EMIGRADOS
CONFERENCIAS
EL LUNES DE LA LIGA
LA CARIDAD
EN CASA
CLUB JOSÉ MARTÍ
GUARIONEX Y HATUEY
EL CONCIERTO DE ANA OTERO
BANQUETE PATRIO DEL CLUB LAS DOS ANTILLAS
LA CASA CUBANA. LA REUNIÓN MENSUAL DE LOS CLUBS
LA SOCIEDAD CUBANA JOSÉ A. CORTINA
JOSE DE LA LUZ
EL CONSERVATORIO DE AGRAMONTE
NUESTRO CASTELLANOS
LAS ÓPERAS DE AGRAMONTE
EN NEW ORLEANS. CÍRCULO CUBANO-AMERICANO
POR LA HIJA DE SACO
CONFERENCIAS
Los Clubs de New York van a tener las suyas, en cuanto cesen las primeras ocupaciones de organización. justo Lantigua propuso, y aprobaron todos, una serie de juntas familiares, de temas vivos y útiles,. de conversaciones patrióticas, donde se fuera tratando desde hoy cuanto conduzca a conocer mejor la situación en que nos movemos, -los factores de ella que conviene reducir, y los que conviene ensanchar,- los peligros y constitución peculiares de nuestro país, a fin de obviar aquéllos al mejorar sin choques ésta, -y el modo de vivir, de pelear, de curarse, de vencer en la guerra que ha de poner término a los sufrimientos del país. Que ya se sabe que no queremos guerra que pudiese aumentarlos.
Y las conferencias no estarán sólo a cargo de los más versados en el arte de hablar. Quien ha visto por sí y tiene algo que decir, ése habla bien. El que haya vivido el tema, ése será allí el orador. Tiempos sinceros, y de idea de fuerza. Tiempos reales.
(16 de Abril de 1892)
EL LUNES DE LA LIGA
Lunes lucido tuvo La Liga este mes; allí todas las columnas de la casa; allí las compañeras elegantes; allí los hijos. El poeta recién llegado de Puerto Rico se daba las manos con los jóvenes recién llegados de Baracoa. Un capitán de Caonao llevó a la casa buena a su hija, enamorada de los versos, y a una artista, atildada y modesta, a Adelina Sánchez. Del cariño de todos se hizo de pronto la velada hermosa. La música fue de Juan Bonilla que en el bolsillo derecho del gabán llevaba a Plutarco, corno todos los días, y en el izquierdo a Frederick Harrison; de Antonio Calderín, que enseña en el piano el corazón recto y marcial; de América Fernández, que da a nuestro canto todo su triste dejo; de Mariana Rivero, que siempre escoge canciones de exquisito sentimiento; de Adelina Sánchez, toda gracia y bondad, que toca con el cuidado y delicadeza del alma amable que no ve en el arte sino el modo piadoso de consolar al mundo. Isabel Bonilla, con ternura de primavera, recitó "Las Estaciones," y Mariana Rivero unas décimas del poeta queridísimo, de José Joaquín Palrna. De Palma leyó el enérgico Beneche, en honor a los baracoanos recién venidos, los versos "A Bayamo." Rafael Serra, corno si lo hubiese hecho él, leyó un idilio de Placido. Germino Bonilla, con su voz sentenciosa leyó "El amor" de un libro bogotano. Para Francisco Gonzalo Marín, fueron los aplausos grandes, cuando la presidencia, entretenida en las presentaciones, dijo de él toda su nobleza y su originalidad; cuando leyó, con entusiasmo fraternal, la oda bella que envía a La Liga el poeta de Tampa, Joaquín García Granados. Hubo luego refresco suntuoso, y conversación animada y afable.
(23 de Abril de 1892)
LA CARIDAD
De las cosas que más aprietan el corazón, y que más convidan al hombre a llorar, a llorar y a pelear, es ver a la mesa de los talleres extranjeros con las manos flacas del cuerpo empobrecido, a las cubanas que no tienen padre, que no tienen hijo, que no tienen hermano, que no tienen marido. Sin fuerzas de hombre, hacen el trabajo de hombre. Su mirada tiene algo de flor rota, y de oración sin palabras: es una mirada que se clava en la memoria, como se arrincona para morir un pobre pájaro herido. Y las cubanas del Cayo se han juntado para aliviar la suerte de nuestras mujeres pobres y solas, para comprarles la medicina y el pan en caso de enfermedad, para ponerles el encaje del cariño en la almohada de la muerte. La Caridad se llama la sociedad generosa de socorros mutuos de las cubanas del Cayo. Veinte centavos a la semana paga cada una, y la enferma, la desvalida, la agonizante recibe un peso y medio al día. Esta es la junta Directora de la sociedad noble:
Presidenta, Rosalía de García; Vice-presidenta, Angela R. de Azpeitia; Tesorera, Mercedes de Ayala; Vice-tesorera, Margarita de Dobarganes; Secretaria, Natalia P. de Ayala; Vocales, Avelina de jurado, Antonia Gato, Olalla M. de Velazco, E. Hortensia Roura, Luisa C. de Radín, Concepción N. de Hernández, Abigail G. viuda de Rubio, Josefa L. de Carele y Juana C. de Quintero.
