Otro escrito desconocido de
José Martí

Carlos Ripoll

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  Miguel Figueroa
 
Martí y Figueroa
 
El nuevo "escrito desconocido"

No le hubiera disgustado a Martí que al descubrirse esta olvidada página suya, se le rindiera también homenaje a quien se la inspiró, a Miguel Figueroa, miembro de la Junta Central del Partido Autonomista. Bien sabido es que no simpatizaba Martí con el autonomismo, que lo creyó un estorbo para la independencia, y que con mayor fuerza lo habría condenado de saber cuánto hizo más cruenta y larga la guerra. En un manifiesto del 4 de abril de 1895, los autonomistas denunciaron el 24 de Febrero como un "trastorno del orden" que iba a traer al país "la miseria, la anarquía y la barbarie". Los partidarios de la independencia opinaban, con razón, que no servía el diálogo con España más que para prolongar su mando en Cuba, ni que era posible un arreglo con ella, como no lo es con la intransigencia y la soberbia de todo régimen despótico. Pero su intuición política le permitió adivinar en hombres como José Antonio Cortina y Miguel Figueroa, por su integridad y patriotismo, defensores futuros del derrocamiento de España.

Otro escrito
desconocido de
José Martí

Carlos Ripoll

 

 

 

Editorial Dos Ríos
New York

Cuando el Diario de la Marina reprodujo en 1943 la primera carta de Martí a Figueroa, la compañó con una antigua foto en la que se le ve conversando con Antonio San Miguel (a la izquierda), director del periódico La Lucha.

Y aun puede resultar oportuna para nosotros esa adivinación de Martí al descubrir, bajo la superficie de los que no pensaban como él, confiando en su honradez y espíritu de justicia, aliados posibles cuando se viera más claro el futuro. Y así sorprenden por igual sus elogios en Patria a miembros de las fuerzas de Narciso López, a quien, creyéndolo anexionista inveterado, lo comparó en el prólogo de sus Versos Sencillos al aventurero William Walker. El 3 de setiembre de 1892 habló en su periódico del "Capitán James Lynch", compañero de López, "el que disparó el primer tiro" en la expedición de Cárdenas, y que "defendió con sus cañones" la bandera cubana; y aun con mayor aprecio habló de "El general Ambrosio José González", la mano de derecha de López, publicando su retrato, "el primer herido de la revolución", el que "amó la patria por el amor puro de ella, y no por el provecho o la fama que pudieran venirle del venal amor..."

Ponía Martí en práctica con esos juicios su promesa de crear una patria "con todos y para el bien de todos". ¿Y cómo iba a excluir a aquéllos que por otros caminos buscaron también su redención si hasta para los indiferentes y los egoístas se iba a hacer la república? En octubre de 1893, le escribe a un amigo sobre la revolución: "Nosotros encendemos el horno para que todo el mundo cueza en él pan. Yo, si vivo, me pasaré la vida a la puerta del horno, impidiendo que le nieguen pan a nadie, y menos, por la lección de la caridad, a quien no trajo harina para él".

Miguel Figueroa

Figueroa nació en Cárdenas el 29 de setiembre de 1851. Cuando se produjo el alzamiento de Céspedes quiso incorporarse a la guerra, pero lo rechazaron por su corta edad y escasa salud. Viajó a España donde terminó sus estudios de Derecho. Por sus contactos con Francisco Vicente Aguilera fue nombrado agente de la revolución en Madrid, y sintió tanto aprecio por el patriota bayamés que a su hijo le puso el nombre de Francisco Vicente éste, como correspondiendo al separatismo secreto de su padre, con sólo quince años, marchó a la manigua en el 95, y en ella murió. De regreso a Cuba, en el ejercicio de su carrera, creyendo en las promesas de España e inútil el esfuerzo por la independencia, ingresó en al Partido Liberal autonomista. En 1886 fue elegido a Cortes , y allí logró la abolición definitiva de la esclavitud. En su famoso discurso del 23 de julio afirmó que si los miembros de aquel Congreso "hubieran proclamado el principio de la abolición total e inmediata de la esclavitud, no hubieran sobrevenido las perturbaciones [que sufrió el país]... Si no hubiera sido por la poderosa palabra de un [Cristino] Martos o de un [Emilio] Castelar, que desde las alturas del poder secundaron los esfuerzos perseverantes del Sr. [Rafael María de] Labra y de la Sociedad Abolicionista Española, los negros de Cuba aún gemirían bajo el afrentoso yugo de la esclavitud". Tres días más tarde volvió con su palabra a denunciar la tímida actitud de los conservadores, y dijo ante el Congreso: "Nosotros, los autonomistas, queremos la abolición del patronato sin condiciones, sin mixtificaciones... La abolición pues, del patronato, queremos que sea absoluta y reparadora, propia de la corrientes que dirigen hoy las ideas en el mundo culto..." Por una Ley de 1880 los libertos habían quedado bajo patronato de sus antiguos dueños durante ocho años, pero por un Real Decreto de ese año de 1886 se redujo el término quedando así suprimida la esclavitud. Mucho debió esa justicia al esfuerzo y la palabra del ilustre tribuno de Matanzas.

