MARTÍ Y FRANCIA
Al terminar sus estudios en Zaragoza, Martí decidió reunirse con sus padres y hermanas, quienes lo esperaban en México. A fines de 1874 salió de Madrid rumbo a París junto a su amigo y compañero de estudios Fermín Valdés Domínguez. Y de ahí siguió a Le Havre para embarcar ya solo hacia Nueva York y de ahí a México. Un mes estuvo en París. El acontecimiento más notable de ese viaje fue la visita que le hicieron los dos jóvenes cubanos a Víctor Hugo, el cual siempre se había manifestado en favor de la independencia de Cuba. El contacto con el gran francés se produjo por la ayuda del también poeta Auguste Vacquerie. Éste le había pedido a Martí la traducción al español de unos versos suyos y, cumplido el encargo, Hugo le dio también para traducir su opúsculo Mes fils. Martí lo publicó en México meses más tarde, y en el prólogo que lo presentaba recordó: "La primera traducción que he hecho de alguna cosa ajena, en París acaba de ser, y fue una hermosa canción de Auguste Vacquerie… Y ahora he traducido Mes fils con alegría, con orgullo, con verdadero amor".
Busto de Martí tal como se reprodujo en el folleto de Max Daireaux José Marti (1853-1895), publicado por las "Éditions France-Amérique" en 1939.
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Ningún escritor de Francia influyó tanto en Martí como Víctor Hugo. Ni sintió tanta veneración por francés alguno como por el autor de Les Miserables. En uno de sus apuntes recordó con estas palabras su encuentro en París: "Yo he visto aquella cabeza, yo he tocado aquella mano, yo he vivido a su lado esa plétora de vida en que el corazón parece que se ensancha, y de los ojos salen lágrimas dulcísimas, y las palabras son balbucientes y necias…" Y en una de sus crónicas agregaba: "Hay algo de Moisés en este anciano de abultada frente. ¡He ahí un verdadero rey! Uno no se cansa de hablar con él. Con su palabra sobria y poderosa, él esclarece y castiga. En él no se ven sino grandezas, grandezas de amor".
Entre otros ejemplos que se podrían citar, varios de los Versos Sencillos (1891) de Martí ponen de manifiesto la influencia de Les chansons des rues et des bois (1877), de Víctor Hugo; y en la prosa, no sólo aparece el caudal de su admirado escritor, sino que le acompañan aciertos de otros grandes prosistas del siglo XIX en Francia: los Goncourt, Flaubert, Daudet, Balzac, Zola, Renan… En el momento cumbre de su fama dijo de Martí el destacado escritor de Hispanoamérica Domingo Faustino Sarmiento: "En español no hay nada que se parezca a la salida de bramidos de Martí, y después de Víctor Hugo nada presenta la Francia de esta resonancia de metal".
Otro episodio de Martí en París debe recordarse al hablar de éste, su primer viaje. Fue la visita que hizo al cementerio de Père Lachaise. En una poesía que tituló "Cartas de España", publicada también en México, habló de la tumba de Abelardo y Eloísa; dijo así:
Allá en París, la tierra donde el lodo
Con las flores habita y el misterio,
Hay una tumba que lo dice todo
Con la solemne voz del cementerio.
Allí llegué: la vida enamorada
Esparcí con placer por la arquería;
Mi mano puse en la columna helada
¡Y mi mano de vivo era la fría!
Y es que a la sombra de los arcos graves,
Y sobre el mármol que coronas pisa,
Bajo los trozos de extinguidas naves,
Duerme Abelardo al lado de Eloísa.
El aprecio de Martí por Francia aparece en un juicio suyo donde afirmaba: "Ningún pueblo reúne en tan alto grado las condiciones ideales y las prácticas; ninguno goza tanto, ni trabaja tanto; ninguno piensa más ni produce más belleza": pensamiento, arte, trabajo y disfrute de la vida: he ahí las coordenadas de su admiración por el país. Pero los versos de la primera estrofa citada de "Cartas de España" resumen sus reservas respecto a la capital francesa: "En París, la tierra donde el lodo/Con las flores habita y el misterio…" ¿De qué "lodo" habla Martí? Se refiere a la degradación de las costumbres que creyó descubrir su viaje de 1874, y quizás más aún la que presentaba la literatura de su siglo: Musset, Gautier, Balzac, Zola. En una crónica que publicó en Caracas años más tarde llegó a decir de "La mujer parisiense": "La mujer de París nace a espantarse; pugna por ser joven y se halla vieja: por ser pura y se ve impura; por beber en la copa de la vida, que halla exhausta y manchada. Y sedienta, muerde al cabo la copa venenosa…" Y de la ciudad comenta con no menor exageración: "Cada bocacalle es una fauce; cada teatro, casa de tósigo; cada hábito una mancha. El gozo es tan bello que parece justo. El deber es tan recio que parece azote. Tan maltratado el trabajo que mueve a rebeldía. Y en el sofá de cada hombre ocioso se sienta Mefistófeles…"
Otro viaje hizo Martí a París, en 1879, también en diciembre. Había sido deportado de Cuba por sus actividades revolucionarias, y de España se fugó para reunirse en Nueva York, después de pasar por Francia, con los dirigentes de la nueva guerra que se preparaba. Dos días antes de embarcar de nuevo en Le Havre, se celebraba en el elegante Hipódromo Longchamp, de París, una fiesta para recaudar fondos que ayudarían a las víctimas de una inundación en la ciudad española de Murcia. Allí conoció a su admirada Sarah Bernhardt: en carta a un amigo en Cuba le cuenta: "El día 18 de diciembre conocí a Sarah Bernhardt en la fiesta del Hipódromo de París… y sentí helada la médula de los huesos, pero caliente el corazón…"

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Busto de Martí en el Square de l'Amérique Latine, en la Place de la Porte de Champerret.