Quien conoce al Cayo de cerca sabe de sobra cuánto es el valer, cuánta la abnegación, cuánta la virtud de las piadosas firmantes. Como la de la presidenta son todas sus almas, como la de la presidenta, que llora aún, con ternura inacabable, al esposo que cayó en la guerra, y en las desgracias propias no ha visto más que motivo de consolar las ajenas.
(14 de Mayo de 1892)
EN CASA
"Es nobleza casarse joven" y más nobleza es cuando las almas que han de formar una sola son, por obligación de familia y por sus obras, nobles. Esperanza Villalón, la cubana que en sus ojos lleva el fuego de nuestro sol y en su corazón toda la bondad y virtud de nuestras mujeres; y Emilio Agramonte, el ingeniero de Colombia, el abogado de la Universidad de New York, el amante de la música verdadera, el joven modesto y de valer real, han de levantar un hogar en que como resultado de los méritos de estos jóvenes cubanos, brillará la felicidad, y palpitará también el espíritu patriótico. Patria cuenta con un aliado más.*
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*Aparece intercalada una carta al "Cariñoso Maestro" en la que Juan Bonilla describe una fiesta en La Liga.
¡Oh la música! ¡ésa era la hora grande! ¡es lo divino del mundo, entrar al combate con música!" Así decía, relampagueantes los ojos, un cubano de la guerra que da la mitad de su jornal a un amigo enfermo, que a poco pierde la vida en campaña por asilar en mal momento a un español. Pero le preguntaban por las cosas de más necesidad en el campo; y él, que con un boniato tiene comida para el día, dijo que, entre lo más necesario, estaba la música. ¿Será que junta la música, a la hora en que se destruye; que levanta, a la hora en que se cae? ¿Será augurio de la entrada triunfal en el mundo venidero, luego de haber subido, con la virtud al hombro, el peldaño de éste? Ello es que la música aviva la luz y duplica el valor.
En el destierro, aprieta los corazones, por lo mismo que suele entristecerlos la música de la patria. La bienvenida ha de ser calurosa, para esos dos cubanos que saben mover las almas con los acordes del país. ¡Ah, qué triste y terrible, el pot-pourri cubano de ahora, cuando llega a los lúgubres ñáñigos! Y se ve avillanarse la música, como nos han avillanado el país. Pero Angelino Horruitiner y Adolfo Huarte vienen a tocar las canciones queridas, el sollozante vals, las danzas que parecieron bien a Verdi, y han nacido a veces, como tema esencial, de un lamento de esclavitud, o un alarido de victoria. El floreo es lo de menos en la danza: en la frase inicial de ellas está tal vez, aun más que en nuestras Canciones, la originalidad de nuestra música nativa.- Y Horruitiner y Huarte merecen la celebración, porque donde tocan ellos, ha de estar la bandera cubana.
(21 de Mayo de 1892)
CLUB JOSÉ MARTÍ
El diez de julio ofrece el Club José Martí a sus miembros entusiastas, -y a todos los cubanos que se interesen en las cuestiones patrias, sean o no miembros de alguna de las agrupaciones políticas de la localidad,- la segunda conferencia que está a cargo del señor Rafael de Castro Palomino. El Club invitará a que tomen parte en estas lecciones de política práctica y de enseñanza republicana a cuantos por su ilustración y servicios revolucionarios puedan servir a la causa de la independencia. Y bien hace el Club en dirigirse, como ya se anuncia, a hombres de patriotismo tan probado, y de dotes reconocidas corno el periodista infatigable Juan Bellido de Luna, corno el deportado irreductible Félix Fuentes, como el guerrero médico José Miguel Párraga. Todo el que quiera, con espíritu generoso y alma cubana, ayudar a nuestra obra de unificación, encontrará hermanos cordiales en el Club José Martí.
(2 de julio de 1892)
GUARIONEX Y HATUEY
Con estos nombres de histórica justicia y con un cuerpo lucidísimo de puertorriqueños y cubanos se ha formado en Port au Prince de Haití, un Club, decidido con decisión grande, a fomentar con orden y ayudar con toda especie de fuerzas el movimiento actual de independencia de Cuba y Puerto Rico.
Y es un Club en que no hay impedimenta; todos están jurados, primero a la prudencia esencial a las obras grandes y durables, y después, y hasta el fin, al sacrificio necesario, los cubanos y puertorriqueños de Haití, como los cubanos y puertorriqueños de todas partes; acuden espontáneamente a los trabajos enérgicos de la independencia en el Partido Revolucionario Cubano, acatan con vehemente entusiasmo su organización y métodos actuales, y cumplen, en disciplina de idea, tributo de bolsa y sacrificio de persona, con todos sus deberes, sin que a ellos, como a ningún otro grupo de puertorriqueños y cubanos, se haya tenido que dirigir el Partido Revolucionario Cubano ni de oficio ni privadamente en demanda de lo que ningún hombre entero debe esperar a que le pidan, y cada cual debe cumplir con todos los sacrificios necesarios; y es, en el instante de la agonía, la obligación de sacar del enemigo a la patria. Más diría, con más libertad Patria de Guarionex y Hatuey si en honrosísimo artículo de sus acuerdos de fundación, no hubiese nombrado a este periódico de todos, sin ira y sin persona, órgano oficial del Club. Pero sí ha de decir, para que los virtuosos no se cansen, que de los actos del Club, uno de los primeros ha sido, "proclamar miembro de honor al ilustre antillano Doctor Betances."
