Archivo
José Martí:
Repertorio Crítico

Carlos Ripoll

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A la memoria de Félix Lizaso, maestro y amigo
C.R.

INTRODUCCIÓN

Forman este libro 445 apuntes, notas y reseñas de todo lo publicado en el Archivo José Martí. Como en esa revista fueron apareciendo, o se estudiaron, los principales trabajos sobre Martí escritos desde 1895 hasta el Centenario de su nacimiento, lo que aquí se ofrece es un inventario crítico que abarca más de cincuenta años. Aun recogieron sus páginas juicios anteriores a su muerte: así las opiniones de 1875 que transcribe Carrancá y Trujillo [55]; la crítica de Jerónimo Zelaya y Magariños Cervantes, ambas de 1886, sobre sus crónicas [6, 7] y el Ismaelillo [185]; el elogio de 1892 que habla de sus virtudes cívicas, en el periódico de Juan Gualberto Gómez [332] y, del mismo año, sobre su oratoria, en el Listín Diario de Santo Domingo [34]. Estos y otros documentos similares dan una idea de los orígenes de la bibliografía martiana: los entusiasmos, la admiración y algún recelo que iba engendrando el mérito del patriota y del escritor. Pero la imagen se aclara más con las evocaciones de "los que conocieron a Martí": son recuerdos que iluminan al hombre y la obra singular: Néstor Ponce de León [354], Blanca Z. de Baralt [29], Francisco Chacón [76], Manuel J. González [142], el hijo de Mercado [308, 309] y Leonardo de Viniegra [16] revelan con reminiscencias y anécdotas rasgos del carácter; de su sensibilidad artística y de su talento hablan Nicanor Bolet Peraza [40], Federico Edelmann [98], Domingo Estrada [103] y Diego Vicente Tejera [417]; el revolucionario aparece en el recuerdo de Enrique Collazo [64], Mariano Corona [691, Sotero Figueroa [112], Juan Gualberto Gómez [141], Henríquez y Carvajal [161] y José Miró [315]. Todas juntas, estas memorias de amigos, conocidos y discípulos, desde el que lo trató en la escuela de niños pobres o en la vida social, en sus campañas políticas o el campo de batalla, son de conocimiento imprescindible para entender aquella vida de prodigio.

A partir de su muerte, con cierta timidez, porque andan muy cerca los hechos, se desarrolla la crítica martiana. Ahí están, como ejemplo, los trabajos de Rubén Darío [81, 82], Nicolás Heredia [165], Rufino Blanco Fombona [38], "Justo de Lara" [17], Américo Lugo [245-247], Emilio Castelar [57], Enrique José Varona [436, 437]; y en poco tiempo se llega a la más acertada valoración de Miguel de Unamuno [423-426], Fernando de los Ríos [368], Pedro Henríquez Ureña [158-160], Gabriela Mistral [316-318], Juan Ramón Jiménez [181] e Isidro Méndez [307], junto a la de los cubanos: Rafael G. Argilagos [12-16], Néstor Carbonell [51-54], Jorge Mañach [258-260], Juan Marinello [262-264], Emilio Roig [379-383], Gonzalo de Quesada [357, 358] y Félix Lizaso [201-236], director y alma del Archivo José Martí, donde dejó tanto de su saber y fervor martiano. Casi sin excepción colaboraron en la revista los que ya hoy son clásicos de la martiología o dejaron en ella juicios permanentes: además de los citados, Roberto Agramonte [2], Enrique Anderson Imbert [10], Alberto Baeza. Flores [22-24], Osvaldo Bazil [31], Camilo Carrancá y Trujillo [55, 56], Guillermo Díaz-Plaja [92], Eugenio Florit [115, 116], Fina García Marruz [126], César García Pons [130], Enrique Gay Calbó [132-134], Manuel Pedro González [143], Alfonso Hernández Catá [166], Andrés Iduarte [172-174], Miguel Jorrín [1841, Raimundo Lida [200], Joaquín Llaverías [250, 251], Mauricio Magdaleno [253-255], Francisco Monterde [319], José de J. Núñez y Domínguez [334-336], Fermín Peraza [345, 346], Emilio Rodríguez Demorizi [374-376], Luis Rodríguez Embil [377, 378], Emeterio Santovenia [403-408] y Medardo Vitier [441, 442]. Ni un solo aspecto importante de la vida o la obra quedaron sin autorizado estudio y análisis: las ideas filosóficas, políticas y sociales; el crítico, el poeta, el conspirador; y aun detalles de esas facetas: ante una particular escuela de pensamiento, sus ideas sobre la libertad, la solución al conflicto de las razas; el periodismo, la habilidad del líder, el lugar que le corresponde en la historia literaria: aquí, por ejemplo, se ven nacer juicios que luego se convierten en lugares comunes de la crítica martiana o temas de discusión: Carlos Romagosa, ya en 1896, y quizás por vez primera, califica a Martí de "precursor americano de la nueva tendencia literaria" [385], lo que repite Darío al preguntarse si habría sido el cubano "un precursor del movimiento" que él inició "años después" [82]; sobre la influencia que tuvo en el modernismo dice en 1898 Nicanor Bolet Peraza: "El movimiento literario hispanoamericano que determina la tendencia a que nuestra literatura sea original y propia, y nuestra lengua... tome la impresión de nuestro genio nacional, en ese movimiento de la juventud hispanoamericana, hay de Martí una buena parte de impulso entusiasta" [39]; y en 1905 opina Pedro Henríquez Ureña que junto a Montalvo, Casal, Darío y Gutiérrez Nájera, con Martí "se inicia el florecimiento del nuevo estilo que cultivan en América prosistas sólidos y brillantes como Rodó..., de ese mismo estilo que hoy aparece por fin en España en el grupo asombroso de Unamuno y Blasco Ibáñez, Valle-Inclán y Martínez Sierra, no del todo ajenos a la influencia americana" [160]; poco después, en 1908, "Justo de Lara califica de "grave error" el considerar a Martí como "escritor de tendencias decadentistas a la moderna y de corte francés", mientras destaca la presencia de prosistas españoles en su obra [17]; en 1925 Regino Boti concreta la presencia de Martí en Darío [42], y poco después afirma Osvaldo Bazil: '"Para los entendidos en el secreto de los engranajes del estilo, no hay misterio alguno entre una y otra prosa, reconociendo que la de Martí influyó y modeló la característica de la prosa de Rubén" [31].