Retrato de Miguel Figueroa que reprodujo la Academia de la Historia, en La Habana, al cumplirse el centenaro de la muerte del ilustre tribuno.

Según se vio hace poco al analizar "Otra carta desconocida de José Martí", escrita a las monjas del colegio en que Figueroa había dejado a sus cuatro hijas, Martí tenía el encargo de pagar los gastos de ellas. En su último viaje a los Estados Unidos, en 1892, Figueroa ya sentía cercana la muerte, la que ocurrió en La Habana el 6 de julio del siguiente año. Nadie evocó con mayor cariño y lucidez sus últimos tiempos que Manuel Sanguily, a quien Figueroa había defendido ante los tribunales por una injusta acusación. No es improbable que Sanguily hubiera leído el escrito que se presenta en estas páginas. Había aparecido en Patria, en Nueva York, el día 15, y el de Sanguily salió en La Habana, en sus Hojas Literarias, con fecha 31 de julio; allí dijo: "El jueves seis de este mes ya para siempre aciago, cerca del mediodía, recibí la noticia de que había muerto muy temprano [a las seis a.m.], aquella misma mañana. Hacía más de un mes que la temía... Emprendí viaje, con deseos vivísimos de repetir a todo conocido con que tropezaba, la nueva desgarradora. Cuando hube llegado a la casa de la familia consternada, condujéronme a una habitación del ala izquierda y en el dintel me detuve con horror, el horror sagrado de la muerte..."

Cuenta entonces el amigo afligido las muestras de dolor que daban sus familiares y amigos en la casa de la calzada de Jesús del Monte, número 560, donde vivió. Una corona de flores decía con letras de oro: "Nunca te lloraran como mereces..." El último discurso de Figueroa lo había pronunciado en marzo de ese año, en la Caridad del Cerro, y sigue Sanguily: "Desde entonces fue su vida una decadencia segura aunque lenta, muy lenta; un rodar silencioso hacia la tumba... Vivió consumiéndose, dudando unas veces, esperando siempre, hasta que a la postre, sereno, estoico ante la compasión de los que contemplaban impotentes los estragos de la enfermedad, miró con ojos de león a la muerte que se había aposentado en su cabecera... Rendido en el lecho luchó en la última descomposición de su organismo con tenacidad, con resignación sin embargo, atendido de cerca, con devoción y acendrado cariño por el mayor de sus hijos varones, un noble niño de trece años [Francisco Vicente]..."

Y del entierro, dos días después, agrega: "Esa tarde del sábado, indecisa y triste, en que algunas nubes acechaban en el cielo, desgranándose en ligeras lloviznas, como si llorasen con el pueblo adolorido al pasar el cadáver, la ciudad toda, sociedades, periódicos, las clases, la razas, allí iban representadas en la ceremonia luctuosa y espléndida... Ya caída la noche fue cuando se le depositó en un nicho subterráneo, junto a su madre [Josefa María García Barrios] y a su esposa [Juana de la Caridad Hernández y del Junco]... Muy contadas veces se habían celebrado en la colonia funerales tan augustos. [José de la] Luz Caballero, [José Antonio] Cortina, [Juan] Bruno Zayas [y Jiménez]... Él había merecido aquella demostración magnífica y de pesar, y fue digno de que su gloriosa memoria perdure en el corazón de todos sus paisanos..."

Y concluye Sanguily con una promesa su sentida oración: "!Ay! compañero, condiscípulo, hermano... si pudieras oírme desde alguna parte, te diría, víctima de la más cruel melancolía, que enseñaré a mis hijos a amarte y bendecirte como te amé y te bendigo siempre, y que mientras viva pensaré en ti como se piensa en un astro amigo que en noches de amargura derramó su lumbre azul, cual rocío de bendiciones consoladoras, sobre las sombras del alma, mientras en el cielo inmenso las demás estrellas parecían haberse apagado".