(3 de Septiembre de 1892)
EL CONCIERTO DE ANA OTERO
No es sólo a la artista notable, toda fuego y verdad, a quien se prepara a dar prueba ruidosa de cariño la familia de nuestra América en New York, en la noche en que exhibe por primera vez al público del Norte sus talentos. Es a Ana Otero, la pianista generosa, que está donde hay caridad, y a nada noble niega su concurso. Es a la querida hermana puertorriqueña. Para pocas fiestas nuestras, en verdad, ha habido tan natural animación, curiosidad tan afectuosa y tan tentador programa. ¿A quién sino a una artista de gran valor y de noble corazón se ofrecería de acompañante el que es en su arte tan sincero como en su vida, el maestro Emilio Agramonte?
(28 de Enero de 1893)
BANQUETE PATRIO DEL CLUB LAS DOS ANTILLAS
De puertorriqueños y cubanos, como dice su nombre, esta hecho el Club Las Dos Antillas, y como ellos conocen la razón y previsión de este movimiento revolucionario, y lo ven más firme, por la fuerza de su sinceridad y cordialidad, a cada asechanza, quieren dar muestra de su fe en una ocasión pública. Con el mantel del trabajo cubrirán una mesa borinqueña, y se sentarán hombres buenos a su alrededor, como si los presidiese Betances, como si les fuese a hablar Hostos, como si Gautier fuera a decirles versos, como si los visitara el orador Corchado, como si hubieran vuelto de las tumbas Baldorioty, que llevaba un pueblo en la mente, y Ruiz Belvis, que murió asesinado cuando iba en busca de la libertad para su patria. Nos sentaremos orgullosos al mantel sin mancha.
(21 de Noviembre de 1893)
LA CASA CUBANA. LA REUNIÓN MENSUAL DE LOS CLUBS
¿Y con qué otro nombre que con éste de la Casa Cubana deberá ser llamada la reunión mensual de los Clubs, a todos los cubanos abierta, a mujeres y a hombres, para recordar en familia una vez al mes las cosas del país; para contarnos las hazañas de nuestros héroes, y sus costumbres en la guerra, y nuestras costumbres; para oír nuestra música y poesía, y cuanto, de los pueblos todos, anime la virtud y fortalezca el alma? Ya está en camino la primera reunión, acordada en la sesión última del Cuerpo de Consejo. Acá en New York vive la gente muy lejos una de otra, y el trabajo no da tiempo ni para besar por la mañana a los hijos ni para llegar a la casa con sol; acá, los que más se aman, apenas tienen tiempo de verse: suspiran todos por la ocasión frecuente de verse en hermandad, de oír juntos las cosas de la tierra que juntos aman y preparan. Por eso los Clubs deciden tener una reunión mensual, de patria amena, donde se oigan cuentos de nuestra historia, y se lean versos de nuestros poetas, y se cante y toque nuestra música triste, bien culta o guajira, y se represente nuestro teatro: hasta el teatro que se escribió en la guerra están desenterrando los Clubs, y va a verse allí la comedia de los tiempos heroicos. -Por hoy nada más. Ya está en camino la reunión primera. Será en verdad, en esta muerte del invierno, la Casa Cubana.
(21 de Noviembre de 1893)
LA SOCIEDAD CUBANA JOSÉ A. CORTINA
Como hermanos nos queremos los hermanos de la Isla, los de adentro y los de afuera, por más que el gobierno español, bien servido de pícaros, haya hecho, y siga haciendo cuanto puede, con éxito nulo, para que nos entendamos mal los de acá y los de allá; lo cual no puede ser, porque allá, por ciudades y montes, se quiere a los hermanos del extranjero, y acá cuando los jóvenes cubanos se juntan en sociedad de recreo e instrucción, le dan por nombre José Antonio Cortina.
El verano lo suspende aquí todo, como si la gente, en el invierno presa, se echara alocada a la luz y la vida: con el frío vuelve la obra activa y continua, que en el alboroto de los calores desmaya. La sociedad José Antonio Cortina va a trabajar con brío este invierno: estudiará, tendrá reuniones, tal vez tendrá teatro, y en cuanto a alma, será la suya la de aquel joven egregio, que estuvo siempre a punto de abandonar los goces de Alcibíades, por el cadalso de Abasolo. Esta es su meritoria junta directiva:
Presidente, lldefonso Rossi; Vice-presidente, Arturo Fernández; Secretario, Sebastián Monagas; Tesorero, Francisco Santana; Director, Vicente Víllalonga; Vocales, Andrés Armentero, Manuel Arozarena, José Losa, Benito Alfonso, Angel Soria, Luis Fernández.
