MARTÍ EN NUEVA YORK
No se ha hablado en este mes de mayo florido y pujante de Nueva York del de hace un siglo, de 1892, cuando daba sus primeros pasos por Broadway el Partido Revolucionario Cubano, y combatían sus planes para la independencia los autonomistas que buscaban arreglos con España, los anexionistas que querían la isla para los Estados Unidos, y los escépticos que se encogieron de hombros ante la gran empresa de José Martí. En Nueva York se ha hablado de sus nuevos detractores: de los cinco representantes que vinieron de Cuba para un simposio sobre sus ideas y su vida, y de los que les hicieron posible el acto: algunos, profesores; otros, alumnos y burócratas: todos, salvo algún engañado, prontos a servir al comunismo cubano, ahora amable y obsequioso: desesperado.
Por fortuna todos tienen derecho en este país a expresar sus ideas, aunque sean torcidas y lleven malas Intenciones, y aun cuando vengan de gentes que a otros les niegan los derechos mismos que aquí ellos disfrutan, y se celebró el simposio en el Centro de Graduados de la City University of New York. El programa lo anunciaba para los días 21 y 22, pero tantos se abstuvieron de ir, y fueron tantas las protestas por tratarse de un acto amañado y discriminatorio, que fue suspendido antes de terminar su primer día. Se protestó por la evidencia de que se intentaba pasar allí como una normal reunión académica, abierta a cuantos quisieran tomar parte en ella, lo que en realidad era uno de esos actos que hacen en Cuba dirigidos por los inquisidores de la cultura para servir los intereses del gobierno.
Un acontecimiento inesperado puso en evidencia el complot. Se supo que el simposio se autorizó en La Habana con la condición de que no participara en él nadie que pudiera denunciar las infamias de Castro sobre Martí. De ello se encargaría el profesor Iván Schulman, de la Universidad de Illinois, de nuevo en dulces relaciones con el Centro de Estudios Martianos, de La Habana, después que lo echaron de Cuba por haberlo acusado Raúl Castro de ser, con su mentor Manuel Pedro González y su “Fundación José Martí”, instrumentos del imperialismo yanqui; dijo en su discurso por el Xl Aniversario del Ministerio del Interior que ellos querían “enfrentar el pensamiento martiano a la revolución cubana mediante la tergiversación de su doctrina antiimperialista...” Pero las actuales “condiciones objetivas” obligan a cambios milagrosos, ayudadas por la desfachatez de algunos y las “rectificaciones” del estalinismo criollo.
Lo que hizo ver con claridad la intriga fue que uno de los que iba a venir de Cuba al simposio, testigo de su preparación, Emilio de Armas, se asiló en Buenos Aires y, ya en los Estados Unidos, dijo cómo se había urdido. En realidad no hubiera sido necesaria su revelación para conocer la entraña de la conferencia: el simple cotejo de los invitados y de los excluidos lo revelaba. Pero su defección obligó a Schulman a hacer apuradas y tardías invitaciones a fin de encubrir la farsa. El recurso, sin embargo, no le funcionó: por diversos caminos los nuevos invitados supieron de la trampa y se negaron a asistir al acto.
Mientras tanto una docena de profesores de la City University of New York, la que aparecía patrocinando el evento, lo denunció: en una carta abierta, con fecha 4 de mayo, decían (traducimos): “... Conocedores de las prácticas de las autoridades cubanas respecto a los actos culturales, sospechábamos que el simposio que se preparaba y no habría de ser una reunión abierta a diversas opiniones sobre la vida y el pensamiento de José Martí, y ya anunciado el acto, después de asilarse en la Argentina, el conocido escritor e investigador cubano Emilio de Armas... hizo saber la decisión de La Habana de no admitir en él a los que, aun teniendo méritos académicos para ello, hubieran mostrado discrepancias con el gobierno de Fidel Castro... Por todo lo expuesto”, concluía la carta, “y a nombre de las tradicionales libertades de este país y de la más elemental justicia, denunciamos esa reunión discriminatoria y partidista en favor del gobierno cubano, el cual tiene tan largo historial de violaciones de los derechos humanos, y que en la actualidad mantiene en la cárcel o marginados a numerosos intelectuales por el simple hecho de no estar de acuerdo con la ideología y las prácticas del totalitarismo de Estado impuestas en la isla...”. Y con la protesta les enviaron a funcionarios y representantes de la ciudad (desde el alcalde Dinkins al senador Alfonse D’Amato), y a administradores y decanos de la City University (desde su canciller, Ann Reynolds, y los miembros de su “Board of Trustees”, hasta los presidentes y los jefes de sus varias dependencias y facultades), el último informe de “Américas Watch” sobre las violaciones de los derechos humanos en Cuba, y la valiente declaración de los profesores de la Universidad de La Habana pidiéndole al gobierno de Castro libertades básicas y cambios en su gobierno, por lo que han sido expulsados de sus cátedras y sufrido actos de repudio y otros castigos.