Ese mismo día 31 de julio de 1893, y con igual pesar, escribió Juan Gualberto Gómez, también cerca de las ideas que dos semanas antes había expresado Martí en Patria: "Una de las más brillantes inteligencias que la generación actual ha producido, Miguel Figueroa, ha bajado al sepulcro... Amante de la libertad, sus arengas eran himnos vigorosos, destinados a ensalzarla. Como la cantó en magnífico lenguaje, y se le sabía bien dispuesto para las resoluciones viriles, el pueblo, a quien las medias tintas y los matices pálidos no seducen, se veía arrastrado por su robusta elocuencia... Él parecía, en efecto, entre todos los oradores del autonomismo, que los tiene muy notables, el más indicado para levantar la protesta a la altura del agravio, el día, quizás próximo, en que el desencanto y la decepción arrastren a ese Partido por otro camino que el que sigue. Con razón o sin ella, el pueblo piensa que así como el Sr. Motoro es el que mejor expresa los sentimientos de la agrupación liberal en esta etapa de resignación y de quietismo, Figueroa era el que estaba indicado para arengar a la multitud autonomista el día que la fuerza de las cosas la llevasen por otros derroteros..."

Martí y Figueroa

El más antiguo documento sobre las relaciones entre Martí y Figueroa nos lo ofrece la dedicatoria en un ejemplar de la novela Ramona, en la que se lee: "A las hijas de Miguel Figueroa en admiración entusiasta de su padre; José Martí; N. York, Oct./90 ". Como se dijo en el trabajo anterior, sobre la "Otra carta desconocida de José Martí", las cuatro hijas de Figueroa vivían en el Manhattanville College, y Martí estaba encargado de atenderlas y de pagar sus gastos. Era natural que les hubiera regalado esa obra de Helen Hunt Jackson, que Martí tradujo en 1888 y publicó por su cuenta, por lo que dijo en el prólogo: "Ramona es un libro que no puede dejarse de la mano; se lee día y noche, y no se quisiera que el sueño nos venciese antes de terminar su lectura: está henchido de idealismo juvenil, sin dulzores románticos; de generosidad, sin morales pedagógicas; de carácter, sin exageradas minimeces; de interés, alimentado con recursos nuevos, sin que el juicio más descontentadizo tenga que tacharlo de violento o falso". Y concluye la presentación con este juicio: "Se disfruta de un libro que sin ofender la razón calienta el alma, uno de los pocos libros que pueden estar a la vez sobre la mesa del pensador y en un recatado costurero."

El siguiente contacto entre Martí y Figueroa aparece en "Una carta inédita de Martí", presentada por Benigno Souza el 13 de setiembre de 1943 en el Diario de la Marina, y recogida tres años después por la Editorial Trópico en el tomo 66 de sus Obras Completas. Está fechada el primero de febrero de 1892. Había llegado Martí a Nueva York a mediados del mes anterior, de su viaje a la Florida, y le dice: "Mi muy querido amigo: en la cama me encuentra su encargo honroso y agradecido, y acabo de dictar, porque apenas puedo escribir, la carta sobre el pago a la Madre Tesorera, y enviar a esas criaturas ejemplares una visita preparatoria. Yo iré a verlas, con sus encargos, la primera tarde de sol; aunque ya lo hay con ir a ver a aquellas criaturas donde centellea el genio. Yo me levantaré de ésta. De otra no sé. Pero en todas partes será su amigo José Martí. Febrero, 1/ 92".

Primer párrafo del ëscrito desconocido de Martí", publicado en el periódico Patria el 15 de julio de 1893, a raíz de la muerte de su amigo Miguel Figueroa.

Días después, el 13, escribió la "carta desconocida", publicada en este periódico el 30 de abril de este año, y a la que antes se hizo referencia. Era para disculparse ante las monjas del Manhattanville College por no haber ido a ver a "las señoritas Figueroa" toda vez que seguía enfermo. En agosto llegó el padre a Nueva York. En la sección "En Casa", del periódico Patria, Martí escribió sobre Figueroa: "Pasa este mes en el Norte, descansando de la ansiedad y pena de Cuba, el orador que tiene en el discurso toda la fuerza y hermosura de nuestra naturaleza; el cubano que no podrá ver sin amargura cómo se nos va en torno desmigajando de veneno el país". Debió ser ésa la última vez que vio a sus hijas y a Martí. Regresó a Cuba para morir en La Habana menos de un año después.