(21 de Noviembre de 1893)
JOSE DE LA LUZ
Ya es mitología lo de la pereza de los cubanos, y así se probó ayer, cuando unos cuantos de ellos se juntaron en Brooklyn a poner por obra una casa gratuita de educación, una casa de escuela de cordialidad y de patria. Conversando el sábado, se dijeron unos cuatro amigos que estaría bien, por un rincón cómodo de Brooklyn, un cuarto de mucha luz y estufa, abierto todas las noches de par en par, a que fueran allí los hijos todos de Cuba, y los de España que quisieran ir, a leer y a aprender. Cundió la idea, que a las pocas horas tenía ya doce fundadores; y ayer domingo, en una casa cariñosa y sencilla de lo más alto de Brooklyn, en casa de Bonifacio Quintero, se juntaron, a pesar de la mucha niebla y lluvia, los amigos de la idea, y ordenaron el programa oportuno y viril de la inauguración, que será el sábado de esta semana. Del agradecimiento de todos surgió el nombre: el cuarto de amistad y enseñanza, de calor en el invierno y de preparación y fundación, se llamará José de la Luz.
La idea va a vivir, porque no se intentará sino lo que puede hacerse, y aquello de que hay necesidad verdadera. En ostentación no se ha de gastar, sino en sillas de palo, gas y carbón. En una esquina se pondrá un estante, y todos los generosos mandarán a él libros. No habrá clases que mueran por falta de maestros o de alumnos. Los padres e hijos que no sepan letras, tendrán allí un buen maestro primario en Raimundo Ramírez, que cada día quiere ser mejor, y se pondrá de portero y cajero y secretario y alma de la casa. La gramática por reglas es cosa nula: y Agapito Losa va a enseñar en la pizarra viva el castellano sencillo y correcto, compuesto allí mismo de la idea natural de los alumnos. De inglés va a haber un maestro asiduo. Y los demás conocimientos de geografía e historia y política se englobarán en una serie de conferencias semanales, sujetas a orden y correspondencia estricta, de modo que al fin del curso quede una idea general, de las raíces, movimiento y tendencias del mundo, por esta serie de conferencias históricas: el plan será uno, y los conferenciantes varios; las más veces serán nuestros cubanos conocidos, y otras serán hermanos afamados y útiles de nuestra América: -¡no hay como echar los corazones a rodar: y queda hecho el mundo!
La inauguración será el sábado, en el número 57 de la calle de Concord, en Brooklyn, al pie mismo del puente. Ramírez, el iniciador, leerá un trabajo, de cuando era maestro en el presidio de Ceuta. Losa, que tiene alma de evangelista, dirá algo sobre el ansia de los cubanos por aprender. Sánchez, criollo culto e inspirado, leerá o hablará. Gonzalo de Quesada, que será de los conferenciantes, dará allí como una muestra de lo que las conferencias van a ser. Sotero Figueroa, que conoció en vida al maestro Rafael, hablará de aquel negro sublime. Alguien dirá algo del dueño de nuestros corazones, de don José de la Luz. Y así quedará el sábado establecida la casa de aprender, con sus sillas de palo, con su estante de libros de regalo, con sus alumnos fieles y sus maestros Utiles, con la estufa encendida en estas noches largas y viciosas del invierno. Seguro porvenir espera a la casa, con secretario como Agapito Losa, hombre seguro, cordial y modesto, y presidente como justo Osorio, el médico de los pobres, el expedicionario del "Perrit" y el preso de Holguín, el laureado de las cátedras madrileñas y parisienses, el que sacrifica las pompas del mundo por gozar, sin más freno que la caridad, de la independencia de su carácter.
Pero es imposible decir adiós al tema sin recordar la casa de los Quintero, anoche, cuando la organización. El padre es un cristiano militante, que se atufa de todo abuso o servidumbre, y anda por el mundo erguido en la dignidad de su trabajo, sin más afán que el de ver libre a su patria, -libres, por su honradez y cultura, a sus conciudadanos. Los tres hijos, ansiosos de saber, le ayudan a trabajar o inventar, a mantener su club cubano, a abrir la casa nueva de educación: ¡ellos, de su salario, darán lo que se necesite! Y las mujeres de la casa, bella la anciana como una joven, enamoradas las demás de la bandera y el libro, animan, con su tierno entusiasmo, la obra de sus compañeros. Anoche, al organizar la casa nueva, había afuera mucha niebla y lluvia, y adentro estaban los Quintero, rodeados de amigos. Mano a mano y en hermandad verdadera estaban allí, confiándose sus pecados y hablando de altas cosas, obreros de la mesa y del bufete, doctos de la vida y de la humanidad, jóvenes apostólicos y calaveras arrepentidos: y el de mirada más intensa y corazón mas caliente era un joven español, un asturiano. -El sábado se inaugura la casa nueva de José de la Luz, la casa de amistad y enseñanza en Brooklyn, 57 Concord.
(5 de Diciembre de 1893)
EL CONSERVATORIO DE AGRAMONTE
Unas veces da vergüenza ser cubano, y otras da orgullo. Fue de orgullo legítimo la noche del primer concierto trimestral de la Escuela de Opera y Oratorio que ha fundado en New York Emilio Agramonte. Lo perfecto se ha de celebrar, aunque sea propio, y habría malignidad y rareza, y forma punible de necedad, en no celebrar lo perfecto porque es propio. De discípulos era el concierto, de los discípulos en que el alma vasta y apasionada del maestro pone todo su fuego, elegancia y variedad; pero los mismos que han echado canas en la buena música confesaron allí que pocas veces se oye, aun en ciudades magnas, fiesta tan acabada y brillante, tan ordenada y múltiple, tan sincera y artística, como este concierto primero del Conservatorio.
