Acaba Juan Pablo II, en este día que visitó la ciudad de Santa Clara, de citar a Martí en su conocido apotegma, "con todos y para el bien de todos". Es una muy inteligente y oportuna selección, y conviene recordar cuándo dijo Martí esas palabras, dónde las dijo y, sobre todo, la importancia que tienen en su programa político. Con ellas terminó su discurso en el Liceo Cubano, de Tampa, el 26 de noviembre de 1891. Lo había invitado el Club Ignacio Agramonte para que hablara en el acto en que se iban a recaudar fondos; y al día siguiente, como se cumplían veinte años del fusilamiento de los estudiantes de Medicina, pronunciaría el que se conoce como "Los pinos nuevos", porque con esas palabras terminó su oración; el otro, por el mismo motivo, es el que se conoce como el de "Con todos y para el bien de todos"; dijo: "... y pongamos alrededor de la estrella, en la bandera nueva, esta fórmula del amor triunfante: con todos y para el bien de todos".
En la más perfecta construcción gramatical se destacan las dos preposiciones: "con" y "para", y así formó la más rotunda negación del cobarde unipartidismo estalinista que defiende el actual gobierno cubano. "Con todos" quiere decir con la participación de la totalidad de los componentes de la sociedad, los que apoyan al gobernante y los que están contra él, los que poseen la verdad y los que están en el error. Y "para el bien de todos", con el fin de que, por esa creadora participación universal, nazca una patria que beneficie a todos los que la componen. Meses antes de su muerte dejó precisa su concepción de lo que para él consistía ese “todos”: el pueblo: "Un pueblo está hecho de hombres que resisten, y hombres que empujan: del acomodo, que acapara, y de la justicia, que se rebela: de la soberbia, que sujeta y deprime, y del decoro, que no priva al soberbio de su puesto, ni cede el suyo: de los derechos y opiniones de sus hijos todos está hecho un pueblo, y no de los derechos y opiniones de una clase sola de sus hijos".
Esa "fórmula del amor triunfante", como la llamó, venía dándole vueltas en la cabeza. Poco antes de viajar a la Florida, en su discurso del 10 de Octubre, en Nueva York, se descubre la gestación del pensamiento; dijo en un pasaje: "Nosotros no somos aquí [en el exilio] más que el corazón de Cuba, en donde caben todos los cubanos"; y en otros: "Aquí atraíamos para el bien de todos, el alma que se desmigajaba en el país... Labramos aquí sin alarde un porvenir en que quepamos todos". Y aún antes estaba Martí en ese programa: en carta a Serafín Bello, del 12 de octubre de 1889, le hace esta confesión: "... nuestro deber es mucho. Seamos dignos de lo que nosotros se espera. A acabar la obra del 10 de Octubre ¡Con todos, para el bien de todos!. Ése es el lema de mi vida..." Así se ve que entendía que toda la lucha cubana por la independencia, desde "la obra del 10 de Octubre", estaba en ese programa qué él también había convertido en "el lema" de su vida.
Y aun hay más: la última vez que Martí volvió sobre esas palabras fue en una nota, hoy olvidada, no recogida todavía en sus Obras Completas, que envió al periódico El Porvenir, de Nueva York, donde la publicaron 4 de abril de 1894, y que aparece en el tomo IV de las Efemérides de la Revolución Cubana (1920), de Enrique Ubieta; escribió Martí: "Día llegará en que coloquemos en el Castillo más fuerte de la Patria, la Bandera de la Estrella Solitaria; pero entonces quedará otra empresa más patriótica y noble que cumplir: colocar sobre ella otra bandera en cuyos pliegues blancos se ostente este símbolo generoso del amor triunfante: Con todos y para el bien de todos".
¿Será "el Castillo más fuerte de la Patria", que anunció Martí, el brazo valiente y temboloroso del Pontífice? No sólo fue un acierto citar esas palabras: fue también un reto, una denuncia, una proclama ante los que tantas veces impunemente lo han falsificado.
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