que las cosas se habían presentado de manera imprevista, y cuando los organizadores del acto se dieron cuenta ya Julián Pérez hablaba con la aprobación de la concurrencia. Alguien se acercó a Fidel y le advirtió al oído: “Déjalo que hable, que los estudiantes están con él; pero a ese hombre hay que destruirlo. ¡Escucha lo que está diciendo!” Comprendió que debía imponerse prudencia. Reprimió la soberbia y oyó cuando el orador decía:
No han entendido que la política científica no está en aplicar a un pueblo, siquiera sea con buena voluntad, instituciones nacidas de otros antecedentes y naturaleza y desacreditadas por ineficaces donde parecían más salvadoras; sino en dirigir hacia lo posible el país con sus elementos reales. Un pueblo está hecho de hombres que resisten, y de hombres que empujan: del acomodo que acapara, y de la justicia que se revela; de la soberbia que sujeta y deprime, y del decoro que no priva al soberbio de su puesto ni cede el suyo; de los derechos y opiniones de sus hijos todos está hecho un pueblo, y no de los derechos y opiniones de una clase sola de sus hijos.
Fidel hizo un gesto de impaciencia. El mismo ayudante se le acercó de nuevo para tranquilizarlo. Bajó la cabeza y apretó los puños: no quería hacer más difícil la situación, pero ya no pudo entender al orador. Las frases que oía se enredaban en sus propios pensamientos: “¡ Maldito sea!” una campaña de ternura “¡No lo perdonaré jamás!” sólo son definitivas las conquistas de la mansedumbre “¡Hace falta un castigo ejemplar!” aplicar a la ley de la política la ley del amor “¡Más sangre!” la dignidad plena del hombre “¡Miserables!” convidamos a un país sin rumbo “¡Se dejan engañar!” gangrenado bajo el imperio de una oligarquía armada y rapaz “¡No se puede, no se puede!” a una guerra revolucionaria “¡Hay que seguir a Lenin!” a salvar a la patria “¡Debí aplastarlos!” de las parcialidades “¡Ahora!” las iras “¡Ahora!” y el desequilibrio...
“¡Basta, basta!” gritó entonces. Castro no esperó más: se dirigió a sus soldados y les ordenó colérico: “¡Arresten ese hombre… Arréstenlo!” Julián Pérez comprendió que no podría seguir hablando y apuró un final: ¡Juntos todos los hombres buenos! ¡Juntos todos los hombres malos! ¡Los que dejen de hacer lo que les manda la patria en agonía, oigan la voz del ejército que marcha, oigan el himno de la patria que saluda! No se miente cuando se lleva a la patria en el corazón. La patria nos tiende los brazos. No hay más que un modo de obedecerla: ¡Juntos y adelante!
Las últimas palabras las había pronunciado con dos agentes del gobierno asiéndole los brazos. El público estalló en aplausos. “¡Patria, patria!” era eco en muchas gargantas. Luego, ya todos sabían el nombre: “¡Ju-lián! ¡Ju-lián! ¡Julián!” Fidel abandonó la tribuna seguido de su guardia personal; cada grito de la multitud le parecía espuelas en los oídos, y se sintió humillado.
En un amplio salón, con ventanas hacia el mar, se paseaba impaciente Fidel Castro. Se detenía como para intensificar un pensamiento y reanudaba su camino. Al pasar junto a los muebles los golpeaba y decía una imprecación. Sin anunciarse entró un capitán con algunos papeles en la mano.
—Aquí están los informes, Fidel. ¿Quieres que te los lea? No hubo contestación ni se interrumpieron los paseos.
Sólo cuando pasaron unos segundos y encendió el tabaco le respondió: “Háblame de ese hombre.”
—Fidel, Julián Pérez es un contrarrevolucionario, hemos podido...
—¡No quiero tus juicios! —le interrumpió con un grito— ¡Dame los datos nada más… Las conclusiones las saco yo!
—Está bien —aceptó el otro contrariado—. Julián Pérez llegó a la Habana el día seis de enero y alquiló una habitación en la casa de huéspedes de Industria 115. Su procedencia no ha sido aclarada y no sabemos si ése es su verdadero nombre; hay quien sospecha que vino de Oriente, pero...