Ya la casa convida al arte fino, en sus salas de recibo que son como de hogar, con la literatura toda de la música alta, y aquel ambiente de belleza que predispone a expresarla y sentirla; con el salón privado e íntimo, de un piano que es como aire y luz, donde los regaños del maestro no han de parecer mal, porque nadie los oye; con su sala de ejercicios públicos, sin más adornos que los retratos, en buenas planchas alemanas de los creadores del alto arte, de los que funden y juntan, en obras compuestas, las emociones rebeldes del alma musical; con sus rincones de estudio arduo, sin el que no hay éxito ni gloria. Por este encaje y armonía de artes varias es notable la escuela de Agramonte, que en ella refleja su mérito total. Ordenar, Componer, son cosas difíciles. El detalle es de todos, y de pocos el conjunto. Son raras, las cosas completas. Todo es ensayo y tentativa. En la casa de arte, todo ha de hablar de arte: la alfombra, los cuadros, el programa, cuanto se vea y respire. Y ésa fue la beldad del concierto: linda casa, rica luz, música ferviente, discípulos elegantes, mujeres bellas. Era la concurrencia de lo más fino de New York: manos otras veces altivas, se tendían ambas al maestro, congratulándolo; de las discípulas artistas, parecía una, cubana por cierto, como la griega que halló en Egipto el doctor alemán; otra era un Joshua Reyno1ds; otra, con un botón en la cabecita rubia, era un pastel de Latour. Y esto se dice aquí, porque parecía aquella beldad exterior corno parte natural de la música, dramática o delicada, mansa o fogosa, sobria a la vez que viva.
Agramonte, por supuesto, era la escuela todo él. Con palabras como suyas, picantes e independientes, contó el milagro de la escuela, que hace tres meses nació, en este año en que anda a dieta todo el mundo, y ya tiene discípulas, de Norte y Sur América, en número de ochenta y ocho. Se puso luego al piano, y era un gozo verlo. Las notas en sus manos son cristal o tormenta, y encaje o carcajada, y lamento o regaño. A una trenodia sigue una jácara. Los alumnos, en fila ante él, penden de su mirada vigilante, de sus manos que desatan el canto o lo arremolinan, de su cabeza, que clava o empuja. El les pasa su alma; canta con ellos; les salva la nota caída, o da rienda a la feliz; les va rizando o midiendo la voz. El discípulo ayudado se abandona sin miedo. Alguno canta como si sólo la voz fuese suya, y el alma con que canta fuese ajena: el alma del maestro. Casi nunca en los conciertos se puede olvidar el frac de pacotilla, el traje de sarao, el libro ridículo de los cantantes: y en este concierto se olvidó, porque estaba lleno de su tema y pasión cada alumno, y el canto entendido daba la ilusión y el tono del teatro. Era la romanza sentida, la canción picante, el dúo desgarrador, el trío brioso, toda el alma humana, ligera o profunda. Era Emilio Agramonte.
Hombre tal, por supuesto, no enseña a gente nula. Si él toma discípulo, es porque tiene mérito. Voz que él amaestre, es voz. Decir aquí el programa todo, no fuera posible: la voz dramática y medida de Miss Atkinson; el sentimiento y finura del canto de la añadió, sin decir su procedencia ni el autor, la primera parte de la lectura de Martí en Steck Hall del 24 de enero de 1880, a partir de "El deber debe cumplirse sencilla y naturalmente" (que aquí alteran a "El deber debe cumplirse natural y sencillamente"), hasta "Y en las espaldas flageladas nacen alas. "Primavera" de Miss Bennett; la "Suzon" franca e intencionada de Miss Bliss; el canto altivo y rico de Miss Hills; el método abierto y seguro de Miss Winchester; la gracia, a la vez francesa y criolla, de Josie Arias. Cada pieza tenía su carácter: el acompañamiento sabio duraba lo que la nota: era aquello una serie de sorpresas: nada podía borrar la anterior sino la que la seguía. El hombre mismo, que suele ser en los conciertos mísera figura, brilló allí por su arranque y sinceridad. Un buen bajo dio toda su bravura a la serenata de Mephisto; nuestro tenor Mazorra, cada día más culto y desembarazado, dio a Gioconda todo su sentido, y Holt, el otro tenor, cantó con voz intensa y precisa a Luisa Miller; Gogorza es el barítono, por su pasión, por su drama, por su autoridad, por su fuego. Dígase en redondo, porque así es verdad, que no hay teatro famoso donde más conmueva el dúo del viejo Duval y la señorita Vallerino, que en esa "Traviata" de Gogorza y la Atkinson, ni el terceto de "Fausto" que abrió el concierto pudiera ser mejor, ni el cuarteto de "Rigoletto," con que acabó, que fue el desborde justo del entusiasmo mal refrenado de la concurrencia: allí las pasiones varias, el ataque preciso, el duque voluble, la valiente Gilda, la contralto ansiosa, el padre infeliz. Fue corno la hoja de rosa en aquel vaso de hermosura el violín acabado, el violín fiel y rumoroso, de Carlos Hasselbrink: tocó un Wagner que era como leer, con toda su intención de entraña, la música dictatorial y pensada del de Bayreuth; y tocó una reverie tan sostenida y melodiosa, y de pureza tal, que entre los príncipes de su arte no habrá quien la supere: era volumen y riqueza, en un juego muy casto.