Se hizo sentir la denuncia. Resultaba un escándalo que, agobiada la ciudad de Nueva York por un déficit, apareciera su universidad patrocinando aquel evento, y que en su riquísima tradición liberal sus habitantes permitieran aquel acto preparado por Cuba. Diversos periódicos y estaciones de radio y televisión divulgaron la protesta, y hasta el popular ex alcalde de Nueva York, Ed Koch, la suscribió en público. Y muy efectivo resultó el apoyo de las organizaciones cubanas de New Jersey: enterados por sus dirigentes y voceros de lo que estaba pasando. en Manhattan, muchos de sus miembros se congregaron en el lugar donde se celebraba el simposio, el día 21, y los miles de neoyorquinos que pasaron por la calle 42 entre la Quinta y la Sexta Avenidas, al terminar sus trabajos, vieron a aquellos manifestantes con avisos y carteles que explicaban el motivo de la protesta, y muchos se quedaron allí para aplaudirles su gesto y la causa. Allá acudieron entusiastas patriotas cubanos de Elizabeth a Guttemberg y, sobre todo, de Union City, la capital norteña del exilio, que no tiene playa, como Miami, ni su sol, o su Cayo o Hialeah, pero que tiene su avenida de Bergenline, que en tardes de luz parece la calle Monte, de La Habana, y el río Hudson al pie, más grande, pero no más bello, que nuestro Almendares, y como él rumoroso y amable, y a distancia tiene también, para cuando agobia mucho la espera, firme y soberbia, la Estatua del la Libertad.
Algunos de aquellos cubanos entraron en el salón donde uno de los que vino de Cuba leía su ponencia. Amparado por un título inocente el lector recorría los lugares comunes para la falsificación marxista de Martí: que si el imperialismo, que si el proletariado, que si la cuestión social, que si la revolución cubana, que si el comandante en jefe. Por algo Castro los dejó salir.
Ellos saben la gran mentira: que Martí no tiene nada que ver con el marxismo-leninismo ni con el estalinismo de Fidel Castro; ellos saben que Martí dijo que “si la tierra llegara a ser una comunidad inmensa, no habría árbol más cuajado de frutas, que de rebeldes gloriosos el patíbulo”; ellos saben que Martí dijo que “la libertad es la esencia de la vida, y que cuanto sin ella se hace es imperfecto”; y que la libertad “es el derecho que todo hombre tiene a ser honrado y a pensar y a hablar sin hipocresía”; y que es "enemigo de los hombres el que, so pretexto de dirigir las generaciones nuevas, les enseña un cúmulo aislado de doctrinas”; y que “la patria es dicha de todos, y dolor de todos, y no feudo ni capellanía de nadie”; y que uno de los peligros de la idea socialista es “la rabia disimulada de los ambiciosos, que para ir levantándose en el mundo, empiezan por fingirse, para tener hombros en que alzarse, frenéticos defensores de los desamparados”; y que “la tiranía es una misma en sus varias formas, aun cuando se vista en algunas de ellas de nombres hermosos y de hechos grandes...”; ellos lo saben, y mucho más, pero callan, y simulan ser martianos olvidando aquella advertencia de Martí de que “honrar en el nombre lo que en la esencia se abomina y combate, es como apretar en amistad un hombre al pecho y clavarle un puñal al costado”. Y eso lo hacen porque, como también dijo Martí, "todas las tiranías tienen a mano uno de esos cultos, para que piense y escriba, para que justifique, atenúe o disfrace, o muchos de ellos, porque con la literatura suele ir de pareja el apetito del lujo, y con éste viene el afán de venderse a quien pueda satisfacerlo”, y hoy en Cuba, para los “cultos” el "lujo” es viajar, y que les publiquen sus escritos y salirse de alguna manera del hambre, la escasez y el terror que padece su pueblo.