El nuevo "escrito desconocido"

Se le llama así a esta página que por vez primera se le atribuye Martí, a que debió formar parte de los Escritos desconocidos de José Martí que publicó el autor de esta nota en 1971. Se dieron allí 125 trabajos que tampoco se conocían. Entre los de atribución dudosa, que por ese motivo no se incluyeron en el libro, estaba éste sobre "Miguel Figueroa". Como muy poco de lo que Martí publicó en Patria llevaba su nombre, a fin de precisar su origen, como se había hecho con los anteriores, fue necesario someter el escrito a particular escrutinio. Pero lo que ahora confirma la paternidad martiana, además de su estilo e ideas, es lo que se supo al analizar la "carta desconocida" antes mencionada: las relaciones y la estrecha amistad y confianza que los unía a los dos.

Como se verá, están presentes en el escrito los lugares comunes de la propaganda de Martí en aquellos momentos: la guerra inminente ("días críticos, muy cercanos quizás"); la condena del autonomismo frente a la proyecto separatista ("las ideas salvadoras" contra "las componendas vergonzantes"); la guerra como el más alto galardón ("la barricada cubana" hubiera sido para Figueroa "la cúspide de su gloria"); la defensa del negro, ("los brazos fieles del negro", "el negro agradecido").

Similar resultado produce un simple análisis estilístico. La adjetivación y el epíteto: "inicuo", por injusto y malvado: "régimen inicuo", aquí, al referirse a la esclavitud; y en "Nuestra América" habló Martí del "desdén inicuo" de los conquistadores por la raza aborigen; y en "La verdad sobre los Estados Unidos" del "odio inicuo", en contraste con el desinterés y la caridad. "Penetrantes" por algo profundo o que entra mucho: "ojos penetrantes", en Miguel Figueroa; y en "Darwin" habla de "los penetrantes deleites" que produce la vida virtuosa; y en "Juan Carlos Gómez", de los "dolores bárbaros y penetrantes" que sufren los seres superiores. "Labios tonantes", llama aquí a los del tribuno Figueroa, como si produjeran truenos; como los "aplausos tonantes" que en los "Honores a Karl Marx" le dieron en Nueva York un grupo de obreros; como las "voces osadas y tonantes" que cuenta en "El centenario de Calderón" se oyeron en el teatro del Príncipe, de Madrid; y "la palabra viril, tonante, arrebatadora" que oyó en "La confirmación solemne en Cayo Hueso" de su Partido Revolucionario Cubano.

Y la expresión tan suya y usada en los elogios fúnebres, sin tener muy en cuenta el tiempo transcurrido entre el acto y su evocación: "Acaba de terminar su vida este cubano, Miguel Figueroa..."; igual que en su evocación de "José Cristóbal Morilla", "acaba de morir en el asilo extraño..."; de "Juan Carlos Gómez", "que acaba de morir..."; de "Francisco de Paula Vigil", que "acaba de morir en el Perú... [cuyos compatriotas] se sienten guiados de la mano por el que acaba de morir..."; de la "escritora que acaba de morir", "Louise May Alcott"; de "Sheridan", cuya "esposa rueda sin sentido a los pies de la cama en que acaba de morir" el general; de "Henry Ward Beecher", "el gran predicador protestante que acaba de morir..."

Se imponía explicar, sin embargo, el ligero reproche que Martí le hace en su escrito al hablar de las "veleidades pasajeras" y las "flaquezas de hombre" que venció Figueroa con su amor a Cuba. Las "veleidades", como inconstancia y mutabilidad, puede ser una alusión a los cambios políticos que le criticaron, tal como los describió Mañach en su discurso en la Academia de la Historia, en 1943, en el cincuentenario de su muerte: de separatista en Madrid al integrismo en Cienfuegos, y de ahí a la autonomía, desplazándose en sus últimos tiempos hacia la independencia. "Las flaquezas de hombre" podrían referirse a su carácter, "la quintaesencia del criollismo", como lo calificó Benigno Souza, lo que según sus contemporáneos le ganaba la simpatía de todos, lo propio del bon vivant, en su mejor sentido, cualidad ajena a Martí si se piensa en la "cubanidad negativa" que le imputaba en 1934 Arturo R. Carricarte; o también, según le explicó al autor de este trabajo Javier Figueroa, profesor de historia de la Universidad de Puerto Rico, biznieto de Miguel, a la prodigalidad de su bisabuelo, por la que gastó buena parte de su fortuna.