Cena fina, conversación cordial y baile íntimo acabaron la fiesta, hasta muy ida la media noche, en los artísticos salones; pero ni el mérito de lo que se decía, que en algunos grupos era mucho, ni la bienvenida a María Adán, más atractiva aún por la modestia de su belleza que por su fama de pianista, ni la música de baile, afamada y selecta, borraban del ánimo la impresión superior: el justo orgullo de ver admirado y triunfante en tierra extraña al hombre de arte singular y sincero, que brega con la música como un general con sus armas, a este honor de Cuba que se llama Emilio Agramonte.
(3 de Febrero de 1894)
NUESTRO CASTELLANOS
Poco importó la noche inclemente a la concurrencia grande, al éxito especial del concierto de las discípulas de uno de los maestros más delicados y completos del arte del piano: de Miguel Castellanos. Por su vasto conocimiento de la música y de su literatura, como por el insuperable estudio de sus piezas favoritas, por la peculiar honradez de su enseñanza, goza el maestro de una fama sólida entre cuantos conocen la dificultad y abnegación del arte verdadero. Vive para su arte Castellanos, y no quiere notoriedad violenta y pomposa, sino el culto de la música en que ha puesto lo más delicado de su emoción, el alma humana. Por una nota general se distinguió el concierto todo, y fue la precisión, la ejecución perlada, de las distinguidas discípulas. Se oyen las notas vivas, desgranadas, cargadas de ideas y de sentimientos. Mazorra lució su método elegante, y Pedro de Salazar rivalizaba en el violín inspirado y brioso, con el piano, en verdad impecable, de nuestro joven maestro. La gloria de la noche fue, por supuesto, la "Rapsodia húngara," que Castellanos tocó con la claridad, los varios matices y la valentía que en su labor diaria y sincera comunica a sus discípulos.
(3 de Febrero de 1894)
CLUB BORINQUEN
Patria dedica un saludo cariñoso a este Club patriótico que no da al olvido su historia pasada, y ratifica, activó y entusiasta, la fe jurada al ideal de la independencia antillana.
Los manes de Ruiz Belvis y de Parrilla, no han de estremecerse avergonzados porque vuelven, pie atrás, los que en el extranjero tienen libertad de acción para ir, juntos con sus hermanos de Cuba, a la conquista de su nacionalidad. Los nombres, respetables y queridos, de Betances y Hostos, revolucionarios indomables, aún son símbolos de entereza viril y de nobles emulaciones; y ante ellos no hay puertorriqueño que no se descubra reverente, ni nada que alcance a dividir lo que no puede dividirse: la estrecha fusión de dos pueblos hermanos en esperanzas y dolores.
Por eso fue junta de concordia, la verificada por el Club Borinquen la noche del 5 del corriente.
Unos doce miembros nuevos vinieron a unirse a los existentes, y entre los acuerdos tomados fue uno nombrar socio honorario al Dr. Fermín Valdés Domínguez, como justo tributo a sus altos merecimientos y como demostración de gratitud, ya que el valiente vindicador de los estudiantes ha escrito un folleto de palpitante actualidad y lo regala al Club Borinquen para aumentar con su producto los fondos de la agrupación de patriotas fervorosos.
La Directiva del citado Club quedó formada del siguiente modo:
Presidente, Sotero Figueroa. Vice-presidente, Félix S. Yznaga. Tesorero, Juan Fraga. Secretario, Domingo Collazo. Vocales, Isaac Delgado; Vicente Fernández; Leopoldo
Y ahora, a la labor revolucionaria, que los buenos no han de abandonar hasta que la independencia de las Antillas no se consume.
(10 de Abril de 1894)
LAS ÓPERAS DE AGRAMONTE
Fue en uno de los teatros más bellos de New York, porque Emilio Agramonte sólo está bien en lo vasto y en lo bello, y el canto es como un lujo del espíritu, que quiere a su alrededor espacio y luz. Henchía la sala del Manhattan Athletic Club la más lucida concurrencia, de norteamericanos, de hispanoamericanos, de los cubanos que ponemos por sobre nuestra cabeza a este perfecto artista. ¿No es el artista verdadero, que ni en la música, ni en su patria, soporta esclavitud o falsía? Del alma de Cuba indignada, presa en él como en todo buen hijo, saca el triunfo de sus notas de guerra o de victoria, y el fragor y remolino de la ira y tempestad, o la queja, que se entra como con las manos abiertas por el alma. Ruge o adora. Ama la belleza con desinterés, y la fealdad, moral o musical, lo mueve a indignación. Tiene todas las voces, y como el secreto revelado de las pasiones todas. Su naturaleza dramática se reparte, vehemente, en sus asombrados discípulos. Lo aman. El no busca fama inútil, ni dinero podrido, de ése que acaparan, fáciles, por el mundo, los musicantes afeitados y sedosos. Para él la música es como una suma de almas, y de las mejores almas, que del lenguaje incapaz se elevan y emancipan, y ven, como por entre las nubes descogidas, las fuerzas deleitosas y armónicas del orbe. El alma entera, donde Agramonte enseñe o aconseje, se ha de poner en cada nota, de modo que al efecto no se llegue por el esfuerzo físico, áspero e ilógico, sino como la flor natural de la pasión. Él, en su escuela, no engaña ni disculpa. No cante el que no puede: y el que tenga voz, déjela de lado, si no le sale la música del alma, o entienda el dolor y pasión de cada nota, y olvídese del mundo cuando se está exhalando en ella. Exhalarse: eso es la música. -El teatro, animadísimo, estaba lleno ya a primera hora, como cuando se acude a solemnidad verdadera. Se quería aplaudir de nuevo, como en "Traviata" y "Martha" y "Mefistofele" Y añadió, sin decir su procedencia ni el autor, la primera parte de la lectura de Martí en Steck Hall del 24 de enero de 1880, a partir de "El deber debe cumplirse sencilla y naturalmente" (que aquí alteran a "El deber debe cumplirse natural y sencillamente"), hasta "Y en las espaldas flageladas nacen alas. "Fausto" los habían aplaudido ya, a los discípulos de este artista sincero.