Por eso uno de los cubanos que entró en aquel salón de conferencias, al terminar el lector su letanía, se paró y le dijo: "Usted tiene que lavarse la boca para hablar de José Martí”. Allí empezó la contienda, lamentable porque, con algunas excepciones, era entre cubanos, puesto que en el público había varios que apoyaban a los venidos del Centro de Estudios Martianos, de esos que van a Cuba, con una u otra excusa, para regalarse, y que se sientan con ellos olvidando el juicio, también de Martí, de que “a la mesa del castigador no puede sentarse con honra, sino sin honra, ningún hermano del castigado”, y que "visitar la casa del opresor es sancionar la opresión”, y que “mientras un pueblo no tenga conquistados sus derechos, el hijo suyo que pisa en son de fiesta la casa de los que se la conculcan, es enemigo de su pueblo...”; allí, en aquel salón de Manhattan, estaban los dos tipos de cubanos de que habló Martí; había dicho: “Los hay que se cruzan de brazos ante el deshonor y la ruina, y aun se sientan con ellos a la mesa, por lo gustoso de vivir, antes de salir por lo áspero del mundo a buscar remedio a la ruina y al deshonor: a los unos la patria los llamará siempre, cómplices; a los otros los llamará siempre, padres”.
Un testigo imparcial de aquel encuentro, la periodista Ellen Moodie, del The Jersey Journal, lo contó así en un artículo titulado *Scholars Accused of Trying to Taint Hero’s Image” (Acusan a académicos de querer manchar la figura de un héroe). Y escribió: “Con su gorra de pelotero y su camisa de atleta, José Méndez no encajaba bien en aquel grupo de profesores con chaquetas de pana o a cuadros que se reunieron en la Sala de Conferencias de la Universidad de la Ciudad de Nueva York. Pero el, joven de 22 años, de Weehawken, se puso en pie y pidió que lo escucharan, y esgrimiendo un libro sobre el patriota cubano José Martí, alzó la voz y dijo: 'José Martí escribió sobre los derechos humanos para todo el mundo, y en contra de la gente como Fidel Castro...' El moderador y sus amigos trataron de callarlo: '¡Usted no tiene la palabra!' (‘You are out of order!’) le decían, pero la denuncia del muchacho hizo desencadenar una tormenta de emociones en aquel tercer piso de la universidad, en la Calle 42, de Manhattan. Durante quince minutos la pequeña reunión académica se convirtió en una pelea de gritos en la que un grupo de cubano-americanos de New Jersey y de New York exigían que se les oyera.. y acusaban al gobierno de Cuba de haber preparado en su beneficio aquella reunión para presentar a Martí como comunista, lo que negaban sus organizadores".
"Eduardo Ochoa, de North Bergen, a la salida del edificio, tras; la barrera azul de la policía, mostraba un cartel con los retratos de Hitler, Stalin y Castro, y sobre ellos aparecía impresa la pregunta, '¿En qué se diferencian? Y me dijo:. ‘Nosotros simplemente condenamos el acuerdo entre el gobierno de Castro y la universidad por el cual están usando el dinero de los contribuyentes para traer de Cuba a esos supuestos profesores para decir que nuestro héroe nacional, José Martí, era comunista''... Muchos junto a él insistían en que a algunos cubano-americanos se les había excluido del simposio, en que se les había negado ese derecho porque el presidente Castro así lo había querido... Y como prueba mostraban los papeles que habían reunido los profesores de aquella misma universidad que denunciaron la conferencia...” Y la periodista Ellen Moodie terminaba su reportaje transcribiendo la denuncia. Allí terminó el infortunado simposio, y varios ponentes se quedaron sin leer sus trabajos y protegidos por la policía salieron por una puerta secreta del lugar, temerosos, quizás, de que algún manifestante atrevido les hiciera lo que los grupos de “respuesta rápida” le hicieron cobardes en Habana a la poetisa María Elena Cruz Varela, lo que no hubiera sucedido jamas, porque los manifestantes no eran gente así , y se limitaron a cantar el Himno de Bayamo y a dirigirse con su limpio triunfo hasta la Misión de Cuba, en la Avenida Léxinton, donde continuaron la protesta hasta acercarse la noche.
Y dijo una señora ya entrada en años que asiste a esos actos: —"¡Porque Castro me tiene a mi hijo preso en Las Villas!”, explica siempre— que de las sombras que empujaban a la multitud para ocupar su puesto en la Sexta Avenida salió un hombre, “chiquitico, con bombín y bigote negro,” que se descubrió ante ella y que, sin decirle nada, le besó la mano con la mayor ternura. Y repetía su historia, “se quitó el sombrero y me besó la mano con gran cariño". “¿Pero quién, señora, quién?" le preguntaban los que iban a su lado, “¿Quién, qué hombre?” Pero ella no respondía, hasta que por la insistencia, apuntando hacia el norte, hacia la entrada del Parque Central, con una lágrima en la mejilla dijo en voz temblorosa y baja: “Ya ahora ya está allá, otra vez, en su caballo de hierro y de nube”.
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