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A poco de llegar a Nueva York Martí empezó a ganarse la vida escribiendo en el periódico The Sun, pero, como su inglés era deficiente, algunos trabajos los presentaba en francés, que conocía mejor, y allí se los traducían. Un buen ejemplo es el artículo que preparó con sus recuerdos de "la divina Sarah", como llamó a la gran actriz de teatro, del cual se transcriben aquí algunos pasajes pues sirven para mostrar su manejo del idioma: dijo de ella: "Une pauvre femme que s'est fait dans le monde tant de place doit être une grande femme… Sarah est souple, élancée, svelte. Son corps quand elle n'est pas secouée para la démon de la tragédie, est plein de grâce et nonchalance; quand le démon l'emporte, il este plein de force et de noblesse. Son visage, quoique féminin, respire une belle fierté. Ce n'est pas la beauté qui y est imprimée, quoi que elle soit bonne: c'est la résolution… Ce n'est pas un charme voluptueux que nous enivre; elle sait aimer, sans doute, mais elle ne se soucie pas des ces affaires trop féminines; c'est cette âme superbe, rêveuse de toutes les hauteurs, âme d'aigle, de lionne et d'acier; c'est ce regarde pénétrant comme une lame de Toledo; c'est cette irrésistible supériorité qui nous fait courber la tête… Vous dite, en voyant certaines créatures: muscle! En voyant Sarah vous dites: nerf!"
Dos volúmenes de los 26 que ocupan las Obras Completas de Martí recogen sus crónicas sobre Europa, y en ellas, después de los asuntos españoles, siguen en variedad e interés los franceses; de ellos se mantenía informado por los periódicos que leía: véanse estos ejemplos: "Gambetta silbado"; "La nueva Cámara francesa"; "Los teatros de París"; "Edmundo de Goncourt y sus amigos"; "Poetas nuevos y poetas viejos"; "Alfredo de Musset y su Barberine"; "La última obra de Flaubert"; Sully Prudhomme en la Academia"; "Pasteur, Renan y Littré"; "Racine y Corneille".
El comercio de Martí con la historia y la cultura de Francia dejó en su obra huellas valiosas. A través de lo francés de todos los tiempos se asomó al mundo, sin impedir la vista desde la otra gran ventana que para él fueron los Estados Unidos. Pero donde quizás se descubre mejor el interés por Francia en Martí, y donde tuvo la mayor fortuna es en el estilo del escritor; dijo en una ocasión: "La idea ha de encajar en la frase, tan exactamente que no pueda quitarse nada de la frase sin quitar eso mismo de la idea"; y es economía y ajuste lo logró con el manejo del francés: en otro escrito confesaba: "Padecí de veras mientras ponía en equilibrio la imaginación y el juicio, y hacía a éste dueño de aquélla. El inglés y el francés me ayudaron en eso, porque la prosa de acá [de los Estados Unidos] gusta de poco abalorios…" Lo que convierte a Martí en el más grande creador de la lengua castellana es precisamente su arte de acomodo del fondo a la forma, y su singular acierto al lograr ese milagro expresivo sin renunciar a los más ricos adornos que le facilitaba su genio literario, y el de los grandes escritores de Francia.
En dos lugares de París se honra la memoria de Martí: en la Place de la Porte de Champerret y en el Square de l'Amérique Latine, en el XVIIe arrondisment, al noroeste de la ciudad, donde hay un busto, obra del escultor cubano R. Ferrer, hecho en 1939, en cuyo pedestal se lee: "José Martí, écrivain et soldat de la liberté, 1853-1895 (Cuba)"; y en el otro está en una plazuela que lleva su nombre, contigua al cementerio de Passy, en el barrio de Chaillot, en el centroeste de la ciudad… "Honrar honra", dijo Martí en uno de sus escritos, y con estos recuerdos París honra a su ilustre visitante, y al ferviente admirador de lo eterno de Francia.
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