Lo más notable de este escrito de Martí, sin embargo, es el uso de la expresión con que describe a Figueroa: "defensor de los derechos humanos". Es posible que nadie antes de Martí, en español, haya usado esas palabras con el sentido moderno que tienen hoy, tal como fueron consagrados en la "Declaración Universal de Derechos Humanos", proclamada por la Naciones Unidas en 1948, y tal como se infringen hoy en Cuba.

-oOo-

Martí estaba de viaje cuando llegó a Nueva York la noticia de la muerte de Figueroa. A fines de mayo había embarcado desde Nueva York para Santo Domingo, donde iba a entrevistarse con el general Máximo Gómez; fue luego a Haití y después a Costa Rica, para allí hablar con el general Antonio Maceo. En viaje directo de regreso, el 13 de julio ya estaba en Nueva York. Era difícil explicar el silencio de Martí ante la muerte de Figueroa, el amigo que en la mayor muestra de confianza le había confiado la atención de sus hijas. Ahora sabemos que dos días después hizo publicar en Patria, con el apuro natural por honrarlo, el hermoso escrito que motiva este trabajo, y que a continuación se ofrece:

Miguel Figueroa

Un día crudo del verano de 1886, el 26 de junio [debe ser un error de Martí o del copista, pues fue el 23 de julio], ocupaba la tribuna en el Parlamento Español un joven de baja estatura, de hermosa cabeza; de sus labios tonantes salían como palabras de fuego la flagelación del régimen inicuo, que el 10 de Octubre de 1868, la constitución de Guáimaro del 10 de Abril de 1869 y los patriotas de los Diez Años no habían podido destruir por completo: la esclavitud. La cabellera del orador parecía viva; en su frente brillaba la luz de la justicia; sus ojos penetrantes fulguraban; de su pecho rugiente brotaba la increpación dura y terrible. Una voz le interrumpió, una protesta de los acusados; entonces irguiéndose sereno "¿Qué dijo no defendéis la esclavitud? Pues a probarlo. ¿Queréis que presentemos todos juntos y ahora mismo, una proposición pidiendo la abolición inmediata del Patronato?" "Sí, sí", contestaron sus adversarios. "Pues ya he terminado mi discurso", exclamó el defensor de los derechos humanos, el que acababa de darle golpe mortal a la inicua institución. Tres días después la esclavitud del negro en Cuba concluía para siempre.

Y acaba de terminar su vida este cubano, Miguel Figueroa, con la cara al mar, mirando a través de las olas, vagamente, el horizonte, pensando en los hijos [las hijas] de su alma, lejos de él, que no le podrán dar el beso de despedida. En hombros le han llevado sus compatriotas a su último lecho, al seno de su Cuba, que amó sobre todo en el mundo, por quien venció sus veleidades pasajeras y sus flaquezas de hombre.

En los brazos fieles del negro que redimió, triunfante en la muerte, ha recorrido la ciudad donde su palabra de fuego aún repercute en aquella llamada al combate; el negro es agradecido y ha pagado su deuda. ¿Cumplirán los cubanos todos con el mandato de no hacer más declaraciones de españolismo? En la plenitud de su fuerza intelectual, cuando maduraban en él las ideas salvadoras, cuando la disciplina de las componendas vergonzantes le era ya enojosa, cuando los villareños que le aclamaban con sus machetes, frente a la casa de gobierno dando gritos de "Viva Cuba libre". No eran un puñado de locos, sino Cuba entera que anhelaba su redención. Ha muerto el que pudo haber sido en días críticos, muy cercanos quizás, el tribuno arrebatador, el propagandista que triunfaba sobre la inercia de la apatía de sus conciudadanos uniendo a la razón convincente el sentimiento, que no es más que el patriotismo verdadero la razón inspirada por el corazón. Ayer fue Cortina y hoy es Figueroa. Los que enhiestos no ceden y se preparan a avanzar caen heridos por este rayo de la fatalidad que nos persigue implacable. Su silencio en los últimos días de su existencia noble, generosa, agitada y vehemente, no podía ser más elocuente. Él esperaba, aún no había llegado a la cúspide de su gloria: la barricada cubana. Una bala más traicionera que la de plomo nos lo llevó. Pero en la barricada estará a nuestro lado, animándonos con su espíritu inmortal, junto al negro agradecido; junto a los cubanos todos que le amamos.

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