La crónica menuda, por falta de espacio, fuera a Patria imposible. El conjunto es lo hermoso: la pasión por la beldad musical, -el espíritu del maestro, puntual y disciplinado, en el mérito obediente de los discípulos, -la admiración del público, y el raro caso de su unión completa, y de dicha visible, con los artistas que lo conmueven y levantan: -el hombre es agradecido. Y luego, la sorpresa era grande: ¿Podrían aquellos alumnos, en sus trajes de teatro, cantar con la pasión y el desembarazo de la escuela? ¿Sería el drama vibrante lo que se vería, la rabia del payaso "Tonio," el amor desesperado de "Fernando," la gallardía del toreador "Escamillo," y la abnegación de "Manrique," o sería el canto desamado y frío, no como carne y hueso, sino como adorno que se pone y quita? Y eso es lo que arrancó tanta salva de aplauso: la realidad, plañidera y conmovedora, con que Emilio Gogorza, en su payaso consumado, contó su amor desoído por la "Nedda- en que lució su voz, rica y flexible, la señora de Howells; -el canto doliente de Ramiro Mazorra, en su "Fernando" sentido, que a los consejos del concienzudo "Baltasar" de Holt prefiere la sollozante "Leonora" de Miss Sara Carr;- la plegaria de Miss Winchester en "Aída," a los pies de la activa y bella "Amneris" de Miss Jordan; -el esplendor, no excedido en escena alguna, del coro de "Carmen," con aquella Miss Bliss, que era como amapola de Castilla, ebria de sol, y el añadió, sin decir su procedencia ni el autor, la primera parte de la lectura de Martí en Steck Hall del 24 de enero de 1880, a partir de "El deber debe cumplirse sencilla y naturalmente" (que aquí alteran a "El deber debe cumplirse natural y sencillamente"), hasta "Y en las espaldas flageladas nacen alas. "Toreador" de Gogorza, ahogado en aplausos, dramático y preciso;- y la "Azucena" dolorosa de Miss Carr, que en el poder y corrección del canto lució como igual junto al tenor venezolano, de fama y pericia, Fernando Michelena. El público, arrebatado, aclamaba, vitoreaba, saludaba, no se cansaba de oír. Los intermedios eran un cuchicheo de celebración ferviente. En verdad, la premura con que Patria habla de esto es una falta de justicia: en Gogorza ha de saludarse a un caballero del arte, que lo respeta, y se ve en él, y reveló en el payaso su nobleza, por la ternura que adivinó en tipo tan caído y humilde: en Mazorra es muy de loar el sentimiento del canto, y el prurito de no deslucir con la nota excesiva el romance de la expresión: Holt es conciencia todo, y entra en la persona teatral como un creyente, cuidadoso y devoto: Alberti fue delicado como "Silvio," airoso corno "Zúñiga," conciso como "Luna": Michelena, seguro y desembarazado, es maestro de Manriques. ¿Y qué cantatriz de oficio trina como la señora de Howells de misteriosa finura, cuando imita, como "Nedda," a los pájaros enamorados? La voz va con la pasión en Miss Sara Carr, sin ornamento fútil, y ardiente o desolada. Hubo drama veraz en el dúo de "Aída" y "Amneris." Miss Bliss, en aquel cesto de flores de la escena de "Carmen," era como un pájaro gorjeando travieso.
¿Y el piano de Emilio Agramonte que hacía de orquesta única? El era el canto de la noche; él la escena; él el drama; él, suave o como despeñado, rendido y leve, a veces, hasta parecer rumor, otras lento como un blando abrazo, era maravillosa clave de la pasión del mundo, pálido de amor, tonante de ira, atormentado y luminoso como las horas creadoras de la naturaleza. ¿Por qué no se ha de decir la verdad? No puede haber organización musical, -y esto no se dice por necio orgullo del terruño-, más robusta, completa y disciplinada que la de Emilio Agramonte. El tiene el genio, que es el ímpetu regido por la moderación. Y como maestro es caritativo y enérgico: su piano reemplaza las voces fallidas: un giro de sus ojos trae la nota a punto, o anima a la cobarde: va guiando, generoso, el canto del discípulo, alzándolo o suavizándolo, marcando el momento del abandono o el terror: el piano riza, descoge, arremolina, truena, cesa. No respira el público asombrado. Agramonte, acabado cada acto, se esconde, como un culpable.