—¡Deja eso, yo sé bien de dónde viene… ! Qué ha hecho desde entonces, eso es lo que me interesa.
—Según informes en nuestro poder, al principio se le tomó por un preso que acababa de cumplir sentencia, pero luego se aclaró que su condena había sido antes de la revolución. El ha dicho que fue en tiempos del “general septembrista” y conserva una lesión del presidio. Dicen que fue denunciado a la policía por un estudiante: lo acusaron de infidencia y lo metieron en la cárcel. Tampoco se ha podido confirmar esa versión pues no hay antecedentes del caso, y alguna gente, para hacer daño, dice que el estudiante traidor se llamaba Castro… Algunos han dicho...
—¡Y qué tiene eso que ver, imbécil!
El oficial suspiró metiendo los ojos entre los papeles para continuar:
—Desde su llegada a esa casa empezó a unírsele gente. Daba conferencias y celebraba entrevistas con hombres y mujeres que venían a verlo de todas partes. Al poco tiempo de llegar, el 28 de enero, le hicieron un homenaje. Se reunió tanta gente en el lugar que algunos de nuestros hombres suspendieron el acto. Fue arrestado junto a muchos de los asistentes, pero el teniente que intervino en el asunto los dejó ir a todos. Ahora está preso y se niega a acusar a Julián Pérez. Dice que es un buen revolucionario, que cree en él. El juicio de este traidor se inicia mañana…
—¡Está bien, está bien! No me importa nada de eso. Dime quiénes lo iban a ver.
—Fidel, estamos haciendo una relación de todos los que visitaban su casa al principio. Aquí tengo los nombres de muchos de ellos. Después … después ya sabes que se hizo grande el número de los que le seguían, y no hemos podido...
—Ya lo sé. Dime ahora quiénes empezaron, quiénes fueron primero a la casa, cómo empezó todo esto. ¿Había al principio algún miembro importante del gobierno, alguno de los nuestros?
—Aquí tienes sus nombres.
Fidel leyó el papel que le extendía el otro. Después de recorrer algunas líneas, arrojó la relación sobre la mesa. “¡Bandidos, traidores!” dijo con violencia. “¡Sigue!” ordenó después, “¿quienes más lo ayudaron?”
—Los tengo aquí clasificados por grupos. Primero los jefes obreros, aquí los estudiantes, éstos son los escritores y otros profesionales, los campesinos clasificados por provincias, los que sabíamos eran gusanos, los militares, bastantes cederistas, los becados…
—¡Basta, basta! ¡Déjalo todo ahí!... Y ¿quién le arregló lo de su discurso esta noche?
—Fidel, fueron los estudiantes.
—¡No serían todos los estudiantes!
—No, algunos estudiantes y profesores.
—Pero cuando me fui todos gritaban su nombre…
—Fidel, han hecho mucha propaganda y tú lo has dejado. Lograron confundir a parte del pueblo porque muchos ni saben de qué se trata; creyeron que era un hombre del gobierno. El dice cosas ambiguas…
—¡Imbéciles, un hombre que está con la revolución no dice esas cosas!
—Todo esto se ha dejado ir muy lejos, Fidel. Hace tiempo que están haciendo daño. La contrarrevolución se ha aprovechado y ya sabes lo que está pasando.
Desde el principio se veía claro. No eran sólo los americanos, la gente de aquí es la más rebelde. Los gusanos se confundían hasta con nuestra propia gente para seguir a Julián Pérez... Tú no quisiste hacer nada, tú nos decías…
—¡Pero el pueblo! ¿Cómo el pueblo no se daba cuenta?
—Las denuncias llegaron al principio, nosotros te lo dijimos…
—Sí, ahora me echarán a mí toda la culpa, pero no la tengo yo. De lo más grave son otros los responsables.