Aunque no propiamente de especialistas, siempre sobre el tema martiano, aparecieron también en el Archivo sugestivas páginas de escritores reconocidos en el mundo hispánico; sólo como ejemplo y para no hacer más extensa la relación anotamos los nombres de Emilio Ballagas, Gastón Baquero, José M. Chacón y Calvo, José Gaos, Ventura García Calderón, Joaquín García Monge, Max Henríquez Ureña, Concha Meléndez, Pablo Neruda, Lino Novás Calvo, Alberto Palcos, Alfonso Reyes, Sabat Ercasty, Luis Alberto Sánchez, Baldomero Sanín Cano y Agustín Yáñez.

El Archivo José Martí se publicó en La Habana entre 1940 y 1952. Durante esos trece años que coincidieron con un interregno constitucional, además de las conmemoraciones ordinarias en fechas que se relacionan con Martí, se cumplieron  cincuenta años de su muerte, se realizó su "entierro cubano" y pudo celebrar el centésimo aniversario de su nacimiento Federico Henríquez y Carvajal. Con motivo del cincuentenario de Dos Ríos, todos los países de América le rindieron tributo; los actos de 1951 tuvieron gran resonancia en Cuba; también en todo el Continente se celebró el cumpleaños del generoso dominicano y fraternal amigo de Martí: conferencias, actos oficiales, estudios, todo lo que se produjo por esos motivos lo recogió el Archivo, como si ensayara el camino que había de llevar a los actos y trabajos del Centenario a cuyas puertas llegó con un número homenaje de más de quinientas páginas.

Componen el Archivo seis volúmenes: el I lo forman cuatro números fechados Julio-Agosto 1940 (86 p.), Diciembre 1940 (120 p.), Julio 1941(99 p.) y Diciembre 1941 (188 p.); el II contiene tres, del 5 al 7, con 445 páginas en total y las siguientes fechas: Enero-Diciembre 1942, Enero-Abril 1943 y Mayo-Diciembre 1943; el volumen III lo forman los tres siguientes, 8, 9 y 10: Enero-Junio 1945, Julio-Diciembre 1945 y Enero-Diciembre 1946, que sumados dan 417 páginas; el IV está formado por cuatro: 11, 12, 13 y 14, 520 páginas: Enero-Diciembre 1947, Enero-Junio 1948, Julio-Diciembre 1948 y Enero-Diciembre 1949; los números 15 al 18 corresponden al volumen V y llevan las siguientes fechas: Enero-Junio 1950, Julio-Diciembre 1950, Enero-Junio 1951, Julio-Diciembre 1951 y reunidos 594 páginas; el último fue el homenaje por el Centenario: está marcado Volumen VI, Enero-Diciembre 1952, y comprende los números del 19 al 22 con un total de 535 páginas.

Fiel a su nombre, esta publicación se mantuvo abierta también a colaboraciones menores, las que, salvo excepción, más que por sus méritos sirven como testimonio del interés por la figura del apóstol. Fue así, en su riquísima variedad, más martiana, pues nada podía agradar mejor a quien era objeto de aquella colección que ver el homenaje de un niño, de un humilde maestro de escuela junto al documento importante y al estudio erudito. Cumplió de esa manera los "Propósitos", con seguridad escritos por Lizaso, que aparecieron en el primer número. Dijo allí, de Martí:

Honrarlo será nuestro modo de trabajar por la realización del verdadero destino cubano. Pero hacerlo implica acercarse cada vez más a la médula de sus normas. Y ese acercamiento en que los cubanos hemos de empeñarnos con creciente afán, ha de poner en acción todos los registros del culto, desde las formas externas y rituales hasta las de acercamiento y comprensión de sus íntimas esencias.

En cada reseña de las que componen este libro se ha procurado ofrecer lo primordial de los estudios a que se refieren, aquello que puede dar al lector el fundamento de una interpretación o análisis, o ayudar a conocer el intento y la visión de un crítico. Para ello se deja hablar al autor sin emitir juicios sobre sus opiniones; sólo así puede rendir fruto un trabajo de esta naturaleza, cuando se mantienen, aunque reducidas, en su valor original las voces del fecundo diálogo. Tanto para el especialista como para el que se inicia en el conocimiento de Martí puede ser un útil auxiliar este vademécum crítico. No pretende, desde luego, sustituir la lectura de los trabajos originales, sino, al contrario, estimularla, y hacerla más fácil en el proceso de información o estudio. Sólo en la medida que cumpla dicho propósito, este libro, auspiciado por la National Endowment for the Humanities, ha de hallar su mejor razón y sentido.

C. R.
Nueva York
9 de enero de 1971.

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