Pero otro mérito es muy de celebrar en esas óperas de alumnos, de tal modo adiestrados que pocas veces se nota en los teatros de oficio emoción tal: en el pequeño escenario, aderezado con limpio gusto, se movían los cantantes noveles, las actrices tímidas, los coros numerosos, con la holgura de quien ha visto muchas tablas. Como de consejo del instante, en aquellos actores inexpertos, parecía el ademán menor, y siempre feliz: no hubo, en las cuatro operas, mano pesada, ni paso al revés, ni movimiento sin gracia o sin sentido: y eso se hace sólo cuando el maestro entra en el carácter del personaje y el corazón del músico, y con ellos por clave, acomoda a cada frase el gesto. Honran a la señorita Anna Warren Story discípulos tales. Y Henry Lincoln Winter que los alecciona aún más de cerca, ha de ser hombre de gran erudición literaria, de arte natural, y de desinterés artístico.
Acabadas las óperas, el público no quería abandonar los asientos. Quería premiar al artista extraordinario: otros, queríamos premiar al artista y al patriota. ¿de qué sirve la gloria, cuando se la deslustra con la infidelidad o la tibieza para la patria maltratada? De cubanos, y de damas y hombres ilustres de nuestra América, eran los aplausos nutridos, los vivas al maestro, la ovación prolongada; pero el más grato tributo, para quien conoce la aspereza de la tierra extranjera, era el cariño respetuoso que resplandecía en la concurrencia norteamericana. Cuba, orgullosa, da a este buen hijo las gracias.
(21 de Abril de 1894)
EN NEW ORLEANS. CÍRCULO CUBANO-AMERICANO
Pocos cubanos viven tan unidos y honran a su patria como los de New Orleans, donde palpita aún con toda su belleza y generosidad el alma de aquella emigración sensata y querida, el alma del malogrado Dr. Juan G. Havá.
En la probidad y entusiasmo de José Echezabal se ve hoy aquel espíritu decidido: el Círculo Cubano-Americano es como la manifestación visible de la energía y patriotismo de nuestros hermanos. Los periódicos de New Orleans dan cuenta, con elogios merecidos, de la linda fiesta con que celebró la Sociedad el aniversario de su organización. Los terrenos espaciosos de la casa de Echezabal parecían fantástico recinto con las linternas japonesas de capricho y los colores de las banderas cubanas y americanas entrelazados, y la música fina, y la belleza y gracia incomparables de nuestras mujeres; y la cordialidad y dicha de aquella concurrencia desbordante que hermoseaba la fiesta patriótica.
Echezabal habló desde la presidencia, con palabra elocuente, honda y sentida, como de hombre que está en lo real de las cosas y de corazón templado al sacrificio. En el piano y en el violín las señoras Challiot, Duvignon, las señoritas Arnold, Guisasola, Gaulios y Caunerre realzaron la armonía de la función con sus notas dulces y correctas. Recito, con gusto, la señorita Anita González; Emilio González también arrancó aplausos con su poema, y muchos fueron los que interrumpían a Campos cuando relataba en frases sencillas y adecuadas, la historia del Círculo que con el tiempo gana en solidez Y mérito; allí se unen los cubanos, allí es como un hogar grande donde todos vienen a respirar el ambiente de la tierra lejana, allí es donde se piensa en ella y se trabaja por su libertad.
De la libertad es adalid, la dama querida que brilla como poetisa y resplandece aún mas como patriota, Belén de Miranda. Sus versos, a veces lágrimas del destierro, o flores fragantes, que guarda su pecho leal, fueron aquella, noche de lo más gustado, y ni aun el baile bullicioso de después pudo destruir la impresión de las estrofas de la camagüeyana desterrada.
Corno celebraron en New Orleans los cubanos su fiesta, acordándose de la patria y estrechándose para ayudar a salvarla, es como deben, y del único modo que tienen derecho los cubanos, a entregarse a la diversión. No en balde esperamos el triunfo: reúnanse nuestros compatriotas así, y pongan a la cabeza de sus directivas a patriotas como Echezabal, Alfonso, Guisasola, Sahugue, Prat y Campos, y entonces no habrá desunión, sino concordia; no habrá desaliento, sino victoria.
(16 de junio de 1894)
POR LA HIJA DE SACO
"Andan, aseguro a usted que andan, las dos hijas del general pidiendo en Cuba limosna con una jaba por las calles." Así decía a Patria avergonzado, y no por sí, un hijo de la América libre que salió de la prosperidad habanera a morir por la isla hermosa. Y esa es, en verdad, injusticia abominable: ¿qué derecho tienen los bribones al coche, y la miseria, como su alimento preferido, a los mártires y a los que por su virtud se quedaron en el mundo sin la riqueza de un vista de aduana, o de un abogado que lo encubre? Con el corazón amargo y su casquete de terciopelo, murió, por único caudal, el autor de la Historia de la Esclavitud, y de los Papeles sobre Cuba. Para su hija es un buen concierto, en el salón elegante del Brunswick, el día 22. Ir a él será prueba de gratitud y patriotismo.*
(15 de Septiembre de 1894)
*Es parte de la sección "En Casa" publicada en el número 129 de Patria.
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