—Pero antes de que apareciera Julián Pérez la gente cooperaba… y no había tanto descontento. Ahora escriben su nombre en todas partes… en las paredes…
Fidel volvió a ensimismarse. Se acercó a la mesa para revisar los papeles y leyó los nombres de los amigos de Julián Pérez: algunos le hicieron mover la cabeza con desesperación. Para tranquilizarlo, dijo el oficial: “Todos están presos ya . . . Claro, menos los que andan por las lomas… Pero no sirvió el remedio: con paso inquieto empezó de nuevo a medir el salón. Al llegar a uno de sus extremos, ordenó imperioso: “¡Tráiganmelo ahora mismo!”
A los pocos minutos entró Julián Pérez con sus custodios. Estaba esposado. “Déjennos solos,” pidió Fidel sin detener su paseo. Obedecida la orden miró de soslayo al preso. Fue hacia el ventanal y, de espaldas, le dijo: “Yo sé muy bien quién eres, a mí no me puedes engañar.” Tras sus palabras caminó hasta él. Era la primera vez que lo miraba en los ojos. Entonces le increpó:
—¿A qué has venido? ¿Por qué te empeñas en destruir nuestra obra? ¿No sabes que nuestra revolución ha logrado más, mucho más que la tuya…? Hoy son otros los tiempos. Lo que hace tantos años tenía vigencia hoy es ridículo en política. Dos guerras mundiales han conmovido al mundo, y los años de la República, de tu República absurda con todos y para el bien de todos ¿a qué nos llevó? Eramos lacayos de los imperialistas, y no me vas a negar su maldad pues tú le conociste las entrañas al monstruo. Y ahora los hemos derrotado ¿sabes? les hemos hecho retroceder, nos hemos librado de su vasallaje. Pero no fue con tu trinchera de ideas, eso no funcionó, fue con las nuestras de piedra, porque les pusimos armas en las sienes que les hicieron temblar hasta los pelos… No nos hemos librado de la amenaza, todavía, pero ya no los tememos... ¿Qué quieres ahora?
Julián Pérez se mantenía en silencio. Fidel Castro levantó los brazos para dar mayor énfasis a sus palabras, volvió la espalda y continuó: —¡Estaría bueno que a estas alturas hablásemos de integrar a todos los cubanos, ahora que hemos acabado con la sociedad de clases, que no hay ricos, ni latifundistas, ni los gorilas que los defendían! Hemos creado una sociedad comunista que excluye toda idea burguesa del hombre, todo privilegio...— Y al volverse de pronto hacia el preso, le preguntó señalándolo con el dedo —¿No decías tú, en tus versos, con los pobres de la tierra / quiero yo mi suerte echar?... Pues eso lo he hecho yo. Yo no me he aliado a ningún interés bastardo, y no pactaré jamás, me oyes, jamás, con otro interés que no sea el de los oprimidos... Yo conozco tu doctrina —añadió tras breve pausa—. Cuando era muchacho me sabía tus escritos de memoria, y juraba por ellos. Pero te digo que tus ideas no sirven, no sirven para nada . . . Tú eres un poeta y los poetas todo lo ven color de rosa… Nadie me quita de la cabeza que te suicidaste, te hiciste matar por asco cuando te enfrentaste a la realidad, cuando te diste cuenta de que te habías equivocado. Tú fracasaste pero nosotros no hemos fracasado… El pueblo ignorante, porque el pueblo es sólo manada de fieras o de niños, decía que “no debiste morir,” porque con tu presencia la patria se hubiese salvado. Muchas veces me he puesto a pensar en eso, y ahora sé que la muerte fue quien disimuló tu fracaso. Sí, hiciste bien en morir entonces, para que la Historia no te escupiera en el rostro por tu prédica pueril y tu fe en la democracia burguesa. ¿Qué sacamos con los sufragios en una docena de elecciones? ¿Acaso los pobres no estaban obligados a vender sus voluntades por el pan que les faltaba? ¿Qué libertad puede tener el esclavo de la miseria, el obrero sin trabajo, el campesino sin tierra…? Y nosotros proclamamos “Elecciones ¿para qué?” porque sabíamos que eran una burla para entretener el hambre y ocultar los privilegios.
Fidel se dejó caer en una silla y extendió las piernas. Sentado volvió a preguntar: —¿Qué quieres ahora? ¿No te parecen bastantes todos los años de tu República para probar tus errores? ¿Querías que esperáramos por las calendas griegas?... Y no me digas— gritó levantándose bruscamente—, no me digas que esa no fue tu República, porque tu doctrina les inspiró todos su argumentos para encubrir sus maldades, y en tu confuso pensamiento siempre se encontró disculpa a tus desmanes… No te voy a negar que abusaban de ti, que tomaban de tus palabras lo que les convenía, que desfiguraban tu pensamiento para acomodarlo a sus intereses; pero tú tienes la culpa, por tu estúpida vocación por la ternura, por tu fe en el amor, por tu confianza en los hombres... ¿Qué es la dignidad plena del hombre? ¿Qué es eso? ¿Que un niño ande sin zapatos, que no tenga escuelas, que su padre mendigue trabajo y la madre muera de tuberculosis, y que al lado de ésos, un grupo de indolentes derrochara en caprichos de la peor especie, en lujos y vicios, los dineros que nacen en las manos de los trabajadores? ¿A eso llamas dignidad plena del hombre? Nosotros lo llamamos indignidad, lo llamamos injusticia... No hay un cubano en tu patria que medre hoy con el sudor de otro, ni quien le abuse la ignorancia, ni quien lo oprima en su pobreza, ni quien le rompa látigos en el hígado…
Julián Pérez le dirigió una mirada con levísima sonrisa. Fidel comprendió el reproche y mientras se le encaraba le gritó:
—Sí, ahora me dirás que se ha cambiado la fuerza, que ahora yo, la revolución los oprime, que obligamos al pueblo a trabajar para nosotros, que no les damos a escoger, que antes tenían muchos amos y que ahora el Estado socialista, con los fusiles y el pan en nuestras manos, los explota como antes el capitalismo. Esa es la respuesta manida de los burgueses, de los reaccionarios, de los que no quieren comprender que ahora trabajan por su propio bien, para que sean felices. Y ahora son felices, menos los grupitos de siempre, y ¿sabes por qué? Pues porque los hemos enseñado a odiar, porque viven con odio, duermen, luchan y trabajan con odio, y yo les canalizo su fuerza irrenunciable, yo los he enseñado a odiar: las quejas vagas y sordas que se habían acumulado en siglos de miseria, las he reunido en ejércitos que me siguen ciegamente, porque les busco frentes de odio, porque los he armado para que protejan su odio… Y tú, tú ahora me vienes a desatar una campaña de amor, una campaña de ternura, y el enemigo se aprovecha de eso, y nos ha hecho daño, demasiado, porque se juntan bajo esa bandera y ponen en peligro nuestra obra.
El preso bajó los ojos y continuó escuchando en silencio.
—No te sabré perdonar lo que me has hecho. He disimulado hasta donde he podido tu imprudencia, y te he dejado actuar para ver si comprendías nuestra revolución, si podíamos, al fin, sumarte a nuestras filas… Pero has ido demasiado lejos. Viniste a sembrar de nuevo tu semilla, a decir las mismas falsedades que yo supe desmentir... Has llegado a más, has predicado una guerra contra mí, contra la revolución que a ti, en tu sensibilidad enfermiza, te parece cruel y bárbara. Y has logrado malquistar a muchos, te han escuchado demasiado, y te han creído, porque tienes el poder de convencer, y porque el pueblo no está maduro para resistirte. Yo te reto a que vuelvas dentro de diez años, para que inicies otra campaña contra mí, sea de lo que sea. Yo te proporcionaré todos los medios que necesites, te facilitaré todas las tribunas y periódicos, y verás, verás que en menos de una semana el pueblo te quema en la plaza pública junto con tus papeles y tus sueños, y tu caridad, y tu rosa blanca insípida e inútil...
Por la mejilla de Julián Pérez rodaba una lágrima. Con la cabeza erguida parecía dispuesto a sufrir callado la humillación. Fidel notó la tristeza del preso y guardó silencio unos minutos. Luego, con un tono distinto en la voz, y como si quisiera borrar la crueldad de sus anteriores palabras, añadió:
—Yo no quiero hacerte mal, yo no tengo nada contra ti. Pensándolo bien, yo nunca he dejado de tener admiración por tus cosas… Tú eres un hombre bueno, nadie lo puede negar. Yo mismo he ayudado, hasta donde es posible, a fomentar el recuerdo de tu vida, porque creo que mereces un lugar en la Historia. . . Aun puedo decir que alguna de las consignas de nuestra revolución nos la enseñaste tú, pero nosotros tuvimos que darle una dinámica que no tenían en el marco de tu pensamiento... Yo estoy dispuesto a ayudarte; te puedo dejar ir. Yo sabría convencer a los que me piden tu destrucción, pero tendrías que prometerme no combatir mis ideas, no hablar nunca contra nosotros… Tú puedes hacernos mucho daño. Temo más la palabra tuya que a los acorazados yanquis porque para ésos sí tengo buena medicina… ¡Fíjate hasta dónde han llegado ya y ni siquiera saben quién eres! Te repito, yo estoy dispuesto a ayudarte, pero no sé cómo te podría convencer, porque vives enamorado de tu locura… Yo te ofrecería cualquier cosa…— Dejó pasar unos instantes molestos hasta preguntarle con furia: —¿Por qué no contestas? ¡Pide lo que quieras! ¡Dime algo!… Me ofende tu silencio… Ahora haces el papel de Cristo frente al Gran Inquisidor… ¡Habla, no seas cobarde!
A Julián Pérez le salieron relámpagos por los ojos. Fidel no se atrevió a seguir por ese camino en el que ensayó sólo unos pasos; aquella mirada fija lo contuvo. Hizo una pausa larga hasta recobrar cierta presencia de ánimo. Luego continuó:
—Te he dejado hacer lo que querías, te he dado una oportunidad. Di órdenes para que no te molestaran, y lo hice, en primer lugar, porque creí que a la larga tú mismo te ibas a convencer de que nuestras cosas eran para el bien de Cuba; y en segundo lugar, tengo que confesártelo, porque pensé que no te iban a hacer caso... Ya ves, contigo me he equivocado dos veces. No puedo incurrir en otro error, por eso tengo que impedir que sigas actuando.
Fidel se dirigió a la ventana y meditó un rato. Cuando volvió hacia el preso, sin mirarlo, le dijo:
—¡Ojalá que no hubieras venido, porque lo que voy a hacer contigo me hace temblar, a mí que me he despojado desde hace mucho tiempo de toda sensiblería…! Hoy yo sería feliz si convertido a nuestra doctrina estuvieras aquí para decirme que tenía yo la razón, para así usar de tu poder sobre el pueblo, desde nuestro lado, para exponerte en la plaza y decir a todos: “¡Él también está con nosotros!” Pero preferiste venir a hacer tu revolución en vez de aprovecharte de la que ya hemos hecho, preferiste andar al revés de los tiempos, no quisiste comprender nuestra obra porque está amasada con sangre y con odio, porque hace falta cierta condición que nunca has tenido para pasar sobre algunas cosas, para meter las manos en el cieno y allí formar un pueblo. Tú lo hubieras hecho de nubes. Tú me convertirías en gasas y tules un pueblo que yo he querido hacer de hierro.
Ya la voz le salía ronca. Se quedó callado mientras volvía a emprender el recorrido del salón. Al poco rato se detuvo frente al preso y lo miró fijamente. Ahora él parecía el más triste. Julián Pérez siguió mirando el ventanal que daba al mar y a la noche... Como movido por fuerza que lo saca de un sueño, sin decir palabra, Fidel se dirigió a la puerta cerrándola tras si con gran estrépito. Se oyeron sus gritos. Luego todo quedó en silencio.
Julián Pérez dio unos pasos hacia la ventana como atraído por ella. Al llegar dijo en voz baja: “Dos patrias tengo yo: Cuba y la noche / ¿O son una las dos? Y bajó los ojos. Empezaba a llover.
Poco tiempo después entró Fidel Castro seguido de sus ministros. Se acercó al preso que se volvió para darle el frente.
—Te hemos condenado a muerte —le dijo—. Mañana serás fusilado.
Continúa
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